Jose Navarro-Conticello
La palabra comunicación deriva etimológicamente del latín communicatio, que refiere al acto de compartir, repartir o poner algo en común (Segura Munguía, 2013). Apunta Peters (2008) que esa idea de comunalidad adquirió diversas significaciones a lo largo de la historia. Una de ellas, de tipo retórico, aparece en el tratado De oratore, donde el pensador romano Cicerón utiliza el vocablo communicatio para explicar lo que ocurre cuando una persona que oficia de oradora incorpora a la audiencia en su parlamento. Otra acepción, espiritualista, se hace visible en la Vulgata, traducción de la Biblia al latín por San Jerónimo en el siglo IV, donde communicatio refiere a la acción de compartir con otros algo tangible, como el pan, o intangible, como el espíritu. Se sugiere, de ese modo, que lo que está en juego en tal intercambio trasciende la materialidad para elevarse al plano de las almas.
Siempre de acuerdo con Peters, es posible identificar una tercera corriente, de tipo purista, presente en la Vulgata y el Nuevo Testamento Griego. Allí, la palabra communicatio significa contaminación, ya que la puesta en común es considerada como una intromisión de lo profano, que es asimilado a lo vulgar, en el dominio de lo sagrado. Por otra parte, la revolución del transporte dio pie, en el siglo XIX, a un entendimiento de la comunicación como traslado de personas, bienes y mercancías de un lugar a otro. Luego, en el siglo XX, surgieron nuevos significados. La corriente comunitaria destacó el potencial ético y político de la comunicación, entendida como una forma de asumir la posición de la otredad. La perspectiva terapéutica concibió la comunicación como un criterio de salud mental y un requisito para la autorrealización. Por último, la interpretación técnica desarrolló lecturas utópicas o distópicas acerca de las posibles consecuencias de los avances tecnológicos aplicados a la comunicación.
Cobley (2008) sostiene que una transformación crucial en la forma en que actualmente se entiende el término se produjo a partir de la alfabetización. En la Grecia antigua, caracterizada por la oralidad, la comunicación era necesariamente un proceso situado, dependiente de artificios mnemónicos y a menudo poéticos para perdurar a través de las generaciones. Con el desarrollo de la escritura, la comunicación devino un producto almacenable, distribuible y disponible para su consulta en distintos momentos y ámbitos, lo cual supuso también una modificación sustancial en la experiencia de espacio y tiempo. Junto con los cambios en su significación, agrega el autor, fue mutando el rol social de la comunicación. Si en la Europa previa a la imprenta era entendida como un repositorio de la tradición, con la invención de Gutenberg se transformó en un recurso simbólico para el cambio social, jugando un rol central en eventos como la Reforma protestante y el Renacimiento, para terminar consolidándose, en la era moderna, como el denominador común de la vida pública.
Actualmente se asiste a una creciente transfronterización de la comunicación. Procesos comunicacionales que antes permanecían sujetos a los límites de cada estado hoy se desarrollan a través de las fronteras internacionales. Esto ha tenido múltiples efectos. Por ejemplo, ha modificado el modo en que las personas deciden a dónde desplazarse. La información y las representaciones sobre lo que ocurre en distintos lugares del mundo circulan a través de los medios de comunicación, cruzando fronteras e influyendo en la decisión de las personas de emigrar hacia destinos geográficamente distantes (Morrissey, 2018; Belloni, 2020; Huang, 2022). A su vez, advertidos de este fenómeno, los gobiernos de países ricos utilizan los medios para reforzar sus fronteras, difundiendo campañas destinadas a desalentar la inmigración proveniente de naciones más pobres (Musarò, 2019). Por otra parte, ciudadanos y ciudadanas de estados en conflicto recurren a los nuevos medios para fomentar la paz (Kumar y Semetko, 2018), y habitantes de regiones fronterizas despliegan complejas estrategias al consumir medios procedentes del otro lado de la frontera (Jalli y Setianto, 2020).
El presente capítulo se divide en tres secciones. La primera aborda la especificidad de los estudios comunicológicos y algunas de las principales teorías y modelos de la comunicación. La segunda está dedicada a describir someramente el panorama comunicológico latinoamericano. La tercera comprende las relaciones entre comunicación, frontera e imaginarios de la nación en América Latina.
Estudios científicos sobre comunicación
La amplitud intrínseca de la comunicación y su ubicuidad en las sociedades modernas han dado lugar a una gran cantidad de perspectivas teóricas que intentan dar cuenta de su funcionamiento desde variadas disciplinas. Pero estas aproximaciones, a menudo, se acumulan de manera inconexa. A fines del siglo pasado, Anderson (1996) analizó el contenido de siete libros de texto sobre teoría de la comunicación y encontró 249 teorías, de las cuales 195 aparecían solo en una de esas publicaciones y solo 18 estaban incluidas en más de tres de esos libros. Se advierte, entonces, que hay una importante dispersión teórica en el campo de la comunicación.
Distintos autores han lamentado este estado de fragmentación, considerando que la incapacidad de superar barreras disciplinares y reconocer puntos de coincidencia entre los académicos y académicas que se dedican al tema impide la consolidación de un campo de estudios reconocible y coherente (Rosengren, 1993; Craig, 1999, 2007). En ese sentido, argumentan que es necesario un acuerdo transversal acerca del eje sustancial de los estudios comunicológicos. Más allá de sus distancias, todas las teorías disponibles son mutuamente relevantes si se las considera en relación con un mundo de la vida en el cual la comunicación ya constituye, de hecho, un rico núcleo de significaciones y prácticas.
A pesar de su dificultad para cohesionar en torno a un campo de estudios claramente definido, el pensamiento comunicológico ha generado un gran volumen de teorías y modelos ampliamente difundidos, aplicados en una importante cantidad de estudios empíricos y enseñados en las principales carreras universitarias dedicadas al tema. La pareja de especialistas belgas Mattelart y Mattelart (1997) repasan algunas de estas perspectivas teóricas, en un recorrido que empieza en la Europa del siglo XIX y se profundiza durante la primera mitad del siglo XX en los Estados Unidos, donde la teorización adquirió un carácter sistemático y empírico.
El autor y la autora destacan un primer hito en la rama estadounidense de la comunicología: la escuela de Chicago, que fomentó la observación microsociológica de los modos de comunicación en la ciudad, entendiendo a la urbe como un laboratorio social a gran escala. Esta aproximación minimalista y empírica al fenómeno comunicacional constituyó un quiebre respecto de la teorización más abstracta que se había producido hasta el momento. Desde este enfoque, la escuela de Chicago dio lugar a formulaciones como la ecología humana de Robert Park y Ernest Burgess, que pretendía aplicar los fundamentos teóricos de la ecología vegetal y animal al estudio de las relaciones interindividuales. Asimismo, permitió, a través de la propuesta de Charles Cooley, reconocer la importancia de los grupos primarios de pertenencia en la sociabilidad de las personas y en los procesos comunicacionales en los que estas se involucran. A su vez, abordó la tensión entre individuo y técnica y se ocupó, mediante el trabajo de John Dewey, del rol contradictorio que asume la comunicación en las sociedades modernas, proporcionando a las personas vías de emancipación y, al mismo tiempo, de sometimiento a la homogeneidad.
El recorrido propuesto por la pareja de origen belga continúa con el nacimiento, a partir de la Primera Guerra Mundial, de la mass communication research, traccionada por la preocupación norteamericana ante el avance de los totalitarismos europeos. Esta escuela de pensamiento puso el foco en la comunicación masiva, concibiendo a los medios como instrumentos eficaces y omnipotentes de propaganda y a sus públicos como receptores pasivos, según el esquema unidireccional estímulo-respuesta.
Una de sus expresiones es el modelo de la aguja hipodérmica de Harold Lasswell, de acuerdo con el cual los medios pueden ser utilizados para inocular mensajes en las masas, logrando un efecto directo e indiferenciado. Del mismo autor sobresale su análisis de los efectos, que distingue tres funciones sociales de la comunicación: vigilancia del entorno, puesta en relación de los componentes de la sociedad y transmisión de la herencia social. Paul Lazarsfeld y Robert Merton agregaron una cuarta dimensión: el entretenimiento. Otra corriente, igualmente mecanicista, vio la luz en los años cuarenta. Se trata de la teoría matemática de la información, representada por el modelo formal de Claude Shannon, que esquematizó las comunicaciones como transmisión de mensajes a través de un dispositivo que consta de cuatro instancias: fuente, transmisor, receptor y destino.
Hacia mediados del siglo XX, agregan Mattelart y Mattelart (1997), comenzaron a desarrollarse una serie de estudios críticos de inspiración marxista, claramente diferenciados de la investigación precedente. Fueron encabezados, primero, por la escuela de Frankfurt y, más tarde, desde los años sesenta, por el estructuralismo francés y los cultural studies británicos. Esta perspectiva propuso una visión alternativa de los medios, ya no como aliados de la democracia, sino como instrumentos del poder y la dominación. También, desde los sesenta, surgieron enfoques centrados en unidades de análisis de menor escala, con énfasis en las relaciones intersubjetivas y, fundamentalmente, en el grado de autonomía de las audiencias frente al mensaje de los medios.
Los estudios de comunicación comparten con los de fronteras una serie de intereses de investigación. Ambos tienen una especial preocupación por los flujos e intercambios, los cierres y aperturas, así como también por la circulación de significados y representaciones. Si bien esta coincidencia no ha dado lugar a una articulación institucionalizada y coherente a lo largo del tiempo, es posible reconocer una importante cantidad de estudios en los cuales se entrelazan aspectos comunicacionales y fronterizos. Una de las experiencias más recientes de diálogo entre ambas corrientes de estudios se está produciendo en torno a la emergencia de procesos de refronterización vinculados al auge de los nacionalismos en distintos lugares del planeta. Distintos estudios han demostrado que el supuesto posmoderno de la pérdida de importancia de las fronteras nacionales se ve cuestionado por la actual tendencia al reforzamiento fronterizo y la propagación de la xenofobia a través de distintas plataformas comunicacionales (Cisneros, 2011; Goodwin-Hawkins y Jones, 2019; Wille y Nienaber, 2020).
Comunicología en América Latina
Desde su surgimiento en los años cincuenta, la teoría comunicológica latinoamericana ha generado una variada producción, generalmente identificada con una visión contrahegemónica del quehacer científico y una preocupación por los modos en que la desigualdad, la dominación y el poder se reflejan en la región. En América Latina, como remarcan Chaffee et al. (1990), el desarrollo de los estudios sobre comunicación es indisociable de su condición subalterna respecto de la academia anglosajona. También incide el marco desigual de las trayectorias asumidas por académicos y académicas, como de sus instituciones de pertenencia.
Algunas de las aportaciones más conocidas del pensamiento comunicológico latinoamericano son la crítica de la teoría de la modernización, el modelo de la dependencia y el imperialismo cultural, la producción sobre comunicación alternativa, los estudios sobre cultura popular y, más recientemente, a medida que el neoliberalismo avanzaba en el subcontinente, la introducción de sensibilidades poscoloniales en torno a aspectos como la raza y la etnicidad, la identidad nacional y la ciudadanía, la memoria y la otredad (Murphy y Rodríguez, 2006).
En América Latina se suscitó una combinación de condiciones sociohistóricas locales e influencias foráneas, inicialmente del marxismo y la semiótica francesa y luego de los estudios culturales británicos, así como el rechazo al individualismo acrítico de la escuela norteamericana. Esta coyuntura dio paso al desarrollo endógeno del pensamiento latinoamericano sobre comunicación. Con ello, se cimentó una concepción de la investigación como parte de las luchas sociales, políticas e ideológicas por la significación de los procesos comunicacionales en el contexto del capitalismo (Waisbord, 2014). No es casual, en ese sentido, que buena parte de las universidades en la región utilicen la expresión comunicación social en la denominación de sus programas de estudio. Este constituye un fenómeno por demás inusual en los países del Norte, donde se suele optar por el término communication, a secas.
En cuanto al estatus epistemológico de la producción latinoamericana sobre comunicación, Enghel y Becerra (2018) sostienen que dos de sus aspectos más salientes son el sincretismo teórico y metodológico y el énfasis en la praxis, a menudo a expensas de hacer avanzar la originalidad de sus conceptualizaciones de un modo sistemático y coherente.
Similarmente, Waisbord (2014) considera que la comunicología latinoamericana se encuentra al mismo tiempo unida y fragmentada. Se debe a que mantiene su arraigo respecto del núcleo teórico-analítico crítico desarrollado desde los años sesenta, pero su consolidación e institucionalización estuvo acompañada, desde los ochenta, de una creciente dispersión empírica en múltiples líneas de investigación paralelas y a menudo aisladas unas de otras. Al respecto, el autor propone retomar las discusiones ambiciosas que hicieron de la academia latinoamericana sobre comunicación una escuela reconocible. Para ello sería necesario volver a poner las cuestiones teóricas en el centro, comprometerse con argumentos producidos en distintos contextos y participar más activamente en la discusión comunicológica global.
Con respecto a los estudios sobre frontera, uno de los nudos temáticos en los cuales estos se encuentran con los estudios de comunicación producidos en Latinoamérica es la representación mediática de la inmigración. Existe una cuantiosa producción académica sobre los discursos que los medios producen sobre la situación migratoria en distintos países de la región. Aunque estas investigaciones no siempre incluyen en forma explícita la consideración del aspecto fronterizo, el cruce de fronteras y sus implicancias siempre se encuentran presentes en ellos aunque sea implícitamente (Espinel Rubio et al., 2020; Bonhomme y Alfaro Muirhead, 2022; Doña-Reveco, 2022; Melella y Jensen, 2022).
Comunicación, frontera e imaginarios sociales de la nación en América Latina
Al igual que la idea de comunicación, la noción de frontera condensa varios usos y significaciones, lo que ha resultado en una labilidad conceptual que a veces atenta contra su operatividad (Benedetti, 2018). Además de compartir esta laxitud terminológica, las palabras comunicación y frontera se encuentran emparentadas porque contienen una intrínseca potencialidad de intercambio, transmisión o puesta en común. En efecto, si bien las fronteras están diseñadas para separar, también contienen dispositivos destinados a facilitar el cruce de mercadería, servicios, personas y una densa gama de significaciones. Por eso se puede decir, como destaca Valenzuela Arce (2014), que las fronteras tienen una dimensión disyuntiva y una dimensión conjuntiva.
Por otra parte, tanto la comunicación como la frontera pueden ser entendidas como instrumentos tendientes al mantenimiento del estado de cosas existente. La comunicación masiva propende, a través del mensaje de los medios, a la conservación del statu quo a través de la difusión de visiones del mundo dominantes en la sociedad de la que forman parte (McQuail, 1994). Por su parte, la frontera es un artefacto sustancial a los fines del aseguramiento de la perdurabilidad del estado, pues, tanto de facto como de iure, “pone límites o fin —define— al ámbito de aplicación de su autoridad” (Alonso Meneses, 2021, p. 36). Comunicación y frontera, entonces, han sido fundamentales a lo largo de la historia para asegurar la persistencia de las formaciones desiguales en torno a las cuales se erigen las sociedades latinoamericanas.
En América Latina, la frontera —material y simbólica— con el indio, heredada de la corona hispana, sentó las bases de los procesos de delimitación territorial y construcción de alteridad que caracterizarían a los estados nacionales surgidos a partir del siglo XIX (Urbina Carrasco, 2009; Benedetti y Salizzi, 2014; Goicovich, 2017). La codificación de las diferencias entre las personas conquistadoras y conquistadas a partir de la idea de raza sirvió para legitimar la dominación de las segundas con base en una supuesta superioridad biológica de las primeras (Quijano, 2014).
De acuerdo con la teoría decolonial latinoamericana, los estados nacionales postcoloniales perpetuaron este esquema de poder a través de dos dispositivos fundamentales. De un lado, se forjó la idea del mestizaje. En efecto, a través de la figura del crisol de razas se buscó suprimir la diversidad de las memorias no-blancas, diluyéndolas en la idea de una hibridez perfecta entre lo europeo y lo indígena (Segato, 2010). De otro lado, se produjo la construcción de alteridad, a partir de la cual quienes llevan en sus cuerpos las marcas asociadas a lo no-blanco son instituidos como otros respecto de un nosotros nacional estructurado en torno al ideal de la blanquitud (Segato, 2002, 2007).
Las narrativas de lo nacional en América Latina se organizaron en torno a la reivindicación de lo europeo y la negación de los elementos no-blancos presentes en el territorio nacional. En el proceso de solidificación de estos discursos en la memoria y la identidad colectivas tuvieron un rol crucial los imaginarios sociales y los medios de comunicación. Los primeros, porque delimitaron los marcos dentro de los cuales tuvieron lugar las acciones y disposiciones de las personas, estableciendo las distinciones fundamentales entre “lo que vale y lo que no vale […], lo que se debe y lo que no se debe hacer” (Castoriadis, 2013, p. 234). Los segundos, porque fungieron como agentes de validación y reproducción social de las imaginerías fundacionales de la nación y sus límites, sus nosotros y sus otros. Al respecto, estudios como los de Chust (1997), para el caso mexicano, o Rubilar Luengo (2015), para el caso chileno, entre otros, demuestran que la prensa tuvo un rol activo en períodos clave de la organización nacional, movilizando imaginarios sociales que sirvieron para unificar la nación en torno a los intereses de las élites gobernantes.
Por otra parte, si se entiende a la frontera como un espacio liminal (Turner, 1982), donde la mismidad se ve permanentemente interpelada por la proximidad de la diferencia, no sorprende que esta sea objeto de disputas por su significación. El discurso mediático interviene poniendo en juego determinados imaginarios sociales de la frontera que guardan relación con las formas en que cada sociedad se representa a sí misma, percibe a sus otros y semantiza su relación con la alteridad. En ese sentido, por ejemplo, se ha reportado que la frontera norte de la Argentina es representada en la prensa de ese país como un territorio lejano, degradado y peligroso (Navarro-Conticello y Benedetti, 2020), mientras que distintos estudios sobre la frontera mexicano-estadounidense han encontrado representaciones mediáticas de ese espacio en términos de conflicto, amenaza o invasión (Kearney, 1991; Méndez Fierros y Reyes Piñuelas, 2021).
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