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Contacto

Carina P. Lucaioli

La palabra contacto –del latín contactus– está compuesta por el prefijo con (junto) y por tactus (tocado). La RAE reconoce seis acepciones: 1) Acción y efecto de tocarse dos o más cosas; 2) Conexión entre dos partes de un circuito eléctrico; 3) Dispositivo para establecer un contacto en un circuito eléctrico; 4) Enlace –persona que establece relaciones entre otras–; 5) Relación o trato que se establece entre dos o más personas; y 6) Impresión positiva, obtenida por contacto, de un negativo fotográfico (https://dle.rae.es/contacto). La primera y la quinta entrada se vinculan estrechamente con la categoría de frontera en tanto ellas suponen espacios de interacción e intercambio entre grupos diversos. La cuarta acepción, insertándola al ámbito fronterizo, permite pensar en la mediación y los personajes de carne y hueso que facilitan el diálogo y el contacto cultural.

En su sentido más clásico, las fronteras territoriales constituyen tanto límites de separación como espacios de contacto. En el pasado como en la actualidad, fueron y son lugares propicios para la articulación social y el encuentro entre grupos humanos, facilitando el intercambio entre diferentes grupos étnicos, lenguas y culturas. Estos contactos promueven instancias de definición y redefinición de la alteridad, activan procesos de hibridación, mestizaje e interculturalidad y estimulan los cambios lingüísticos. Es así que, en el plano conceptual, numerosas disciplinas del campo social han prestado atención al contacto fronterizo. En el plano práctico, la interrelación fronteriza resulta clave para el desarrollo de políticas sociales y la planificación territorial de los gobiernos de turno.

La colonización es uno de los campos más fértiles para estudiar los procesos asociados a la interacción entre grupos diversos, dado que siempre implica el contacto entre culturas locales y foráneas. Durante la conquista y colonización de América, el contacto entre las culturas nativas y extranjeras se prolongó durante largos períodos y la mayor parte de esa interacción se desplegó en los espacios de frontera. Desde la antropología histórica, las fronteras coloniales americanas pueden entenderse como espacios privilegiados para el contacto entre colonizadores e indígenas, en donde ninguno de los grupos étnicos implicados pudo ejercer un control efectivo sobre los demás ni sobre el territorio.

La definición misma de grupo étnico conduce a la consideración conjunta de los conceptos de contacto y frontera. Barth (1976) ha advertido que son precisamente las fronteras entre los distintos grupos étnicos las que definen sus contrastes y señalan las diferencias que sientan las bases de las identidades grupales y organizan la interacción. Señaló, además, que esos bordes no se definen por los contenidos culturales, sino que se construyen por medio del contacto y la interacción con otros grupos que se reconocen diferentes.

Por su parte, Cardoso de Oliveira (1971) propuso incorporar la dimensión conflictiva del contacto, definiendo a las fronteras identitarias como áreas de fricción interétnica. Estos aportes pusieron de relieve que el contacto cultural –a menudo conflictivo– es condición necesaria para la consolidación de la alteridad y la definición de las fronteras étnicas que permiten a los grupos auto-reconocerse y ser reconocido por los demás. Asimismo, todos los grupos sociales y todas las culturas se encuentran permanentemente sometidas al contacto y la confrontación con otros, lo que desencadena procesos de constante reconstrucción (Boccara, 1998).

Este capítulo se divide en cuatro secciones. En la primera se analiza la conformación del concepto de frontera desde la perspectiva del contacto, abordando diferentes momentos historiográficos. La segunda sección reflexiona sobre las dinámicas socioculturales e identitarias implicadas en y por la interacción colonial. La tercera, repasa las modalidades del contacto, atendiendo a diversas variables de análisis. Finalmente, la cuarta sección aborda, brevemente, las instituciones que fueron creadas por los funcionarios de la Corona española para ordenar la interacción con los grupos nativos en las fronteras.

Conquista y contacto colonial

La conquista de América comenzó como consecuencia del contacto, casi fortuito, entre personas europeas e indígenas. El énfasis puesto en esta perspectiva derivó en la noción de encuentro entre dos mundos, una de las concepciones más arraigadas en el imaginario popular. Las críticas decoloniales señalaron que detrás de esta fórmula se encubren numerosos presupuestos eurocéntricos y simplistas que dificultaron la comprensión histórico-antropológica del complejo proceso de conquista y colonización.

En primer lugar, se advirtió que el mencionado encuentro entre dos mundos reduce la realidad sociocultural a dos únicos bloques –blancos e indios–, entendidos como homogéneos y preexistentes (Combès, 2010). Asimismo, niega la historicidad de los pueblos americanos al considerar al contacto colonial como su punto de partida y el mal llamado “encuentro” enmascara las asimetrías de poder, ocultando las políticas imperialistas de dominio y explotación de las metrópolis europeas sobre la población nativa (de la Cadena, 2007).

A partir de la década de 1960, algunas investigaciones comenzaron a cuestionar el discurso ingenuo de la conquista, otorgándole visibilidad a los estragos que provocó la colonización en las poblaciones indígenas. Se puso en el centro del análisis a los procesos de aculturación y los mecanismos de asimilación, integración, rechazo y desestructuración social (Spicer, 1961; Wachtel, 1971; Susnik, 1972; Lorandi, 1988). Estos enfoques propusieron reemplazar el eurocentrismo tradicional por una perspectiva indigenista, con la intención de recuperar en la narrativa de la conquista americana la marginada figura de los grupos nativos. En este giro crítico, la imagen del encuentro fue trastocada por la del choque cultural, que imprimió una mirada trágica de la conquista enfocada en los efectos perversos y desestructurantes del contacto.

Estos trabajos instauraron la necesidad de estudiar las consecuencias únicas y particulares de la colonización de los pueblos americanos. En este sentido, aportaron una alternativa a la interpretación difusionista del cambio social –consolidado en las primeras décadas del siglo XX– que reducía la explicación a los préstamos e influencias que las sociedades “más desarrolladas” imponían a las sociedades “más simples”. Con la perspectiva indigenista se inició el camino hacia la interpretación de los procesos de cambio cultural, político e identitario operados en las poblaciones nativas como consecuencia del contacto con los grupos europeos, sin reducirlos al préstamo cultural y la transmisión de influencias.

No obstante, aún era preciso superar la dualidad entre “vencedores y vencidos” que persistía en esos modelos de interpretación, para poner el foco en las capacidades creativas de las sociedades indígenas y sus agencias particulares en cada contexto. Este giro vino acompañado de una redefinición sustancial del concepto de frontera colonial, que puso en segundo plano su acepción de línea o límite de separación para privilegiar la de espacios de interacción (Nacuzzi, 2010). Pratt (1992) propuso hablar de zona de contacto, para tomar distancia de la perspectiva europea implícita en el concepto de frontera, entendida como límite del avance imperial. De esta manera, privilegió las dimensiones interactivas e imprevistas de los contactos coloniales y definió a las zonas de contacto como determinados espacios sociales donde se encuentran y enfrentan, en un momento singular, culturas dispares envueltas en relaciones asimétricas de dominación y subordinación.

Se advirtió, también, que esos contactos se desarrollaban en el marco de condiciones militares, comerciales, sociales y políticas particulares, para las cuales se crearon instituciones específicas como la misión, la encomienda, las milicias y los fuertes (Mayo, 2000). Así, la frontera fue considerada como el locus privilegiado de relación entre sociedades distintas (Mandrini, 1992), un ámbito pleno de interacciones, intercambios y trasvases culturales (Quijada, 2000) en constante reacomodamiento (Nacuzzi, 1998). En suma, se acuerda que los espacios de frontera coloniales constituyeron ámbitos porosos, flexibles y creativos que favorecieron la interacción y la circulación de ideas, personas y bienes, desencadenando procesos de mestizajes y cambios identitarios (Gruzinski, 2000; Boccara, 2003).

Dinámicas socioculturales del contacto

Aun cuando se reconocieron los procesos de mestizaje e hibridación propios de los espacios de frontera, algunos autores señalaron que detrás de estas explicaciones seguía operando el esquema reduccionista de pensar a las culturas como objetos predeterminados y a los efectos del contacto como mezclas. El middle ground, concepto acuñado por White (1991), buscó superar ese modelo proponiendo que los aspectos creativos y las instancias de comunicación colonial impulsaron el surgimiento de una cultura común –novedosa e históricamente situada– entre los indígenas y los europeos.

No se trata ya de la transformación de culturas preexistentes por las influencias e intercambios biológicos, lingüísticos y culturales como podría proponer el modelo del mestizaje, sino de la creación de algo completamente nuevo surgido del contacto. Para Boccara (2005), en tanto espacio real a la vez que simbólico, el middle ground resume la expresión de crear “Nuevos Mundos en el Nuevo Mundo”. En ese sentido, se alinea con los conceptos críticos de lógicas mestizas (Amselle, 1998) y pensamiento mestizo (Gruzinski, 2000). Todos ellos buscan evadir los modelos rígidos, dicotómicos, etnocéntricos y etnificantes para devolverle a los procesos históricos todo su espesor.

Gracias a este giro epistemológico, las agencias indígenas cobraron protagonismo y comenzaron a recuperarse las voces sistemáticamente acalladas por los discursos hegemónicos sobre la conquista y la colonización de América. La perspectiva del contacto colonial como rasgo definitorio de los espacios fronterizos permitió observar los complejos procesos de cambio y las adaptaciones estratégicas operadas por las poblaciones nativas, relativizando la dicotomía imperante entre la aculturación y la resistencia. Actualmente, existe un amplio consenso entre las y los investigadores sobre el hecho de que las relaciones interétnicas desplegadas en los ámbitos de frontera, ya fueran pacíficas o conflictivas, forjaron complejos procesos de mestizaje e hibridación, etnogénesis y etnificación.

Estos conceptos se sometieron, a su vez, a redefiniciones y ajustes, volviéndose más operativos para comprender los fenómenos fronterizos desde la perspectiva del contacto interétnico. La definición de mestizaje abandonó muy tempranamente su carácter exclusivamente biológico para incluir a todos los fenómenos de adopción, influencias, ajustes o transformación generados por la interacción entre grupos y culturas (de Jong y Rodríguez, 2005). Así, se incluyó al mestizaje en los procesos de construcción de nuevas identidades colectivas (Gruzinski, 2000; Boccara, 1998).

Por su parte, la etnogénesis había sido entendida como emergencia física o biológica de un nuevo grupo étnico. A partir de estas perspectivas se despojó de este condicionamiento para explicar las transformaciones de la identidad de un grupo a lo largo del tiempo a partir de la relación con la otredad (Bartolomé, 2006).

De este modo, los conceptos de mestizaje y etnogénesis consideran al cambio como modo de producción y reproducción de las culturas y de los grupos étnicos en contacto. Gracias a ellos fue posible identificar las respuestas estratégicas operadas por los grupos indígenas no incorporados a las administraciones coloniales para enfrentar las presiones impuestas y mantener autonomía política, aun en el contexto asimétrico de las relaciones de dominación colonial.

Tipos de contacto en las fronteras coloniales

En el campo de los estudios coloniales, el contacto entre personas nativas y foráneas es tanto punto de partida como condición necesaria. Sin embargo, las formas en que se produjeron y prolongaron en el tiempo las interacciones coloniales respondieron a las circunstancias específicas de cada contexto fronterizo.

Diferentes variables intervinieron en la definición de los contactos en cada uno de los espacios de frontera, relacionadas con: sus características geográficas, los grupos humanos puestos en relación, las políticas imperialistas de cada metrópoli, las posibilidades materiales y económicas, los dispositivos de control implementados, el grado de resistencia indígena, las presiones impuestas por otras potencias, las dificultades de comunicación, la asiduidad de los contactos y el grado de interdependencia, entre muchísimas otras causalidades. Las formas en que se establecieron los contactos motorizaron los procesos de mestizaje y las redefiniciones identitarias.

Una primera clasificación de las formas del contacto colonial (Gruzinski y Rouveret, 1976), según el grado de inmediatez, reconoce la diferencia entre:

  • Directos. Ocurren entre personas de carne y hueso que se encuentran e interactúan. Por ejemplo, en los enfrentamientos armados o los intercambios de bienes comerciales.
  • Indirectos. No se producen encuentros cara a cara, pero aun así se incorporan influencias de culturas vecinas. El ejemplo más reconocido es la introducción del caballo entre las sociedades indígenas americanas. Los primeros ejemplares, introducidos por los colonizadores y reproducidos rápida y libremente en el territorio, habrían sido incorporados a las economías indígenas modificando profundamente la cultura, tiempo antes de que se dieran los contactos directos entre europeos y nativos (Palermo, 1986).

Desde otra perspectiva (Wagner, 1998), los contactos fronterizos pueden considerarse:

  • Homogéneos. Se dan cuando se reconoce cierta igualdad entre las culturas en contacto.
  • Dispares. Ocurren cuando las asimetrías culturales se traducen en asimetrías de poder y relaciones de dominación de un grupo sobre otro.

Relacionado a ello, algunos autores distinguen entre:

  • Tempranos. Son aquellos que podrían ubicarse en el momento del “encuentro” y que se caracterizan por la ausencia de consenso y hegemonía.
  • De larga duración. Son aquellos que se inscriben en contextos de dominación colonial y asimetrías de poder (Lamana, 2008; Lorandi y Boixadós, 2009). Las críticas decoloniales han insistido en no perder de vista que los procesos de colonización se asientan en relaciones desiguales de poder entre europeos y nativos; así, se ha prestado menor atención a las relaciones horizontales que se desplegaron en las fronteras coloniales, tanto entre europeos como entre nativos, y a las dinámicas impuestas por esa interacción.

Asimismo, los contactos interétnicos pueden ser:

  • Violentos. No se reducen únicamente a la agresión física ni a la intencionalidad, sino que incluyen los efectos no deseados sobre el paisaje y los recursos naturales por la introducción de nuevas especies; la transmisión de nuevas enfermedades; la violación no intencional de tabúes o sitios sagrados de los grupos indígenas, entre muchas otras acciones.
  • Pacíficos. Cuando no revisten efectos traumáticos, como la convivencia intercultural, los intercambios de bienes y servicios o las alianzas matrimoniales.

Otra clasificación posible descansa en las motivaciones y el contenido específico de las relaciones sociales. Desde esa perspectiva, es posible identificar contactos económicos, políticos, diplomáticos, simbólicos, lingüísticos, interculturales e interétnicos.

Institucionalización del contacto

Los procesos de conformación de las fronteras coloniales respondieron al ritmo de la ocupación imperial en el continente americano. En la etapa de conquista de cada nuevo territorio, desde la perspectiva de los colonizadores las fronteras estaban definidas por el frente del avance colonial y marcaban el límite entre lo conocido y lo desconocido. En un segundo momento –ligado a una relativa consolidación de la presencia colonizadora–, las fronteras devinieron espacios de interacción, caracterizadas por los contactos más estables con los grupos nativos y el intercambio sistemático de ideas, personas y objetos (Boccara, 2005). En la segunda etapa, también, se consolidaron las asimetrías de poder y las relaciones de dominación entre colonizadores y nativos (Lamana, 2008).

En algunas ocasiones, cuando las asimetrías entre los grupos en contacto no fueron suficientes para otorgar el dominio efectivo del territorio a uno u otro bando, las fronteras coloniales perduraron en el tiempo. Algunos grupos indígenas –especialmente los nómades, que lograron evadir mejor las estrategias del control imperial– ejercieron una fuerte resistencia al avance colonizador, manteniendo una gran cuota de autonomía política y económica (Nacuzzi et al., 2008). Comanches, apaches, cherokees, kiowas, iroqueses, seminoles, yaquis, guajiros, miskitus, chiriguanos, charrúas, minuanos, abipones, mocovíes, tobas, tehuelches, pehuenches y mapuches, son algunos etnónimos de los muchos grupos indígenas que, a lo largo y ancho del continente americano, enfrentaron el avance colonial.

La resistencia no implicaba sostener un estado de violencia y confrontación permanente ni mantenerse al margen de las actividades fronterizas. La autonomía política y el control de sus territorios se sostuvieron en y por la interacción estratégica en los espacios de frontera y la adaptación a las reglas de juego que imponía el contacto colonial.

Estas fronteras de soberanías imbricadas (Boccara, 2005), fueron más numerosas y duraderas de lo que recuerdan los discursos hegemónicos de la conquista. Los documentos coloniales usaban la expresión “tierra adentro” para dar cuenta de estos territorios controlados por los grupos nativos que se localizaron en diferentes regiones del continente: en las llanuras norteamericanas; en la zona septentrional de México; en la región caribeña de Colombia y Venezuela; en la zona atlántica de Nicaragua; en el sudeste boliviano; en la zona meridional de Chile; en el chaco austral, el litoral y las regiones pampeano-patagónicas argentinas, entre muchas otras.

En esas zonas de contacto, los imperios europeos implementaron diversos dispositivos de control para encauzar las relaciones con los grupos indígenas insumisos. Ello tenía la doble intención de proteger el territorio colonizado, evitando retrocesos y despoblamientos, y de avanzar sobre la tierra adentro, incorporando a los grupos indígenas al aparato colonial.

Instituciones del contacto

Las instituciones de estos espacios de frontera variaron según la región y el período. En el caso de la colonización española, entre las más habituales se encuentran: las encomiendas y pueblos de indios, las misiones religiosas, la guerra y la diplomacia.

Las encomiendas, de origen feudal y preexistentes a la etapa imperial, fueron una de las primeras instituciones implementadas en las fronteras hispanoamericanas. Se trataba de una merced otorgada por el rey a determinados conquistadores, quienes recibían un grupo de indígenas a cargo por los servicios prestados. Los encomenderos debían asumir la evangelización de los nativos y, a cambio, disponían de su trabajo y del pago del tributo (Barriera, 2006). Las encomiendas, compuestas por indígenas rápidamente incorporados al sistema, fueron habituales y numerosas durante la etapa de conquista y los primeros años de la colonización.

Los grupos encomendados fueron reducidos y fijados en pueblos de indios, sufriendo traslados forzados, separaciones, reagrupamientos y condiciones laborales deplorables. Como consecuencia de ello, se identificaron diversos procesos de desestructuración de las comunidades indígenas encomendadas (Lorandi, 1988) y de etnificación –digitación externa de sus identidades– mediante la imposición de rótulos que resultaban operativos para la organización colonial (Cruz, 1992; Giudicelli, 2009).

Por otro lado, la guerra fue una institución clave para controlar a los indígenas rebeldes, fortalecer la presencia española en los espacios de frontera y avanzar la línea de ocupación territorial (Vitar, 1997). Esta institución permitía combinar estrategias defensivas –como el establecimiento de fuertes, fortines y presidios– para contener el avance indígena, con políticas ofensivas –conformación de cuerpos de milicias y entradas punitivas– cuyo principal objetivo era someter por las armas a los grupos insumisos. La institución del cautiverio, subsidiaria a esta última modalidad, permitió encauzar un gran volumen de interacciones con consecuencias sociales, políticas, económicas, diplomáticas y simbólicas (Socolow, 1992).

Así, en torno a la guerra colonial y sus dispositivos de poder se tejieron numerosas modalidades de contacto que no se limitaron al enfrentamiento armado. En las interpretaciones historiográficas hubo un sobredimensionamiento de la violencia en la lucha contra los grupos nativos (Roulet, 2006), al igual que la adjudicación de un ethos guerrero culturalmente determinante a los grupos indígenas insumisos (Susnik, 1972; Clastres, 1977). Estas contribuyeron a invisibilizar otros aspectos relacionados con la persuasión, las intermediaciones y la búsqueda de espacios de negociación o los intercambios económicos articulados mediante la agencia indígena.

En el caso de las misiones religiosas, fueron dispositivos habitualmente implementados para mediatizar y organizar las relaciones con los grupos nómades en los espacios de frontera. Mediante diálogos diplomáticos o por la fuerza, se conformaron pueblos de indígenas reducidos a cargo de diferentes órdenes religiosas, como jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios. En los primeros estudios sobre las reducciones, se identificaron tres funciones principales: evangelizar, civilizar y explotar mano de obra (Bolton, 1917). Más tarde se reconoció el rol fundamental de esta institución en la fijación de la frontera y en la construcción colonial del indígena como sujeto histórico.

Desde esa perspectiva, las misiones se analizaron como espacios de dominación y transculturación que fomentaron profundas transformaciones sociales, culturales y demográficas entre los grupos indígenas reducidos (Langer y Jackson, 1995; Saeger, 2000). De esta manera, la atención sobre las poblaciones indígenas reducidas –y no ya sobre los objetivos coloniales– reveló también las dificultades que encontraron los misioneros para ejercer el control absoluto sobre la población, poniendo al descubierto diferentes estrategias indígenas de resistencia y adaptación (Sweet, 1995). Actualmente se acuerda que estos dispositivos fueron, en la práctica, resignificados por las agencias indígenas, quienes redefinieron estos enclaves, combinando la interacción con diferentes actores hispanocriollos y con los grupos indígenas de tierra adentro (Lucaioli, 2011).

La diplomacia puede ser entendida en sentido amplio, como instancias de negociación entre diferentes grupos políticamente autónomos. Fue una institución muy relevante para el desarrollo de los contactos interétnicos en las fronteras. Tanto los diálogos formales como los acuerdos tácitos acompañaron el emplazamiento de ciudades, fuertes y pueblos de misión. Los acuerdos de paz, sobre todo aquellos que se conservaron por escrito, constituyen un tipo de interacción destacado por la historiografía como antecedente de las acciones diplomáticas entre el estado colonial y las comunidades indígenas (Levaggi, 2000). No obstante, estudios más recientes han señalado que detrás de las formalidades de los documentos de los tratados de paz, se esconden dificultades de comunicación entre las partes, el asiduo incumplimiento de los derechos y obligaciones registradas o la incapacidad institucional de hacerlas cumplir (Nacuzzi y Lucaioli, 2008). También hay tergiversaciones, ya que estos documentos exaltan, silencian y omiten determinado tipo de información para beneficio de los imperios (Roulet, 2004).

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