Alejandro Benedetti
En quechua, anti significa el punto cardinal este. A su vez, de dicho término se derivan los nombres Antisuyu o Antisuyo, que designan la “región este, parte comprendida por el lado de la salida del sol” (Laime Ajacopa, 2007, p. 13). En el siglo XVII la organización del territorio incaico fue descripto por Garcilaso de la Vega así:
Los Reyes Incas dividieron su imperio en cuatro partes que llamaron Tihuanti-Suyu (sic) [Tahuantinsuyo], que quiere decir “Las cuatro partes del Mundo”, conforme a las cuatro partes principales del cielo, oriente, poniente, septentrión y mediodía. Pusieron por punto, o centro, la ciudad del Cuzco. Llamaron a la parte del oriente Antisuyu, por una provincia llamada Anti que está al oriente; por la cual llaman Anti a toda aquella gran cordillera de sierra nevada que pasa al oriente del Perú. Llamaron Cuntisuyu a la parte del poniente… a la parte del norte llamaron Chinchasuyu… y al mediodía llamaron Collasuyu” (Vega, 1609, p. 7-8).
De Anti (región) y anti (punto cardinal=oriente) deriva el topónimo Andes, usado desde tiempos coloniales para denominar a la sucesión de montañas que se encuentran al este de Cusco y que atraviesan América del Sur en toda su extensión (Gobierno Regional Cusco y Academia Mayor de la Lengua Quechua, 2005).
El diccionario de la RAE acuñó el adjetivo andino recién en su diccionario de 1925: “andino (del lat. andīnus); adj. Natural de Andes” (https://apps2.rae.es/ntllet/SrvltGUILoginNtlletPub). Cultura andina, por ejemplo, adjetiva a las expresiones humanas que caracterizan a las tierras escabrosas ubicadas hacia el occidente sudamericano. Andes, además, es un topónimo con amplia difusión dentro y fuera de la propia región. Así se denominó en el pasado a un extinto territorio nacional de la Argentina, la gobernación Los Andes (1900-1943), y en el presente a un pueblo en Antioquía (Colombia), y a una ciudad y provincia chilena: Los Andes. También está en el nombre de las ciudades de San Martín de Los Andes y de Junín de Los Andes en Argentina, de la región de Los Andes en Venezuela, solo por nombrar los ejemplos más destacados, además de las numerosas calles y avenidas de ciudades en toda Sudamérica.
Este capítulo se interroga sobre los límites externos e internos de lo andino o de la región de los Andes. Se divide en cuatro secciones. La primera pone en relación la palabra Andes con la unidad geomorfológica cordillera. La segunda sección identifica algunas de las diversas formas en las que se organiza este espacio hacia su interior, mientras que la tercera presenta a la cordillera en su consideración como frontera entre Argentina y Chile. Finalmente, la tercera sección explora algunas de las construcciones imaginarias en torno a la cordillera como frontera.
Cordillera de Los Andes
Las montañas se distinguen por su topografía abrupta, marcada por grandes elevaciones y fuertes desniveles. Estas características morfológicas favorecen la diversidad biológica y climática. En el caso de la cordillera de los Andes, los patrones de biodiversidad están influenciados principalmente por la latitud: la variación relativa de la posición con respecto al Ecuador genera diferentes ecorregiones, que van desde las ecuatoriales y tropicales, pasando por las desérticas, las marítimas, hasta las subpolares. Sin embargo, también existen variaciones a lo largo de su extensión debido a la mayor o menor exposición a los vientos húmedos provenientes del Atlántico o del Pacífico, lo que determina la presencia de selvas, bosques o estepas (Serrano Cañadas, 2012). Todo esto redunda en una extraordinaria diversidad ambiental.
Una cordillera, por su parte, se define como un conjunto específico de relieves, diferenciándose de formaciones como las lomadas, las serranías o las cuchillas. El relieve cordillerano se caracteriza por la presencia de montañas de gran volumen y anchura, que permiten la formación de valles, altiplanos y divisorias de aguas diversas, con desniveles y altitudes de gran magnitud. La palabra cordillera surgió en el siglo XVI entre los historiadores de las Indias, aplicada a los Andes, con el significado de montañas unidas por una suerte de lazo. En su diccionario de 1780 la RAE definió a la cordillera como “montañas continuadas por larga distancia” (https://apps2.rae.es/ntllet/SrvltGUILoginNtlletPub) y, más recientemente, como “serie de montañas enlazadas entre sí” (https://dle.rae.es/cordillera).
A fines del siglo XIX, un viajero europeo ofrecía esta definición (sic): “Elevaciones del suelo, que tienen mucha lonjitud i comparativamente poca anchura, se llaman lomas, sierras, Cordilleras, i si estas elevaciones se estienden no solo en lonjitud, sino tambien en anchura, las llamamos mesetas i antiplanicies” (Philippi, 1898, p. 3). El término cordillera deriva del catalán cordell o cordill (equivalente a cordel o cadena), que a su vez proviene del latín chorda. Por ello, una sucesión de montañas en gran extensión suele denominarse cadena o cordón montañoso, usados como alternativas a la palabra cordillera.
Los sistemas montañosos tienen orígenes geológicos diversos. Los Alpes y el Himalaya surgieron por colisión entre placas continentales: proceso que comprime y engrosa la corteza terrestre en una franja. En cambio, los Andes, el sistema de tipo cordillerano más largo, se originó por el encuentro de la placa tectónica oceánica de Nazca y la continental sudamericana (Martínez de Pisón, 1993). En este proceso, la primera se sumerge bajo la segunda, y esta se eleva sobre la primera. Este fenómeno de subducción, junto con la interacción entre las placas, desencadena procesos geológicos fundamentales, como la deformación, la sedimentación y el magmatismo, que dan origen a la cordillera. La velocidad a la que se mueven estas placas es casi imperceptible, promediando alrededor de 4 cm al año. Este lento pero constante movimiento es el que, a lo largo de millones de años, ha dado forma a una de las cadenas montañosas más imponentes del planeta (Hongn et al., 2018).
La longitud de esta cadena andina abarca aproximadamente 8.500 km de longitud, desde el lago de Maracaibo (Venezuela) hasta la isla de los Estados (Argentina). Los Andes presentan una configuración característica: su sección más ancha corresponde al altiplano (entre el sur de Perú y el noroeste argentino), mientras que se estrecha progresivamente hacia los extremos septentrional (Venezuela) y meridional (sur de Chile y Argentina). Esta estructura arqueada con la forma de un plátano alberga además distintos alineamientos volcánicos a lo largo de su trayecto (Seyfried et al., 1999).
Esta vasta formación incluye montes, sierras, volcanes, valles y altiplanicies, y atraviesa siete países de Sudamérica: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y Argentina. Lejos de ser una simple línea o una franja estrecha, los Andes ocupan extensos terrenos de esos países, donde incluso se dividen en múltiples ramales. En Colombia, por ejemplo, se distinguen tres cordilleras: la Occidental, la Central y la Oriental. Por esta razón, resulta adecuada la noción de sistema cordillerano.
Finalmente, es preciso señalar que no debería asociarse lo andino exclusivamente al sistema orográfico andino, como tampoco olvidar su centralidad material y simbólica. Este concepto engloba una diversidad de unidades geohistóricas, producto de complejas intersecciones ambientales, económicas, políticas y culturales. La delimitación de lo andino ha generado amplios debates académicos, y no está exenta de revisiones y reajustes.
Andes como espacio social
La identificación de los Andes con la cordillera que atraviesa Sudamérica de norte a sur es, en sí misma, el resultado de un proceso histórico donde el reconocimiento científico jugó un papel clave. En este sentido, un hito fundamental fue la obra de Alexander von Humboldt, quien describió los Andes como un fenómeno sublime de la naturaleza, capaz de desafiar la comprensión humana.
En 1802, su ascenso al Chimborazo (6.400 msnm, Ecuador), que se plasmó en el Naturgemälde (cuadros de naturaleza), propició un giro epistemológico: se trata de un corte transversal del volcán que mostraba la distribución altitudinal de la vegetación, revelando la naturaleza andina como una red de interdependencias (Figura 1). Para Humboldt, la unidad no surgía de la homogeneidad, sino de la integración de la diversidad (Chaves y Margueliche, 2018). Además, sus obras transformaron el concepto de paisaje, de categoría centralmente estética a herramienta científica, fusionando la sensibilidad romántica con el rigor analítico. Este naturalista y geógrafo de origen alemán partió de una contemplación poética de la naturaleza para luego derivar en un marco científico que revolucionó su estudio (Souto, 2011).
Figura 1. Naturgemälde der Tropen publicado en Tableau physique des Andes et pays voisins (Humboldt, 1807)

Fuente: obtenido de Alexander von Humboldt Portal. (s. f.). Alexander von Humboldts Naturgemälde der Tropen: das „Tableau physique des Andes et pays voisins“ (1807). https://www.avhumboldt.de/?p=11781.
Además del paisajístico, otro eje que organiza lo andino es el pasado incaico. El mito fundacional de la territorialidad estatal peruana otorga especial relevancia al Tahuantinsuyo y al virreinato del Perú. Ambas configuraciones históricas han sido recuperadas por la memoria oficial peruana por representar un pasado de esplendor (Ibarra Crespo, 1999). Además, en el presente se materializa en patrimonio establecido como atractivo para el turismo (por ejemplo, la ciudadela de Machu Picchu o el centro imperial y luego ciudad colonial de Cusco). Por un lado, el Perú se vincularía directamente con la región andina de expansión del Tawantinsuyo. Posteriormente, el Perú se habría extendido a casi toda la Sudamérica hispánica al sur del istmo de Panamá, por ser el territorio que correspondía al virreinato del Perú antes de su división borbónica en el siglo XVIII: se extendía principalmente de norte a sur a lo largo de la cordillera y en algunas regiones adyacentes.
De manera similar, la narrativa nacionalista ecuatoriana construyó una imagen de antigüedad nacional basada en el pasado incaico. Frente a la indiscutible centralidad del Cusco en el Tawantinsuyo, Ecuador desarrolló el mito del Reino de Quito como fundamento del carácter inmemorial de su territorio. La historiografía nacionalista ecuatoriana ha tendido a reforzar esta visión mediante la evocación de la dinastía Duchicela-inca y, especialmente, mediante la apropiación simbólica de Atahualpa, el último soberano independiente del Tawantinsuyo que ejerció su poder desde Quito (Solari Pita, 2020). Paradójicamente, en ambos casos la exaltación memorial del pasado prehispánico en el imaginario nacional coexiste con el menosprecio hacia las poblaciones indígenas andinas contemporáneas, quienes continúan enfrentando diversas formas de exclusión y explotación.
Las regionalizaciones del espacio andino suelen establecer una distinción entre una zona central y otras dos marginales, al norte y al sur. El proceso civilizatorio andino, que se remontaría al pleistoceno, en torno al 10.000 a. C. (Cardich, 1996), suele asociarse a los Andes centrales, donde se extiende el altiplano en sus adyacencias. Este segmento también fue identificado por Dollfus (1991, p. 31) como los Andes tropicales: “la parte de las cordilleras que va desde Venezuela hasta el norte de Chile… entre los 10° de latitud N y los 23° S”. Sin embargo, pese a esta delimitación geofísica amplia, el autor concentra su análisis específicamente en la región comprendida entre Colombia y Bolivia, excluyendo así a tres países que igualmente se extienden hacia los Andes tropicales, Argentina, Chile y Venezuela:
Tanto en Colombia, Ecuador, Perú como en Bolivia, las actividades y los recursos de las montañas andinas desempeñan un papel importante para sus poblaciones… el Chile humanizado vive al pie de la montaña. Lo mismo sucede en Argentina…: ahí las regiones de montaña ocupan un lugar relativamente secundario en la vida humana y en la economía de sus naciones (Dollfus, 1991, p. 31-32).
Otros referentes de los estudios andinos, como John Murra, Karl Troll y Xabier Albó, también han centrado sus investigaciones predominantemente en el sector tropical. Esta elección responde a la relevancia histórica que tiene esa sección en el desarrollo de las sociedades incaicas, como en la posterior configuración de instituciones coloniales (particularmente el sistema de hacienda), y a las características ecológicas distintivas de las tierras altas intertropicales. Aunque la cordillera de los Andes se extiende por siete países, el núcleo cultural e institucional andino suele identificarse con los cuatro del medio. Esta situación se vio reforzada en 1969 con la creación del Pacto Andino (posteriormente Comunidad Andina), organismo de integración económica que reúne a Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.
No obstante, los procesos republicanos generaron una profunda fragmentación de los Andes tropicales. La organización económica tuvo trayectorias distintas en cada país: mientras en algunos casos se alteró radicalmente el sistema de tenencia de la tierra heredado del período colonial, en otros persistió con modificaciones menos importantes. Los contrastes son evidentes al comparar las reformas agrarias implementadas, como las radicales transformaciones en Bolivia (1952) y Perú (1969), impulsadas por movimientos campesinos, con la continuidad observada en Ecuador y Colombia (Bonilla, 2008). El perfil primario exportador también varió, entre países con más peso de la minería (Bolivia) y otros del sector agropecuario (Colombia).
Estas diferencias se manifiestan también en las relaciones interestatales. Un caso paradigmático lo constituyen Perú y Ecuador, naciones con notables afinidades culturales y socioeconómicas que, sin embargo, se vieron involucradas en una serie de conflictos fronterizos entre las décadas de 1940 y 1990: la guerra peruano-ecuatoriana de 1941, el conflicto de Paquisha (según se conoce en Ecuador) o del falso Paquisha (en Perú) de 1981 y la guerra del Alto Cenepa de 1995 (Alija, 2019). Estos episodios revelan la profundidad de los nacionalismos, que emergieron a partir de la desconfianza mutua entre vecinos, ante la construcción de identidades nacionales diferenciadas y frecuentemente antagónicas, donde el sentido de la unidad andina perdió centralidad.
La ocupación del espacio andino presenta marcadas discontinuidades, irremediablemente vinculadas a las variedades del medio. En las montañas, la organización espacial responde a una dicotomía entre patrones verticales de asentamiento y uso de los recursos, o la disposición en mosaicos más o menos intensamente ocupados. En la economía tradicional andina, la tridimensionalidad de las montañas y su organización económica deriva en una distribución en pisos ecológicos. Entre los estudios más destacados sobre este tema se encuentran los de John Murra, quien propuso el modelo basado en el control vertical de un máximo de pisos ecológicos, para lo cual acuñó la expresión archipiélago vertical. Este modelo incluye esquemas de articulación económica que combinan la circulación trashumante y el comercio llevado a cabo por los caravaneros (Mathieu, 2005).
Desde un criterio demográfico, Bolivia y Ecuador pueden considerarse eminentemente andinos, ya que en esa región se localizan sus capitales, La Paz y Quito, y se concentra una parte sustancial de su población. Sin embargo, Santa Cruz de la Sierra y Guayaquil, ubicados en regiones bajas, son centros poblados de tamaño similar a sus respectivas capitales: en Ecuador, las áreas metropolitanas de Quito y de Guayaquil rondaban hacia 2020, cada una, los 2,7 millones de habitantes. De forma similar, La Paz-El Alto y Santa Cruz, en Bolivia, tenían por entonces poblaciones cercanas a los 2 millones de personas. Además, en Bolivia el espacio montañoso andino apenas alcanza el 30% de su superficie terrestre: el resto está ocupado por las grandes planicies de la Amazonía y del Gran Chaco (cuenca del río de la Plata).
Frontera andina entre Argentina y Chile
En la medida en que el peso demográfico y económico de la Argentina se concentró en el litoral, lo andino pareciera tener una presencia más bien por la omisión, lo ladero o periférico. Sin embargo, no podría explicarse la Argentina sin lo andino. Esto deriva de su extensión: 11 de sus 23 provincias están recorridas por el paisaje andino. También remite a su geografía histórica: varias de las principales ciudades coloniales de la Argentina, como Mendoza, Salta o Jujuy, fueron emplazadas al pie de los Andes y su permanencia dependió de lo que pasaba allí arriba. También es clave por su geografía física: las cenizas de los volcanes fertilizan el suelo pampeano y los sedimentos andinos forman las islas del delta del Paraná. Todo esto lleva a subrayar el carácter andino de la Argentina.
Otro tanto podría decirse de Chile, ya que todas las regiones administrativas (desde Arica y Parinacota hasta Magallanes) abarcan una porción de la Cordillera de los Andes en mayor o menor medida. Muchas de sus principales ciudades se ubican en el pedemonte, entre ellas, Santiago, su capital. Sus ríos nacen en la cordillera. Por su presencia el norte es desértico y el sur es lluvioso.
Pero, por sobre todo, para ambos países la cordillera es el medio físico principal considerado para el trazado del límite, que finalmente se extendió por unos 5 mil kilómetros de longitud. Por la definición de ese límite, en dos ocasiones, estos países se prepararon para la guerra.
El proceso de organización territorial y definición de fronteras en Argentina y Chile comenzó en la década de 1810, con desarrollos asimétricos. Chile estableció tempranamente sus límites en la Constitución de 1822, cuyo Artículo 3º declaraba: “El territorio de Chile conoce por límites naturales: al sur, el Cabo de Hornos; al norte, el despoblado de Atacama; al oriente, los Andes; al occidente, el mar Pacífico. Le pertenecen las islas del Archipiélago de Chiloé”. Esta delimitación, que consagra a los Andes como frontera oriental, se mantuvo en constituciones posteriores. En contraste, Argentina no precisó sus límites en su Constitución de 1853 ni en las sucesivas.
El primer instrumento bilateral fue el Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación de 1856, que adoptó al uti possidetis de 1810 como criterio de diferenciación territorial: “Ambas partes contratantes reconocen como límites de sus respectivos territorios los que poseían como tales al tiempo de separarse de la dominación española, el año 1810”. Sin embargo, el tratado omitió definir una línea concreta. Este escenario cambió con el Tratado de Límites de 1881. Fue firmado en paralelo al desarrollo de la Guerra del Pacífico (1879-1884), que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia por el control de Atacama, mientras Argentina consolidaba su control de la Patagonia oriental. El Artículo 1° fijó como límite “la Cordillera de los Andes […] por las cumbres más elevadas […] que dividan las aguas”, aunque su aplicación requirió adaptaciones:
- sector norte, Puna de Atacama: tuvo un tratamiento específico y se usaron líneas rectas (mediación estadounidense);
- sector central, Cuyo: criterio de máximas cumbres divisorias de agua;
- sector sur, Patagonia: el arbitraje británico aplicó la primera ocupación humana, dada la imposibilidad de usar la divisoria hídrica.
La flexibilidad del tratado respondió a la complejidad geofísica de los Andes. Su extensión presenta formas variables donde las aguas no siempre se dividen claramente: hay ríos que nacen en una vertiente y cruzan hacia la otra. Además, hay diferencias morfológicas marcadas de norte a sur. El acuerdo también garantizó la libre navegación del Estrecho de Magallanes y distribuyó la Patagonia entre ambos países, consolidando un marco jurídico que, pese a sus ambigüedades, resolvió conflictos territoriales críticos.
Los trabajos de demarcación comenzaron recién en 1892 con la colocación del primer hito en el Portezuelo de San Francisco, donde surgieron disputas técnicas sobre la correcta aplicación del tratado. A esto se sumó el conflicto por la Puna de Atacama (sector norte), terreno cedido por Bolivia a Argentina en 1889 pero ya ocupado por Chile. Ante las crecientes tensiones, en 1896 ambos países acordaron someter sus diferencias al arbitraje británico. En 1898 se firmaron actas clave: el 15 de septiembre se dividieron las zonas en disputa (Puna de Atacama, sector central-sur y Tierra del Fuego), y el 22 de septiembre se formalizó el arbitraje británico. El Abrazo del Estrecho entre los presidentes argentino Julio A. Roca y chileno Federico Errázuriz Echaurren en febrero de 1899 es un episodio que simboliza el compromiso con la solución pacífica, que culminaría con los Pactos de Mayo de 1902.
Las relaciones entre Chile y Argentina en torno a la frontera cordillerana han atravesado distintos momentos, más próximos a la cooperación o al conflicto (Lacoste, 2004). En los años posteriores a las independencias (1810-1829), prevaleció el principio de ‘cordillera libre’, que permitía el comercio trasandino sin restricciones aduaneras. Sin embargo, este sistema se interrumpió durante el período 1829-1852 debido al surgimiento de rivalidades entre ambos países, lo que llevó al cierre efectivo de la frontera. La situación comenzó a normalizarse con el primer tratado bilateral de 1856 que restableció la libre circulación comercial.
Este relativo entendimiento se vio afectado cuando ambos estados emprendieron sus respectivas campañas de expansión territorial durante la segunda mitad del siglo XIX. Este proceso generó las mencionadas controversias limítrofes que derivaron en una carrera armamentística y en la creciente militarización de la zona cordillerana, por lo que el comercio fronterizo se vio seriamente afectado. Las disputas territoriales llevaron finalmente a la firma del acuerdo de 1896 que sometía las divergencias al arbitraje del gobierno británico.
La resolución de los peritos británicos se conoció poco después de la firma de los Pactos de Mayo en 1902, cerrando el primer ciclo de tensiones bilaterales. El clima de entendimiento permitió avances significativos como la inauguración del monumento del Cristo Redentor en 1904, la finalización del primer ferrocarril en 1910 y el mantenimiento de activos circuitos comerciales trasandinos hasta la década de 1930. Sin embargo, a partir de ese momento, el panorama comenzó a cambiar radicalmente con el inicio de los procesos de industrialización por sustitución de importaciones en ambos países.
Las nuevas políticas económicas orientadas a fortalecer los mercados internos y controlar los flujos migratorios, sumadas al creciente valor estratégico de los recursos naturales de la cordillera (minerales, hidrocarburos y potencial hidroeléctrico), modificaron sustancialmente el funcionamiento de la frontera compartida. La influencia de las fuerzas armadas y la adopción de doctrinas de seguridad nacional durante las décadas siguientes acentuaron la percepción del país vecino como una potencial amenaza, lo que se tradujo en mayores controles y restricciones.
Entre 1960 y 1980 fueron ganando terreno las medidas centradas en la defensa fronteriza. En este período hubo tensiones derivadas de disputas territoriales en el Canal de Beagle y la zona de los glaciares cordilleranos australes, que llevaron a ambos países, de nuevo, al borde de un conflicto armado en 1979. La situación comenzó a resolverse recién con la firma del Tratado de Paz y Amistad en 1984, cuando se inició una nueva y sostenida etapa en las relaciones bilaterales, aunque con vaivenes.
El retorno a la democracia en ambos países (1983 en Argentina y 1990 en Chile), y el contexto internacional favorable al libre comercio permitieron una paulatina reapertura de la frontera. Durante la década de 2000 se implementaron mejoras significativas en la infraestructura de los pasos fronterizos, aunque manteniendo siempre estrictos controles y medidas de seguridad.
Andes e imaginario fronterizo
Los Andes se han asociado históricamente con términos como cumbre, divisoria, raya, cadena de gran elevación y sistema encadenado compacto, junto con metáforas antropomórficas como columna vertebral o epidermis. También se los ha imaginado como una gran muralla y un telón de fondo, reforzando su percepción como barrera física y simbólica.
Desde el siglo XIX, se ha distinguido entre fronteras naturales —basadas en formaciones geológicas o hidrográficas que actúan como obstáculos— y fronteras artificiales, definidas por trazos rectos con criterios geodésicos. Aunque el límite entre Argentina y Chile incluye tramos rectos, prevaleció la imagen de los Andes como frontera natural, dando la impresión de que fue la naturaleza, y no decisiones sociales, la que determinó su trazado. Al respecto, Escolar (2000, p. 260-261) sostiene:
La instalación de la imagen de la frontera natural andina fue un poderoso efecto de verdad con concretos efectos geopolíticos y sociales en el proceso… de sustancialización del Estado nacional argentino… Hasta hoy, la consecuencia más notoria fue la relativa invisibilización de la Cordillera de los Andes como área de producción, socialidad e intercambio… Esta invisibilidad contribuyó en gran medida a la ausencia de políticas que promovieran la actividad económica en el área.
Esta visión consolidó la idea de los Andes como muro o muralla natural. En Chile, por ejemplo, se los presenta como “uno de los paisajes más característicos de la nación chilena, una muralla natural que convierte al país en una isla entre la cordillera y el mar” (Ahumada, 2012, p. 1). Esta representación se remonta al siglo XIX, como muestran los mapas e ilustraciones de Claudio Gay, donde los Andes aparecen como “un muro inmenso” y un “telón de fondo” de los diferentes episodios de la historia nacional chilena (Figura 2).
Figura 2. Lámina Cumbre de los Araucanos, N° 4, en el libro de Historia de Chile, 1854

Fuente: Gay (1854, p. 30).
Otras metáforas que han circulado son columna vertebral o paredón. Por ejemplo, Chong Díaz y Hüdepohl (2019, p. 49) describen a la cordillera de Los Andes como “la columna vertebral del continente sudamericano”, para enfatizar su importancia en la organización espacial del continente.
Si los Andes son un murallón, cruzarlos se convierte en una proeza. El cruce del General San Martín, por ejemplo, se ha mitificado como un hito fundacional de la historia nacional de Argentina. Sin embargo, esta narrativa épica contrasta con la realidad de miles de personas —pastores trashumantes, arrieros, baquianos— que han cruzado la cordillera habitualmente, utilizando sus pasos desde tiempos prehispánicos hasta la actualidad. Esta movilidad, aunque cotidiana para muchas comunidades, sigue siendo representada como un acto excepcional en los discursos estatales y nacionalistas.
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