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Cementerio

Celeste Castiglione

Etimológicamente, la palabra cementerio proviene del latín tardío coemeterĭum y adquiere una derivación en el vulgar cemeteriu (RAE, 2001) que significa “terreno, generalmente cercado, destinado a enterrar cadáveres”. Al griego llega como koimētḗrion-κοιμητήριον- que significa lugar para dormir o dormitorio (koimo: dormir/estar echado/acostarse, –terion: sufijo de lugar). En su deriva al español, este es denominado cemeterio, y a lo largo del tiempo incorpora la ‘n’, sumándole una pronunciación más sencilla. Otra versión fue asociada al término latino caementa, que significa piedra quebrada y que evoluciona hacia cemento, también relacionado a la mezcla que se utilizaba para sellar las tumbas.

El punto más importante con respecto a los cementerios a lo largo de la historia es que son evidencia de cultura, en un amplio sentido, ya que la tumba o el agrupamiento de ellas implica un cuidado del grupo con respecto al integrante fallecido, que no fue abandonado. De manera que no hay tumbas sin cultura, ni cultura sin tumbas y estas se constituyen a partir de una marcación especial, que también es espacial, porque separa al cadáver del mundo de los vivos, para que esa familia o sociedad pueda seguir existiendo y sobreviviendo. Esta frontera que realiza el grupo puede ser simbólica y/o material pero necesaria para comunicar, a los dioses o a los humanos, que existe un cambio de estadio y una separación con respecto al cadáver devenido en restos.

En consecuencia, se podría sumar otro aspecto en común a todos los cementerios, que le aporta una complejidad a este planteo: es un escenario político, y por lo tanto patrimonio de un poder que distribuye espacios de jerarquía en un territorio delimitado que alguien destinó para tal fin. Es decir, en el cementerio no sólo converge la funcionalidad de apartar la descomposición de los restos humanos como una de sus principales funciones, sino también los significantes que esa sociedad le quiere dar al ser muerto. De manera que otra de sus principales características es que posee un sistema de apertura y cierre que aísla, pero al mismo tiempo son penetrables con el cumplimiento de una serie de gestos o el otorgamiento de los permisos adecuados.

En las ciencias sociales, en las últimas décadas, se ha renovado el interés en el cementerio como objeto de estudio histórico de la mano de Ariès (2000) y Vovelle (2017). Estos autores buscan detectar los cambios sociales, pero también las continuidades, ya que como expresa Foucault (1984), se trata de espacios heterotópicos. En otras palabras, son “lugares otros” que reflejan las dinámicas de los seres vivos pero que asumen formas variadas, con un funcionamiento preciso, ligados al conjunto de emplazamientos que los rodean.

Este capítulo se divide en cinco secciones. En la primera se describe el origen de los cementerios como una necesidad humana desde tiempos arcaicos, mientras que la segunda se concentra en la antigüedad, con cierto predominio en la experiencia europea. La tercera sección aborda los cementerios en la modernidad. La cuarta analiza el espacio cementerial como un lugar de representación del estado nación. Finalmente, la quinta sección se concentra en el modo en que se vislumbra el futuro de los cementerios.

Formas arcaicas de enterramiento

A partir de la última glaciación, hacia el 18.000 antes de la Era Común, la relación de los humanos con el entorno comienza una etapa de innovaciones tecnológicas con el uso de artesanías óseas y líticas, al tiempo que se arribaba a una mayor precisión en la medición cronológica y en la comprensión de los ciclos de la naturaleza. La vida en las cuevas y la domesticación de los animales crean una profunda relación del humano con su entorno, una división progresiva de los roles, así como una mayor conciencia del mundo funerario.

La concepción de una diferencia sustancial entre cuerpo y alma enfrentó a los individuos a preguntarse qué ocurría una vez acontecida la muerte, ya que el cadáver permanecía allí. Otro interrogante era si el alma seguía un camino diferente a los restos y, por lo tanto, esta debía ser complacida y controlada. El temor a los espíritus lleva a que los enterramientos se agruparan en un lugar específico y, a menudo, cubiertos con rocas. Estas piedras o estelas funerarias, que fueron sumando ornamentos o tallados, marcaban el lugar preciso y habilitaban la posibilidad de dejar comida, bebidas u objetos.

Estas primeras creencias conformaron el animismo primitivo. Contemplaban la posibilidad de la reencarnación del humano muerto en forma de animal y, en consecuencia, se consideraba que se debía realizar una tarea o un trabajo que comunicara al mundo supranatural que se había ejecutado. El hábito de vestir al cuerpo muerto, abrigarlo y mantenerlo satisfecho inducía a que el espíritu permaneciera en su lugar y no acosara al mundo de los vivos. Así, el hombre se transforma en el único animal que entierra a sus congéneres adquiriendo conductas tanatológicas.

La muerte de un miembro en las sociedades primitivas ponía en juego fuerzas profundas vinculadas a la conservación y la supervivencia. De allí que también fuera asociada con el miedo que esta ausencia les infundía. Dentro de la nueva distribución de tareas, se comienzan a destacar los individuos a los que se les atribuye el poder de mediar entre los dos mundos bajo la figura de magos, chamanes, sacerdotes, brujos o druidas.

La respuesta humana de rechazo frente al cuerpo en descomposición solo era mitigada por el tipo de muerte que lo provocaba, el grado de cercanía y la importancia social del fallecido. Asimismo, esto comienza a constituir una variable que interfiere en la forma en que es enterrado, profundamente relacionado con las posibilidades del entorno. Los suelos congelados, los territorios montañosos o los desiertos poseerán espacios de enterramiento concomitantes con la formación de sus tumbas en cuevas, túmulos o piedras agrupadas.

La disposición de esta clase de enterratorios a menudo tenía una relación con la esfera celeste, como en Stonehenge (Inglaterra), y la posición en la que se enterraban, de manera individual o colectiva: orientación al sol naciente o poniente, de costado, amortajado o atado. Esto estaba relacionado, además, con las distinciones en la vida que deben reflejarse en la muerte a partir del rango, sexo, edad y su lugar dentro de la organización social y/o linaje.

Las investigaciones arqueológicas recientes han encontrado la primera tumba en Kenia. Se trata de un niño, dispuesto como si estuviera durmiendo, con un elemento a modo de almohada. Se estima que tiene una antigüedad de 78.000 años. Asimismo, el primer cementerio identificado como tal se localiza en el actual Irak. Data de hace 10.000 años, durante el Neolítico, y así es denominado porque uno de los siete cuerpos allí enterrados poseía un conjunto de flores y hierbas dispuestas de manera ornamental a su alrededor, imposibles de ser agrupadas de manera accidental.

Formas de enterramiento desde la antigüedad

A lo largo de la historia hubo diferentes formas en que los grupos humanos se relacionaron con la muerte y con las formas en que se prefiere enterrar. Prestando atención a lo que ocurrió en Europa, se puede saber que en la Grecia clásica la necesidad de enterrar para contentar a los dioses, aun a costa de desafiar al poder político y pagar el precio con su propia vida, se plasma en el mito de Antígona. Allí se actualizan los elementos fundamentales que atraviesan la muerte y la necesidad de los que quedan que deben hacer algo con el familiar convertido en cadáver.

En Roma, las honras costosas que describe Plutarco destinadas a los héroes, oradores o personajes ilustres, respondían a leyes funerarias y se realizaban en un santuario. Las normativas determinaban el tiempo, la cantidad de asistentes, el tipo de ofrendas, así como el tamaño y coste del monumento mortuorio. Las vestimentas del difunto, puestas sobre el cuerpo lavado, debían ser blancas. Además, se colocaba una corona de laurel. Quienes asistían debían vestir prendas negras o grises.

El enterramiento extramuros era destinado para el común de las personas. Esto obedecía a cuestiones de higiene, contagio de enfermedades y contaminación, así como a motivos religiosos y hasta económicos para disuadir la exhibición de riquezas dentro de la ciudad. Las excepciones estaban destinadas a los héroes, a quienes se les atribuía un carácter sagrado. Su artefacto funerario contribuía a disminuir la discordia política y era parte de las creencias colectivas de la ciudad (Carrillo-Rodríguez, 2019). Era allí también donde se congregaban para honras, celebraciones, procesiones y sacrificios. Esto tenía una clara dimensión pública y sus restos adquirían la función de objeto de culto.

Los pueblos que habitaban en torno al Mediterráneo compartían la necesidad de alejar los cuerpos de sus fallecidos, agrupados en zonas de enterramiento. En las últimas décadas de la Era Común y hacia el siglo II, cuando el Imperio Romano tuvo su apogeo, los tipos de enterramientos atravesaron diversas costumbres funerarias. Una de las que se han heredado fue la ubicación de las sepulturas fuera de los espacios de residencia (Ariès, 2000). La incineración en fosas comunes hasta las tumbas y altares a los lados de las vías, como la Apia de Roma, celebraban a sus muertos llevando flores, comida, bebidas y encendiendo lámparas votivas.

Por otro lado, las costumbres hebreas comenzaron con enterramientos en la piedra, resguardando al cadáver. Con el tiempo, sistematizaron pasos y procedimientos que se plasmaron en escritos religiosos, cohesionando prácticas a lo largo de los siglos hasta el presente.

Los primeros cristianos enterraban a sus miembros en catacumbas, con el fin de ocultar el cadáver para que no fuera un trofeo que ostentaran los romanos y para resguardarlos de la corrupción natural. La persecución finalmente cesó cuando el emperador Teodosio I el Grande impuso al cristianismo como religión oficial del Imperio Romano en el año 380 d. C. y se establecieron nuevas jerarquías, aunque el poder de Roma ya comenzaba a desarticularse.

A partir de la Edad Media, la Iglesia católica se constituyó como el poder político que legitimaba las jerarquías terrenales y eclesiásticas que se consolidaron a partir del siglo V. Un cambio importante a nivel necrológico se dio como consecuencia de la prohibición de la Iglesia católica en el siglo IV con respecto a las cremaciones, costumbre que se consideraba pagana.

Su creciente poder sobre las almas y los cuerpos tuvo como resultado que los cadáveres se fueran agrupando alrededor de las iglesias, siguiendo una disposición ad sanctos (Rasile, 2024). Se permitía enterrar a los obispos, abades, reyes y reinas dentro de los templos. Esta costumbre se extendía a los señores feudales y personajes relevantes de cada principado o ducado, a quienes se enterraba en el subsuelo con la escultura del cuerpo recostado, tallado en diferentes materiales. En cambio, el vulgo era enterrado en fosas comunes bajo el suelo de las naves. Los lugares de enterramiento y su relación con la proximidad divina se extienden en Occidente, como ocurre con el caso de la basílica del Vaticano, que fue levantada sobre la tumba de San Pedro.

Por otro lado, en la región de Medio Oriente, desde el siglo VII, la cultura musulmana incorporó los espacios de enterramiento y grandes monumentos para los muertos más prestigiosos (y sencillez para el resto), como parte de los paseos populares (Herrera Moreno, 2013). En todos los casos, el cadáver siempre debía estar orientado a La Meca.

Asimismo, en el este asiático, las diferencias de clases eran representadas con una arquitectura específica, con complejos funerarios para emperadores, miembros de la corte, nobles, sacerdotes, guerreros o clanes. También eran enterrados con objetos de acompañamiento para el difunto, como joyas, cuchillos y cerámicas. En Japón y Corea se han encontrado cámaras tumulares, a menudo pintadas con flores y animales sagrados que acompañaban al difunto.

El Renacimiento y la reforma protestante europea del siglo XV contribuyen a acelerar cambios o sostener continuidades en la forma de ver el mundo, combinando y conviviendo antiguas y nuevas costumbres. Las sucesivas transformaciones del mundo a partir del colonialismo y los nuevos escenarios y saberes llevaron hacia una representación diferente de la muerte, que también se trasladó a lo estético en todas sus formas.

La idea de propiedad, de legado y de herencia transformó al testamento en un instrumento sumamente importante, al igual que todos los actores implicados en ese proceso que contribuyen a preparar el escenario para un gran cambio: los cementerios extramuros. Las transformaciones estructurales de los paisajes urbanos requerían de espacios que no obstaculizaran el comercio y las nuevas actividades. En forma concomitante, las ideas modernizadoras y seculares menoscabaron el poder de la Iglesia, afectando y transformando su poder sobre los muertos.

En definitiva, a lo largo de la historia hubo diferentes formas en que los grupos humanos se relacionaron con la muerte y con las maneras en que se prefería enterrar como parte de su construcción identitaria. La continuidad que se observa es que los individuos complejizan el entramado del grupo con sus muertos, en particular con su aparato simbólico. Al mismo tiempo, cada conformación social generó formas específicas para disponer los restos biológicos de las personas muertas.

Los cementerios en la modernidad

Hacia el fin del siglo XVIII y principios del XIX, se dio un gran cambio en la forma de enterramiento: el cementerio que se encontraba en las proximidades del espacio sagrado de la iglesia fue desplazado a las afueras de las ciudades, más precisamente a sus bordes.

El rey Luis XVI fue el primero en Europa que prohibió las inhumaciones en las iglesias: en 1776 ordenó el emplazamiento de los cementerios por fuera de las murallas y la reorientación de los restos en las catacumbas de París. Tras la revolución, en 1804 se sistematizó y fundamentó esta línea en la legislación funeraria francesa, que se expandió con la Ilustración y su proyecto higienista.

En España sucedió algo similar cuando Carlos III, en 1784, estableció un reglamento propio para la construcción de un cementerio denominado Real Sitio de San Ildefonso. Esta normativa llegó a las colonias a partir de la Real Cédula del 3 de abril de 1787. Básicamente, prohibió los enterramientos intramuros, pero se implementó de forma errática en los territorios de América.

En estos nuevos camposantos todos los individuos tendrían derecho a su tumba, ya sea en forma de loza o de mausoleo, pero su nombre y su apellido estarían allí. Este límite exterior se nutre de las nuevas corrientes políticas, así como de disciplinas sanitarias que postulaban que los cadáveres eran propagadores de enfermedades. Por lo tanto, la gestión de los cuerpos vivos era responsabilidad de los estados, pero también de los muertos.

En América prehispánica se encuentra una importante variedad de cementerios que guardan similitudes con diferentes prácticas desarrolladas en otras partes del mundo. Un ejemplo de ello son el uso de las vasijas de barro, el enterramiento junto a objetos de acompañamiento y ajuares que marcan una diferenciación social.

La llegada de los españoles al continente americano provocó un sincretismo con respecto al culto a los muertos. Estas prácticas se desplazaron desde México a los Andes, con diferentes adaptaciones en Perú, Ecuador, Colombia, Bolivia, Paraguay y norte de Argentina, donde los cementerios son espacios protagónicos. En el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre) las familias se desplazan a los cementerios donde hablan con sus muertos, limpian las tumbas y llevan ofrendas con velas, comidas y bebidas del gusto del fallecido (Benavides Castillo y Armijo Torres, 2014).

Al tiempo que los estados nación robustecían su poder y profundizaban su pertinencia administrativa y territorial, paulatinamente formalizaron una normativa relacionada con la muerte de los ciudadanos: testamentos, catastro y propiedad. Asimismo, se desarrollaba el armado de una genealogía del poder acompañado de construcciones identitarias, espacios de memoria y mitos fundacionales. En este contexto, los cementerios se transformaron, progresivamente, en escenarios donde plasmar el poder estatal, con grandes panteones de héroes y personas ilustres.

Los nuevos campos disciplinares y las élites gobernantes de Latinoamérica se aúnan para la consolidación de los estados nacionales. Subsumida en la organización de los espacios y sus funciones, se fueron estableciendo los parámetros básicos sobre cómo deben ser construidos los cementerios. Las pautas a respetar con respecto al entierro de cadáveres son similares en las principales ciudades de Latinoamérica. El cementerio debía:

  • estar alejado del casco de la ciudad,
  • contar con acceso vehicular que permitiera la entrada del cortejo,
  • estar delimitados con una arboleda, pared perimetral alta y un pórtico central,
  • tener la administración y una pequeña capilla en la entrada para recibir el cuerpo,
  • incluir separación en secciones y calles internas, una vía central y otra transversal que no solo conforman una cruz, sino que poseen la función de entrecruzar los vientos para disolver los humores fétidos.

El pórtico, a menudo monumental, subsume y representa esa distancia ancestral, y marca una frontera con respecto al mundo de los vivos. Este contorno, que se recorta como un límite espacial, también es actitudinal con respecto al silencio, el respeto, el régimen emocional correspondiente y a la performance que cada sociedad permite en la ciudad de los muertos.

La presencia de pórticos monumentales es una de las continuidades que se advierte en las principales ciudades latinoamericanas: trazan una frontera con el mundo de los vivos y obligan al visitante a un cambio actitudinal, una vez que se ingresa a estos lugares. Un ejemplo de esto se observa en el cementerio del Buceo, Uruguay, fundado en 1872, o el cementerio Cristóbal Colón en Cuba, terminado de construir en 1876 (Figura 1 y 2).

Figura 1. Cementerios del Buceo (Uruguay)

Fuente: fotografía de la autora, 2020.

Figura 2. Cementerio Cristóbal Colón (Cuba)

Fuente: fotografía de la autora, 2020.

Se observa un cambio en la mentalidad con respecto a los cementerios. A partir de ahora comienzan a estar completamente retirados de la vida cotidiana y a localizarse hacia las afueras de la ciudad. Se trata de un proceso modernizador que se puede denominar como de eliminación sociocultural de la muerte (Ariès, 2000).

Cementerio como espacio de representación del estado nación

Los cementerios nunca dejan de tener una continuidad conceptual con la sociedad que los emplaza. Por lo tanto, no son ajenos a la lucha simbólica que los crea y que promueve la distribución espacial en su interior. Una forma de abordar el estudio de los cementerios es en tanto espacio político. La distribución de los metros de tierra pone en evidencia relaciones de poder y el capital social que cada grupo o familia posee. Como atributo del estado, este puede designar lugares para personajes ilustres o significativos de su historia, para que sus gobernantes puedan concurrir en un aniversario como un gesto político.

Asimismo, un monolito o un espacio de placas también se constituyen como lugares de reunión y conmemoración para las fechas propias de asociaciones étnicas o instituciones. Estos micromonumentos, así como los epitafios, forman parte del análisis de estos espacios cementeriales. Estas formas de comunicación se materializan en piedra y bronce (Castiglione, 2023). En las placas y lápidas se escribe la biografía de los individuos que conforman la historia de una ciudad. En toda la composición cementerial se puede leer la historia de cada comunidad, con lo que se desea olvidar y lo que se elige recordar (Sempé y Baldini, 2011).

Los cementerios oficiales de los países occidentales comenzaron a tener hacia fines del siglo XIX y principios del XX una ornamentación cuidada, un compromiso estético y una arquitectura con tendencia a la monumentalidad. De manera que la ubicación de los edificios funerarios es un indicador de prestigio, del mismo modo que su magnificencia y su presencia en la vía central, o su independencia con respecto a otros panteones o mausoleos. Allí las asociaciones étnicas conformaban su propia embajada funeraria y las instituciones que nucleaban profesiones, órdenes o mutuales ofrecían un nicho como parte de sus servicios. En este territorio perimetrado, frontera con el de los vivos, también se juegan las relaciones de poder a partir de la ocupación de los lugares.

El cementerio de Occidente en la actualidad puede interpretarse como un palimpsesto, donde se superponen diferentes elementos, que se retroalimentan. Estos pueden abordarse mediante tres ejes analíticos:

  • Territorial. El cementerio es un ámbito otorgado, donado y catastrado por el estado, destinado al entierro y depósito de restos humanos, que debe responder a criterios de salubridad. Al ser un espacio urbano autorizado por el estado, este puede destinarlo a cementerios para militares, pueblos originarios o grupos étnicos o religiosos que lo soliciten.
  • Normativo. Su emplazamiento debe responder a la legislación municipal y/o nacional, en cuanto al respeto por las regulaciones, registro y ubicación de los cadáveres.
  • Institucional. A partir de que el estado asume la función, los criterios de salubridad profundizan la distancia impidiendo que el espacio de los seres vivos sea contaminado con elementos biológicos que deben ser procesados o reincorporados al ambiente siguiendo determinados procedimientos.
  • Servicio funerario: Esto supone una parafernalia por parte de casas velatorias inscriptas con funciones que antes eran absorbidas por el ámbito privado en las casas o cementerios improvisados en áreas rurales. Estos nuevos comercios poseen empleados que se capacitan en cuanto al procedimiento de acuerdo al tipo de muerte. Se relacionan con los trabajadores de los cementerios, la policía, los hospitales y los consulados, pudiendo realizar el traslado del cadáver, incluso, al exterior.

Una de las características fundamentales de la modernidad es que la muerte se constituyó en un asunto público. Toda muerte debe ser registrada y certificada. Derivado de ello, intervienen diferentes agentes:

  • sanitarios, para certificar la muerte y emitir un documento, con firma y matrícula avalada por el estado;
  • policiales, en el caso de que la muerte sea violenta o indeterminada, súbita o inesperada;
  • religiosos, destinados a otorgar consuelo espiritual en caso de que la persona fallecida haya profesado algún credo.

El futuro de los cementerios

En las últimas décadas del siglo XX se registró una disminución de la asistencia de las personas a los cementerios, así como un acortamiento de los tiempos otorgados al duelo. La vida urbana se vuelve vertiginosa y los espacios y emociones dedicados a la muerte tienden hacia su reclusión al espacio doméstico y privado, marcando una frontera. El sufrimiento público es mal visto, incomoda y hace acordar al resto de la sociedad de su finitud; por ello, debe ser encerrado. Como expresa Ariès, la relación con la muerte y la asistencia a los cementerios “pervive hoy en ambientes populares y clases medias no demasiado intelectualizadas” (2000, p. 15).

Estos cambios fueron percibidos por la Iglesia católica, que desde 1963 permite la cremación y accede a que las cenizas puedan ser enterradas en espacios destinados a tal fin. Generalmente, esto ocurre en cinerarios ubicados en su perímetro. Los cambios en la sensibilidad con respecto a la muerte se evidencian también en los nuevos cementerios que se construyen, los que requieren de ampliaciones o en los que se fundan a partir de las primeras décadas del siglo XXI (ver Figura 3).

Figura 3. Cementerio de Comodoro Rivadavia (Argentina)

Fuente: fotografía de la autora, 2017.

En general, tienen una configuración tipo parque, con una distribución horizontal, lápidas regulares e insertadas en la tierra. Allí hay un uso de la vegetación, atentos a los ciclos de floración, espacios para cenizas y paseos recordatorios, dispuestos de manera estética. Muchos de ellos son de capitales privados.

Los cementerios privados son terrenos adquiridos con fines comerciales y tienen como objetivo brindar a sus clientes un tipo de enterramiento que no puede diferir de las normativas comunes al resto –enterramiento en tierra o cremación–, aunque varía el tipo de ornamentación y los servicios que provee. Este espacio cementerial deja de ser público para las personas no autorizadas por los grupos étnicos o religiosos que los adquieren o por las familias que compran su parcela. Allí se establece una frontera con el resto de la comunidad, por parte de los individuos que pueden ser enterrados en esos espacios. Las parcelas y los servicios que proveen se incorporan al mercado como objeto de estatus. También son parte de las prerrogativas por su pertenencia comunitaria, como ocurre con los cementerios judíos, musulmanes, armenios, protestantes, etc. De esta manera, se garantiza el cumplimiento de rituales específicos como el lavado del cuerpo, las oraciones o la orientación a La Meca, por dar un ejemplo.

En las últimas décadas también se alertó sobre la contaminación y el impacto ecológico que implicaba el entierro común, así como los hornos funerarios. Ante ello, se registran experiencias de algunos cementerios en bosques con urnas biodegradables con semillas de árboles nativos. Asimismo, surgen los cementerios virtuales y las páginas de Facebook, que están abiertas para el envío de mensajes, obituarios y necrológicas. Se ofrecen casas velatorias virtuales y recordaciones que alejan al individuo de los espacios de enterramiento situados.

Algunos cementerios han sumado a sus funciones y servicios la posibilidad de integrarse a los circuitos turísticos de la ciudad en la que se localizan, como parte de su patrimonio. A veces se los denomina museos a cielo abierto. Existen redes internacionales de cementerios que proporcionan recorridos de tanatoturismo, dedicados a temáticas específicas: personajes relevantes o patrióticos, damas destacadas en el mes de la mujer, estilos arquitectónicos, por citar solo algunos. También se han diagramado recorridos nocturnos, donde los concurrentes deben asistir con linternas o velas, para poder percibir otros aspectos artísticos o performáticos. Algunos tienen bares y espacios para obras de teatro, lecturas, presentaciones de libros y todo tipo de encuentros culturales.

En definitiva, algunas costumbres se flexibilizan y se establece de manera negociada la posibilidad o no de realizar la misa, reconfigurando la estampa del cura que marcaba los pasos y la logística. Esto se puede observar, por ejemplo, en la fusión del sincretismo mexicano en el Día de los Difuntos, presente en un altar dentro de una iglesia (Figura 4).

Figura 4. Altar del Día de los Difuntos en la capilla del Cementerio
de la Sociedad de Beneficencia Española. Ciudad de México

Fuente: fotografía de la autora, 2018.

En el presente, se consensua qué música se va a escuchar, quién es la persona que va a pronunciar el panegírico, cuál es la ropa y otros aspectos, algo que antes no se discutía. Todo esto lleva a redefinir la relación del difunto con su entorno y los participantes, en el marco de una plasticidad simbólica, que se diversifica y amplía.

Bibliografía

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Benavides Castillo, A. y Armijo Torres, R. (2014). Prácticas funerarias y arquitectura en tiempo y espacio. México: Universidad Autónoma de Campeche.

Carrillo-Rodríguez, M. (2019) Enterrando a los héroes griegos: funerales heroicos en las Vidas Griegas de Plutarco. Ploutharchos, 16, 15-32.

Castiglione, C. (2023). Cementerio y migraciones. Memorias, espacios funerarios y otras historias de la provincia de Buenos Aires. José C. Paz: EDUNPAZ.

Foucault, M. (1984). De los espacios otros [Des espaces autres] (P. Blitstein et T. Lima, Trads.). Architecture, Mouvement, Continuité, (5). (Obra original publicada en 1967).

Herrera Moreno, E. (2013). El Panteón Francés de la Piedad como documento histórico: una visión urbano-arquitectónica. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

RAE. (2025) https://www.rae.es/diccionario-estudiante/cementerio. Última visita: 20 de marzo de 2025.

Rasile, S. (2024) El cementerio y la memoria colectiva digital. ARQ, 18, 36-45. http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962024000300036.

Sempé, C. y Baldini, M. (2011). La Plata y su etapa fundacional. En C. Sempé y O. Flores (Comp.) El cementerio de La Plata y su contexto histórico. La Plata, Ringuelet: el autor.

Vovelle, M. (2017). Historia de la muerte. Cuadernos de Historia, (22), 17–29.

Zardoya Loureda, M. V. (2014). Cuando La Habana se engalanó. Quiroga, 5, 128-142.



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