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Chaco

Mariana Schmidt

La etimología de la palabra chaco proviene, según la Real Academia Española, del quechua chacu y remite a la “Montería con ojeo, que hacían antiguamente los indios de América del Sur estrechando en círculo la caza para cobrarla” (https://dle.rae.es/chaco). Similar definición puede leerse en la descripción de Lozano:

Cuando salen a cazar los indios y juntan de varias partes las vicuñas y guanacos, aquella muchedumbre junta se llama Chacu, en lengua quichua, que es la general del Perú, y por ser multitud de naciones las que habitan las tierras referidas, les llamaron a semejanza de aquella junta, Chacu, que los Españoles han corrompido en Chaco (1733, p. 2).

De acuerdo con Tissera (1972, p. s/d), la primera mención en una fuente histórica remite a una carta enviada por el gobernador de Tucumán al rey Felipe II en 1589: “Junté setenta hombres, los cuales entregué a un capitán para que fuese a la provincia de chaco gualambo, adonde tenía noticia de gran suma de indios que confinan con los chiriguanos desta frontera”. En su Historia del Gran Chaco, De Gandía hace referencia a un documento del año 1592 donde se dice que el

gouernador de la prouincia de tucuman le mando fuese en compañía del capitán Pedro de la sarte a la conquista e población del chacoualando [Chaco Gualamba] que es de la otra parte del rrio vermejo cerca de la cordillera de los chiriguanaes (1929, p. 11).

Así nominada y delimitada, la región del Gran Chaco comportó, tanto en siglos pasados como en la actualidad, un valor ecológico, cultural y económico estratégico en América del Sur. Ubicada en el centro-sur del continente, ocupa una superficie aproximada de 1,1 millón km2 en el norte de Argentina (60,3%), el oeste de Paraguay (28,2%), el este de Bolivia (11,4%) y una pequeña porción del suroeste de Brasil (0,1%) (Mapbiomas Chaco, 2024). Luego del Amazonas, es la segunda ecorregión boscosa del continente y se posiciona como la más extensa en bosques secos de América del Sur. Abarca ambientes tropicales y subtropicales y su extensa llanura alberga grandes cursos de agua, entre los que se destacan las cuencas de los ríos Paraguay, Pilcomayo, Bermejo y Salado.

De norte a sur, suele dividirse en una serie de subregiones: Chaco Boreal, que se extiende desde los Llanos de Chiquitos hasta el río Pilcomayo; Chaco Central, que comprende el interfluvio de los ríos Pilcomayo y Bermejo; y Chaco Austral, desde el río Bermejo hacia el sur. Por otra parte, y dada la diversidad de climas y ecosistemas que abarca, de oeste a este se distinguen el Chaco seco o semiárido y el Chaco húmedo. Asimismo, el Gran Chaco se caracteriza por su gran diversidad cultural y se destaca por ser la región de vida de una pluralidad de pueblos originarios de distintas procedencias lingüísticas y culturales junto con familias campesinas, pequeños productores y colonos inmigrantes. Desde comienzos del siglo XXI, su diversidad biocultural se ve amenazada por un frente agroextractivo que en pocas décadas lo ha llevado a convertirse en uno de los principales hotspots de deforestación a nivel mundial.

Este capítulo se divide en cuatro secciones, que siguen una secuencia temporal, a través de las cuales se pueden reconocer formas específicas en las que el Gran Chaco se convirtió en una región fronteriza. La primera abarca el período abierto con la conquista europea y se extiende a lo largo de los siglos en los que esta región fue comprendida como un frente colonial. Luego, la segunda sección se detiene en el período independentista, cuando los estados de la región definieron sus fronteras internas y externas. La tercera sección analiza a la región chaqueña como una frontera para la acumulación capitalista. Por último, la cuarta sección aborda la expansión de la frontera del agronegocio en el Gran Chaco, que desde inicios del siglo XXI avanza de manera acelerada.

Chaco como frontera colonial

Ya desde tiempos coloniales, la región chaqueña fue señalada como tierra de infieles, en virtud del distanciamiento y la inconmensurabilidad, tanto geográfica como cultural, de sus territorios extensos e impenetrables (Rosenzvaig, 1996; Trinchero, 2000). Las características naturales y poblacionales se potenciaron de este modo para la construcción de la imagen de un Chaco fronterizo, indómito y exótico (Gordillo, 2010; Richard, 2008).

Los primeros antecedentes del contacto colonial-indígena en el Gran Chaco remiten al siglo XVI: hacia 1520 y 1530 ocurrieron las primeras entradas por parte de españoles y portugueses. Desde entonces, fue progresivamente circundado, rodeado y cercado por las ciudades y fuertes que se fueron emplazando a través de distintos frentes colonizadores. Santa Cruz de la Sierra, Tarija, Asunción, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Salta y San Salvador de Jujuy fueron las principales ciudades que se fundaron a su alrededor. El interés por estas tierras se vinculaba con el intento de establecer vías de comunicación estables entre Paraguay, Tucumán y el Alto Perú. También, se buscaba la captación de siervos y esclavos como mano de obra en las haciendas coloniales y el escarmiento de las incursiones indígenas.

A su llegada, los europeos no se encontraron con un desierto poblacional. La región albergaba en toda su extensión a una multitud de “naciones infieles” (Lozano, 1733, p. 2), una multiplicidad de grupos étnicos y lingüísticos de gran diversidad y procedencia geográfica. La configuración socio-étnica del Gran Chaco previa a la colonización europea había sido moldeada por las migraciones guaraníes hacia el límite occidental en los siglos XV y XVI y la influencia del imperio incaico a lo largo de las laderas orientales de los Andes. Allí habitaban numerosos pueblos con una gran heterogeneidad cultural y lingüística, articulados entre sí a través de complejas relaciones interétnicas que incluían desde alianzas hasta enfrentamientos. Entre ellos, se pueden distinguir grupos nativos con tradición cazadora-recolectora y/o agricultora.

Tampoco era un desierto en términos biológicos y ambientales. Los informes producidos por las comisiones exploradoras y misioneras que incursionaron en la región contienen secciones que dan cuenta de la variedad y abundancia de recursos allí disponibles. También dan cuenta de la calidad de la tierra del Chaco. Además, las descripciones misionales se encargaban de detallar las características de cada uno de los grupos étnicos, así como de estimar su cantidad y grado de civilización de acuerdo a sus costumbres y formas de vida. Sin embargo, es frecuente que el Chaco aparezca señalado como un espacio vacío. Un ejemplo de esto puede encontrarse en el Ensayo sobre la Historia Natural del Gran Chaco (Jolis, 1789), que incorporó un mapa realizado por el misionero Camaño. Allí la región aparece representada como desierto árido (Figura 1).

Figura 1. Carta del Gran Chaco y de los países limítrofes

jolis 1789

Fuente: Jolis (1789).

Buena parte de los primeros intentos por establecer fortines, ciudades o misiones permanentes fueron sucesivamente frustrados y/o abandonados. Aun así, las incursiones exploratorias y entradas punitivas tuvieron continuidad a lo largo de los siglos siguientes, con dispares resultados. Las tierras aledañas a la frontera se fueron ocupando a través de la obtención de mercedes, la compra de porciones pertenecientes a las misiones o por medio del asentamiento directo de pobladores. Los principales beneficiarios estaban vinculados con el gobierno colonial y en especial con aquellos que formaron parte de las estructuras de frontera (Teruel, 2005). A pesar de los intentos colonizadores, entre los siglos XVIII y XIX el Gran Chaco no pudo ser conquistado de modo efectivo ni incorporado en su totalidad bajo el dominio colonial. La ocupación sólo fue efectiva en sus bordes, mientras que su interior se mantuvo relativamente inexplorado.

Las entradas se realizaron tanto por tierra como por agua. Se destacan los proyectos de navegación para abrir rutas comerciales (y civilizatorias) entre el Alto Perú y la cuenca del Plata. Ya Lozano señalaba las potencialidades del Bermejo como río navegable para transportar las riquezas desde Potosí: “aquel portentoso mineral (la plata potosina) tributa a la monarquía Española conduciéndolo por esta vía fácil y segura hasta el puerto de Buenos Ayres” (1733, p. s/d). No obstante esto, las tentativas por surcar los cursos de agua chaqueños se vieron frustradas, tanto por la continua resistencia indígena como por las características de los ríos. Eran poco profundos, meandrosos, con una gran producción y transporte de sedimentos. Además, tenían una amplia variabilidad de caudales debido al régimen estacional de las lluvias.

En todo ese período, y luego también en la etapa republicana, las misiones o reducciones religiosas se convirtieron en una institución de frontera en la región chaqueña (Combes, 2025; Teruel, 2005). Cumplieron un rol fundamental no sólo en la evangelización, sino también en la consolidación del avance de la frontera civilizatoria y en el control de la población indígena, en combinación con la línea de fortines. A pesar de las entradas exploratorias, las expediciones punitivas, la fundación de fuertes y ciudades en la periferia y los intentos reiterados de evangelización indígena, no se procedió durante el período colonial a la definitiva dominación territorial del Chaco, aunque sí se avanzó en su apropiación simbólica (Giordano, 2004).

Ahora bien, no se trató de dos mundos separados. Hay suficiente evidencia histórica de la conexión entre los grupos indígenas chaqueños y los hispano-criollos del Río de la Plata y del Alto Perú (Teruel, 2005). Esto se dio tanto a través de interacciones violentas como de la circulación pacífica de personas, objetos y tecnologías, que fueron acompañando los procesos de construcción de las fronteras chaqueñas (Lucaioli, 2010). En este sentido, ha sido definida como un área de “fronteras difusas” (Paz, 2003), un territorio donde se desplegaban relaciones comerciales y que oficiaba como espacio de comunicación y/o conexión entre los principales asentamientos coloniales españoles y portugueses (Santamaría, 2007).

Chaco como frontera de la estatalidad

Tanto en tiempos de la colonia como luego de las independencias, el Gran Chaco no fue la única región que fue imaginada por las narrativas hegemónicas como espacio desértico y fronterizo. De igual modo, la Amazonía, en virtud de su importancia ecológica, cultural y geopolítica, ha dado origen a múltiples discursos con gran eficacia práctica para justificar la conquista y ocupación de una región definida por su vacío demográfico.

En las nacientes repúblicas latinoamericanas de fines del siglo XIX, la expansión del dominio estatal hacia los territorios habitados por pueblos indígenas fue planteada en términos de exterminio, asimilación y desposesión –material y simbólica– de aquellas poblaciones. Los pretendidos desiertos no eran sino abundantes bosques, por lo que la asociación semántica entre Chaco y desierto se vuelve nuevamente paradójica. Son recurrentes las referencias en los documentos de la época, que a la vez que aluden a la “exuberante y vigorosa vegetación” (Seelstrang, 1878, p. 41) de la región, no dejan de calificarla como un espacio vacante.

Para que estos territorios fueran efectivamente incorporados al dominio de los estados, era necesario convertir a las fronteras internas (con el indígena) en fronteras externas (internacionales). Uno de los dispositivos por excelencia para lograr este objetivo fueron las campañas militares. A través de ellas se logró la colonización, pacificación y apropiación del desierto y, de este modo, la progresiva construcción de las instituciones de la estatalidad en la frontera (Trinchero, 2000).

En Bolivia, la frontera chiriguana se había erigido como el límite oriental e infranqueable para la presencia del poder colonial establecido en Charcas. El Chaco boliviano, en el sureste del país, recién fue conquistado en la segunda mitad del siglo XIX (Combes, 2025). Ya en época republicana, en distintos momentos, el gobierno independiente alentó la exploración y colonización de las tierras bajas del oriente. Principalmente, esto se intensificó luego de la pérdida del litoral marítimo, tras la Guerra del Pacífico (un diferendo que enfrentó entre 1879 y 1884 a Bolivia y Perú con Chile), que incitó a buscar una salida hacia el Atlántico a través del río Paraguay. En 1892 se desarrolló la Guerra chiriguana, que enfrentó al gobierno boliviano con un gran movimiento indígena. Esta guerra tuvo a la batalla de Kuruyuki como uno de los eventos más sangrientos, en la cual el ejército nacional logró desarticular la autonomía política de los originarios.

En Argentina, la política sistemática que llevó a la caída del bastión chaqueño comenzó hacia el año 1870. Finalizada la guerra de la Triple Alianza que libró contra el Paraguay (1864-1870), el gobierno se propuso consolidar de modo definitivo las fronteras internacionales con el Chaco paraguayo. Desde entonces, tuvieron lugar sucesivas expediciones militares, cuyo acto principal estuvo dado por la incursión iniciada en el año 1884. Si bien no se trató del ataque definitivo, fue el que permitió desbaratar a los principales grupos indígenas, dar muerte a los máximos caciques, tomar prisioneros y consolidar el avance de la territorialidad estatal argentina en la frontera.

La ofensiva definitiva que llevaría a las fronteras nacionales hasta el río Pilcomayo fue encarada por una nueva unidad especial denominada Fuerzas en Operaciones en el Chaco. Iniciada en el año 1911, se constituyó en la embestida final al Chaco. La fecha oficial de culminación de la Conquista del Desierto chaqueño fue fijada el día 31 de diciembre de 1917 (Punzi, 1997). A pesar de esto, las rebeliones tuvieron continuidad, junto con la ocurrencia de enfrentamientos de las fuerzas militares con los grupos indígenas.

Las misiones, reducciones y colonias indígenas, tanto civiles como religiosas, jugaron un rol de vital importancia en el proceso de sedentarización de los pueblos originarios (Giordano, 2004). También fue necesaria la producción de un conocimiento exhaustivo y pormenorizado con el fin de relevar los territorios desconocidos bajo ocupación indígena. Uno de los primeros trabajos cartográficos oficiales, el Atlas de la Confederación Argentina, estuvo a cargo de Víctor Martín de Moussy y fue publicado en el año 1865. Designó al Chaco bajo el nombre de Territorios indios del norte.

La región se convirtió en foco de exploraciones y expediciones científicas que incluían comisiones compuestas por ingenieros, naturalistas y otros especialistas. En este contexto debe ser situada, por ejemplo, la tarea de la Comisión Exploradora conformada en el año 1874 y comandada por Seelstrang (1878), junto con el estudio elaborado por Fontana (1881), entre tantos otros. Una comparación entre el mapa publicado en Jolis, en el cual quedaban espacios consignados en blanco, zonas no exploradas y territorios bajo dominio indígena (Figura 1), y la cartografía elaborada durante la campaña del año 1884 (Figura 2), permite evidenciar que en este último ya no hay espacios en blanco que remitan a una falta de conocimiento geográfico o vacíos de exploración (Lois, 2002).

Figura 2. Plano nuevo de los Territorios del Chaco argentino

Fuente: Victorica (1885).

En este proceso de apropiación material y simbólica, los tres países disputaban para sí una serie de dominios superpuestos heredados de las estructuras coloniales. La presión estatal y militar sobre el Gran Chaco la convirtió en una región donde confluyeron distintos proyectos estatales en proceso de conformación y formalización de sus límites internacionales. En algunos casos, fueron guerras las que definieron y construyeron las fronteras, como la que enfrentó a Bolivia y Paraguay (1932-1936) por los recursos petrolíferos. En otras ocasiones, fueron formaciones naturales las que oficiaron como líneas divisorias, y aquí es de particular interés el caso del río Pilcomayo. Si bien en 1876 el Tratado de Límites entre Argentina y Paraguay había trazado a esta cuenca hidrográfica como la frontera internacional, los diferendos diplomáticos para definir su verdadero cauce y trazar la línea demarcatoria definitiva se sucedieron hasta entrado el siglo XX, como consecuencia de su cambiante recorrido.

Una vez allanado el camino por la corporación militar y las instituciones religiosas, los discursos acerca del Gran Chaco y su población comenzaron a destacar la potencialidad de estas tierras, sus recursos naturales y humanos para su efectiva incorporación al proceso de acumulación capitalista (Zusman, 2000). Fue así como la fisonomía de los territorios indígenas sudamericanos, como el Chaco y la Amazonia, fue transformada drásticamente por un ciclo de expansión capitalista, al calor de la instalación de enclaves económicos en sus márgenes o en su interior (Córdoba et al., 2015). En este sentido, diversos estudios han abordado a la región chaqueña como una formación social de fronteras (Belli, Slavutsky y Trinchero, 2004; Trinchero y Belli, 2009), un ámbito en el que se combina un frente de expansión económica, fronteras políticas y la producción de fronteras culturales.

Chaco, frontera para la acumulación capitalista

Si bien el Gran Chaco había tenido durante la colonia española y durante el siglo XIX conexiones políticas y económicas con las regiones vecinas, éstas fueron perdiendo importancia en virtud de la orientación de las redes comerciales privilegiadas por las élites dominantes. En el caso argentino, se favoreció la orientación portuaria y metropolitana con foco en Buenos Aires, bajo los lineamientos del modelo agroexportador concentrado en la región pampeana. En cambio, en Bolivia el centro de poder económico, político y cultural se asentó en la región del altiplano. En Paraguay, la orientación política se concentró en la zona oriental del país, al otro lado del río Paraguay, con epicentro en Asunción. Para ese país, el Chaco se erigió como una frontera total (Vázquez, 2009): un espacio periférico, no integrado a la economía nacional ni dotado de infraestructuras para su poblamiento y acceso.

Las incursiones militares en suelo chaqueño tuvieron entre sus motivaciones principales la ocupación de los territorios por medio de la reducción de sus pueblos originarios, junto con su reclutamiento y disciplinamiento como mano de obra estacional. De ese modo, se operó un movimiento conjunto de conquista y valorización territorial. Gran cantidad de documentos de la época destacan la conveniencia y la utilidad de los brazos indígenas para el trabajo en los emprendimientos agroindustriales o forestales.

En paralelo a su pacificación, y con diversas temporalidades y características según los distintos frentes expansivos, desde inicios de la era republicana la frontera chaqueña se fue convirtiendo en un ámbito propicio para el establecimiento de colonias y para la instalación de emprendimientos productivos regionales. A tal fin fue desplegado un dispositivo jurídico-normativo para la organización y administración de estos territorios, así como para la promoción de la inmigración y la concesión de las tierras conquistadas a quienes participaron en las guerras de independencia y ejercieron funciones administrativas y militares en la frontera. Entre los principales emprendimientos capitalistas que se alojaron en las inmediaciones y/o al interior del Gran Chaco pueden destacarse los azucareros, forestales e hidrocarburíferos.

Desde fines del siglo XVIII, las haciendas coloniales habían ido generando una producción de azúcares, mieles y aguardientes para el consumo local o regional. Hasta la década de 1870 se trató de una producción predominantemente artesanal, hasta que la llegada del ferrocarril posibilitó la introducción de maquinaria, la incorporación de tierras para cultivo y la necesidad de brazos baratos para su laboreo. Ya hacia finales del siglo XIX y principios del XX, las provincias de Salta, Jujuy y Tucumán en Argentina se especializaron en la producción azucarera. El proceso de modernización transformó a las haciendas en ingenios-plantación, a partir de la introducción de tecnología, la reducción de los costos de flete y una política arancelaria protectora. Amplios contingentes de indígenas comenzaron a ser reclutados como mano de obra en la producción de caña de azúcar, llevando a masivas migraciones permanentes y/o estacionales desde la llanura chaqueña, el piedemonte y el altiplano hacia las zonas cañeras emplazadas en los valles tropicales y subtropicales (Córdoba et al., 2015).

Por su parte, el desarrollo de la industria hidrocarburífera en la región chaqueña se remonta a los años 1920, cuando la empresa Standard Oil comenzó a realizar perforaciones en búsqueda de petróleo en territorio boliviano. En la actualidad, este país cuenta con importantes yacimientos de gas natural, principalmente en la zona de Tarija. El Gran Chaco se convirtió en el epicentro de un episodio bélico en el cual se enfrentaron los estados de Bolivia y Paraguay entre los años 1932 y 1935, cuando se desarrolló la llamada Guerra del Chaco por el control de las reservas petrolíferas y gasíferas existentes.

En 1938 se firmó el Tratado de Paz que llevó al trazado definitivo de los límites internacionales: Paraguay logró controlar la mayor parte del Chaco boreal. Según la historiografía oficial, se trató de un choque entre estados modernos en un escenario vacío. Las transformaciones ocasionadas sobre las dinámicas de los mundos indígenas fueron invisibilizadas. Lo mismo ocurrió con la dimensión colonizadora de la guerra, la cual funcionó como una campaña de ocupación militar y expoliación del espacio indígena chaqueño (Richard, 2008).

La explotación forestal se consolidó hacia finales del siglo XIX y principios del XX. Estuvo asociada a la demanda de maderas duras destinadas a la elaboración de postes y varillas para confeccionar alambrados de los campos y vigas para obras de infraestructura, la fabricación de durmientes para el tendido de las redes ferroviarias y la obtención de leña y carbón para combustible. La especie de mayor valor forestal era el quebracho colorado: debido a la extrema dureza y durabilidad de su madera, fue destinada a múltiples usos, en particular para la obtención de taninos.

Esta economía de enclave tuvo al obraje como la organización económico-social por excelencia y se asentó principalmente en los bosques de la provincia de Santa Fe, Santiago del Estero y los por entonces Territorios Nacionales de Chaco y Formosa en Argentina. Desde allí se extendió hasta el Chaco paraguayo, sin llegar a generar poblamientos estables (Vázquez, 2007). Fue impulsada por compañías como La Forestal, y el ciclo económico tuvo su auge entre los años 1880 y 1950. Durante la Primera Guerra Mundial, Argentina se convirtió en el principal productor a nivel internacional de este oro rojo, así llamado por la coloración de su madera, para luego desacelerarse a partir de mediados del siglo XX (Zarrilli, 2008).

No obstante, algunos territorios permanecieron relativamente ajenos al desembarco de las lógicas de acumulación capitalista. Se puede diferenciar, por un lado, la franja transicional entre la ecorregión del Chaco y las Yungas en el extremo occidental y la zona del Chaco oriental, donde la aptitud de los suelos y el clima más húmedo y lluvioso propiciaron la llegada más temprana de inversiones directas.

Por otro lado, en el Chaco centro-occidental o Chaco seco, dada su semiaridez, la expansión del capital allí no implicó la apropiación y valorización territorial directa. Buena parte de los territorios y los bienes naturales de la región continuaron bajo el usufructo directo de los pueblos originarios y de los pequeños productores familiares que se asentaron al ritmo del tendido ferroviario y las políticas estatales de colonización. También fueron importantes los colonos inmigrantes, y en el caso del Paraguay, las colonias menonitas.

Chaco y fronteras del agronegocio

El panorama se transformó hacia fines del siglo XX, cuando la última frontera de inversiones capitalistas del Chaco comenzó a ser lenta pero gradualmente cercada, en un proceso acelerado y no exento de contradicciones. Esto ocurrió desde sus límites orientales y occidentales (Gordillo y Leguizamón, 2002) y aquellos territorios antes vacíos e improductivos comenzaron a jugar un rol estratégico en procesos de integración regional y transfronteriza (Vázquez, 2007).

Hacia mediados del siglo XX, la mecanización de los procesos de trabajo ligados a la cosecha de la caña de azúcar y otros cultivos regionales tuvo como resultado la progresiva desincorporación de la mano de obra indígena y campesina. De manera complementaria, se dio una conjunción de avances biotecnológicos y el desarrollo de semillas transgénicas, el bajo costo de las tierras y del desmonte junto con su potencial productividad para la agricultura. Esto se vio favorecido por un ciclo húmedo y por el aumento de la demanda internacional de algunos commodities como la soja y de carne vacuna. Todo ello impulsó el corrimiento progresivo del límite de los cultivos de secano y de la ganadería empresarial.

Desde entonces y con mayor intensidad hacia principios del siglo XXI, el Gran Chaco fue cercado por un nuevo frente expansivo impulsado por actores gubernamentales y privados con capacidades y recursos diferenciales para captar rentas extraordinarias e insertarse en mercados internacionales: la “frontera de commodities” (le Polain de Waroux et al., 2018). Aunque tiene una impronta civilizatoria, tiende a ser denominada como frontera productiva.

Sus impulsores auguran el desarrollo y el crecimiento económico largamente postergados en la región, al tiempo que supone una nueva escalada en la apropiación de bienes naturales y en los procesos de despojo y subalternización de las poblaciones locales. Basta recordar que en el año 2003 la multinacional Syngenta publicó un aviso que nominaba y delimitaba un nuevo territorio: la República Unida de la Soja, que incorporaba como eslogan que este cultivo “no conoce fronteras”. Se acompañaba de un mapa que, en gran medida, se superponía con el de la región chaqueña.

En su conjunto, el Gran Chaco sudamericano es una de las regiones más afectadas por los cambios en el uso del suelo ligados a la habilitación de superficies para la siembra de cultivos anuales (soja y maíz en su mayor medida) y pasturas para ganado (Figura 3). Esto se registra más allá de las distintas temporalidades y particularidades que fueron adquiriendo los diversos frentes expansivos internos:

  • En el período 1985-2023 se perdió el 15,1% de la vegetación natural, mientras que las áreas agropecuarias crecieron en un 254%: de 6 a 21 millones de hectáreas (Mapbiomas Chaco, 2024).
  • Desde los años 2000, en la región chaqueña se registran las mayores tasas de pérdida de cobertura forestal a nivel global (Hansen et al., 2013).
  • La deforestación en Argentina, Brasil, Paraguay y Bolivia significó el 80% de la deforestación del total de América Latina y el Caribe para el periodo 2001-2010, que se corresponde con lo ocurrido en el norte argentino, sudeste boliviano y oeste paraguayo, vale decir, en el Gran Chaco (Aide et al., 2013).
  • En particular, en el Chaco seco se transformaron un total de 15,8 millones de hectáreas de hábitats naturales en tierras de cultivo o pastos entre los años 1976 y 2012. Esta superficie corresponde al 20,7% de la superficie natural de toda la ecorregión. A su interior, las áreas transformadas en Argentina, Paraguay y Bolivia representan el 68%, 27% y 4% respectivamente (Vallejos et al., 2015).
Figura 3. Deforestación en el Gran Chaco sudamericano

Fuentes: Elaboración propia con base en Hansen et al. (2013, https://glad.earthengine.app/view/global-forest-change); Monitoreo de deforestación en el Chaco seco (http://monitoreodesmonte.com.ar/) y Sistema Nacional de Monitoreo de Bosques Nativos (https://www.argentina.gob.ar/ambiente/bosques/umsef).

Junto con la inédita expansión de las “fronteras horizontales” de la mano de la agricultura y ganadería empresariales, que incorporaron a su paso ambientes biodiversos y tierras con otros usos sociales y productivos, debe analizarse la concomitante expansión de las “fronteras verticales” (Moore, 2020). Esto remite al acaparamiento de los recursos del subsuelo por medio del usufructo de las reservas energéticas y de las aguas subterráneas y acuíferos. En este último caso, cabe destacar que los recursos hídricos ya de por sí son escasos en el Chaco seco. Allí se evidencian desigualdades estructurales en el acceso al agua en cantidad y calidad suficiente en la mayor parte de la población. Los recursos hídricos de la región han sido progresivamente cercados, contaminados y degradados (Correia, 2022; Matthews et al., 2024). En simultáneo, se evidencian mecanismos de apropiación más sutiles, como la huella hídrica y los flujos de agua virtual exportada en cada grano producido (Salas Barboza, 2024).

Todo lo antedicho se inserta en el marco de los históricos y nunca resueltos conflictos por el uso, tenencia y propiedad de la tierra que involucran a comunidades indígenas y campesinas (Castilla y Schmidt, 2021; Hirsch et al., 2025). En particular, cobra forma dramática en la emergencia y reactivación de conflictos que ponen en el centro al ambiente, los territorios, el agua y la salud, tanto en ámbitos rurales como en las periferias de las principales localidades de la región.

En suma, en la actualidad el Gran Chaco emerge como un territorio transfronterizo inmerso en el despliegue de emprendimientos agropecuarios e hidrocarburíferos de carácter extractivo. La región ocupa un rol estratégico en proyectos de integración regional, comercial y vial que buscan propiciar la rápida circulación de commodities a través de corredores bioceánicos (Salizzi, 2024). En su conjunto, buena parte de estas intervenciones atentan contra la “trama de la vida” (Moore, 2020) chaqueña, entran en tensión con otros modos de habitar y producir, y tienen a la salud de la naturaleza humana y no humana como nueva frontera.

Bibliografía

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