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Desarrollo

Anderson Luís do Espírito Santo

Adentrarse en el debate sobre el desarrollo es esencial para reconocer los enfoques teóricos y políticos que marcan los discursos en este campo. Etimológicamente, se suele entender como el paso gradual de una etapa inferior a otra más perfeccionada o como sinónimo de crecimiento y progreso. Desde principios del siglo XX, la concepción de desarrollo se convirtió en una discusión central en las ciencias sociales, idealizada como herramienta pública para justificar políticas económicas y sociales.

Esto se despliega en diversos enfoques y adquiere una encarnación política al instituirse como estrategia de progreso de las naciones, en ocasiones ideológica, para reducir desigualdades heredadas (Cardoso, 1995). Cuando este desarrollo no se materializó, surgieron categorías como tercer mundo y subdesarrollado, que persisten en el cotidiano del Sur Global. El concepto se constituyó ampliamente bajo un conjunto de prácticas históricamente contradictorias, destinadas a asegurar la reproducción social. También, forzó transformaciones y la destrucción de la naturaleza, como de las relaciones sociales, para incrementar la producción de bienes y servicios, promoviendo el crecimiento económico pero no necesariamente el desarrollo (Rist, 1996).

El desarrollo es un paradigma occidental, basado en una experiencia histórica que busca “imponer un conjunto de valores específicos, un cierto tipo de relación entre las personas y la naturaleza, una línea de tiempo y una racionalidad puramente económica” (Azoulay, 2002, p. 80). El desarrollo existe para alguien, para un actor, un asociado (proveedor o receptor de la acción). Por lo tanto, no es ni un ideal ni una catástrofe, sino un objeto de estudio.

En las regiones de frontera, es decir, en todas las ciudades situadas en el límite internacional del territorio nacional, el paradigma del desarrollo suele pensarse con un enfoque en la integración y cooperación transfronteriza. La dualidad entre crecimiento económico y desarrollo también es constante, lo que plantea el siguiente cuestionamiento: ¿los programas de desarrollo realmente inciden en la mejora de vida de las poblaciones fronterizas, de las personas que viven en la frontera, o solo benefician al capital financiero?

Este capítulo se divide en cinco secciones que presentan un balance de la categoría desarrollo en las ciencias sociales. La primera sección aborda la discusión sobre desarrollo y crecimiento económico, para luego adentrarse en los distintos paradigmas que han surgido en la comunidad científica y política, destacando sus principales características y vacíos. A continuación, se examina la idealización e implementación de la narrativa del desarrollo en las fronteras, señalando sus consecuencias más relevantes para el presente. Finalmente, se introducen reflexiones sobre la importancia de una postura crítica frente a las múltiples visiones del desarrollo.

Desarrollo y crecimiento económico

De manera generalizada, la política y la sociedad interpretan el desarrollo como crecimiento económico. Esta asociación comenzó a delinearse en la posguerra, cuando los países europeos enfrentaban problemas similares a los del Sur Global: agricultura familiar atrasada, industrialización incipiente, desempleo, y la necesidad de reconstruir ciudades y consolidar regímenes democráticos (Sachs, 2008). El crecimiento se convirtió en sinónimo de progreso, entendido como resultado de la acumulación de riqueza, que llevaría “espontáneamente” a la mejora de los estándares sociales (Cardoso, 1995).

Las teorías del crecimiento económico y el desarrollo fueron ampliamente debatidas por numerosos pensadores clásicos como Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Karl Marx y Joseph Schumpeter. Estos autores analizaron los mecanismos operacionales del mercado en conjunto con las clases sociales que participan en él. Cada cual, a su manera, analizó cambios en la vida de los individuos, estructuras productivas, distribución de ingresos, acumulación de riquezas, influencia de las instituciones políticas y sociales, entre otros.

Inspirados en estos autores, surgió lo que podría considerarse como el enfoque teórico pionero, formado por los modelos de Arthur Lewis y Walt Whitman Rostow, que se basaba en principios neoclásicos para promover el crecimiento de economías subdesarrolladas. Lewis dividió la economía en sector rural tradicional y urbano moderno, defendiendo el crecimiento económico mediante la transferencia del exceso de mano de obra rural al sector urbano sin comprometer la producción agrícola. Rostow propuso un desarrollo en etapas progresivas, siguiendo el patrón de los países desarrollados. Ambos pasaron por alto las especificidades regionales, fracasando en garantizar acceso universal a bienes y servicios esenciales (Azoulay, 2002).

A partir de 1945, el paradigma desarrollista se fortaleció con el modelo fordista. Según Lipietz (1991), esta propuesta combinaba taylorismo y mecanización con un estado centralizador y garantías sociales, promoviendo el pleno empleo y el crecimiento del consumo. No obstante, seguía priorizando el eje económico.

En síntesis, estos modelos se centraban en la expansión del capitalismo, confundiendo crecimiento económico con desarrollo. La receta de planificación concebía el desarrollo (económico) a partir del estado de bienestar y del pleno empleo. Sin embargo, esto solo funcionó para algunos países europeos y no para naciones semiindustrializadas como Brasil o México, pues la población pobre no accedió a los bienes materiales y culturales previstos por Lewis y Rostow, principalmente salud y educación.

Por eso, desarrollo no puede confundirse con crecimiento económico, que es una condición necesaria pero no suficiente (Sachs, 2008). Furtado (2000, p. 9) afirma que “Sólo habrá verdadero desarrollo, que no debe confundirse con crecimiento económico, en la mayoría de los casos resultado de mera modernización de las élites, allí donde exista un proyecto social subyacente”.

Además, con la creación del Índice de Desarrollo Humano de la ONU, quedó claro que insistir exclusivamente en el crecimiento económico es insuficiente. Aunque la polarización entre desarrollo y crecimiento aún persiste, esta es resignificada a lo largo del tiempo conforme cambian los procesos económicos y sociales.

Paradigmas de la era del desarrollo

La segunda mitad del siglo XX inauguró la era del desarrollo. Esta expresión fue acuñada por Sachs (1986), quien buscaba relacionar crecimiento económico con derechos políticos y civiles, especialmente mediante el empleo. Este período reveló la desarticulación entre los ideales fordistas del progreso, la ampliación de las desigualdades globales y la destrucción ambiental (Vieira et al., 2010). Tal contradicción llevó a la desnaturalización de la noción de desarrollo, históricamente asociada al progreso y a la evolución positivista.

De esa manera, diversas corrientes de las ciencias sociales comenzaron a demostrar que los modelos de desarrollo habían ignorado la complejidad económica y social de los países subdesarrollados. En este contexto emergió el paradigma heterodoxo, entre las décadas de 1960 y 1970. Partió de una crítica a las teorías de la modernización, priorizando la etnicidad y las identidades colectivas, aunque aún bajo influencias positivistas, liberales o marxistas. Esas perspectivas definían medidas de desarrollo a priori y perpetúan estereotipos, vinculados a los modos de producción o análisis morales e ideológicos. Según Azoulay (2002) y Andion (2003), en este paradigma se destacan cuatro corrientes: neomarxista, economía política internacional, estructuralista y teoría de la dependencia.

La corriente neomarxista, representada por Charles Bettelheim, concibe el subdesarrollo como resultado de la dominación capitalista global, intensificada en el siglo XX por la hegemonía estadounidense. Lipietz (1991) señala que el Plan Marshall benefició a Europa, mientras que los países del Sur padecieron golpes de estado, apoyo a las dictaduras y guerras neocoloniales, lo que reforzó su dependencia.

En la economía política internacional, los autores buscan diferenciar crecimiento económico y desarrollo. François Perroux, con su teoría de los polos de crecimiento, explica que el crecimiento ocurre de forma desigual, manifestándose en polos regionales (como la Zona Franca de Manaus, Amazonía, Brasil). En cambio, el desarrollo exige inversiones sociales e institucionales para garantizar la sustentabilidad. Ambos enfoques enfatizan los vínculos sociales en el análisis económico.

Por su parte, la corriente estructuralista y la teoría de la dependencia emergieron en América Latina, particularmente con la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en 1948 (Rodriguez, 2009). La perspectiva estructuralista sostiene que el sistema económico mundial está jerarquizado, con países periféricos subordinados a las economías centrales. La teoría de la dependencia profundiza este análisis, examinando cómo las economías subdesarrolladas están condicionadas por sistemas de dominación internos y externos.

Cardoso y Faletto (1977) argumentan que el subdesarrollo deriva de la dinámica capitalista global y que la dependencia puede ser asociada al desarrollo. Esta teoría critica la modernización, proponiendo alternativas al subdesarrollo sin recurrir a la revolución socialista ni a la desconexión del mercado mundial. No obstante, durante las décadas de 1970-80, la pobreza y las desigualdades en el Sur se intensificaron, reforzando los mecanismos de explotación liderados por Estados Unidos.

Estos enfoques heterodoxos no rompen con la concepción clásica del desarrollo, aún medido por el crecimiento económico, y cuestionan escasamente su asociación con el progreso. Pese a sus diferencias, comparten una episteme positivista que ignora las particularidades culturales de los procesos de desarrollo. La crítica al paradigma desarrollista sólo emergió en los años 1980, con los debates sobre ambiente y territorio.

Utopía del desarrollo

En vista de los debates esbozados hasta ahora, las ciencias sociales pasaron a iluminar la transición de la crisis a la utopía del desarrollo. Ante la fragmentación económica, social y política, surgieron nuevas formas de vida, cultura y producción. Emergieron nuevos modelos locales y regionales, erosionando antiguas identidades políticas. Paralelamente, las utopías desarrollistas ganaron fuerza, muchas veces cargadas de apelaciones ideológicas. Llama la atención que ni toda la crítica producida en la década de 1970 ni la contracultura impulsada por el movimiento Mayo de 1968 pudieron impedir la difusión global de las teorías neoliberales a partir de los años 1980. A partir de ese período, el desarrollo dejó de ser apenas un tema académico y pasó a estar ampliamente influenciado por instituciones internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Bajo la teoría neoclásica, el paradigma neoliberal se basa en la autorregulación del mercado y en la liberalización económica, implementado por políticas como las de la primera ministra británica Margaret Thatcher (1979-1990), el presidente estadounidense Ronald Reagan (1981-1989) y el Consenso de Washington (1989). Estas políticas resucitaron la ideología liberal, reduciendo el papel del estado y promoviendo el mercado libre como principal vector de desarrollo. Sin embargo, la desregulación generó una profunda exclusión social y crisis socioambiental, sobre todo en América Latina. El mito de que el mercado global beneficia a las minorías ricas, ya que la visión monetarista prioriza intereses capitalistas, ignora factores históricos y trata el desarrollo como un proceso mecánico.

A pesar del rápido crecimiento económico experimentado en algunos países latinoamericanos en los años 1970, el final de la década de 1980 reveló la fragilidad de ese “milagro económico”, pues no era otra cosa que el viejo boom de crédito insostenible (Clarke, 1991). El modelo fordista demostró que crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo. El mito del desarrollo está vinculado a la ideología occidental del progreso, surgida en la Ilustración e impulsada por la Revolución Industrial (Rivero, 2002). Giovanni Arrighi destaca la existencia de un núcleo orgánico de poder financiero y político, una semiperiferia industrializada y una periferia explotada. La riqueza permanece concentrada en el núcleo, impidiendo cambios estructurales en los países semiperiféricos y periféricos (Haddad, 1997).

En este contexto, el desarrollo se revela como una ilusión, ya que la acumulación de riquezas por parte de los países centrales impide que los periféricos alcancen el mismo estándar. Arrighi utiliza el crecimiento económico como métrica, algo muy genérico, pues se basa en el producto nacional bruto (PNB) per cápita, sin considerar factores estructurales. En oposición, Rivero (2002) reflexiona sobre la mitificación del desarrollo, argumentando que economistas y hacedores de políticas buscaron fórmulas mágicas replicables, ignorando procesos culturales y ambientales. Este mito confunde crecimiento económico con desarrollo, centrándose únicamente en indicadores cuantitativos, como el PNB.

El desarrollo, así, está enraizado en el inconsciente colectivo, pero su realización se muestra cada vez más lejana. Furtado (1974) argumenta que los mitos orientan la percepción de los científicos sociales, distorsionan la realidad e imponen los patrones de consumo de los pueblos desarrollados al resto del mundo. La mitificación del desarrollo llevó a priorizar estrategias de acumulación en detrimento de enfrentar las reales fracturas sociales de América Latina y la preservación ambiental. Él enfatiza que la promesa de que los países periféricos alcanzarán a los centrales es irrealizable y solo justifica sacrificios y dependencia económica.

Por lo tanto, el mito es una visión distorsionada que limita la comprensión y la promoción de una colectividad. Por su parte, Rivero (2002, p. 124) afirma que “el desarrollo ha sido uno de los mitos más persistentes desde la segunda mitad del siglo XX”. En la búsqueda del Eldorado y en la ansiedad por una fórmula mágica replicable, diferentes ideologías y modelos fueron aplicados miméticamente en más de 150 países, ignorando procesos histórico-culturales, éticos e impactos ecológicos.

La solución, según Furtado (2000), está en la reconstrucción del concepto de desarrollo, priorizando la libertad y la democracia operacionalizada a través de la participación popular y de políticas sustantivas, en lugar de la lógica de la acumulación corporativa. La transición de las décadas de 1980-1990 fortaleció las críticas al neoliberalismo, impulsando la defensa de una mayor intervención estatal. En los años 1990, el discurso enfatizó la globalización y el desarrollo sostenible, mientras que el cambio de siglo reforzó la democracia participativa como modelo predominante (Sen, 2000).

Ignacy Sachs fue uno de los pioneros en el debate sobre el desarrollo, con críticas al crecimiento económico concentrador y la defensa de un futuro justo y sostenible. Para él, el desarrollo debe reparar desigualdades, generar empleos y reducir las disparidades sociales. Sen (2000) destacó que el desarrollo es la expansión de las libertades, incluyendo derechos políticos y seguridad social. La teoría democrática deliberativa reconoce la necesidad de participación ciudadana en la formulación de políticas públicas, asegurando derechos económicos, socioculturales y ambientales (Santo y Voks, 2021).

En este sentido, Sachs (2008) propone una redefinición del desarrollo basada en la universalización y efectivización de los derechos humanos y colectivos, priorizando el territorio y la sostenibilidad, y valorizando las especificidades regionales. En este proceso, diferentes adjetivos empiezan a ser asociados al desarrollo, como local, sostenible o regional. Así, emergió el paradigma del desarrollo local, valorizando los esfuerzos endógenos y la adaptación a la globalización (Pecqueur, 1989). Este enfoque rechaza estructuras rígidas, busca conciliar lo social y lo económico, y enfatiza la pequeña escala. Diferentes fenómenos sociales contemporáneos, como la economía solidaria y los circuitos cortos de comercialización, refuerzan la regionalización de los intercambios y la autonomía comunitaria.

Los científicos sociales se adentraron en este ámbito y surgieron estrategias conceptuales como el medio innovador, los distritos industriales y los sistemas productivos locales, pero también generaron críticas (Benko y Pecqueur, 2001). Muchos sistemas productivos locales intentaron abarcar todas las formas de desarrollo local, creando una nueva ortodoxia. La visión del territorio únicamente como espacio económico minimiza su papel social y cultural, ya que se prioriza la competitividad económica en detrimento del fortalecimiento comunitario y la sostenibilidad ambiental (Vieira et al., 2010).

Desarrollo: enfoques más amplios

Nuevas interpretaciones, que abarcan la nueva sociología económica y la geografía socioeconómica (Benko y Pecqueur, 2001), proponen un enfoque más amplio al sustituir el desarrollo local por el desarrollo territorial. Según Pecqueur (2009), el desarrollo territorial no se limita a la pequeña escala. El territorio se concibe como un espacio históricamente construido, con valores culturales y redes sociales que definen sus fronteras. La interacción entre actores sociales genera nuevas territorialidades, impulsando el desarrollo.

Este paradigma integra dimensiones sociales, ambientales y culturales, promoviendo la cohesión social y la identidad colectiva. Cobró fuerza con el avance de los debates sobre el cambio climático global, cuando instrumentos como la Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible adoptaron este concepto para replantear las relaciones entre sociedad, ambiente y territorio.

El paradigma del desarrollo territorial también es relevante para los estudios fronterizos, ya que enfatiza la importancia de las particularidades locales y de las dinámicas sociales en el territorio fronterizo. Con miras a la integración transfronteriza, las políticas de desarrollo en estas áreas deben ser descentralizadas y adaptadas a las características culturales, sociales y económicas locales, fomentando la participación activa de la sociedad civil en la formulación e implementación de estrategias de desarrollo (Santo y Voks, 2021).

Sin embargo, el desarrollo territorial no está exento de desafíos. La distorsión conceptual y la excesiva normatización han generado estudios que, con frecuencia, carecen de fundamentos teóricos sólidos. En el ámbito político, la ideología economicista y tecnocrática puede comprometer la consolidación de territorios sostenibles y debilitar iniciativas prometedoras. Según Vieira et al. (2010) esto exige considerar la complejidad de las interacciones sociales, económicas y ambientales, además de replantear el enfoque sobre la sociedad para abordar los desafíos contemporáneos y promover un desarrollo más equitativo e integrador

A pesar de los avances económicos, sociales y políticos experimentado por varios países de América Latina a partir de los años 2000, las políticas implementadas no evitaron el resurgimiento del neoliberalismo a partir de 2015, como evidencian los gobiernos de Jair Bolsonaro (2019-2022) en Brasil y Javier Milei (2023-2027) en Argentina. Reformas administrativas, destituciones controvertidas y golpes institucionales demuestran la fragilidad democrática y la persistencia estructural de la desigualdad.

En paralelo, las ciencias sociales y los discursos políticos han promovido alternativas sistémicas como vectores para trascender el capitalismo, con potencial concreto de influir en las trayectorias de desarrollo de los territorios: el buen vivir, la agroecología, los derechos de la Madre Tierra, la economía circular, la innovación social, entre otros (Solón, 2019; Santo et al., 2025). Estas perspectivas comparten un enfoque de desarrollo endógeno que emerge desde las luchas sociales, las experiencias comunitarias y las resistencias históricas. No se fijan en el plano del devenir ni están a la espera de revoluciones y milagros. Buscan crear estrategias para conquistar días mejores, superando los múltiples adjetivos del desarrollo, respetando los territorios y promoviendo la sostenibilidad en la microescala, en respuesta a los desafíos globales de la actualidad.

Desarrollo y fronteras

¿Cómo llega toda esta discusión en torno al paradigma del desarrollo a las fronteras? Las ciudades fronterizas de América Latina poseen particularidades económicas, socioculturales y ambientales específicas, lo que complejiza esta cuestión. Al mismo tiempo, este desafío refuerza la importancia de los estudios fronterizos y la producción de conocimiento en las regiones de frontera.

Esto se debe a que, como señalan Wilson y Donnan (2012), la mayoría de los acontecimientos en torno a la economía política nacional e internacional tienen lugar en las regiones fronterizas. Esto indica que estas áreas van más allá del simple acto de cruzar fronteras, reforzar límites o el fin del territorio (Grimson y Vila, 2022). En cambio, exige interpretarlas como un espacio de vida constituido con la carne, los huesos y la sangre de los individuos que viven en las ciudades fronterizas, y que demandan políticas de desarrollo inclusivas, justas y sostenibles (Santo y Voks, 2023).

La historia del paradigma de desarrollo en las regiones fronterizas de América Latina puede sintetizarse en, al menos, tres frentes principales: la expansión territorial y defensa nacional, el aumento poblacional y el crecimiento económico a través de la cooperación transfronteriza.

Inicialmente, las regiones fronterizas eran vistas como áreas de expansión territorial y defensa nacional. Magnani (2024) refuerza esta tesis al estudiar las similitudes (o no) de las políticas de defensa de los países latinoamericanos. Siendo necesario proteger las fronteras, el autor destaca que se implementó una serie de políticas de defensa robustas, principalmente después de la Guerra Fría. Sin embargo, esto no es algo nuevo. La propia colonización hispano-portuguesa reforzó la creación de fortificaciones a lo largo del continente, buscando proteger sus riquezas y reforzar su explotación a los pueblos originarios.

Sumado a esto, hubo un esfuerzo considerable para aumentar la población en estas áreas, lo que constituye la segunda fase. Por ejemplo, en Turner (1920), frontera es aquello que está al frente, siendo un indicativo de expansión del territorio. En Brasil, la Marcha hacia el Oeste, y en Paraguay, la Marcha del Este, fueron iniciativas que buscaban intensificar los flujos migratorios, colonizar regiones, expandir el capitalismo y afirmar la presencia nacional. Estas iniciativas generaron transformaciones profundas y marcados conflictos sociales, como evidencian los proyectos de ocupación en la frontera agrícola de la Amazonía colombiana y brasileña. Actualmente, las tendencias demográficas están cambiando. Según Adler y Valdez (2024), por más que la fuerza de trabajo creció en las dos últimas décadas anteriores a la pandemia de COVID-19 (2020), la realidad post-pandemia está marcada por la desaceleración y el vaciamiento de las ciudades. Esto ha ocurrido en la región de Corumbá (Brasil) y Puerto Quijarro (Bolivia), por citar un ejemplo.

La tercera fase, crecimiento económico y cooperación transfronteriza, busca abordar un antiguo deseo fronterizo: la integración y el desarrollo de las fronteras. Influenciadas por los enfoques de desarrollo local y territorial, las fronteras ya no son vistas sólo como límites geográficos. La propuesta es crear un ambiente favorable para el intercambio cultural y económico, aprovechando las ventajas geográficas y los recursos locales. El Gasoducto Bolivia-Brasil, la Hidroeléctrica de Itaipú (Paraguay y Brasil), las Rutas de Integración Suramericana (construcción y mejora de infraestructuras de transporte) y la Ruta Bioceánica (Brasil, Paraguay, Argentina y Chile) son ejemplos expresivos e importantes. La cooperación busca promover el comercio, mejorar infraestructuras y enfrentar desafíos comunes, pero esto no es tan simple.

El fracaso de los modelos de desarrollo de las décadas de 1970 y 1980, inspirados en el modelo fordista, y el desinterés gubernamental en las ciudades fronterizas agravaron aún más la situación de la población que vive en estas regiones. A partir de los años 1990, bajo la influencia de la regionalización mundial, los acuerdos y bloques como el Mercado Común del Sur (Mercosur), formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y la Comunidad Andina, formada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, buscaron enfrentar la integración y el desarrollo transfronterizo. Sin embargo, la promoción del desarrollo para las poblaciones fronterizas fue insuficiente, principalmente debido a la falta de servicios públicos esenciales, como salud, educación e infraestructura básica.

En la región, se establecieron una serie de acuerdos de cooperación. Un ejemplo es el SIS-Fronteira, un acuerdo de salud entre Brasil y Bolivia que ni siquiera se materializó (Santo y Voks, 2023). Otro ejemplo son los consorcios intermunicipales, como el establecido entre Barracão, Bom Jesus do Sul, Dionísio Cerqueira (en Brasil) y Bernardo de Irigoyen (Argentina). Este último experimentó cierto éxito, pero, a falta de una normativa específica, depende de la buena voluntad política de la gestión vigente, que oscila de un período a otro.

Otro ejemplo de cooperación son los comités de frontera, espacios de diálogo binacional celebrados a nivel federal o nacional y encabezados por el respectivo cónsul de cada país. A pesar de su gran importancia para la representación y negociación en la esfera local, y de contar con algunos casos exitosos, no tienen como práctica discutir políticas sociales específicas para los habitantes de las fronteras, ya que su enfoque principal es trazar estrategias económicas y de seguridad (Santo, Costa y Benedetti, 2017).

Por lo tanto, las políticas de desarrollo en la frontera, que en la mayoría de los casos se centran en el crecimiento económico, favorecen las ganancias de grandes inversores y los intereses del capital. Una vez finalizado el período de las obras que estos proyectos conllevan, la recaudación fiscal es fortuita, pero el número de empleos generados se desploma. Esto hace que buena parte de su población migre en busca de mejores oportunidades, dejando atrás las ciudades fronterizas que se vuelven progresivamente más desiertas y económicamente deprimidas (Neto y Penha, 2017). Este fenómeno se agrava aún más por la falta de políticas públicas específicas y efectivas que promuevan la mejora de la calidad de vida en las ciudades fronterizas (Santo y Voks, 2021).

Finalmente, es importante señalar que en la frontera, los programas de desarrollo han incidido en transformaciones económicas, sociales y ambientales. Actualmente, el modelo se ha centrado en la monetización y mundialización del capital, impulsando la agricultura de commodities y la explotación mineral para la exportación, causando impactos ambientales y la concentración de riqueza, ya sea en Bolivia, Brasil, Colombia, Perú y tantos otros. Esto justifica la construcción de numerosas rutas e infraestructuras de integración latinoamericana para la salida de la producción.

Los desafíos del desarrollo en las regiones fronterizas son robustos, ya que es un espacio marcado por las desigualdades y la diversidad cultural, exigiendo la comprensión de los efectos presentes, mirando al pasado y pensando en perspectivas futuras. Por lo tanto, existe una exigencia para que los propios científicos sociales realicen más investigaciones sobre cómo la integración territorial y la cooperación económica afectan las dinámicas socioambientales en las regiones de frontera, considerando especialmente los saberes locales, la cultura, los modos de vida tradicionales y las alternativas de innovación social, entendidas como soluciones creativas que emergen en estos contextos.

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