Claudia Patricia Caballero de Lamarque
Según la Real Academia Española, educación proviene del latín educatio, -ōnis y se define como la acción y efecto de educar (https://dle.rae.es/educación). Asimismo, educar deriva del latín educāre y se define como dirigir, encaminar o doctrinar (https://dle.rae.es/educar).
El término educación tiene su raíz en dos palabras latinas. La primera es educere, que significa “sacar hacia fuera” y sugiere el desarrollo de habilidades individuales, enfatizando la formación de sujetos únicos más allá de la mera reproducción social. La segunda es educare, que representa un modelo más directivo y normativo. Estos dos conceptos reflejan modelos diferentes de educación: educare como un proceso directivo y educere como un proceso participativo. En palabras de Daros (2009, p. 11), “el concepto de educación es polisémico y está cargado de notable complejidad”.
García Carrasco (1987) destaca que la educación abarca una gran variedad de actividades, lo que contribuye a la dificultad para definirla con precisión. Ferrández y Sarramona (1985) sugieren que es necesario identificar características fundamentales dentro de las múltiples definiciones expertas existentes. Esta tarea resulta compleja, pues es posible identificar más de 184 definiciones diferentes de educación (Pozo et al., 2004).
Estas palabras se asocian con una serie de sinónimos que incluyen enseñanza, instrucción, formación y pedagogía, lo que resalta su papel fundamental en la transmisión de conocimientos y valores. Además, la educación abarca la crianza y doctrina impartidas a niños, niñas y jóvenes, enfatizando su importancia en el desarrollo integral de las personas. Por otro lado, se contrasta con términos como analfabetismo e ignorancia, que representan la ausencia de este proceso formativo. La educación también se extiende a los aspectos de la cortesía y la urbanidad, siendo civismo y delicadeza sus sinónimos, esenciales para la convivencia social. En su conjunto, la educación no solo es un proceso de enseñanza, sino un pilar fundamental en la construcción de sociedades más justas y cultas.
Históricamente, la educación ha variado según las culturas. En las polis griegas y en la ciudad estado romana, la educación priorizaba la sumisión al colectivo: en Atenas se cultivaba una sensibilidad refinada, mientras que en Roma se exaltaba la gloria militar. Durante el Medioevo adquirió un enfoque cristiano y, en el Renacimiento, se volvió más laica y literaria. Hoy, la ciencia ocupa un lugar central en la educación (Mora-Olate, 2020).
La educación es un proceso humano y cultural complejo. León (2007) señala que es necesario considerar la naturaleza de las personas y la cultura en su conjunto. Asimismo, Bruner (1997) y Vigotsky (1978) destacan que la cultura moldea al ser humano. La educación influye en la mente, valores, emociones, carácter y características físicas. Por ejemplo, el cuerpo de un pescador difiere del de un agricultor, ilustrando cómo la personalidad se configura a través de la educación y la cultura, indicando que “la historia de la educación es también el estudio de la cultura” (Mora-Olate, 2020, p. 202).
La educación es un fenómeno consustancial al desarrollo del sujeto. Sin ella, no se podría hablar del ser humano (Pozo et al., 2004). Se utiliza el término educación para dar significado a diversos acontecimientos cotidianos relacionados con lo educativo. Mora-Olate (2020, p. 201) sostiene que “la educación es un fenómeno sociocultural de carácter universal, que implica un acto de transmisión cultural de viejas a nuevas generaciones”, subrayando su naturaleza dinámica, donde el conocimiento y los valores se transforman con el tiempo. Durkheim (1975, p. 49) indica que la educación “ha sido a veces utilizada por un sentido muy amplio” para designar las influencias sobre nuestra inteligencia y voluntad, sugiriendo que incluye experiencias de vida y el contexto social.
La educación abarca costumbres y buenos modales conforme a las normas sociales, siendo un conjunto de acciones destinadas a desarrollar capacidades intelectuales (Simbaña et al., 2017). Pozo et al. (2004) identifican dos rasgos del término educación: el primero se refiere al aprendizaje y socialización del individuo, evaluando su comportamiento según normas de buena o mala educación. Esto indica una madurez que facilita la integración social (García Aretio, 1989). El segundo rasgo se centra en el contenido del conocimiento adquirido, relacionado con la urbanidad y los buenos modales, que alude a tener poca o mucha educación.
La educación es un proceso multifacético que va más allá de la transmisión de conocimientos. También abarca el desarrollo integral de las personas, influyendo en su identidad cultural, emocional y social. Su importancia radica en fomentar una ciudadanía activa y consciente, contribuyendo a una sociedad más equitativa y culturalmente rica (Freitas, 2017). Para Touriñán López (2014), educar implica una comprensión profunda de la educación, considerando sus características en cada acto educativo. Educar consiste en implementar su significado en diversos contextos, desarrollando competencias necesarias para que los educandos adquieran conocimientos, actitudes y habilidades, utilizando los recursos apropiados según las oportunidades disponibles.
La educación en contextos fronterizos no puede ser comprendida sin considerar la definición y configuración de identidades, prácticas culturales y procesos sociales que impactan directamente en los sistemas educativos y sus actores. Las fronteras, lejos de ser simples líneas divisorias, son espacios de encuentro, tensión, negociación e hibridación cultural. En este sentido, la educación asume un papel fundamental en la formación de los ciudadanos y las ciudadanas que transitan y habitan estos espacios, promoviendo la valoración de la diversidad y el respeto intercultural.
Así, el enfoque intercultural y multilingüe surge como respuesta necesaria para articular una educación que contemple la multietnicidad y los flujos culturales propios de las zonas fronterizas. Incorporar conceptos clave como alteridad, movilidad transfronteriza, identidad cultural y políticas plurilingües aporta a construir una base teórica sólida para analizar y diseñar propuestas educativas adecuadas para estos escenarios complejos.
Este capítulo se ocupa de la educación en contextos fronterizos. Se exploran sus dimensiones culturales, lingüísticas y sociales, así como los desafíos que enfrentan los sistemas educativos y las políticas públicas para responder a sus particularidades. Se estructura en seis secciones. La primera aborda la educación en contextos de frontera. La segunda se concentra en la educación multilingüe. La tercera sección se enfoca en la relación entre escuela y frontera. La cuarta trata sobre los desafíos que enfrenta la formación inicial, media y superior en las fronteras. La quinta sección se concentra en las articulaciones entre sistemas educativos de países fronterizos, mientras que la sexta reflexiona sobre la cuestión del acceso a la educación y el cruce de frontera.
Educación en contextos de frontera
La educación en contextos de frontera es un vehículo esencial para la integración y el desarrollo, transformando desafíos en oportunidades mediante la valorización de la diversidad cultural. Como propone Ordóñez Peñalonzo (2003, p. 152), “El contexto multicultural rebasa las fronteras políticas-geográficas y no es necesariamente negativo; su diversidad enriquece”.
En América Latina y el Caribe, los movimientos migratorios internos e intrarregionales son una constante histórica. En este sentido, surge la necesidad de distinguir entre los espacios fronterizos emergentes por la migración y las fronteras físicas preexistentes (Joiko, 2023). Ambos tipos generan dinámicas sociales, culturales y económicas distintas, lo que requiere un análisis separado para entender sus implicaciones en las comunidades, especialmente en educación. Los espacios de frontera creados por la migración son cambiantes.
En el MERCOSUR la movilidad de personas está en aumento y los desplazamientos demográficos se vuelven más dinámicos (Domenach et al., 2007). Sin embargo, las estadísticas oficiales a menudo subestiman esta realidad, basándose en definiciones limitadas de migración. En contextos de frontera, Lara-Valenzuela (2023) señala que “la dimensión espacial del desarrollo implica la transformación del territorio en un lugar horizontal, es decir, un espacio producido a través de un proceso de redescubrimiento, consenso y desarrollo compartido” (p. 7). Por lo tanto, las migraciones en las fronteras se manifiestan como un movimiento constante de personas, motivado por una pluralidad de razones que van desde la búsqueda de mejores oportunidades hasta la preservación de los vínculos familiares y culturales. Este ir y venir permanente contribuye a la configuración de espacios fronterizos complejos, en los que se entrelazan identidades, culturas y experiencias diversas.
En los espacios fronterizos, la interacción entre diversas comunidades enriquece culturalmente las prácticas, tradiciones, idiomas y formas de vida que conviven y allí se mezclan. Sin embargo, esta convivencia también plantea desafíos, ya que las personas buscan oportunidades y una mejor calidad de vida, lo que puede generar tensiones sociales. Las fronteras, al definir territorios políticos y administrativos con soberanía propia, imponen restricciones que afectan la movilidad y las relaciones entre comunidades, creando barreras para la integración y el entendimiento mutuo.
La idea de estilo de vida fronterizo invita a entender el comportamiento de la población como parte de una cultura de la frontera (Ojeda, 2005). Las fronteras separan estados y otorgan diferentes ciudadanías, pero no necesariamente coinciden con las divisiones culturales o étnicas. La homogeneidad cultural es relativa y depende tanto de las variables consideradas (como idioma, costumbres, identidad) como de la escala de análisis (local, regional, nacional). Por lo tanto, una frontera política puede ser una línea administrativa precisa, mientras que las fronteras culturales son más fluidas y se solapan territorios, generando espacios híbridos y dinámicos donde coexisten diversas prácticas y pertenencias culturales. En Sudamérica, ejemplo de ello son las ciudades gemelas de Bella Unión-Barra do Quaraí (Uruguay-Brasil) y Leticia-Tabatinga (Colombia-Brasil).
La migración a largo plazo complica la definición de estos espacios, creando comunidades transnacionales sostenidas por redes de solidaridad entre países (Domenach et al., 2007). En lugar de hablar exclusivamente de migraciones a largo plazo, es más preciso referirse a las movilidades en los contextos fronterizos, un concepto más amplio que abarca distintos tipos de desplazamientos humanos. Las movilidades incluyen no solo migraciones permanentes, sino también movimientos temporales, circulares, frecuentes y cotidianos motivados por razones laborales, familiares, comerciales o de estudio, sin que necesariamente implique un cambio definitivo de residencia (Tapia Ladino, 2024).
En las fronteras latinoamericanas, estas movilidades son frecuentes y complejas, manifestándose en cruces irregulares o regulares, desplazamientos de tránsito y movimientos concatenados a lo largo de varios países (BID, 2024). Estos desplazamientos configuran espacios sociales fluidos y dinámicos, donde las identidades, culturas y redes de solidaridad se transforman continuamente. La movilidad transfronteriza, además, funciona como recurso para satisfacer necesidades específicas, económicas, sociales o culturales, y no siempre implica proyectos migratorios a largo plazo (Parella, 2015).
Para que la educación en contextos de frontera sea efectiva, es crucial que las y los docentes comprendan el conocimiento previo del alumnado, de sus familias y su entorno social. Se espera que las escuelas implementen un sistema de sensibilización para los padres y madres, fomentando actitudes positivas hacia el bilingüismo y la interculturalidad. Esto implica conocer y valorar las culturas involucradas, basándose en prácticas de interculturalidad que resultan en relaciones culturales, reconociendo características propias y fomentando el respeto mutuo sin jerarquizar lo diferente (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Argentina – Ministério da Educação, Brasil, 2007).
La escuela, como entidad socializadora, actúa en este contexto, definiendo fronteras y determinando su significado por el uso del espacio físico y las percepciones sobre su función en la sociedad (Sánchez, 2013).
Educación multilingüe, cultura y frontera
La educación multilingüe implica la enseñanza y aprendizaje en más de un idioma, para promover la identidad cultural, la inclusión y la valoración de la diversidad lingüística. Según la Internacional de la Educación (2023, p. 5) “desde una mirada histórica, en todos los países lo que hoy conocemos como EIB (Educación Intercultural Bilingüe) comenzó en realidad simplemente como educación bilingüe”.
Esta educación bilingüe ha sido concebida como una transición, desde un monoculturalismo dominante, discriminatorio e inferiorizante, hacia un esquema donde lo predominante era el castellano y la cultura occidental. Sin embargo, hoy en día, los entornos multilingües son comunes en lugar de ser inusuales. La UNESCO (s.f.) estima que al menos la mitad de la población global es bilingüe, con la utilización de al menos dos idiomas o dialectos en su vida diaria. Según esta institución existen 8.324 lenguas, habladas o de signos, documentadas por los gobiernos, las instituciones públicas y las comunidades académicas. De ese total, alrededor de 7.000 lenguas siguen en uso.
En ese contexto, Giannini (2024) sostiene que el potencial de la educación multilingüe es enorme, pero para aprovechar sus beneficios es necesario un compromiso con el aprendizaje permanente y una apreciación del valor de la diversidad lingüística. Esta educación contribuye significativamente al aprendizaje efectivo, ya que los y las estudiantes aprenden mejor en una lengua que comprenden. Aunque el reconocimiento constitucional de la diversidad pluricultural y multilingüe es un avance frente al pasado asimilacionista, su implementación en la práctica diaria es limitada. A menudo, el bilingüismo y la interculturalidad se esperan solo de los pueblos indígenas, con escasa presencia en la sociedad en general (Internacional de la Educación, 2023).
Las diferencias étnicas en la comunidad multicultural y multilingüe de las áreas fronterizas, junto con la comunicación que incluye lenguas oficiales, dialectos y lenguas familiares no reconocidas, influyen significativamente en los aprendizajes escolares y en las prácticas pedagógicas. La educación multilingüe es clave para valorar y preservar la diversidad lingüística, como para construir sociedades inclusivas y equitativas. En el XXI se ha visto un resurgimiento de esta alternativa, aunque ha existido durante siglos (Lewis, 1976). La creciente atención hacia la complejidad etnolingüística y la interdependencia entre naciones ha llevado a un mayor reconocimiento de que la educación bilingüe y multilingüe es fundamental para preparar sociedades más democráticas y libres de racismo (Hornberger, 2007).
El término frontera tiene una asociación histórica con la conquista territorial y el establecimiento de límites bajo una lógica militar (Silva y Almeida, 2019). Sin embargo, las fronteras trascienden su dimensión física y política: son espacios en constante transformación donde se configuran y reconstruyen identidades y culturas. Estas delimitaciones políticas son construcciones humanas que surgen a partir de procesos de ocupación y control, y que adquieren múltiples significados en la cotidianeidad de quienes viven allí (Albuquerque, 2009).
Históricamente, la interpretación de las fronteras varía según los contextos y perspectivas: mientras que Turner reconocía en el contexto norteamericano una relación de las fronteras con la igualdad y la democracia, en América Latina a menudo se han relacionado con la anarquía y los conflictos (Contreras y Castro, 2016). Por lo tanto, las fronteras deben entenderse como ámbitos complejos donde convergen procesos sociales, culturales y políticos que influyen en la construcción tanto de las comunidades como de los estados.
Para comprender la educación y la cultura, es esencial abordar el concepto de cultura fronteriza, lo que deriva en la consideración de las identidades. Este análisis invita a reflexionar sobre las alteridades en las comunidades fronterizas, lo que implica verse a través de la perspectiva del otro, permitiendo comprender las variaciones entre identidades en contextos compatibles e incompatibles (Rodríguez Ortiz, 2009).
Es crucial considerar cómo los sistemas educativos abordan estos escenarios culturales que, según Ordóñez Peñalonzo (2003, p. 150), “no siempre son tomados en cuenta por los sistemas oficiales de educación cuya planificación no solo es creada, sino también centralizada y controlada por los grandes centros de poder”. Esta centralización puede resultar en una educación que no refleja la diversidad cultural de las comunidades fronterizas, perpetuando la exclusión de ciertos grupos y limitando su acceso a una educación que valide sus identidades.
La educación en contextos fronterizos debe ser un proceso inclusivo que reconozca y celebre las diferencias culturales, promoviendo un entendimiento más profundo entre las diversas identidades. Así, se contribuye a la construcción de una cultura fronteriza rica y diversa, donde todos los individuos tengan la oportunidad de participar y crecer.
Escuelas y fronteras
Las fronteras son espacios cotidianos donde conviven y se entrelazan diversas culturas, manifestándose en las costumbres, lenguas y expresiones, que se reflejan particularmente en las escuelas de las regiones limítrofes. Estas instituciones no solo cumplen un rol académico, sino que también forman parte de una estrategia para revitalizar las regiones fronterizas, reforzando los lazos culturales y lingüísticos entre alumnado y cuerpo de profesores (Organización de Estados Iberoamericanos, 2021). En estas escuelas, la vida cotidiana reúne a individuos que construyen su identidad a partir de al menos dos registros culturales. La conciencia comunitaria implica reconocer fronteras que pueden no estar marcadas principalmente, pero que existen en la mente, separando a “nosotros” de “ellos” (Sánchez, 2013).
El término frontera tiene diversas interpretaciones y aplicaciones en dimensiones temporales y espaciales, desempeñando roles variados en contextos políticos, económicos, militares y sociales (Arriaga Rodríguez, 2019). En el ámbito escolar, la definición de fronteras orienta los procesos de enseñanza, aunque en ocasiones se generan definiciones absolutas que desconocen los procesos sociales e históricos que producen dichas delimitaciones (Contreras y Castro, 2016).
Las escuelas de frontera presentan características propias que reflejan realidades socioculturales y lingüísticas diferenciadas, lo que exige políticas educativas específicas para atender sus particularidades y desafíos. Estos centros educativos son escenarios donde conviven múltiples lenguas y culturas, y donde la construcción y transformación de identidades ocurren en un proceso constante de aceptación de la diversidad (Flores et al., 2021).
Este tipo de escuelas representan espacios de posibilidades relacionales (Araujo et al., 2015). Al mismo tiempo, pueden ser contextos conflictivos y jerárquicos donde emergen tensiones y rivalidades entre alumnos (Silva y Almeida, 2019). La situación social y cultural de las comunidades impacta en la inclusión y retención escolar, evidenciando la necesidad de enfoques pedagógicos sensibles a estas realidades.
Estos contextos complejos exigen que las escuelas no solo revisen el currículo, sino que también abran nuevos horizontes educativos que permitan la resistencia cultural y la acción transformadora (Ordóñez Peñalonzo, 2003). Es fundamental promover una enseñanza sobre fronteras que favorezca el respeto y evite fomentar el odio o la exclusión, reconociendo que sus definiciones cambian según los fines y perspectivas adoptadas (Contreras y Castro, 2016). La pluralidad cultural es una realidad tangible en las escuelas de frontera, donde estudiantes de diversas tradiciones y en muchos casos con doble ciudadanía requieren condiciones equitativas para su aprendizaje y convivencia (Basso y Souza Ferretti, 2021). En este espacio, las relaciones sociales se mueven entre colaboración y conflicto, reflejando tensiones culturales y sociales que obligan a las escuelas a ser escenarios fundamentales de negociación, construcción de identidad y transformación social inclusiva.
Formación inicial, media y superior en las fronteras
La formación inicial, media y superior en las fronteras enfrenta desafíos y oportunidades únicas, aunque estos no se presentan por igual en los tres niveles, sino que muestran diferencias significativas. En la educación inicial, la diversidad cultural y lingüística requiere una atención especial para desarrollar habilidades desde edades tempranas, fomentando la inclusión desde el inicio del proceso educativo (Winikor Wagner, 2016). En este nivel, la incorporación de prácticas interculturales y bilingües puede favorecer una mejor adaptación al sistema.
En la educación media, los retos se agudizan, dado que la situación social, económica y geográfica influye más fuertemente en la retención y adaptación de las y los estudiantes. Los y las docentes, a menudo provenientes de contextos urbanos, enfrentan dificultades para adaptarse a las realidades multiculturales y rurales propias de la frontera, lo cual afecta la calidad educativa (Sánchez Espinoza y Norambuena Carrasco, 2019). Además, este nivel suele marcar un momento crítico, donde se evidencian discontinuidades e interrupciones en la trayectoria educativa, especialmente en la transición hacia la educación superior (Pierella, 2023).
En la educación superior, los desafíos incluyen el conocido shock pedagógico cultural y semiótico que enfrentan los estudiantes al ingresar a un nuevo sistema académico (Charlot, 2020). Asimismo, también hay mayores oportunidades vinculadas con la internacionalización, movilidad académica y redes de cooperación entre universidades (Kiernyezny Rovate, 2018). Estas estrategias facilitan el acceso a experiencias educativas más amplias que impulsan la integración cultural, económica y política de las fronteras (Moncada Cerón, 2012).
En conjunto, aunque los tres niveles comparten la necesidad de una educación inclusiva y sensible a la diversidad cultural y lingüística, existen diferenciales importantes en términos de desafíos y oportunidades. Por ello, es imprescindible desarrollar enfoques pedagógicos y políticas educativas flexibles y adaptadas a las especificidades de cada nivel para fortalecer el proceso formativo en las regiones fronterizas de manera integral.
Sistemas educativos en las fronteras
En las experiencias latinoamericanas, la articulación de los sistemas educativos en las fronteras se produce como un proceso complejo que requiere coordinar políticas y acciones entre distintos países y niveles educativos para atender la diversidad cultural, lingüística y social propias de estas regiones (Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, Argentina – Ministério da Educação, Brasil, 2007). Este proceso busca facilitar la continuidad educativa, promoviendo la integración entre la educación inicial, media y superior a través de estrategias que valoren la interculturalidad y el mestizaje, y que permitan superar las barreras propias de la movilidad y las diferencias territoriales.
Las experiencias específicas incluyen la creación de redes interinstitucionales y convenios de colaboración que permiten el intercambio de docentes, estudiantes y recursos, así como la implementación de programas bilingües o plurilingües que reconocen las lenguas originarias y locales. Además, se desarrollan apoyos para facilitar el acceso y la permanencia en el sistema educativo, especialmente para comunidades migrantes o vulnerables. De esta manera, la articulación educativa en las fronteras no solo busca garantizar el derecho a la educación, sino transformar estos espacios en entornos educativos que favorezcan la convivencia intercultural, la inclusión social y el desarrollo regional sostenible.
La matriz propuesta por Joiko (2023) resulta muy relevante, ya que ofrece un análisis integral de las fronteras al considerar múltiples dimensiones y sus interacciones (Figura 1). Este enfoque no solo enriquece la comprensión del fenómeno fronterizo, sino que también puede orientar la creación de políticas más inclusivas y justas. Al proporcionar un marco conceptual sólido, facilita la exploración de las fronteras desde diversas perspectivas, destacando su complejidad y las conexiones en diferentes contextos.
Figura 1. Matriz para el análisis crítico de las políticas educativas

Fuente: Joiko (2023).
En el análisis de esta matriz, la educación se examina en los cuadrantes de caracterización y subjetividades. En términos de caracterización, es fundamental observar el acceso desigual a recursos educativos, ya que las fronteras pueden generar disparidades en la calidad de la educación, afectando oportunidades y derechos de distintos grupos. La gestión de las diferencias culturales y lingüísticas en el sistema educativo también es crucial. Con respecto a las subjetividades, la educación influye en cómo las personas se identifican en contextos fronterizos, formando identidades y perspectivas. Las experiencias educativas son esenciales para desarrollar una conciencia crítica sobre las fronteras y su impacto en la vida cotidiana. Por lo tanto, la articulación de sistemas educativos en frontera debe promover una inclusión efectiva que respete y valore la diversidad cultural y lingüística.
Acceso a la educación y cruce de frontera
El cruce de fronteras ha “transformado espacios, creando sitios de encuentro y desencuentro, generando culturas que son puntos de contacto y confrontación” (Ordoñez, 2003, p. 153). El cruce diario para trabajar, estudiar o visitar familiares se ha convertido en una rutina para ciertos sectores de la población fronteriza, generando relaciones que reflejan la permeabilidad de la frontera y las desigualdades económicas y sociales (Alegría, 1990). Estas interacciones se ven facilitadas por redes sociales formadas a partir de lazos de parentesco y amistad entre los habitantes de ambos lados (López, 1994; Ojeda, 2005).
En este contexto, en 2019 se aprobó el acuerdo sobre Localidades Fronterizas Vinculadas entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay como Estados Partes del MERCOSUR. Este acuerdo subraya la cooperación educativa como un pilar esencial para fortalecer la integración en las localidades fronterizas, promoviendo un relacionamiento armónico entre las comunidades. A través del Acuerdo, se destacan la formación de docentes, el intercambio de metodologías innovadoras, una perspectiva regional que resalte la historia compartida y la mejora de la calidad educativa en las regiones fronterizas.
Este enfoque no solo facilita el acceso a la educación, sino que también fomenta un sentido de pertenencia y cohesión social. Así, la educación se convierte en una herramienta fundamental para el desarrollo integral y la construcción de sociedades más justas e inclusivas, celebrando y respetando la diversidad cultural.
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