Victoria Pedrotta
La palabra etnicidad refiere a la identidad y al sentido de pertenencia. La identidad étnica se construye y se despliega a nivel individual y colectivo, mediante emociones, acciones, ideas, símbolos y representaciones compartidas, a través de las cuales se demarca un nosotros frente a uno o varios otros. Más allá de su definición concreta y del énfasis que se ha puesto en los elementos tomados como base para estudiarla, que han ido cambiando con el desarrollo de la antropología, la etnicidad siempre supone relaciones de interacción social en las que se construyen y expresan diferencias culturales.
La palabra etnicidad alude al carácter de étnico, término que proviene de la voz griega ethnikós que significa “perteneciente a las naciones” y deriva, a su vez, de éthnos que refiere a “raza, nación, tribu”, según el diccionario etimológico Corominas (1987, p. 260). En humanidades y ciencias sociales, étnico se emplea usualmente como elemento que significa “pueblo, cultura” para formar vocablos compuestos, tales como etnocentrismo, etnocidio o etnobiología.
En la antigua Grecia se denominaba étnicos a los pueblos paganos, es decir, a aquellos que se situaban más allá del mundo que consideraban civilizado. Del mismo modo, en el presente la etnicidad está estrechamente asociada a las dinámicas de formación y expansión o retracción de fronteras que devienen de la interacción conflictiva entre distintos grupos sociales. Un ejemplo de ello es la colonización que sufrieron los pueblos indígenas americanos desde fines del siglo XV, seguidos de la segregación y el despojo que acompañó la conformación de los distintos estados nacionales a lo largo del siglo XIX. Estos procesos históricos implicaron la interacción antagónica de organizaciones sociopolíticas estatales con diversas sociedades no estatales, que se articularon en sistemas de dominación/subordinación interétnicos y dieron origen a fronteras interétnicas de características muy diversas.
Más recientemente, la etnicidad constituye un elemento distintivo que numerosos grupos socioculturales esgrimen en apoyo para lograr el reconocimiento de diferentes derechos civiles, educativos, territoriales y políticos, por parte de estados nacionales u otras configuraciones políticas mayores que integran.
Este capítulo se divide en cuatro secciones que revisan las formas de concebir la etnicidad en el campo de la antropología, con especial atención a la producción latinoamericana. La primera se ocupa de las miradas esencialistas para marcar, en la segunda sección, el quiebre que representó la crítica constructivista desde la década de 1960 y la apertura teórica que esta posibilitó. La tercera sección se centra en los aportes de las perspectivas marxistas y el impacto de las corrientes deconstructivistas de pensamiento social durante las décadas siguientes. Por último, la cuarta aborda la etnicidad en relación con la identificación de los movimientos indígenas contemporáneos y como legitimador de sus reclamos territoriales, políticos y patrimoniales.
Etnicidad, raza y cultura
La mirada biologicista de la cultura perduró hasta bien entrado el siglo XX y hunde sus raíces en el evolucionismo social y en la etnología del siglo XIX. Ambas perspectivas estuvieron marcadas por la necesidad de describir y clasificar jerárquicamente a los pueblos que las potencias europeas iban incorporando a sus dominios coloniales. Desde esta perspectiva, existía una correspondencia unívoca e inalterable entre las variaciones biológicas de los grupos humanos y sus diferencias culturales, las cuales se agrupaban en unidades discretas llamadas razas y etnias o culturas, respectivamente.
A partir de las obras de Max Weber en el campo de la sociología y, especialmente, del impacto del trabajo de Franz Boas (1964) en la antropología norteamericana, fue sumando consenso académico el argumento de que no existe una correlación directa entre las características biológicas y culturales de las poblaciones humanas. De este modo, se comenzó a desracializar la etnicidad, siguiendo un rumbo que se expresó a nivel internacional con la Declaración sobre la Raza promovida por la UNESCO en 1950 (Briones, 1998). En simultáneo, se fue generalizando el uso de etnicidad como concepto alternativo al de raza y sin sus connotaciones racistas.
Hasta mediados del siglo XX, la antropología estuvo marcada por la preeminencia de corrientes teóricas culturalistas y funcionalistas, que concebían a los grupos sociales como entidades discretas, con límites fijos, relativamente aisladas, formadas por conjuntos de elementos que estaban orgánicamente integrados y que podían ser objeto de descripción empírica. La distribución geográfica de esos grupos se concebía como un mosaico de unidades espaciales delimitadas y separadas por fronteras fijas. Por ende, la etnicidad también se pensaba como una suerte de esencia inmutable que se asociaba a grupos sociales que se reproducen biológicamente, tienen una historia común, una lengua compartida, un territorio definido y una cultura distintiva (Barth, 1998).
Desde esta perspectiva se asumía que el contacto de grupos sociales simples con sociedades complejas y tecnológicamente más avanzadas deviene en un proceso de aculturación mediante el cual los primeros perdían sus especificidades culturales asimilando las características de la sociedad mayor, hasta que inevitablemente desaparecía su identidad (Redfield et al., 1936). Tan esencial como parte del repertorio cultural, la etnicidad también se diluía como consecuencia de ese proceso inexorable de aculturación. De ahí la premura de la antropología occidental por registrar a través del trabajo etnográfico a muchos grupos socioculturales, que eran minoritarios con respecto a los estados coloniales, imperiales o republicanos que los englobaban, y que se suponía estaban condenados a desaparecer.
Etnicidades fluidas y relacionales
Una cantidad notable de estudios antropológicos realizados durante la posguerra, sobre todo en torno a los procesos de descolonización de África y Asia, pusieron en evidencia que los mecanismos de aculturación no eran ineludibles ni universales. Asimismo, advirtieron que las identidades étnicas persistían, incluso pese a los enormes cambios políticos, económicos y culturales que experimentaron muchos grupos sociales en interacción con las formaciones estatales.
La obra clásica de Barth, de 1969, condensó las críticas a la perspectiva esencialista a la vez que propuso un enfoque diferente para entender la etnicidad que deja de lado el “contenido” cultural de los grupos sociales y se enfoca en los mecanismos mediante los cuales dichos grupos generan, mantienen y atraviesan límites étnicos. Este autor argumentó que la etnicidad es el modo en que se organizan socialmente las diferencias culturales y que, ante todo, consiste en la autoadscripción ̶individual y grupal ̶ en situaciones de interacción con otros. Desde esta visión constructivista de la cultura, entonces, el análisis se reorientó: se dejó de hacer la caracterización empírica detallada de un grupo social y se pasó a buscar aquellos elementos culturales significativos mediante los cuales este establece sus límites étnicos, que siempre son de carácter contrastante.
A partir de la década de 1960 la noción de etnia comenzó a ser ampliamente utilizada en numerosos trabajos etnográficos sobre la incorporación de grupos minoritarios en sociedades más amplias que los comprenden. Con ello, durante las décadas siguientes la etnicidad se consolidó como campo de estudio propio dentro de la antropología (Cardoso de Oliveira, 2007; Shneiderman y Amburgey, 2022).
Los grupos socioculturales hasta entonces considerados tribus pasaron a llamarse etnias (Briones, 1998). Este concepto, que resurgió en el contexto de la posguerra, estaba marcado por la discriminación, los conflictos y las alianzas geopolíticas, como señala Ringuelet (1987). Tal posicionamiento introdujo cambios con respecto a las miradas previas, ya que la historia dejó de concebirse como fuente objetiva de la etnicidad y emergió como una forma de lucha retórica por la apropiación del pasado en la que se ponen en tensión diversos símbolos, marcadores y diacríticos identitarios (Barth, 1998). Además, el interés se desplazó desde el cambio cultural hacia la interacción social asimétrica. Las propuestas analíticas pasaron a considerar tanto los tipos organizativos a nivel estructural como la agencia individual, enfatizando el campo de comunicación compartido por quienes integran los grupos étnicos.
En la antropología latinoamericana fueron centrales los aportes del brasileño Cardoso de Oliveira (2007), quien amplió el abordaje de la etnicidad a partir de sus estudios acerca del contacto ocurrido en los frentes de expansión de la sociedad nacional sobre los territorios de diversos pueblos indígenas en Brasil. Haciendo foco en las relaciones sociales, este autor introdujo el concepto de “fricción interétnica” como modelo para describir la relación antagónica entre grupos o segmentos minoritarios y grupos o sociedades dominantes que están vinculados, irreversiblemente, en un equilibrio inestable marcado por el conflicto y la contradicción.
Otro concepto de Cardoso de Oliveira es el de “cultura de contacto”, con el que hace referencia al sistema de valores y las representaciones ideológicas que un grupo étnico construye en torno a la situación de contacto en que se encuentra y al modo en que se clasifica a sí mismo y a los demás, expresando tensiones y contradicciones internas. Un aspecto importante que destacan varios autores, como Barth (1998) y Bechis (2010), es el carácter contrastante de las identidades étnicas. Tal carácter se debe a que surgen por oposición, no se pueden afirmar en aislamiento y necesariamente implican la afirmación del nosotros frente a los otros.
Figura 1. Mapa etnográfico do Brasil (1961) elaborado por el Consejo Nacional de Protección de los Indios de Brasil

Fuente: http://repositorio.casadelacultura.gob.ec//handle/34000/16014.
Estructura social y etnicidad
Un conjunto de trabajos sobre la etnicidad de inspiración marxista se concentró en su vinculación con las clases sociales y la estructura social. Si la etnicidad es un proceso de articulación social generado históricamente y si las identidades étnicas se construyen en el nivel de las relaciones sociales, es relevante entonces, desde esta perspectiva, situarlas en la estructura social y en el marco de las relaciones materiales de dominación/subordinación subyacentes (Hidalgo y Tamagno, 1992).
El abanico de propuestas al respecto es amplio. Las miradas más ortodoxas consideraron a la etnicidad como parte de una fase precapitalista de la evolución social que tendía a desaparecer a medida que se expandiera el capitalismo moderno y se fueran homogeneizando las diferencias culturales (Díaz-Polanco, 1981). Otras miradas la ubicaron como un mero epifenómeno o reflejo superestructural de las relaciones de clase, sin otorgarle mayor relevancia analítica ya que se encuentra supeditada a aquellas y resulta, a la vez, determinada por la base material económica de las sociedades (Ringuelet, 1987).
En contraposición, las propuestas más elaboradas consideran que la etnicidad es una dimensión de las clases sociales y que comparten ciertos rasgos estructurales, dado que ambas están constituidas sobre la base de relaciones de explotación y dominación antagónicas e intereses económicos contrapuestos, que en ocasiones se yuxtaponen, se refuerzan mutuamente o se solapan, pero que no son reductibles entre sí. Estos enfoques requieren atender a los aspectos objetivos y subjetivos que hacen a la producción y la reproducción de la etnicidad, a nivel estructural y superestructural.
Para abordar los aspectos objetivos se estudian los anclajes materiales de la etnicidad y su devenir histórico, contextualizando a los grupos étnicos en escenarios regionales, nacionales y globales marcados por la expansión del capitalismo industrial y los procesos de construcción de estados-nación (Briones, 1998). En esta línea, Wallerstein (1991) argumenta que los grupos étnicos funcionan como estructuras organizativas donde ocurre la reproducción de gran cantidad de fuerza de trabajo no asalariada, favoreciendo la acumulación de capital, en el seno de estados cuya posición está determinada por la estructura del sistema capitalista a escala mundial.
Por otro lado, se indagan las formas de diferenciación y clasificación subjetivas, tanto como el modo en que estas se expresan cultural e ideológicamente. En tal sentido, el antropólogo mexicano Díaz-Polanco (1981) concibe la etnicidad de modo semejante a la cultura, como un complejo particular que involucra sistemas de organización social con sus formas específicas de interrelación, costumbres, prácticas y normas de conducta comunes, lengua, tradición e historia compartidas.
En los sistemas organizados a partir de una estructura de clases sociales, la etnicidad es una dimensión de dichas clases. En consecuencia, se puede afirmar que toda clase o grupo social constituido tiene su propia etnicidad, aunque no siempre se distingue a partir de esta. Según el autor citado, en condiciones históricas particulares los grupos sociales construyen formas de identidad y solidaridad a partir de los componentes étnicos, estableciendo sobre esos vectores su identificación como tales y su diferencia con respecto a otros. Así, los grupos étnicos son aquellos que han desarrollado formas de identidad que enfatizan la dimensión étnica, independientemente de su condición y/o su conciencia de clase.
Figura 2. Afiche de difusión del Caucus indígena en el 11vo Foro de la ONU sobre Empresas y Derechos Humanos llevado a cabo el 27 noviembre de 2023

Fuente: Coordinación Andina de Organizaciones Indígenas, https://www.facebook.com/caoi.andina/, página web consultada el 20-12-2023.
Ciudadanía y acción política
La mayoría de las perspectivas no esencialistas sobre la etnicidad han llamado la atención acerca de su ambigüedad y la manipulación que con frecuencia se hace de ella, tanto a nivel individual como colectivo, cuando resulta relativamente ventajoso. Ya las etnografías clásicas de la escuela estructural-funcionalista británica, como el trabajo de Leach entre los kachin y shan en la entonces Birmania, mostraron la fluidez de la pertenencia étnica entre individuos y segmentos sociales. Entre estos grupos la etnicidad cambiaba regular y coyunturalmente según los mecanismos internos de ordenamiento político y las variables externas (Shneiderman y Amburgey, 2022).
Del mismo modo, Cardoso de Olivera (2007) analizó numerosos ejemplos de lo que llama “identidades virtuales” entre grupos indígenas de la región amazónica del Alto Xingú en Brasil, quienes invocan diferentes adscripciones étnicas de manera estratégica y cambiante según las circunstancias. En la misma dirección, subrayando el carácter instrumentalista de la etnicidad como un recurso político, social y cultural, Cohen (1974) definió a los grupos étnicos como grupos de interés. Este autor considera que son colectivos con pautas de comportamiento normativo en común, que activan competitivamente el recurso étnico para obtener beneficios simbólicos o materiales. En contraste con los anteriores, los estudios etnográficos de Cohen tuvieron por objeto grupos minoritarios en ciudades de Inglaterra, Israel, Estados Unidos y algunos países africanos.
En el contexto de las corrientes postestructuralistas y poscoloniales de finales del siglo XX, tanto el concepto de etnicidad como el de cultura fueron puestos bajo el escrutinio deconstructivista, así como la legitimidad del propio campo disciplinar de la antropología. Paradójicamente, como notan Shneiderman y Amburgey (2022), mientras que el término etnicidad fue perdiendo relevancia dentro de la academia debido a esos cuestionamientos, su importancia para los grupos minoritarios y las comunidades fue creciendo cada vez más. En efecto, desde la década de 1990 se produjo una eclosión de movimientos indígenas en América que ejemplifican claramente la importancia de la etnicidad como vector articulador de la acción política y que fueron descriptos como movimientos etno-políticos (Bartolomé, 2003). Con algunas variantes, estos movimientos reclaman su reconocimiento legal como pueblos indígenas, la propiedad y el uso de la tierra junto a sus recursos naturales, la restitución de sus bienes materiales, el derecho a la autodeterminación, a la participación política, a mantener y expresar sus identidades, a una educación bilingüe, entre otras cuestiones (Bello, 2004).
Actualmente, la etnicidad es la dinámica mediante la cual numerosos grupos indígenas constituyen su identidad genérica como eje de la acción política, de negociación con las instituciones estatales, de su visibilización y reconocimiento público. En este sentido, como observa Bello (2004, p. 41), “la invención de la tradición o la recuperación del pasado para proyectar el presente y el futuro, es un proceso y una estrategia común en los movimientos indígenas, que constituye una característica central en la etnicidad como estrategia política”.
De este modo, esos grupos construyen su propia ciudadanía a través de la lucha por el reconocimiento de derechos, en contextos sociales específicos determinados por la historia de su interacción con los estados coloniales y nacionales. Paralelamente, la etnicidad ha pasado a ser un elemento central en las políticas públicas que promueven organismos internacionales de desarrollo, como la Organización de las Naciones Unidas y el Banco Mundial. Estas entidades sostienen que la diversidad cultural no solo es un derecho sino también un requisito para lograr un “desarrollo con identidad”.
La etnicidad como estrategia de acción política se despliega en interacciones que involucran el poder y la resistencia, los derechos y disputas territoriales, el simbolismo y las condiciones materiales de existencia de los pueblos indígenas y grupos minoritarios, remarcando su carácter identitario contingente, heterogéneo y polifónico (Restrepo, 2004).
Figura 3. Distribución geográfica de las comunidades pertenecientes a pueblos originarios en Argentina con relevamiento culminado elaborado por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas

Fuente: Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la República Argentina, https://www.argentina.gob.ar/derechoshumanos/inai, página web consultada el 20-12-2023.
Bibliografía
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