Alejandro Paredes y Paola Adriana Bayle
La Real Academia Española define al exilio como “separación de una persona de la tierra en que vive” y “expatriación, generalmente por motivos políticos” (https://dle.rae.es/exilio). Esta palabra proviene del latín exilium, derivado de exul, que refiere a quien está fuera de su tierra, en condición de expulsión o errancia (Gómez de Silva, 2006). En tanto, exsilio significaba saltar fuera, lanzarse afuera (VOX, 1999).
Desde sus orígenes, esta palabra connota pérdida, extrañamiento y desplazamiento. Desde una perspectiva filosófica, Agamben (1996) plantea que el exilio representa una condición límite en la que el sujeto queda reducido a una “vida desnuda”, despojado de derechos y protección estatal. En este marco, la frontera no es solo geográfica, sino una línea jurídica y existencial que separa al ciudadano del excluido, al protegido del abandonado.
El exilio designa la experiencia de quienes, por razones políticas, sociales y/o humanitarias, deben abandonar su país de origen y cruzar fronteras en búsqueda de protección. A diferencia del migrante económico, cuya salida suele ser voluntaria y planificada con tiempo, el exilio se produce bajo una situación de urgencia, con trayectorias marcadas por el peligro, el desarraigo y la incertidumbre (Joly, 1996). En consecuencia, se trata también de un fenómeno político que conlleva tanto una expulsión como una recepción dentro de nuevas sociedades de acogida.
Este capítulo tiene como objetivo revisar el concepto de exilio y su relación con las fronteras, desde una perspectiva histórica latinoamericana. Para ello, se presentan cuatro secciones: la primera distingue refugio, asilo y exilio. La segunda aborda el exilio en el pasado reciente latinoamericano. La tercera sección se detiene en el complejo vínculo entre exilio y frontera. Finalmente, la cuarta aborda al insilo en tanto exilio intrafronterizo.
Refugio, asilo y exilio
Las categorías refugio, asilo y exilio, a veces presentadas como sinónimos, dan cuenta de realidades sociales y jurídicas diferentes que deben ser aclaradas.
La figura de la persona refugiada fue definida en la Convención de Ginebra de la ONU en 1951 y ampliada en el Protocolo de 1967. Allí se estableció que una persona refugiada es aquella que, debido a “fundados temores de persecución por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social u opiniones políticas”, se encuentra fuera de su país y no puede o no quiere regresar (United Nations High Commissioner for Refugees, 1951). Esta definición dio lugar al surgimiento de la figura del “refugiado estatutario”, protegido por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). El refugio, más allá de su dimensión jurídica, es una migración forzada, en un contexto de coacción, persecución o violencia estructural (Joly, 1996).
El asilo, por su parte, es una facultad soberana de los estados para proteger a personas perseguidas políticamente. El artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece que toda persona tiene derecho a buscar asilo en caso de persecución. Sin embargo, este derecho no se puede invocar contra acciones penales por delitos comunes o actos contrarios a los principios de las Naciones Unidas. Esta protección puede ser territorial o diplomática cuando se brinda en una embajada. Esta figura tiene una larga tradición en América Latina. Se ha definido y delimitado su uso en diferentes series de convenciones interamericanas, como las de Montevideo en 1928, La Habana en 1933 y Caracas en 1954.
El asilo se sostiene sobre el principio de no devolución (non‑refoulement), que debe aplicarse en todo momento y lugar, ya sea en la frontera, en el territorio nacional o en las embajadas. El enfoque doctrinal determina que las solicitudes de asilo no pueden ser rechazadas sin más, sino que deben tramitarse con todas las garantías procesales. Este procedimiento debe ser permisivo, favoreciendo a quien lo solicita, de manera que sólo se rechace cuando esté suficientemente fundamentado sin la exposición a riesgos graves. Por ello, los estados no pueden rechazar en la frontera a personas que requieran protección internacional si existen riesgos para su vida o su libertad. La frontera, lejos de constituir un espacio de excepción, está sujeta a las obligaciones estatales en materia de derechos humanos (DDHH), debiendo garantizarse allí el acceso al procedimiento de asilo (Gortázar y Rotaeche, 1997).
El asilo diplomático cumplió un papel destacado en las décadas de 1970 y 1980. La protección en embajadas varió en función de los distintos contextos nacionales, las afinidades políticas y las capacidades para brindar protección, entre otras. Entre los ejemplos más destacados figura el caso mexicano, que se distingue en la región por ser un estado que, desde el siglo XIX, ha otorgado asilo a personas perseguidas por motivos políticos. Su rol como país asilante fue fundamental para el caso del exilio español republicano en los años 1930 y 1940, y para el exilio conosureño de América Latina desde los años 1970. Un caso trascendente fue el asilo que se le otorgó a la familia de Salvador Allende luego del golpe militar en Chile de 1973 (Dutrénit Bielous, 1999).
Ahora bien, el exilio incluye muchos tipos de desplazamientos forzados que no reciben refugio o asilo. Existen, por ejemplo, los llamados refugiados de facto, refugiados en masa o desplazados, que carecen de estatus legal pese a su condición de vulnerabilidad (Pérez Barahona, 2003). Por este motivo, es complejo encontrar una cifra precisa de personas exiliadas en casos concretos. Ante una emergencia, las salidas de un país se realizan de diversas formas (clandestinas, con visas, con salvoconductos, etc.). Los estatus legales no siempre dan cuenta de la condición exiliar.
Se podría pensar al exilio como una experiencia colectiva con raíces políticas, pero que desborda las categorías legales y requiere herramientas analíticas específicas que den cuenta de la heterogeneidad que lo atraviesa. Esta diversidad se vincula a las características de cada comunidad que sale al exilio. Se trata de un grupo que, al margen de compartir una misma nacionalidad, no es homogéneo en su interior debido a la portación diferenciada de capitales acumulados previamente al exilio, de tipo económico, cultural, político, social o académico.
En este sentido, existen cuantiosos aportes latinoamericanos que dan cuenta del carácter complejo, poliédrico, móvil y plural, tanto de los exilios como de los retornos (Rebolledo, 2006; Del Pozo, 2006; Yankelevich y Jensen, 2007; Jensen, 2011; Lastra y Peñaloza Palma, 2016; Lastra, 2016; Roniger, 2016; Yankelevich, 2016).
Con el objetivo de abordar las múltiples experiencias que una misma comunidad nacional experimenta en situaciones exiliares, es necesario realizar un abordaje transnacional que incluya, también, a las comunidades de acogida. Ellas, de igual forma, deben ser analizadas en su heterogeneidad junto a las organizaciones de asistencia –nacionales e internacionales– involucradas en estos procesos (Bayle, 2019; Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas, 1984).
Otros puntos a tener en cuenta son los vínculos que se generan entre la comunidad exiliada, la de acogida y los múltiples agentes que asisten ante una situación de emergencia. Estas relaciones, en apariencia coyunturales, se explican históricamente y trascienden el período de exilio dejando huellas tanto en la comunidad exiliada como en quienes la asisten y reciben.
En la actualidad, el concepto de exilio se ha ampliado a otros desplazamientos forzosos, ya no causado por la violencia estatal sino por nuevos motivos. Entre ellos, suelen incluirse los desastres ambientales, las crisis humanitarias, la violencia estructural y el narcotráfico (Durin, 2012).
En los últimos años ha ganado visibilidad el término exilio climático. Se emplea para describir el desplazamiento forzado de personas cuyas condiciones de vida se han vuelto insostenibles debido a impactos ambientales severos, como los desastres naturales, la degradación de su medio ambiente, los efectos del cambio climático y/o la pérdida de los medios de subsistencia (Sutherland, 2009; Rojas Sotelo, 2023; Estève, 2023).
Sin embargo, este concepto es motivo de debate. En primer lugar, el exilio climático no posee reconocimiento jurídico internacional. En segundo lugar, es difícil atribuir el desplazamiento únicamente a una causa climática. Esto último se debe a que suele tratarse de procesos multicausales donde se entrecruzan factores económicos, sociales y políticos. Además, el uso del término podría reforzar una visión pasiva de las personas afectadas, invisibilizando sus estrategias de supervivencia y su corresponsabilidad con el cuidado del ambiente.
Exilios en el pasado reciente latinoamericano
Durante el siglo XX, América Latina vivió ciclos recurrentes de exilios provocados por la implantación de las dictaduras militares. En el contexto de la Guerra Fría, si bien se registraron gobiernos de corte autoritario, con períodos dictatoriales en toda América Latina, en este punto se detallarán las dictaduras institucionales de las fuerzas armadas (Ansaldi y Giordano, 2012). Éstas se inauguraron en Brasil y se extendieron en el Cono Sur, tal como se expresa en el Cuadro 1.
Cuadro 1. Dictaduras institucionales de las Fuerzas Armadas, Cono Sur de América Latina de fines del siglo XX
País | Período |
Brasil | 1964-1985 |
Argentina | 1966-1973 / 1976-1983 |
Bolivia | 1971-1978 / 1980-1982 |
Chile | 1973-1990 |
Uruguay | 1973-1984 |
Fuente: Elaboración propia a partir de Ansaldi y Giordano (2012).
Nota: Un rasgo común de estas dictaduras fue la violación sistemática a los DDHH, legitimada en la Doctrina de Seguridad Nacional que reprimía a quienes consideraban enemigos internos de la nación. Esto derivó en situaciones de exilio masivo (con números y cartografías de acogida diferentes según cada caso).
En el Cono Sur se suma el caso paraguayo, cuya dictadura (1967-1989) difiere de las anteriores por la articulación entre golpe de estado con elecciones controladas por el dictador Alfredo Stroessner. En la misma época, con características similares a la dictadura en Paraguay, pero en el contexto centroamericano, Guatemala se vio afectada por procesos dictatoriales (1982-1985).
En relación a los espacios de acogida, los flujos se orientaron según los capitales antes nombrados y dependiendo de las situaciones específicas en cada país receptor. En América Latina, Venezuela y México se convirtieron en importantes países receptores de estos exilios, a los que hay que sumar los destinos europeos. Los escenarios de cobijo también se vieron transformados por el exilio, dando lugar a formas complejas de militancia política transnacional, transferencias culturales, producción de memoria e intervención en los espacios públicos de los países receptores (Roniger, 2016).
Por ejemplo, en el Reino Unido la comunidad chilena exiliada en los años 1970 produjo un importante impacto en distintos ámbitos. En sectores sindicales y trabajadores portuarios se generaron fuertes manifestaciones de apoyo a la comunidad exiliada y de boicot contra la dictadura de Pinochet. Para algunos sectores de la comunidad de acogida, la causa chilena en lucha contra la dictadura se volvió una causa propia que modificó sus vidas cotidianas. En el campo académico británico, la llegada de intelectuales de este país latinoamericano generó la expansión de los Latin American Studies (centros de estudios sobre América Latina), que se vieron enriquecidos por saberes generados en esta región.
Asimismo, las comunidades políticas modernas no siempre dependen del territorio físico, sino de una imaginación compartida que puede sostenerse, incluso, en el desplazamiento (Anderson, 1991). Por esto, el exilio no sólo preserva los vínculos con el país de origen, sino que puede reorganizar el poder en nuevas geografías.
En torno al exilio latinoamericano se han configurado distintas representaciones que lo dotaron de sentidos morales y políticos contradictorios: el exilio dorado, el exilio heroico y el exilio como traición.
El primero fue sostenido por sectores conservadores y por algunos medios ligados a diferentes regímenes militares que presentaban a las personas exiliadas como beneficiarias de privilegios y comodidades en el extranjero. En Chile, por ejemplo, algunos intelectuales sostuvieron esta visión para deslegitimar al exilio como forma de oposición (Garcés, 2002). En Argentina, mientras tanto, el periodismo afín a la dictadura distinguió entre destierros inevitables y exilios por conveniencia, y acusó a algunos intelectuales de haberse beneficiado materialmente en el exterior.
Incluso algunos militantes, no sin culpa, declararon públicamente que sentían su exilio como un privilegio. Así, el problema del privilegio constituye una derivación de auto-representaciones y estereotipos que se fueron configurando en las memorias sobre las múltiples vivencias del exilio (Lastra, 2016).
En contraposición, surgió la figura del exilio heroico, que reivindicaba la militancia política en el destierro como continuidad de la lucha revolucionaria. Además, subrayaba que el exilio era siempre una forma de castigo y desarraigo, independientemente del lugar o las condiciones de acogida. Esta perspectiva se reforzó en diferentes publicaciones partidarias y de organizaciones de DDHH (Stern, 2006).
El escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) fue una figura central en la defensa del exilio como una posición política activa. Cortázar denunció un “genocidio cultural” perpetrado por la Junta Militar argentina. Estas afirmaciones provocaron una intensa polémica en la prensa de la época, ya que fue acusado de deslegitimar la resistencia interna.
En esta discusión, que oponía a militantes “de afuera” con los “de adentro”, subyace una tercera narrativa menos visibilizada pero políticamente potente: el exilio como traición. Fue formulada desde sectores de la resistencia interna o armada, como el MIR chileno o la agrupación Montoneros en Argentina, que consideraban la salida del país como abandono de la lucha (Beigel, 2006; Jelin, 2003). En documentos internos de estas agrupaciones, por ejemplo, se tildaba como traidores y cobardes a quienes salían del país ante la represión.
Estas visiones no sólo expresaron tensiones entre grupos políticos, sino que formaron parte de la memoria colectiva del exilio y cristalizaron discursos contradictorios que afectaron la autopercepción de quienes lo vivieron. Finalmente, estas construcciones, al simplificar las vivencias exiliares, invisibilizan la heterogeneidad de las experiencias y reproducen discursos estigmatizantes.
Exilios y fronteras
El exilio involucra fronteras jurídicas y físicas, cuyo cruce no garantiza la inclusión, la ciudadanía o la protección. En muchos casos, las personas exiliadas enfrentan xenofobia, exclusión laboral y trabas legales que perpetúan su condición de vulnerabilidad. Asimismo, incluye fronteras afectivas y simbólicas, ya que se reconfiguran nuevos vínculos familiares, redes políticas y memorias colectivas. De este modo, las comunidades exiliadas suelen construir espacios transnacionales de militancia y cultura vinculadas a su tierra de origen que desbordan los marcos estatales. En ellos, se organizan colectivamente las tareas de cuidado y de activismo, junto a quienes los asisten.
En ocasiones, cuando la comunidad exiliada se concentró en un solo lugar de acogida, su práctica política desafió a las fronteras estatales al producir una superposición entre territorio y campus de poder. Este último concepto se refiere al espacio social donde distintos actores disputan la legitimidad y el capital político estatal (Bourdieu, Bourdieu).
En contextos de crisis políticas profundas, la población exiliada, aunque desplazada territorialmente, continuó interviniendo en los conflictos políticos de su país de origen desde el país de acogida, trasladando estrategias, discursos y prácticas colectivas al mismo. Así, la política traspasó la frontera nacional y el exilio no implicó un corte con el campo de poder original, sino una reconfiguración transnacional de la lucha política. De hecho, se configura como una forma de intervención transnacional, donde el destierro territorial, además de ruptura, implica continuidad y transformación del poder desde el margen.
En algunos casos puede afirmarse que había dos países, pero un solo campus de poder en el que la ciudad de acogida se transformó en la capital de la conspiración. Se pueden mencionar dos ejemplos para ilustrar lo anterior. El primero es el rol de la comunidad cubana exiliada en Miami, Estados Unidos, en contra del gobierno revolucionario de la isla. Allí, una gran parte de esta colectividad constituyó un enclave político que no solo reprodujo los antagonismos del país de origen, sino que además los radicalizó y los proyectó en el espacio público y mediático del país receptor.
De este modo, el anticastrismo intransigente convirtió a esta ciudad en una especie de extensión simbólica del conflicto cubano, con sus propios aparatos organizativos, liderazgos políticos y dispositivos de exclusión. La ciudad funcionó como una capital del exilio donde se articulaban estrategias de presión sobre Cuba, se disciplinaban las voces disidentes dentro de la diáspora y se reforzaban narrativas de legitimación del desplazamiento forzado. Así, el exilio cubano en Miami transformó su destierro en una plataforma de acción política transnacional (Rodríguez, 2000; González Delgado, 2015).
El segundo ejemplo es el exilio antipinochetista en la ciudad argentina de Mendoza entre 1983 y 1989, durante la dictadura de Augusto Pinochet. Tras la recuperación democrática argentina, la gran colectividad exiliada en esta ciudad y su posición de frontera con Chile la transformaron en sede de un entramado de organizaciones que buscaron la redemocratización chilena, con un apoyo estatal velado. Así, nacieron iniciativas de articulación política entre exiliados y militantes que permanecían en Chile, como actividades solidarias, de concientización política y de presión internacional. Paralelamente, se tejieron vínculos con actores sociales locales, operando en un espacio político fronterizo en el que la ciudad de Mendoza se transformó en una suerte de capital del exilio antipinochetista. Allí se articularon agendas locales e internacionales, desdibujando los límites nacionales de la confrontación política y contribuyendo a la planificación estratégica del retorno democrático (Paredes y Vitaliti, 2013).
En definitiva, las experiencias políticas a lo largo de la historia permiten pensar la frontera como un espacio denso y en tensión. Allí, el exilio es, además de experiencias de tránsito y pérdida, formas de reinvención y disputa por el sentido.
Insilio: un exilio intrafronterizo
Desde los inicios del siglo XXI, el concepto de insilio ha cobrado relevancia en el estudio de las experiencias de desplazamiento forzado y exclusión dentro de las fronteras nacionales. A diferencia del exilio tradicional, entendido como salida del país de origen hacia otro territorio nacional, el insilio refiere a una forma de destierro vivida en el propio suelo, sin que medie necesariamente un cruce fronterizo internacional. Se trata de experiencias de traslado forzoso y material. En ocasiones es un traslado sólo simbólico, generado por la censura, autocensura y la limitación de continuar con un proyecto de vida.
Así, el insilio es una movilidad forzada no registrada. Constituye una forma de violencia estatal que redefine arbitrariamente qué espacios son habitables y cuáles se transforman en zonas de castigo, vigilancia o exclusión (Coraza de los Santos y Gatica, 2023). La frontera ya no se presenta como límite entre estados, sino como un dispositivo interno de control, que desplaza subjetividades y redefine relaciones de pertenencia.
En Uruguay, esta relación entre insilio y frontera aparece con especial claridad en el caso de Francisco Laxalte, un militante relocalizado en el Chuy en 1978, en la frontera con Brasil durante la dictadura uruguaya. Esa región fronteriza —en apariencia marginal— funcionó como un espacio de castigo y vigilancia, pero también como un lugar donde el sujeto insiliado pudo reconstruir redes, vínculos y actividades políticas (Coraza de los Santos, 2023). El insilio, entonces, puede implicar tanto despojo como reapropiación del territorio.
En Cuba, Pedro Juan Gutiérrez y otros escritores cubanos opositores al gobierno posrevolucionario fueron convertidos en insiliados en la segunda mitad del siglo XX. En otras palabras, fueron transformados en figuras presentes físicamente, pero excluidas del sistema oficial de legitimación y circulación cultural. En el caso de Gutiérrez, sus novelas sólo se publicaron en el extranjero y no en Cuba (Ingenschay, 2010). El insilio, en estos términos, genera fronteras internas entre lo visible y lo silenciado, entre la pertenencia formal y la exclusión simbólica.
En México, amplios sectores se han desplazado dentro del país debido al avance de la narco-violencia, que entre 2006 y 2017 dejó más de doscientas mil muertes y decenas de miles de personas desaparecidas. Estas poblaciones habitan un insilio de frontera, redefinido por la metáfora de un exilio forzado sin dejar legalmente el país, y situado espacialmente en zonas limítrofes o marginales (Santana, 2021). Estos espacios no son vistos como refugio, sino como zonas de riesgo, vigilancia y control. Allí la frontera opera como dispositivo de exclusión y memorialización. Situaciones similares han sido observadas por otras investigaciones para el caso colombiano, esta vez debido a la violencia política (Ramos-Vidal, Holgado y Maya-Jariego, 2014).
Este tipo de desplazamiento evidencia que la frontera no sólo divide naciones. También segmenta territorios dentro de los estados, a través de formas de insilio.
Para Aguasaco (2002), el insilio, como una forma de desplazamiento interior, no cancela la subjetividad, sino que la reconfigura en tensión. Lejos de ser una mera pasividad, el insilio puede implicar una estrategia de resistencia, un habitar en el margen que desafía las narrativas heroicas del exilio clásico.
En suma, el insilio invita a repensar el exilio más allá del cruce de fronteras nacionales. Muestra cómo la exclusión política y social puede operar dentro del propio país, y cómo las fronteras no siempre se trazan en los mapas: también en los cuerpos y en las formas de habitar el espacio.
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