César Alarcón Gil
Etimológicamente, la palabra vigilar se traduce como ‘hacer guardia de noche’ y proviene del latín vigilare. Este término, a su vez, se deriva del latín vigía. Esta última palabra se aplicaba a los centinelas romanos asentados en lo que hoy es Portugal. En labores de autoridad, fijaban su atención en prevenir posibles ataques o robos desde el mar utilizando para ello las torres de los desembarcaderos o las montañas que circundaban el océano (Pingarrón, s. f.). De esta forma, los centinelas, transmutados en vigilantes, se encargaban del resguardo nocturno de las instalaciones portuarias, acción que embrionariamente fue conocida como vigilar.
Es altamente probable que tanto las palabras vigía como vigilar sean derivaciones del latín vigeo, que se traduciría como ‘ser vigoroso’, ‘estar despierto’ o ‘estar atento’ (Cejador y Frauca, 1926). El significado de las palabras no es fijo: estas van perdiendo o ganando sentidos o ejes de referencia, de acuerdo al tipo de usuarios, lugares o condiciones de uso. A ello se denomina trazabilidad conceptual, que constituye una de las claves metodológicas en el análisis de la palabra vigilar.
Con el correr de los siglos, este vocablo dejó de ser utilizado exclusivamente como un tipo específico de alerta portuaria, ejercida en horario nocturno y apuntalada por autoridades imperiales, hasta enraizarse, paulatina pero inexorablemente, en contextos más amplios. Poco a poco la acción de vigilar fue despojada de sus connotaciones marítimas y ejercida indistintamente en tierras y territorios, grandes y pequeños, públicos y privados
Vigilar también fue perdiendo su condición nocturna. Progresivamente, comenzó a sustentarse en el recalibramiento de necesidades económicas, políticas y sociales en las que la atención sostenida iría adquiriendo dimensiones estructurales. Asimismo, quienes vigilaban originalmente eran centinelas devenidos en vigilantes imperiales, que fueron perdiendo ese vínculo directo con las autoridades formalmente instituidas. La acción de vigilar llegó a ser realizada prácticamente por cualquiera sin importar la existencia de un condicionamiento legal o si su fin es lícito.
Así, con lo rescatado hasta este momento es posible exponer esquemáticamente algunos de los principales cambios y las continuidades en un mapeo sociohistórico de corte panorámico de la palabra vigilar. En cuanto a las transformaciones, estas son perceptibles frente a los espacios de incidencia, los horizontes temporales de aplicabilidad, los agentes sociales actuantes y los márgenes regulatorios. En el anverso, lo que persiste es la necesidad de atención continua y la generación de información con fines de prevención, encauzamiento o control.
Si la trazabilidad conceptual habilitó de inicio una brevísima reconstrucción diacrónica del término vigilar, su comprensión funcional en cuanto a usos contemporáneos del término va de la mano con la constitución sincrónica y práctica del vocablo. Y aquí el diccionario ayuda. La Real Academia abrevia que vigilar significa “observar algo o alguien atenta y cuidadosamente” (https://dle.rae.es/vigilar). La definición de la RAE no hace ninguna mención a las condiciones de origen del vocablo, pero sugiere una correlación clara con el pasado remoto de la propia palabra: vigilar sigue teniendo como prerrequisito operacional prestar atención, aguzar los sentidos y capturar en lo posible patrones de continuidad-discontinuidad.
El concepto vigilar se enlaza con el término frontera y atiende uno de los temas medulares en el debate internacional contemporáneo. Esto se explica, en gran medida, porque prácticamente desde la conformación del estado-nación moderno, la acción de vigilar se fue convirtiendo en uno de los instrumentos predilectos para garantizar la integridad territorial y gestionar las múltiples formas de ordenamiento interno de los estados. Vigilar en contextos de fronteras internacionales conlleva toda una miríada de prácticas asimétricas e interconectadas de poder, control, protección y dominio.
Vigilar es una palabra fundamental para el análisis de las fronteras. Es por ello que este capítulo se organiza en tres secciones. En la primera de ellas se realiza una apreciación esquemática de los agentes sociales que intervienen en su conformación como fenómeno social. En la segunda se plantea un marco de entendimiento general sobre la relación entre los conceptos vigilancia, territorio y fronteras. En la tercera sección, sobre vigilar, delinquir y castigar, se hace un inventario breve sobre las ramificaciones que tuvo esta palabra.
Vigilar como acción
La sustentación etimológica antes recuperada resultó útil para visibilizar los principales componentes dialécticos que acompañan a la palabra vigilar. Pero un paso adelante, como método de razonamiento, es la identificación de sujetos activos, pasivos y puntos de referencia que gravitaron de origen respecto a la acción de vigilar. Este registro habilita una visión que es de conjunto pero que simultáneamente permite dar cuenta más detallada de sus partes.
En la acción de vigilar participan diferentes agentes sociales. De entrada, apareció un sujeto activo doble que, en el contexto de génesis de la palabra analizada, subdividió sus funciones. Por un lado, se encuentran las autoridades imperiales, quienes determinaban que era necesario estar más atentos con lo que ocurría por las noches en algunos de sus espacios portuarios. Por otro lado, estos mandos delegaron el desempeño operativo en los centinelas, que al ser desplegados sobre el terreno con el encargo específico de monitorear en tiempo real las ocurrencias se convirtieron en los primeros vigilantes. Se trataba, sin duda, de una intervención racionalizada que buscaba detectar y/o prevenir que posibles anomalías (sea en forma de ladrones, atacantes o un amplio etcétera causal) superasen la continuidad en el resguardo o las capacidades de imposición de orden en espacios delimitados.
De esta forma, vigilar en tanto a curso de acción y analizado bajo una clave de lectura etimológica, se configuró por la secuenciación de tres momentos:
- Evaluación, que se apoyó en el descubrimiento o la localización de posibles vulnerabilidades.
- Decisión, donde se establecieron los parámetros básicos al ordenar –o ejecutar por sí mismos– una observación más puntual y cercana sobre los referentes considerados de interés.
- Implementación, cuando bajo los imperativos de las circunstancias prácticas comenzó a aparecer toda una cosmogonía de medios y técnicas con los que se habría de vigilar.
La suma de los tres momentos perfila una segunda constatación, pero ésta ya más aterrizada en el núcleo duro del concepto: desde sus orígenes como vocablo, la acción de vigilar se configuró como un fenómeno relacional y asimétrico. Es relacional porque se constituye por dos o más partes. Es asimétrico debido a diferentes posiciones entre las partes respecto a un atributo o conjunto de atributos observables (Oliveras, 2020).
Al invertir el foco analítico, ahora privilegiando el registro funcional, resulta claro que la definición ofrecida por la RAE le quita la carga histórica al término en cuestión. Pero esta especie de vaciamiento habilita nuevas interrogantes:
- sobre el sujeto actuante: ¿quién vigila?;
- el motivo de la maniobra ¿para qué vigila?;
- sobre la cuasi infinita diversidad de prácticas que surgieron entre quién y para qué vigila: esto se sintetiza mediante la interrogación sobre ¿cómo se vigila?.
El término vigilar rápidamente devino en algo de amplitud creciente y con ello plurirreferencial. Con el paso del tiempo, ni los que decidían ni los que ejecutaban las labores de vigilancia mantuvieron su vinculación orgánica con las autoridades imperiales. Aún más: las formas de ejercicio de autoridad adquirieron nuevas configuraciones en el globo terráqueo, por lo que hubo cambios de escala, métricas y racionalidades que gravitaron alrededor de vigilar como curso de acción.
Aparecieron los estados-naciones como formas de organización política, y a través de ellos las necesidades de vigilancia tendieron a subdividirse casi hasta el infinito. Se dispersaron en una multiplicidad de organismos burocráticos e instituciones diversas que comenzaron a seguir de una manera más cercana diferentes aspectos de la vida humana. El espacio público, la salud, los individuos e incluso las propias instituciones del estado empezaron a ser vigiladas por cuerpos crecientemente especializados.
Asimismo, vigilar se convirtió en una labor no decidida y ejercida exclusivamente por las autoridades del estado. Progresivamente, pasó de los espacios públicos a los privados, de las instituciones a las empresas y organizaciones diversas. Incluso el vínculo de la vigilancia con la legalidad se fue desdibujando. La observación atenta y cuidadosa, que constituye el núcleo de sentido de la acción de vigilar, también comenzó a realizarse con fines delictivos.
Lo anterior tiene una consecuencia directa. El umbral de la vigilancia, en tanto que curso de acción que la palabra sintetiza, resulta sumamente amplio y flexible. Un análisis estructural del término permite señalar que los momentos de evaluación, decisión e implementación que acompañan la vigilancia como proceso tienen diversos sujetos actuantes, objetos de referencia y, partiendo de ello, distintas racionalidades de desempeño. Asimismo, en su dimensión práctica, vigilar se tradujo en una compleja intersección de poder, conocimiento y tecnología.
Vigilancia, territorio y fronteras
Desde sus condiciones de origen, el término vigilar guardó una relación íntima con la idea de territorio. Incluso desde sus primeros momentos hubo un anudamiento entre las necesidades de atención cuidadosa y el espacio que se consideró debía ser resguardado. Así, se puede sostener que uno de los primeros puntos de referencia en el ejercicio de la vigilancia fue el territorio.
El territorio se puede entender como “un área delimitada afectada por una ideología territorial que le atribuye a una porción del espacio el estatuto de territorio” (Lussault, 2015, p. 19). La territorialidad humana, por otra parte, se puede concebir como “el intento de un individuo o grupo de afectar, influir o controlar a las personas, los fenómenos y las relaciones delimitando y afirmando el control sobre un área geográfica”, a la que se le denomina como “territorio” (Sack, 1986, p. 19). Así comprendida, la territorialidad humana ha tenido diversas expresiones específicas en tiempo y espacio.
La extensión de estos territorios, los patrones organizativos respecto al propio espacio, sus habitantes y lógicas de gobierno, así como las formas de denominación de estos territorios (llamados ciudades-estado, reinos, feudos, estados monárquicos o estados nacionales), tienden a mostrar como constante la necesidad de vigilar para defender, para integrar, para ordenar. De esta forma, la vigilancia territorial se erigió como uno de los pilares del control estatal sobre el espacio reivindicado como propio. Suponía, en su versión más simple, la supervisión continua y el control eficaz de un territorio determinado que podía incluir áreas rurales y urbanas, zonas marítimas y enclaves estratégicos, fronteras biofísicas y políticas.
En su desdoblamiento contemporáneo, la vigilancia territorial adquiere muchas formas. Progresivamente, la evolución del estado-nación moderno fue requiriendo de formas de conocimiento más profundas sobre lo que estaba presente en los territorios. Esto incluyó, de manera temprana, recursos naturales, poblaciones humanas y bienes. En cada uno de estos rubros, la acción de observar y proteger fue justificada por la idea de vigilar territorialmente para prevenir, para gestionar o para responder con prontitud en casos en los que se requiriera de alguna forma de presencia u operación gubernamental.
La vigilancia territorial hizo surgir, con el tiempo, instituciones tan dispares como la policía, las prisiones, las compañías de seguridad privada, las agencias de monitoreo ambiental o diversos organismos especializados en el control de enfermedades. De forma complementaria, la vigilancia territorial propició el desarrollo de tecnologías que, por poner un ejemplo, alcanzaron la vigilancia planetaria desde el espacio exterior mediante el uso de satélites. Así, para finales del siglo XX e inicios del siglo XXI la vigilancia territorial tendió a desarrollar mayores cuotas de sofisticación, transformándose en un sistema crecientemente integrado en cuanto a tecnología, coordinación institucional y dispositivos de participación ciudadana.
Asimismo, la vigilancia fronteriza puede entenderse como un tipo específico de vigilancia territorial. Sucintamente, la idea de vigilancia fronteriza, focalizada desde la perspectiva formal y lícita, conlleva a una serie de evaluaciones, decisiones y acciones realizadas por las autoridades de un país determinado para diversos fines. Entre otros, pueden ser la garantía de la integridad territorial, la defensa de la soberanía nacional o la aplicación de las leyes y disposiciones de ordenamiento intraterritorial. Con ello, se busca controlar el movimiento de personas, bienes y mercancías.
Las motivaciones de este tipo de vigilancia frecuentemente se esgrimen como objetivos prioritarios para la sobrevivencia e integridad de la comunidad y el territorio nacional. Entre los objetivos destacados tienden a mencionarse la reafirmación y defensa de los límites fronterizos frente a posibles agresiones externas, la prevención de actividades ilegales, así como del terrorismo. Suelen catalogarse como ilegales el contrabando de diversas mercancías, el tráfico internacional de drogas y armas o la trata de personas.
En lo esencial, la vigilancia fronteriza se ubicó bajo el paraguas discursivo de la defensa de la seguridad nacional. Puede entenderse como el conjunto de políticas, recursos y acciones que un estado emplea para la protección de su población, sus instituciones, su territorio y su soberanía.
Donde confluyen los territorios de Estados Unidos y México se ha vuelto uno de los espacios continentales donde se han vuelto más evidentes, activa y performática la vigilancia fronteriza. Para los primeros, uno de los imperativos de la defensa de su seguridad nacional ha sido evitar la llegada de sustancias consideradas ilegales y de personas migrantes. En contraparte, para los segundos, los mismos parámetros son aplicables al cruce de armas y dinero producto del tráfico de drogas en la Unión Americana.
El flujo bidireccional de mercancías y personas ilegalizadas a través de esta frontera ha provocado que sea una de las más vigiladas en el continente. Este hecho se ha traducido, desde la segunda mitad del siglo XX, en cuantiosas inversiones en tecnología para la vigilancia. El repertorio incluye cámaras de visión nocturna, drones y dispositivos para la detección de movimiento. A esto se suma el ensayo de múltiples operativos militares, con el despliegue de la Guardia Nacional en el lado estadounidense y el Ejército mexicano y la Guardia Nacional mexicana del otro. Se completa con el patrullaje perpetuo por parte de cuerpos policiales ad hoc, como la Patrulla Fronteriza estadounidense. Con una línea divisoria de más de 3.100 kilómetros, los límites territoriales entre México y Estados Unidos ofrecen uno de los ejemplos históricamente más ricos y organizacionalmente más complejos para profundizar en estudios de caso específicos sobre lo que implica la práctica de la vigilancia fronteriza.
Vigilar, delinquir y castigar
La persistencia de las prácticas de vigilancia articuladas desde el núcleo mismo del funcionamiento estatal configuraría lo que Foucault (2005) denominó como “poder disciplinario”. Su razonamiento podría sintetizarse como sigue: la vigilancia perpetua por parte del estado tiene la capacidad de generar saberes. La sistematización e institucionalización de estos saberes se convierte en poder para aquellos que están en posición de dirigir o administrar, y beneficiarse del proceso.
En términos de la propuesta del autor francés, esto supone un cambio radical en las formas de ejercer el dominio. Así, se pasa de un poder soberano donde los castigos eran públicos, ejemplarizantes y violentos, reafirmando así las potestades supremas de los reyes europeos, a formas más sofisticadas de poder. Ya no son de modo autocrático e impuesto de manera cruel y desde arriba hacia abajo, sino más bien justificado en ideales de convivencia, disperso en una multiplicidad de instituciones que con pequeñas pero constantes intervenciones pudiesen moldear el comportamiento de los individuos.
La premisa en este punto es clara: mucho del funcionamiento estructurado de las sociedades modernas se sustenta en la racionalización de mecanismos de vigilancia puntuales plasmados a través de sistemas de registro, clasificación y evaluación. Al mismo tiempo, quienes racionalizan o participan activamente en el sistema, no son necesariamente quienes lo padecen. Esto permite hacer una lectura que va de lo estructurado a lo estructurante. De este modo, la misma observación constante tendría la capacidad de moldear el comportamiento de los individuos que, al internalizar la mirada del poder, se autocontrolarían. De esta forma nace lo que Foucault denomina “sociedades disciplinarias”.
Pero todo régimen tiene sus grietas y posibilidades de esquivar los dispositivos de vigilancia. Ni todas las personas interiorizan los códigos disciplinarios de la misma forma, ni el perfil de autocontrol es homologable en todo lugar y momento. Esta consideración sirve para explicar brevemente la relación entre vigilancia, delito y castigo. Si vigilar es observar algo o a alguien atenta y cuidadosamente, si el agente que vigila es el estado mediante sus múltiples instituciones o agencias de gobierno y si lo vigilado es el comportamiento humano desde la perspectiva de lo que se autoriza o rechaza a través de los códigos jurídicos sancionados por el poder oficial, siempre existe la probabilidad de transgresión por parte de los individuos vigilados. Esto puede explicarse por dos factores.
El primer factor remite a la dinámica de interiorización de los códigos disciplinarios aceptados formalmente en un espacio determinado, que se contrapone con los comportamientos aceptados de manera informal. En este sentido, lo estipulado y reforzado por la ley y los dispositivos de vigilancia oficial no se corresponde con lo aprobado por las costumbres y o las tradiciones en lugares determinados.
A modo de ejemplo, pueden citarse los primeros momentos de la producción y el tráfico de cocaína con fines de comercialización internacional en y desde la región andina. Aunque con diversos antecedentes en la primera mitad del siglo XX, hacia finales de la década de 1960 e inicios de la de 1970, países tradicionalmente productores de hoja de coca, vinculada a prácticas de consumo ancestral en comunidades indígenas, comenzaron a sufrir las repercusiones de los mencionados desajustes.
Derivado de la firma de tratados internacionales sobre el control de drogas, se vigiló más estrechamente la producción de la hojas de coca, de uso tradicional y ampliamente aceptado en la región, que es el insumo básico para producir cocaína, considerada una droga ilegal de origen natural pero obtenida mediante síntesis química. Pronto, la aplicación nacional de esos tratados generó enorme controversia e incluso movilizaciones sociales a gran escala en comunidades indígenas de Perú y Bolivia, que consideraban estas medidas una imposición intolerable. Pese a los pronunciamientos de las autoridades nacionales y a las oscilantes sanciones de los sucesivos gobiernos estadounidenses, el cultivo y uso de la hoja de coca –a diferencia de la producción de cocaína– se mantuvo como una práctica socialmente aceptada (Gootenberg, 2008).
El segundo factor alude a los parámetros de vigilancia y control que, estipulados a través de las leyes y reglamentos gubernamentales, son propensos a cambiar. Esto es mayormente visible al introducir factores como tiempo y espacio. Diferentes prácticas comerciales, tipos concretos de movilidad humana o conductas particulares han entrado y salido de los códigos penales estatales. De la misma forma, algunos tipos penales presentes en las leyes de un país no lo están en los códigos jurídicos de otros. Estos desbalances, como referentes de vigilancia, han activado y desactivado el desempeño de tramas institucionales a nivel nacional e internacional.
Un ejemplo de ello puede ser, a inicios del siglo XX, el contrabando de alcohol ilegal desde México hacia los Estados Unidos, en la época de la prohibición. Esto promovió tanto la reubicación de diversas destilerías de origen anglosajón del lado mexicano de la frontera como el surgimiento de diferentes redes de proveedores que operaban legalmente en México, pero se convertían en delincuentes al ingresar a los Estados Unidos. De esa época datan algunos de los primeros reportes de origen estadounidense que hablan de la vigilancia transfronteriza sobre este fenómeno (Astorga Almanza, 2003).
La relación existente entre vigilar, delinquir y castigar excede la mirada estatocéntrica como garante del proceso. Muchos otros agentes sociales también participan en esta relación, a veces de manera oblicua.
Vigilar, delinquir y castigar no están ligados automática e inexorablemente a las instituciones policiales, militares y de procuración de justicia. Formas de vigilancia, delito y castigo también son perceptibles en conglomerados empresariales, evidentemente privados, o en redes abiertamente delictivas que, a pesar de tener su nicho de generación de recursos en el universo de lo ilegal, esto no ha significado un descenso total en la anarquía. Tanto para empresas privadas como para organizaciones delictivas, la vigilancia es una necesidad vital. Desde la vigilancia se detectan las infracciones y se calculan los castigos. En este sentido, la vigilancia (sea privada o ilegal) se ha desplegado bajo la forma de microintervenciones cotidianas que contribuyen en la regulación de la vida interna y externa de este tipo de agentes sociales.
Bibliografía
Astorga Almanza, L. (2003). Drogas sin fronteras. Grijalbo.
Cejador y Frauca, J. (1926). Diccionario etimológico analítico latino castellano. Sucesores de Rivadeneyra.
Foucault, M. (2005). Vigilar y castigar: El nacimiento de las prisiones. Siglo XXI.
Gootenberg, P. (2008) Andean cocaine. The making of a global drug. The University of North Carolina Press.
Lussault, M. (2015). El hombre espacial: La construcción social del espacio humano. Amorrortu.
Oliveras, X. (2020). Asimetría. En A. Bendetti (Ed.), Palabras clave para el estudio de las fronteras (1ra ed.) Teseo Press. https://www.teseopress.com/palabrasclave/
Pingarrón, E. (s. f.). Etimología de vigilar. Diccionario etimológico castellano en línea. Recuperado 20 de agosto de 2025, de https://etimologias.dechile.net/?vigilar
Sack, R. (1986). Human territoriality: Its theory and history. Cambridge University Press.






