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Comunicación y tendencias
del capitalismo contemporáneo

César Bolaño[1]

Industria cultural, capitalismo monopolista y el modo de regulación del capitalismo en el periodo expansivo de la posguerra

El análisis que sigue tiene como presupuesto una perspectiva teórica que parte de la determinación de la forma cultura adecuada al modo de producción capitalista para, en un segundo momento, definir las funciones que cualquier manifestación histórica particular de esa forma debe cumplir para atender a ciertas necesidades del capital (Bolaño, 2000). Dos funciones generales se definen en ese nivel de abstracción:

1. Publicidad: relativa a las necesidades de acumulación de los capitales individuales en competencia.

2. Propaganda: relativa a las necessidades de reproducción ideológica que se definen al nivel del capital en general, o de su representante, el Estado, en su definición como “capitalista colectivo en idea”.

La función publicidad tambien se relaciona con producción ideológica, ligada a la constitución de modos de vida adecuados a las necesidades de la reproducción capitalista.

3. Por otro lado, para que esas dos funciones generales se cumplan, una tercera debe tambien ser cumplida, ligada a las necesidades de reproducción simbólica del mundo de la vida (programa, servicio público, accountability…).

La gran industria cultural, especialmente en los años posteriores a 1945, cumple esas funciones de un modo que muchos autores la pueden definir como relacionada a lo que se ha denominado el “modo de regulación fordista”, articulando determinadas formas de producción, de consumo y de vida. La lógica de conjunto es la de expansión de la forma mercancía y del sistema publicitario. En el límite, los mecanismos propios de la propaganda se ven subsumidos en los de la publicidad.

En esas condiciones, coexisten dos modelos de financiación:

1. Exclusión por los precios (forma mercancía pura), permitida por las técnicas de reproducción (sistema editorial) y por la existencia de redes de distribución para venta a los consumidores individualmente, o por formas de aceso a locales de espetáculo colectivos mediante pago de ingresso.

2. Radiodifusión (broadcasting), financiado por publicidad, presupuesto público o impuestos. Presupone la existencia de redes de telecomunicaciones separadas de la producción de contenidos y de una industria (electrónica) productora de aparatos receptores.

En todos los casos, se trata de una economía de derechos (copyright, droit d’auteur, derechos conexos, derechos de pantalla, de reproducción…) que imponen un sistema extendido de explotación y control del trabajo creativo y, en última instancia, de producción y distribución de valor económico, articulando un conjunto complejo de actores, en nivel nacional e internacional, incluyendo autores y trabajadores creativos en general.

Se trata de un sistema global de producción y distribución que vincula: (a) los oligopolios transnacionales de producción y distribución de música y de cine con (b) los oligopolios o monopolios nacionales (públicos o privados) en la radiodifusión, distribución y exibición. Acuerdos internacionales garantizan la coerencia global y la conciliación de los intereses hegemónicos en los diferentes ámbitos. Tanto en la producción de contenidos como en las telecomunicaciones, el sistema internacional asenta en el concepto de soberanía del Estado nacional.

Los consumidores están incluidos de dos formas:

1. Como compradores y, en este caso, hay una condición importante: la reproducción doméstica del contenido no afecta el sistema de copyright, como en el caso de los casetes para copiado de música o de video.

2. Como audiencia, especialmente en el broadcasting. La producción y comercialización de la mercancía audiencia (Bolaño, 2000) crea, en las condiciones sociales de la posguerra, un gran negocio en escala nacional, manejado por actores nacionales.

Cambios progresivos comienzan a ocurrir con la crisis estructural iniciada en los años 1970

La restructuración representa una transición de muy largo término (ciclo braudeliano), que pone en cuestión la hegemonía internacional de Estados Unidos, al mismo tiempo que representa una ruptura tecnológica de gran magnitud. El resultado es la constitución de un “modo de regulación a dominante financiera” (Chesnay, 1994), cuya dinámica envuelve crisis recurrentes.

Todos los mercados/industrias se ven afectados. Las tencologías de la información y de la comunicación (TIC) y las telecomunicaciones juegan un papel clave en la transición, lo que da a la producción capitalista de comunicación y cultura un nuevo y mayor relieve.

En el nivel microeconómico, las consecuencias para las industrias culturales y de la comunicación son:

  • internacionalización;
  • ruptura de barreras a la entrada que servían como protección al capital nacional;
  • entrada de nuevos actores, de origen internacional, o formados por grandes capitales de otros sectores económicos;
  • nuevos mecanismos de regulación se establecen, de acuerdo con el nuevo consenso hegemónico que se acaba por estabelecer entre los actores relevantes;
  • expansión del capital financiero (rentista, especulativo) que se estabelece como lógica dominante en el sector;
  • la convergencia digital se presenta como nuevo paradigma técnico, responsable por una profunda restructuración productiva en nivel sectorial.

Los cambios se materializan concretamente en la aparición de los sistemas de televisión pagos (años 1980), primero, que reintroducen, en el campo televisivo, la exclusión por los precios (forma mercancía convencional). Esto no elimina formas importantes de gratuidad (publicidad), pero se forma un mix, bien definido por el concepto de network economy (años 90), o de “lógica de club” (Tremblay).

Después de la crisis del año 2000, Internet sufre una fuerte concentración, mercantilización y expansión internacional, especialmente a partir de la consolidación de Google y de los sitios de redes sociales. En esas condiciones, el modelo de regulación de la posguerra ya se encuentra bastante transformado, aunque es importante notar que sus tendencias principales, que vienen de principios del siglo XX, no desaparecen sino que, por lo contrario, se profundizan.

Para entender los rasgos básicos del modelo actual, más allá incluso de la producción y distribución de contenidos culturales, hay que considerar, antes que todo, los impactos de esos cambios sobre los siguientes aspectos.

1. La clase trabajadora

El aspecto principal es lo que yo he definido como “subsunción del trabajo intelectual” (Bolaño, 2002), que reproduce, de hecho, en nivel amplio, una problemática muy conocida de la economía política de la comunicación y de la cultura: la subsunción y los límites a la subsunción del trabajo cultural, que define las especificidades de la mercancía cultural (aleatoriedad de la realización, relativa autonomía del trabajo de mediación, dinámica conocimiento tácito por conocimiento codificado…).

Esto es precisamente lo que explica la renovada importancia del concepto de creatividad, que se torna un término en disputa a partir del momento en que la conciencia burguesa pasa a definir categorías como inovación, economía creativa, industrias creativas, etc., para la organización de la cultura en nivel global. También los conceptos ligados a la idea de diversidad forman parte de la disputa simbólica en que lo que está en juego es el autorreconocimeinto de la nueva clase obrera del siglo XXI.

No se trata propiamente de ambigüedad, diríamos, sino de lucha de clases y lucha epistemológica. La nueva clase trabajadora está cortada por complejas jerarquías y formas de integración, que deben ser pensadas como problema de orden histórico fundamental para la constitución de la conciencia y la construcción del nuevo marco utópico de referencia para la acción transformadora.

2. Los consumidores

Se ha constituido (o ha madurado) una paradoja entre libertad de acceso y derechos de autor en general, a partir del momento en que el copiado doméstico amenaza afectar las condiciones de rentabilidad de las industrias culturales y de la comunicación. La solución del sistema ha sido, hasta el momento, reforzar el viejo modelo que protege a los derecho-habientes, en flagrante contradicción con todas las possibilidades democratizadoras que el desarrollo tecnológico ofrece y el mercado implementa. Se refuerza, así, la lógica financiera arriba mencionada, por una criminalización del consumo, que refuerza, por otro lado, el sistema de criminalización, culpabilización y vigilancia sobre los individuos que parece ser la característica de la sociedad de control que crea el neoliberalismo.

Más que paradoja, incluso, se trata de la vieja contradicción fuerzas productivas/relaciones de producción en operación. La ideologia burguesa de los “prosumidores” es totalmente inepta para lidiar con estos temas. Sirve, eso sí, para oscurecer todavía más un problema que, por sí solo, es bastante complejo. Lo mismo se puede decir de los nuevos intentos de resucitar el equívoco de la idea de “trabajo de la audiencia” (para una crítica, véase Bolaño y Vieira, 2014).

Por otro lado, hay una internacionalización de la competencia en lo que se refiere a la producción de la mercancía audiencia que impacta los sistemas nacionales de producción y distribución de bienes culturales que está promoviendo, aparentemente, nuevas formas de alianza entre los sectores oligopolistas nacionales e internacionales, lo que muda profundamente la estrutura global de la gran industria cultural, marcada, además, por la convergencia tecnológica y económica, que amplía el interés de las empresas de telecomunicaciones y otros grandes capitales por el sector de la producción simbólica. La posibilidad de acuerdos y alianzas se amplía, por otro lado, en función del aumento de demanda por contenido que las nuevas redes traen consigo.

Brasil: un buen ejemplo

En síntesis, el modo de regulación sectorial, las alianzas y las condiciones objetivas de la organización de la cultura han cambiado significativamente, reforzando ciertas tendencias y alterando otras. Brasil es un buen ejemplo de cómo ese proceso se materializa en un país periférico grande, que mantiene históricamente relaciones con el centro que se pueden considerar paradigmáticas.

1. El viejo modelo –basado en la relación oligopolio global (de Hollywood y de la industria fonográfica norteamericana)/oligopolio nacional, constituido por iniciativa de la dictadura militar, que estatiza las telecomunicaciones y cede el comando de la industria del broadcasting al sector privado, y así privilegia una empresa familiar (capital nacional) en especial (Rede Globo de Televisão)– permite una concentración de capital que le da a la empresa condiciones de competitividad (incluso a nivel internacional, donde se presenta como un caso de éxito), pero reduce drásticamente la competitividad sistémica del país, con graves consecuencias sobre el futuro de la industria en el momento en que se reduce la autonomía local y se pierde la idea de soberanía nacional en favor del nuevo modelo de regulación, radicalmente mercantil.

2. Todo comienza en los años 1980, a partir de la implantación de los sistemas de televisión pagos. No cambia la esencia del viejo modelo, pero (a) se introducen formas de exclusión por los precios y (b) se amplía la internacionalización del sector. En Brasil el fenómeno se consolidará a mediados de los años 1990, más específicamente en 1995, cuando el mercado de televisión pago también se presenta oligopolizado, y se constituye así lo que Valerio Brittos definió como “fase de la multiplicidad de la oferta” (Brittos, 1999; Bolaño, 2004). Además, hay que considerar que:

a) La privatización de las telecomunicaciones permite la entrada de grandes capitales externos en el país, reduciendo las barreras de entrada en todos los sectores de la comunicación que pasan por un proceso extenso de digitalización y convergencia.

b) La expansión de los diferentes sistemas de TV pagos y de Internet aumenta la presión para la ampliación de la entrada de contenido extranjero, al mismo tempo en que se expande la demanda por contenido de todo tipo, inclusive nacional.

El resultado ha sido, por todas partes, un aumento generalizado de la competencia (que no elimina la tendencia concentracionista de los sectores convergentes, pero la repone en otros términos, a partir de la privatización de las telecomunicaciones y de la globalización), que amplía –en Brasil como en otras partes– el número de grandes capitales involucrados en la disputa de mercado, lo que envuelve naturalmente una disputa también en torno a la reglamentación. No hay espacio aquí para desarrollar el tema (véase Bolaño, 2007). Basta decir que el proceso pasa por la privatización, precedida de una enmienda constitucional, a mediados de los años 1990, y culmina (por el momento) con una nueva ley para la TV paga, en 2011, que consolida una nueva división del trabajo entre telefónicas y empresas de radiodifusión.

La Globo, por ejemplo, cede posiciones fundamentales en la distribución, preserva su condición hegemónica en el decadente mercado de la televisión abierta y pasa a centrar su estrategia (local e internacional) en la producción de contenidos, formación de catálogos, nueva relación con los productores independientes y alianzas empresariales con el capital internacional, de acuerdo con la lógica de la economía de derechos. En el caso de la TV de masa, se verifica cierto abandono de su padrón tecnoestético y, con eso, una relativa reducción de las barreras de entrada internas. Otros factores de riesgo son el cambio tecnológico (especialmente la transición a la TV digital terrestre) y el avance de la TV pública, fruto de la lucha por la democratización de las comunicaciones en el país.

Bibliografía

Bolaño, C. (2000). Industria cultural, información y capitalismo. Barcelona: Gedisa.

Bolaño, C. (2002). “Economía política y conocimiento en la actual restructuración productiva”. En Bolaño, C.; Mastrini, G. y Sierra, F. (2005). Economía política, comunicación y conocimiento. Buenos Aires: La Crujía.

Bolaño, C. (2004). Mercado brasileño de Televisión. Buenos Aires: El Río Suena.

Bolaño, C. (2007). Qual a lógica das políticas de comunicação no Brasil? São Paulo: Paulus.

Bolaño, C. y Vieira, E. (2014). “The Political Economy of the Internet Social Networking Sites and a Reply to Fuchs”. Television and New Media, 16(1), abril, pp. 52-61.

Brittos, V. (1999). “A televisão no Brasil, hoje: a multiplicidade da oferta”. Comunicação & Sociedade, São Bernardo do Campo, N° 31, pp. 9-34, 1. sem.

Chesnay, F. (1994). A Mundialização do Capital. São Paulo: Xamã.

Tremblay, G. (1995). “La théorie des industries culturelles face aux progrès de la numérisation et de la convergeance”. En Tremblay, G. y Lacroix, J.-G. (1995). Les autoroutes de l’information: un produit de la convergeance. Montreal: P.U.Q.


  1. Economista especialista en Comunicación, Universidad Federal de Sergipe (UFSP), Brasil. Contacto: bolano@ufs.br.


1 comentario

  1. enrique quibrera 03/04/2017 3:49 pm

    Magnífico análisis.

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