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La reorganización del trabajo académico y la propuesta de un nuevo enfoque para su estudio: identidad laboral y práctica cotidiana

Carla Fardella y Vicente Sisto[1]

Palabras clave: universidad, trabajo académico, identidad, cotidianeidad

Las transformaciones de la educación superior y el trabajo académico en Chile

Durante las últimas tres décadas las universidades tradicionales, en tanto organizaciones laborales e instituciones sociales, han experimentado a escala global y nacional, profundas transformaciones orientadas por nuevas lógicas de gestión de lo público (Anderson, 2008; Callinicos, 2006; Corvalán, 2001; Gill, 2009; Slaughter y Leslie, 1997, 2001; Slaughter y Rhoades, 2004). El nuevo ethos del espacio académico, de acuerdo con los preceptos del llamado Nuevo Management Público, supone acciones tales como la descentralización y diversificación de las fuentes de financiamiento, la incorporación del mercado como el principal mecanismo regulador, la instalación de una cultura del accountability, el desarrollo de instrumentos de acreditación y medidas de eficacia para los procesos de trabajo (Gill, 2009; Sisto, 2005; Slaughter y Leslie, 1997, 2001; Von Hayek, 1980).

Para desarrollar la demandada reestructuración del sistema educativo superior, es condición fundamental la reorganización del trabajo académico y la redefinición de su principal fuerza de trabajo: los académicos. En efecto, la transformación de la universidad se asocia en términos concretos a cambios en la gestión del cuerpo académico (Brunner, 1999; Donoso, 2001) y esto ha sido definido como un proceso estratégico para el sector universitario (OCDE, 2008). En este contexto varias universidades han iniciado procesos sistemáticos de perfeccionamiento del cuerpo académico, han buscado establecer sistemas eficientes de acreditación de la docencia, incentivan la investigación y producción de conocimiento, a la vez que se espera académicos que se comprometan y compenetren con el proyecto institucional y con las nuevas formas de producción académica. Esto se puede apreciar en diversas respuestas organizativas, desde universidades que han tendido a una alta flexibilización laboral y fragmentación de su cuerpo académico, conservando núcleos estables de carácter administrativo, hasta universidades que por el contrario han tendido a aumentar las plantas estables, pero implementando sistemas de evaluación e incentivo que interpelan fuertemente a sus cuerpos docentes. En efecto, como ha sido ampliamente documentado, la reorganización del trabajo no solo pone en juego el desempeño de la fuerza laboral, sino también los ideales y prototipos de trabajadores, los cuales van cambiando según cambian las formas de producción (Baumann 1998a y 1998b; Beck, 2002, 2004; Boltanski y Chiapello, 1999; Castells 1998; Dubar, 1991, 2000; Du Gay, 2007; Gorz, 1997; Medá, 1998; Sennett, 1998). En efecto, el Nuevo Management Público llama a sus trabajadores a apropiarse de nuevas identidades laborales como académicos, asumiendo nuevos ideales de autonomía, emprendimiento y polifuncionalidad (Ainsworth y Hardy, 2008).

Sin embargo, la adhesión de los académicos a los nuevos modelos de trabajo y trabajadores propios de la reestructuración de la educación superior es un proceso complejo y no exento de tensiones (Anderson, 2008; Fairclough y Wodak, 2009; Thomas y Davies, 2005; Levin y Shaker, 2011; Fardella, 2012; Sisto, 2005; Sisto y Fardella, 2009). Por ello es necesario estudiar las nuevas regulaciones del trabajo académico, con especial sensibilidad a la heterogeneidad y contradicción de los procesos locales que se encuentran a la base de las transformaciones.

A través de este trabajo se busca precisamente presentar algunas herramientas conceptuales que permitirían iluminar y estudiar los procesos cotidianos que emergen frente a las nuevas demandas al trabajo académico.

El estudio del trabajo académico en Chile y la necesidad de un nuevo enfoque

El estudio de las universidades y sus transformaciones tiene ya décadas de dedicación y se ha desplegado desde múltiples disciplinas (sociología, economía, política). A su vez, destaca la creciente incorporación de organismos internacionales en estas discusiones con su propia producción de conocimiento, tales como el Banco Mundial (World Bank, 2002) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD, 2008). Cabe señalar que en el plano internacional los temas de discusión científica hasta ahora se han centrado en macroaspectos de la educación terciaria. Situación que a menor escala se ha replicado en el escenario nacional.

Según J. J. Brunner (2009), la macro-sociología, economía y políticas de la educación superior son las áreas de estudio de la educación superior con mayor desarrollo durante las últimas décadas. Esto se concreta (a la vez que evidencia) en estudios en torno a la población universitaria, acceso y distribución de oportunidades (Espinoza y González, 2008; Donoso y Schiefelbein, 2007; Donoso y Cancino, 2007); procedimientos de selección, admisión y posterior inserción en el mercado laboral (Manzi et al. 2006; Donoso, 2000; Meller y Rappoport, 2006); estudios de la reorganización de la universidad, la calidad de la enseñanza y sus sistemas de aseguramiento (Lemaitre, 2004), y su vinculación con los sistemas productivos, industria e innovación (Allende, Babul, Martínez y Ureta, 2005; Krauskopf y Méndez, 2007; Benavente 2005, 2008).

Si bien es posible ver una concentración de la producción de conocimiento en aquellos tópicos que aparecen como relevantes para caracterizar el sistema universitario nacional y la formulación de las políticas en este sector, existen evidencias interesantes para pensar que las transformaciones exitosas en el ámbito de las políticas públicas pasan también por aspectos microsociales, locales y subjetivos (Anderson, 2008; Thomas y Davies, 2005; Fardella, 2013; Sisto, 2012). Por ello es necesario estudiar a nivel local estas transformaciones, comprender cómo impactan en la actividad cotidiana de los espacios universitarios y generar desde allí conocimiento que permita transformaciones globales exitosas que, a la vez, atiendan a la particularidad y sellos de las casas de estudios y sus académicos.

A pesar de la concentración de estudios en los macroaspectos de las transformaciones universitarias, existe una línea de estudio que ha vinculado las macrotransformaciones con la reorganización del trabajo académico. A modo general estos estudios se han organizado en torno a dos ejes: la transformación del trabajo académico (TA) y las nuevas condiciones laborales del TA

El primer eje busca caracterizar las nuevas formas de trabajo de TA. Se trata de investigaciones que tienen como tópicos centrales la intensificación, nuevas formas de producción académica, uso de las nuevas tecnologías, impacto de la globalización del conocimiento sobre el trabajo (Gill, 2009) y complejización de tareas académicas (gestión, investigación, publicación, recolección de evidencias, evaluaciones constantes, polifuncionalidad del trabajador académico) (Clarke, 1997; Dahl, 2009; Gleadle, Cornelius y Pezet, 2008).

El segundo eje se centra en caracterizar las nuevas condiciones laborales, tales como: flexibilización[2] en las vinculaciones contractuales, desborde de los límites de tiempo y espacio tradicionales del trabajo académico, remuneraciones y estabilidad laboral sujetas a resultados (Jarvis y Pratt, 2006).

Si bien la descripción y caracterización de las nuevas formas de trabajo y condiciones laborales es un avance en un escenario laboral inexplorado, lamentablemente no es suficiente para comprender la complejidad de estas transformaciones del trabajo académico.

Hacia una complejización de los modelos comprensivos de los procesos laborales académicos: reorganización del trabajo, prácticas cotidianas e identidad laboral

Los cambios reportados en el trabajo académico forman parte de cambios globales que vive el mundo del trabajo. Los estudios sociales del trabajo han elaborado herramientas conceptuales y metodológicas, precisamente orientadas a abordar la complejidad y heterogeneidad de estas transformaciones.

Los estudios de la identidad laboral

Los estudios sociales del trabajo coinciden en señalar que la reorganización del trabajo no solo pone en juego las condiciones de trabajo y el desempeño de la fuerza laboral, sino también aspectos subjetivos, identitarios y relacionales de quienes trabajan (Boltanski y Chiapello, 1999; Gorz, 1997; Medá, 1998; Sennett, 1998; Du Gay, 2007). Es así como en la actualidad, los nuevos ideales de identidad profesional demandan compromiso con una multiplicidad de equipos, proyectos y sus resultados, sin necesidad de generar lealtades a largo plazo, la evaluación continua por parte del trabajador de sus alianzas según el beneficio para la propia trayectoria laboral, la autonomía y el incesante emprendimiento (Bauman 1998a, 1998b, 2001; Beck, 2002, 2007; Bolstanski y Chiapello, 1999; Castells, 1998; Dubar, 2000; Gorz, 1991; Medá, 1997; Sennett, 1998).De acuerdo con estos autores, las nuevas formas de organizar el trabajo conllevan nuevos prototipos e ideales, que demandan determinadas acciones, a la vez que funcionan como modelos bajo los cuales el trabajador se debe inscribir, leer y comprender a sí mismo.

De acuerdo con esta perspectiva, la identidad profesional es comprendida como una construcción social, una narración entre lo individual y lo social. Se trata de una trama narrativa compleja, que emerge de interacciones sociales que van conformando un relato de sí mismo, que genera unidad, continuidad y coherencia respecto de un determinado contexto (Dubar, 1991; Íñiguez, 2001; Vygotski, 1978). La identidad implica así un sujeto “que se ve a sí mismo en un espacio determinado” a lo largo del tiempo, y es justamente la identidad laboral, la fuente de acciones y decisiones más importante de los trabajadores, que determina no solo sus proyectos de vida profesional y social, sino que también las formas de acción y vinculación con sus espacios de trabajo. De acuerdo con Clark (1987; 1997) y Gill (2009) las tensiones identitarias y culturales propias de la reingeniería del cuerpo académico estarían asociadas a crisis de sentido en el trabajo y esto asociado a prácticas como resistencia, boicot y malestar general frente a las nuevas demandas laborales (Anderson, 2008; Fardella, 2013; Levin y Shaker, 2011; Mancebo, 2010; Richard, 2005; Sachica, 2005; Thomas y Davies, 2005).

En concordancia con esto resulta fundamental estudiar las nuevas identidades, en conexión con las prácticas y acciones laborales que se aparejan a ella.

Los estudios de la práctica

Los estudios basados en la práctica son una orientación que se ha venido desarrollando en los últimos años a través del diálogo entre variadas tradiciones (Teoría de la actividad, Actor Network Theory, Teoría del aprendizaje situado y comunidades de prácticas) y no pretenden ser un marco comprensivo homogéneo, ni implantar una epistemología ya acabada, sino más bien conceptualizaciones en desarrollo acerca de la práctica (Engeström, 1999; Gherardi, 2000, 2009; Law, 1991).

Estos estudios llaman a entender la práctica laboral como un fenómeno situado, acontecido en circunstancias particulares, constituidas históricamente y dependiente de su trayectoria como fenómeno (Miettinen, Samra-Fredericks y Yanow, 2009). Esto se desarrolla en el supuesto de que fenómenos, tales como el conocimiento, la significatividad de la tarea, la acción productiva, los vínculos en el trabajo y la identidad laboral son aspectos y efectos de las prácticas humanas interconectadas y no únicamente de la implementación de nuevas regulaciones laborales(Gherardi, 2009; Schatzki, 2001). Por tanto, el estudio de las prácticas no se trata de meras descripciones de lo que hace el trabajador, sino un vuelco hacia la comprensión de los flujos de prácticas, en tanto espacios de creación de significado, reproductores y creadores de órdenes sociales, a la vez que conformadores de identidad (Chia y Holt, 2006; Miettinen, Samra-Fredericks y Yanow, 2009; Nicolini, 2011; Samra-Fredericks y Bargiela-Chiappini, 2008). Desde esta perspectiva, la identidad, los procesos productivos y la acción aparecen como fenómenos íntimamente relacionados.

El lenguaje ortodoxo de las ciencias sociales suele fragmentar los fenómenos en sociales e individuales, micro y macro. Un enfoque teórico-metodológico basado en el complejo práctica/identidad nos desafía a realizar puentes a través de grietas históricas, a la vez que nos permite comprender y aprehender la heterogeneidad y complejidad de la reestructuración del trabajo académico. En efecto, es necesario un estudio de las nuevas formas de trabajo que vaya más allá de la comprensión de los atributos individuales y/o estructurales, hacia una comprensión de las identidades y procesos productivos, en tanto prácticas discursivas, materiales, sociales y situadas, en la que se sintetiza lo local y lo global, lo macro y lo micro, lo oficial y lo no oficial (Boden, 1994). Es aquí donde se materializa la transformación de la universidad.

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  1. Carla Fardella, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Doctora en Psicología Social. Contacto: fardellacarla@hotmail.com.
    Vicente Sisto, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Doctor en Psicología Social. Contacto: Vicente.sisto@gmail.com.
  2. De acuerdo con Índices (2011), el 46% de los académicos no posee un contrato de trabajo, a pesar de trabajar en las universidades del CRUCH.


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