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Internet y las diferencias
del universo prosumidor[1]

Marcelo Urresti[2]

Internet es una revolución cultural en curso, cuyas consecuencias, dado lo reciente de su irrupción pública y los cambios radicales que la sacuden recurrentemente, son difíciles de predecir. En esta turbulencia, sin embargo, hay cuestiones que van quedando claras: Internet absorbe las expresiones culturales y comunicativas previas, genera formas y canales de expresión nuevos, desplaza la comunicación del polo de la demanda al de la oferta, produce una nueva forma de hacer contacto con el presente y visitar las tradiciones que lo configuran. En este universo comunicativo, los sujetos adquieren la posibilidad de convertirse en productores y emisores, algo vedado en los sistemas previos a una minoría poderosa o altamente capacitada. Esa posibilidad no se expresa de un modo uniforme y depende de capacidades diferenciales y competencias que, más allá del acceso, convierten a Internet en un espacio variado y desigual. El siguiente texto trata de mostrar de modo sintético los ejes de este proceso simultáneo de convergencias y diferenciación.

Internet y la digitalización: la utopía del acceso a la cultura y la comunicación

Desde el punto de vista de los contenidos y los bienes culturales, provengan estos de la tradición ilustrada, antropológica, folklórica o de las industrias del espectáculo y el entretenimiento, Internet es una herramienta formidable para garantizar presencia, accesos y distribución de contenidos, lo que la convierte en la vía de logística de mayor eficacia y potencialidad creada hasta el momento. Si tomamos las tradiciones literarias, musicales o cualquier otra disciplina del arte, Internet se presenta como el ámbito por excelencia para encontrar de la manera más amplia y veloz aquello que se desee. Para ello, hace años ya que la Red “aspira” los contenidos analógicos más diversos y los convierte a través de una digitalización que no se detiene en bienes de un acceso que, al menos formalmente, se presenta sencillo, inmediato y, por lo general, gratuito.

A eso habría que sumar también las formas de conocimiento preexistentes: sean contenidos científicos, saberes tradicionales, exotéricos y esotéricos, especializados y divulgados, consolidados y aceptados, vanguardistas, en estado de testeo, conocimientos populares, fórmulas prácticas, consejos para realizar las más diversas tareas y creaciones, en suma, lo que sea que fuere objeto de curiosidad, mientras sea discursivamente expresable en un sentido amplio –a través de una narración verbal o audiovisual–, obtiene un lugar en la galaxia digital, se conecta tarde o temprano con sitios, listas de usuarios y redes de distribución y acceso y comienza a generar colisiones productivas. Así, los contenidos epistemológicos de las más variadas tradiciones y proveniencias conviven y se multiplican junto con los contenidos estéticos, informativos y expresivos a una velocidad creciente.

No hay tema o asunto que convoque la creatividad humana que sea pensable por fuera de la Red: en algún punto, estamos frente al sueño de muchos precursores que apostaron por la publicidad total y el acceso abierto a los bienes del espíritu, como medio para elevar la cualidad humana y los valores de la sociedad. Sea entonces la tradición ilustrada y sus disciplinas, sea la tradición antropológica o folklórica con su diversidad, sean las industrias de la comunicación y del entretenimiento masivo con su producción audiovisual, sonora o gráfica, sean las artes y los oficios mecánicos con su ingenio y sus soluciones concretas, todo se digitaliza y manifiesta su destino de red.

Por otro lado, en términos de comunicación, Internet incluye con el paso del tiempo los diversos medios de comunicación preexistente en un solo meta-canal o canal de canales en el que se produce lo que se ha llamado “convergencia tecnológica”. Prensa gráfica, radio, cine, televisión, originados en el espacio de la comunicación analógica, tienden hoy a convertirse en anfibios, pues existen y circulan tanto por fuera como por dentro de la Red, con la evidente ventaja para esta última, en la medida en que el canal se unifica en una logística que va hacia el usuario y con costos decrecientes. Mientras los medios analógicos suelen tener dificultades en la distribución porque tienen que superar barreras físicas, distancias, accidentes geográficos, obligar al usuario a moverse, a lo que se suma el hecho de los costos, ya que implican suscripciones, compras y distinto tipo de entradas y accesos onerosos, cuando entran a Internet, una vez que la conexión está resuelta, esos medios tienden a volverse gratuitos para los usuarios y a tener un costo de distribución muy bajo para los ofertores.

De este modo, tanto las diversas tradiciones culturales como las de la comunicación masiva se encuentran en un canal común que llega en principio a los hogares y con el tiempo a los sujetos mismos a través de los equipos móviles de computación y telefonía celular inteligente. La utopía de la biblioteca –multimediática– universal de acceso abierto y ubicuo está más cerca que nunca: con conexión y un dispositivo digital adecuado todo el producto de la creación humana puede ser consultado.

El nuevo sistema de los objetos y la cultura de los comunes

A este enorme despliegue de conocimientos y manifestaciones diversas, se agrega en el último tiempo una producción originada en la actividad de millones de usuarios no especializados que aprovechan las prestaciones del nuevo sistema de los objetos digitales –cámaras fotográficas, grabadores de voz, computadoras con ofimática, filmadoras, etc– para generar textos digitales, imágenes, diseños, secuencias sonoras y audiovisuales con las cuales expresan sus puntos de vista y su actividad comunicativa y simbólica más allá de cualquier filtro institucional o disciplinario. Esta tendencia se multiplica con la aparición de los teléfonos celulares multifunción que han dejado de ser meros teléfonos para convertirse en pequeñas unidades multimediáticas de mano, con las que se consolida un sistema de expresión, producción y circulación cada vez más barato, más sencillo e intuitivo, en suma más amistoso de operar, lo que completa el nuevo sistema de los objetos digitales con la portabilidad.

Los canales productivos que emergen de estos objetos permiten una producción de manifestaciones que una vez publicadas se traducen en contenidos de la Red, una nueva capa de producciones que se superpone con las tradicionales y suma la “cultura de los comunes”, de los no especializados, de los profanos que se mueven por un afán comunicativo centrado en la expresión, sin los conocimientos técnicos o el refinamiento de los saberes formalizados o las prácticas ordenadas por las disciplinas. Esta cultura de los comunes a su vez rompe con las tradiciones y los sistemas de producción previos en los cuales quedaban muy claras las fronteras entre productores y no productores, situación que derivaba de los altos costos de los equipos analógicos y de las enormes dificultades técnicas que exigía su manejo. Antes de la cultura digital sacar fotos, revelarlas y publicarlas, filmar secuencias, revelarlas y compaginarlas, o grabar sonidos, mezclarlos y imprimirlos en algún formato fonográfico implicaban un aprendizaje muy complejo de herramientas y técnicas, la adquisición de equipos y materiales de trabajo costosos y el acceso a sistemas de logística y de distribución para publicación completamente privativos para usuarios comunes, canales que por lo general estaban en manos de grandes empresas, consorcios concentrados o usuarios excepcionales, provistos de tecnologías desconocidas para las mayorías, con capacidades esotéricas para operarlas.

En nuestros días resulta cada vez más fácil producir imágenes, secuencias audiovisuales, grabaciones de sonido, textos y hasta hipertextos multimediales, con su consabida postproducción, combinación, publicación y hasta incluso su difusión por redes generales o especializadas. Las tecnologías digitales tienen la gran ventaja de facilitar el paso veloz de la producción a la publicación, algo que en tiempos previos implicaba demoras considerables y nuevas figuras que se adosaban e imponían sus condiciones –técnicas, temporales, económicas– a la circulación del bien producido. Más allá de la discusión sobre la calidad de estas producciones, un tema que va de lo estético a lo político, es interesante centrarse en las posibilidades técnicas que se abren para que usuarios de diversa procedencia puedan verter su producción en las redes y destinarla a algún eventual receptor interesado. Esta situación era imposible en el sistema analógico de producción cultural. Hoy en día está al alcance de cualquier usuario: no olvidemos que estos artefactos son cada vez más baratos, modulares, potentes y amistosos. Por ejemplo, un teléfono inteligente provisto con aplicaciones específicas permite tener todas las herramientas necesarias en la mano.

Así, nuevo sistema de los objetos y cultura de los comunes van de la mano, con un creciente poder expresivo distribuido entre los usuarios no especializados o no preparados en disciplinas formales. La brecha analógica entre emisores y receptores, como vimos, dependiente de las constricciones técnicas y económicas del sistema de producción previo, se rearticula con la aparición de este usuario potenciado por las tecnologías digitales. A este usuario, más por comodidad que por justeza, se lo ha caracterizado como “prosumidor”, una categoría que si bien es algo gruesa deja muy en claro que se refiere a un nuevo tipo de sujeto comunicativo opuesto a los roles disponibles en la dicotomía tradicional: un sujeto que además de ser receptor en muchos circuitos comunicativos, los masivos, es también y de manera creciente emisor de mensajes y de contenidos, más que nada en circuitos dependientes de la demanda. Si partimos de una comparación con el sistema de medios antiguos, la etiqueta se aclara: en la comunicación analógica había –y sigue habiendo allí donde está vigente– una clara distinción entre productores y consumidores: la gran mayoría eran consumidores, mientras que los productores eran minorías altamente tecnificadas y concentradas en términos de capital, altamente comprometidas con una disciplina que los hacía dueños de los contenidos. Hoy en día esos canales de origen analógico conviven –no es que hayan desaparecido– con la cultura de los comunes, cuyos sujetos, en virtud de una expresión y publicación técnica y logísticamente simplificada, tienden a ser también productores y, como resultado de ambos procesos, prosumidores.

Ahora bien, el problema que se presenta es que dentro de la categoría de “prosumidores” –y de allí su carácter poco refinado– entra todo el universo de los usuarios, ya que todos somos de alguna manera prosumidores en las redes digitales, hecho que puede llegar a ocultar las enormes diferencias de rango y frecuencia que distinguen ese universo novedoso que rompe con las formas de recepción tradicional. Por esta razón, hay que entrar en ese universo y ver las diferencias apelando en principio a una primera gradación que permita apreciar grandes unidades dentro de un conjunto que está comenzando a investigarse. En principio se pueden plantear distintas categorías de prosumidores de acuerdo con las variedades de usos y las frecuencias de intervención que plantean. En el vasto universo del prosumo digital hay importantes diferencias y es preciso establecer sus categorías internas.

Aproximación a una tipología de prosumidores

Presentamos a continuación una tipología de prosumidores. Así como existen tipologías de consumidores, proponemos esta categorización inicial para que sea refinada y especificada por estudios posteriores. Pero en principio, con el fin de detallar los tipos de prosumidores que se mueven en las diversas áreas y flujos de la Red, remitimos en este caso a cuatro grandes categorías: los circuladores, los uploaders, los interventores y los metaproductores.

Comencemos por aquellos que identificamos como circuladores. Por ejemplo, cuando una persona que recibe algo que otro posteó o publicó en algún sitio y le interesa por algún motivo, lo pone en circulación en alguna red y se lo acerca a otros con los que comparte un canal, está haciendo circular un contenido que no produjo. Esto sucede habitualmente con usuarios de Tweeter o de Facebook, cuando remiten a notas, fotos, videos, a través de hipervínculos que les recomiendan a otros conocidos o que comparten un cierto interés. No se trata de usuarios que simplemente reciben información, la consultan y la almacenan, sino que frente a aquello que reciben le dan un relieve y, de acuerdo con ese énfasis que le marcan, lo hacen circular en virtud de un interés. El circulador reenvía y pone en juego para otros contenidos que le gustaron, que le parecen lindos, atractivos, interesantes: puede ser una foto graciosa, puede ser un argumento que le ayudó a pensar determinada cuestión, puede ser una noticia, un cuento, un video de Youtube. Con la circulación el circulador informa a otro, toma forma frente a otro y se forma frente a las opiniones e intereses de los otros. Si en Facebook, por ejemplo, alguien recibe una invitación de algo que le parece interesante y participa a un cierto grupo que cree que le puede interesar, contribuye a generar una red de intercambio y a la larga, con una continuidad suficiente, un comunidad virtual, si es que ese grupo mantiene los intercambios y las circulaciones de temas afines. Veinte años atrás los circuladores de información tenían serios obstáculos que superar: las técnicas de multiplicación y las logísticas de distribución física eran onerosas y lentas. Hoy en día circular es muy fácil e indoloro, con teclear, copiar y pegar, alcanza.

Un segundo tipo de prosumidores, con un grado mayor de compromiso, puede combinar o no el perfil anterior sobre la base de una actividad productiva mayor: es el que llamamos uploaders, los subidores, elevadores, publicadores. Además de circular, los uploaders suben contenidos que pueden ser propios o levantados de otros medios o soportes analógicos. Se trata de usuarios más activos que los anteriores, en la medida en que se toman un trabajo mayor que el de la mera circulación, con el fin de aumentar el acervo físico de la Red: gracias a su acción se generan contenidos nuevos, versiones no registradas de contenidos existentes, digitalizaciones de materiales no conocidos, información puramente personal, anecdótica incluso, de la que, para la tipología que analizamos, no importa mucho entrar en la discusión de su valor. Puede haber alguien que tenga una colección de vinilos antiguos o incluso de discos de pasta y se dedique a digitalizar sus grabaciones para luego subirlas en un determinado sitio. Puede haber algún fanático de un género musical que por su compromiso con lo que ama, se dedique a transcribir letras de canciones o partituras para piano o guitarra y luego las suba a la Red para que otros puedan disfrutarlas. Pensemos en el ejemplo de alguien que tiene el manual de uso de una máquina-herramienta antigua y lo digitaliza en un archivo para que los que lo necesiten y lo hayan perdido, puedan recobrarlo y volver a poner en funcionamiento su máquina. Allí tenemos suficientes ejemplos como para entender la dinámica del uploader. Pero para que veamos otras posibilidades, puede haber también –y de hecho son legión– usuarios que publican fotos de su perro, con comentarios del tipo “acá lo vemos a Bobby subiéndose a la mesa”, “acá lo vemos a Bobby tirando del mantel”, “acá lo vemos a Bobby desparramando todo por el piso”. Puede ser también que alguien suba textos sobre su vida cotidiana, sobre lo que hizo el fin de semana, o sobre su relación con el trabajo y las amigas, detrás de un nombre simulado. La blogósfera al principio de la década anterior y las redes sociales –Myspace, Facebook, Youtube, entre otras– que la continuaron a partir de la mitad de esa década, son el estrato geológico de la Red donde se instala la actividad de los uploaders. Hay contenidos de todo tipo y valor que no juzgamos en este caso. Los subidores con su actividad, ensanchan la Red y le suman información que luego será circulada, consultada, apreciada o no, criticada y mejorada, en muchos casos olvidada. Los subidores, es claro, tampoco son meros usuarios pasivos, para nada receptores, sino iniciadores creativos de procesos de comunicación que podrán más adelante escalar o encallar.

El tercer tipo que es usual encontrar en la Red es el de los interventores, perfil compuesto por aquellos que no solo circulan, postean contenidos o suben materiales nuevos a la Red, sino que también producen alteraciones, interrumpen circulaciones, generan discusiones. Es decir que intervienen sobre la producción de otros o sobre las publicaciones o posteos de usuarios, de grupos o de instituciones, con el fin de generar debates, discusión, cambios de sentido. Los interventores producen sobre la producción de los otros, haciendo énfasis y marcando la producción de los demás. Pueden estar muy cerca de los circuladores, sin dudas, pero tienen un grado de compromiso mayor en la medida en que vierten puntos de vista, inciden con comentarios en un determinado curso, se manifiestan sobre el valor, la justeza, la adecuación o la composición de determinado contenido. Pueden estar muy cerca de los elevadores y productores de materiales si su actividad acompaña la subida de información, si la encuadra o acerca argumentos respecto de su valor, sentido o consecuencias esperables. Un caso reciente y muy interesante de este perfil son los llamados booktubers, adolescentes apasionados con la literatura de diversos géneros juveniles –zagas fantásticas, historias de vampiros enamorados, confesiones varias–, que comentan libros y recomiendan lecturas para sus coetáneos. Los interventores además tuercen contenidos preexistentes cuando hacen mash up sobre audiovisuales existentes, grafitean fotos, vandalizan publicaciones o funcionan como trols en sitios donde reina una opinión establecida. Más allá de la responsabilidad y el carácter de su intervención, desde la creativa y positiva colaboración bienintencionada, hasta la infantil oposición e incluso el racismo que se puede advertir en ciertas opiniones y puntos de vista, los interventores sostienen y agitan la discusión sobre el valor –político, ético, estético– de la producción y la elevación de contenidos que se hace en la Red, y así generan intercambios, debates, tomas de postura, defensas; en suma, participación. En este caso, los foros, las listas de opinión, las listas de comentarios, los posteos, son los espacios en los que se puede apreciar el diverso grado de intervención que deja sus huellas en la Red. Sea en un foro o un medio donde se publica una determinada noticia, un sitio en el que se congrega un grupo de especialistas, sea una fan page donde partidarios de un bien, un servicio o una marca discuten enfervorizadamente, los interventores son aquellos que debaten criterios, sobre manga, sobre campañas publicitarias, sobre las elecciones en determinado lugar, sobre la acción de un grupo vanguardista en la danza o el teatro o sobre el último disco de una diva para adolescentes. Más allá del contenido o el signo de la intervención, que igual que en los casos anteriores conduce a otras discusiones, los interventores se encuentran en otro nivel de compromiso: además de circular, de subir, puntúan y enfatizan, muestran y demuestran, debaten y discuten lo existente en la Red. Sin dudas, se trata de otro tipo de prosumidor, cada vez más lejano de la pasividad.

Finalmente, están los prosumidores cuyo nivel de participación se vincula con la mayor actividad desde el punto de vista de la producción de flujos y vínculos comunicativos. Se trata en este caso de los que llamamos metaproductores. Los metaproductores en principio son los que suben contenidos innovadores, son los que discuten otros contenidos con los contenidos que publican, ya no son simplemente fotos, posteos, impresiones personales o hasta incluso discusiones, sino que elevan propuestas que intentan superar puntos de vista con los cuales están en competencia. Son también los productores de herramientas, fundamentalmente los que producen la llamada “cultura libre”, en software de diverso tipo, de diverso tenor de realización técnica. Los metaproductores son además aquellos que se orientan a la producción de comunidades, de foros, de ámbitos de discusión e intercambio sobre distintos temas. Para caracterizarlos mejor, podría decirse que estos prosumidores no están exclusivamente en el terreno del contenido de la Red, sino en el de la producción de herramientas para la producción de contenidos o de comunidades que luego producen contenido para la web o, de otro modo, son los que producen herramientas con las cuales otros van a producir contenidos o masa crítica suficiente para generar agrupación y participación. Por ejemplo, aquellos que piensan en arquitecturas de participación para determinados foros, aquellos que diseñan canales en redes sociales, aquellos que producen eventos o concitan opiniones para articular campañas orientadas a influir en el mundo virtual o a través de él influir en procesos de toma de decisión, son casos de una dinámica de la comunicación en la que se enrolan prosumidores que apuntan al despliegue de comunidades en proceso de autonomización. De igual modo, los programadores comunitarios, los miembros de agrupaciones y colectivos de software libre, los creadores de herramientas wiki, los educadores independientes o agrupados que transmiten gratuitamente sus conocimientos, los e-ducadores que ofrecen a través de video los modos de apropiar las diversas herramientas de aprendizaje, los usuarios comprometidos que producen tutoriales para que otros aprendan con ellos y desarrollen su propia actividad multiplicadora en un futuro, todos ellos son ejemplos de la actividad potenciada que se manifiesta con fuerza en la Red. En este caso, queda poco de la pasividad del mero receptor y mucho de la agencia creadora en usuarios comunes –solitarios o agrupados– que se orientan a la gestación de una nueva comunidad.

Una América íntima…

Como se puede apreciar entonces, si bien todos somos prosumidores en el paisaje variado y cambiante de Internet, hay que tener en cuenta estas cuatro posibilidades como mínimo, a las que podríamos sumar una quinta, que sería teórica y poco probable, que es la pasividad completa, una posibilidad que se puede registrar en personas muy mayores que no producen ni circulan ningún tipo de contenido o en niños muy menores que acceden a las redes y a los juegos electrónicos sin intención de aportar comunicación. Son casos marginales que demuestran por la negativa que lo que se impone con las redes digitales es una actividad comunicativa por parte de los usuarios, eso que llamamos de modo provisorio “cultura de los comunes”, una dimensión que es característica de la galaxia Internet y que no se encontraba en los entornos comunicativos analógicos. En Internet y con el nuevo sistema de los objetos, la actividad productiva en términos de circulación intersubjetiva de sentido es una condición de la acción comunicativa de los actores, en este caso, devenidos prosumidores.

Ahora bien, esto no debe conducir al planteo de una nueva homogeneidad: los prosumidores exhiben importantes diferencias entre sí de acuerdo con las características de su tipo dominante de actividad. Por ello, se pueden clasificar a partir de la presencia o no de los perfiles mencionados recién, lo que como resultado da un arco que, según la actividad y el compromiso, va desde los circuladores hasta los metaproductores. A medida que se va subiendo en esa escala, puede suceder que no se acumulen las características de los otros perfiles, pero sí es claro que el nivel de actividad productiva y el compromiso del actor se eleva a medida que concita acciones y tareas más exigentes. Puede suceder que haya uploaders que no estén interesados de manera inmediata en la circulación, como puede haber enfatizadores que ejerzan su actitud curatorial sin elevar necesariamente nuevos contenidos o circular los existentes. Del mismo modo puede haber metaproductores que no circulen ni acentúen contenidos existentes.

Lo definitorio en esta gradación son las cualidades de la actividad productiva de cada perfil y el eventual ordenamiento de las acciones en principio caóticas de los prosumidores en la Red. La Red es un ámbito que se encuentra en constante rearticulación, más que nada, por la acción variada y creativa de los distintos tipos de usuarios que la habitan y la intervienen. De ahí la importancia de los prosumidores, con todas sus contrastes, a veces incompatibles entre sí, y sus cuotas tan disímiles de energía puesta en juego; en suma, de demandas tan diferentes y distantes. El universo prosumidor es un continente aún por explorar, una suerte de terra incognita que sin embargo y por suerte para la investigación está cercana, una especie de América íntima que reclama nuevas expediciones, nuevos mapas y nuevos relatos sobre su inédita y cambiante realidad.


  1. Versión redactada y ampliada de la intervención en el panel: “Tecnologías digitales, sociedad, educación y cultura. Perspectivas sobre el papel de las tecnologías digitales en las transformaciones socioculturales contemporáneas” (PreAlas 2015, agosto de 2015).
  2. Docente e investigador de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Argentina. Contacto: murresti@hotmail.com.


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