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El concepto de información: entrecruces de la ciencia, tecnología y sociedad

Juan Camilo Gómez Barrera[1]

Palabras clave: información, ciencia, sociedad

Introducción

Si bien en la tesis de Marx sobre el origen del capitalismo la acumulación primitiva es un proceso central, para Antonio Negri y Michael Hardt, en Imperio, la acumulación informacional adquiere un papel central en la estructura económica que comienza a entretejerse a mediados del siglo XX. No solo porque viene a superar las limitaciones de los procesos de producción anteriores, sino porque integra aquellas formas de producción. De esta manera, la revolución de la acumulación informacional está en el centro de las relaciones sociales, de la forma de producción y de las del ejercicio político; evidentemente, se trata de un pasaje de la industria a los “servicios” y la información, en donde, en otras palabras, se puede señalar que la economía se informatiza.

Evidentemente, tal como lo ha señalado Pablo Rodríguez, el pasaje a un tipo de sociedad, que se desplegó a partir de la segunda mitad del siglo XX, debe entenderse en relación con el papel central que jugaron los sistemas informacionales y comunicacionales, y, en especial, al desarrollo de un saber sobre la información, que posteriormente fue configurándose como una ciencia, en el caso concreto, la cibernética: en ese paso, se entremezclan los saberes técnicos en torno al mejoramiento de las redes telecomunicacionales y los matemáticos de Alan Turing,[2] que desembocaron en la Teoría Matemática de la Información, de E. Shannon. En esa medida, señala Rodríguez, se puede entender el puente de una sociedad disciplinaria a una de control, tal como lo ha expuesto Deleuze en su conocido texto “Posdata a la sociedad de control”. Sin embargo, las deudas con el concepto “información” son aún enormes. “¿Qué es la información?” es una pregunta que no solo adquiere una nueva vigencia, sino que requiere un análisis detallado del papel que cumple hoy día en la sociedad, la política, las ciencias, la economía y la cultura. En esa instancia, consideramos que es necesario generar una mirada desde la sociología que permita analizar no solo el papel que juega la información actualmente, sino el desarrollo del concepto mismo. Por lo tanto, queremos plantear la cuestión en tres ángulos: el primero de ellos, ubicar la discusión sobre la información al margen de las ya conocidas, y lugares comunes, etiquetas de “sociedad de la información”; en segundo lugar, plantear una propuesta metodológica que permita abordar el fenómeno desde la sociología, y, tercero, a modo de ejemplo, ver los alcances de análisis que se pueden desplegar a partir de dicha operación.

Variantes sobre la información

Existen por lo menos tres perspectivas que aluden a su vez a formas de interpretación sobre la palabra-concepto “información”. El primero de ellos hace referencia a la información en relación con el logos, es decir, a la transmisión de conocimiento; de allí que se pueda pensar que dicho problema aparece incluso en el origen de la filosofía griega y se haya agudizado con la invención de la imprenta en Occidente. Un ejemplo de esta teoría son las reflexiones realizadas por Rafael Capurro, quien, continuando con el abordaje realizado por Weizsäcker, define la información como un mensaje que hace una diferencia. Para otros autores, como Pablo Rodríguez, se trata de una historia antigua de la información entendida como lo que subyace a las discusiones en torno al aprendizaje, a los saberes y la escritura. En todo caso, de lo que se trata es de señalar que no es propiamente un problema contemporáneo, sino que está inscrito en las discusiones filosóficas griegas –de allí que puedan leerse las ya conocidas reticencias de Platón a la escritura como discusiones en torno al problema de la transmisión de la información–, y por ende se inscribe en una larga tradición.

Un segundo enfoque es el del concepto de información como una “cosa” –o un dato, si se quiere– que se transmite, vinculado a su vez al problema de la llamada “sociedad de la información”.[3] Esta perspectiva nació como producto de la articulación de los modernos medios de comunicación, que se originaron a partir del siglo XVIII –como es el caso de la locomotora, el telégrafo, el teléfono, la televisión, el avión, etc.–, y la relación con una serie de políticas económicas; entre ellas, cabe mencionar la aparición de las teorías fisiocráticas o utilitaristas que dieron origen al planteamiento del laissez faire, laissez passer, o de la libertad económica, que, a su vez, estuvieron ancladas en el desarrollo de la estadística.[4] Como resultado de este entrecruce se desenvolvió el concepto de “dato” como información: por un lado, asociado a la necesidad de “informar” o de “comunicar” con el fin de establecer una opinión pública; por otro, la información como dato se entiende como el resultado de la observación estadística de una población, elemento central en la consolidación del Estado moderno.

Un fuerte componente de esta formulación está presente en los trabajos de Armand Mattelart.[5] Según esta versión, el problema de la información como dato, anclado al problema del dato como factor esencial para el desarrollo del Estado y la economía, viene a desplegarse en problemáticas contemporáneas que derivan de las ya esbozadas en el siglo XVIII; esto es, a partir de los años sesenta se desarrolla una hegemonía tecnocrática manifiesta a partir de tres grandes elementos: una diplomática o una nueva geopolítica sustentada en el soft power; una militar en relación con la llamada “ciberguerra”, inteligencia militar, democracia participativa, etc., y una gerencial o mercantil, relacionada con las políticas neoliberales, o con lo que Bill Gates denominó como el surgimiento de un capitalismo “libre de fricciones”. Estos tres elementos, una geopolítica, un orden militar y uno mercantil, pues, ponen a la información como centro de todas las discusiones y problemáticas del mundo contemporáneo.

El tercer concepto-planteamiento teórico que se desenvuelve a partir de la palabra “información” es su desarrollo ontológico, de su existencia en sí, que se desprende a partir del ya conocido planteamiento de Norbert Wienner, el padre de la cibernética: “La información es información, no es materia, ni energía. Ningún materialista que no admita esto podrá sobrevivir en nuestros días”. La investigación en torno a este concepto, que se inicia a partir de las conferencias Macy (1946-1953), ha generado un vuelco, un giro significativo, tal como lo plantea Pablo Rodríguez, a todo el campo de la episteme, por lo menos en diversas áreas: la biología –a través de la revaloración del “dogma central” que pone como eje el ADN–, la misma cibernética –a partir de planteamientos en conexión con la biología, como es el caso de las reflexiones de Humberto Maturana–, la física –a través del replanteamiento del concepto de materia-energía–y de la filosofía –con autores como Gilbert Simondon[6] o Peter Sloterdijk–.

Sin embargo, más allá de las reflexiones que se plantearon alrededor de la década de los sesenta, con los trabajos en la antropología de Gregory Bateson, en cierta medida la escuela de Palo Alto de Paul Watzlawick, el llamado “funcionalismo sociológico” de Talcott Parsons, la kinésica de Raymond Birswhistell o la proxémica de Edward Hall, es necesario continuar la elaboración de propuestas investigativas en torno a la relación de este concepto de información, en su fase ontológica, con procesos sociales y teorías sociológicas. Esto es, tratar de desglosar las consecuencias sociológicas que dicho concepto parece desplegar en las sociedades contemporáneas, no solo ya desde el hecho de que estamos en una sociedad informatizada –con el auge de Internet y las tecnologías de conexión–, sino a partir de las transformaciones científicas, políticas y culturales que han aparecido recientemente.[7] Para ello, una de las preocupaciones más urgentes es la del abordaje metodológico.

La información desde la sociología

Centrado en los modos en los que la sociología puede acercarse y aportar a las discusiones científicas y a, en una mayor instancia, tratar de estudiar dichos fenómenos, nos parecen sustanciales las propuestas que desarrolla Jesús Vega Encabo desde los estudios sociales de las ciencias. De acuerdo con lo postulado por él, un posible abordaje se debe realizar a través del análisis de elementos intrínsecos como las metodologías, alcances de sus investigaciones, elaboraciones conceptuales, etc. Así, estos elementos permiten comprender las implicaciones y el papel que juega hoy día la actividad investigativa. Ello implica no solo analizar y describir las prácticas que se llevan a cabo en las investigaciones científicas y tecnológicas, sino observar sus límites a través de la comprensión de los intereses que se ponen en juego y que muchas veces no saltan a la vista. Así, señala Vega, son varios los procesos que se deben llevar a cabo: en primer lugar, es necesario realizar un estudio de los conceptos que la actividad investigativa utiliza y elabora, para, segundo, comprender con más efectividad las prácticas mismas. En tercer lugar, el estudio de la naturaleza del conocer que permite plantear la cuestión de un sujeto epistémico en cada caso específico.

Entre estos tres elementos que Vega señala, para nuestro caso específico de la noción de información, nos resulta muy significativo el estudio de los conceptos desde el análisis sociológico de las ciencias, en la medida en que son los conceptos mismos los que permiten no solo construir el andamiaje teórico de las ciencias, sino, como lo veremos más adelante, desplegar un análisis de las consecuencias externas, si se quiere sociales, de las mismas prácticas. De esta manera, distanciado de las teorías empíricas que planteaban un modelo de comprensión de los conceptos científicos, Vega, centrado más en los actuales estudios sociales de las ciencias, propone que para llevar a cabo esto se deben plantear de antemano ciertos parámetros:

  1. Toda aplicación de un concepto supone ante todo una práctica investigativa.
  2. El uso de un concepto en vez de otro o desde otra perspectiva viene dado por las estrategias mismas de la investigación.
  3. El uso del concepto o la predilección de ciertos enfoques específicos está, pues, atravesada por “intereses” investigativos.
  4. Lo que no niega que el concepto mismo no está “abierto” e “infradeterminado”, hecho que viene a sugerir-desmontar ciertos esencialismos de los conceptos mismos. De hecho, al vincular la práctica con el concepto, plantea Vega que se debe comprender que ambos están siempre en una construcción mutua; esto, a su vez sugiere lo siguiente:
  5. Un concepto, por su posibilidad de “infradeterminación”, puede aplicarse no solo desde distintos ámbitos y campos investigativos, sino entendido desde cada enfoque de manera diversa.
  6. Esta aplicación de un concepto está dada sobre todo por elementos del contexto: esto quiere decir que su elección si bien puede responder a elementos internos de la actividad investigativa, el cientista social no puede dejar de lado las relaciones con el contexto que se entretejen y que vienen a definir las predilecciones teóricas.

De esta manera, Vega nos describe no solo los factores que se ponen en juego en la teoría científica en torno a la actividad conceptualizadora, sino que evidencia los elementos a tener en cuenta en esa “práctica”. Así, por ejemplo, nos resulta significativa la conexión que permite hacer entre la misma aplicación conceptual y su relación con el contexto social, tanto de las condiciones mismas de surgimiento como de los alcances que tiene a futuro. De esta manera, la conceptualización debe entenderse siempre como respuesta a una serie de “convenciones, intereses y necesidades sociales” (Vega, 2012, p. 52).

Yendo un poco más allá, Vega señala que la elección de los puntos de vista del concepto, la forma-óptica que se acoge, así como la predilección deben vincularse con la constitución de un orden social y, con ello, adhiere a la idea de que este orden social tampoco es algo dado de antemano, sino que también se despliega a través del ejercicio mismo de la conceptualización por parte de las ciencias. Por ende, la actividad cognitiva debe comprenderse como una forma de crear un orden no solo ya al interior de las ciencias mismas, sino dentro de un marco de lo social. Así, tenemos, de acuerdo con Vega, un doble movimiento: por un lado, los conceptos seleccionados en las investigaciones en las ciencias y las tecnologías deben verse a la luz de hechos sociales, lo que viene a desmontar la idea de que hay, por lo tanto, significación en sí de los conceptos.

Pero a su vez, y acá es donde nos interesa más esta hipótesis, no puede dejarse de lado que el hecho social contiene un devenir que es constituido, elaborado, planteado y desarrollado, junto con otros factores, a través del desarrollo de conceptos en distintas áreas investigativas. En definitiva, Vega señala que: “El uso de conceptos deja traslucir algún tipo de relación social cambiante y negociada, fijada por los cánones de pertenencia en que ha sido elaborada” (Vega, p. 56). Esta hipótesis de Vega, en síntesis, nos viene a brindar herramientas interpretativas para comprender cómo el desarrollo de un concepto como el de información que, si bien tiene un origen en el entrecruce de distintas actividades investigativas como es el caso de cibernética, con posterioridad puede venir a redefinir elementos del contexto social que, a su vez, le permitió las condiciones de surgimiento.

La información en la sociedad

Un ejemplo muy específico de esto nos lo ofrece Paula Sibilia, quien argumenta que hoy día existen por lo menos tres ciencias que, gracias al uso que dan del concepto de información, vinieron a transformar considerablemente el panorama de la sociedad contemporánea: la actual psicología, las neurociencias y todas aquellas que se agrupan en la ingeniería genética (biomedicina, medicina molecular, biología molecular). Si bien sus raíces son anteriores al concepto actual de información, la psicología vino a hacer visible un espacio de la interioridad que era, tanto en la Edad Media como en gran parte de la Modernidad, oculto. Cabe señalar que uno de los elementos imbricados con el desarrollo del concepto de información, igualmente desplegado a partir de las sociedades de control, esto es, a partir de todo un aparato tecnológico y comunicacional que se pone en marcha en la segunda mitad del siglo XX, es el borramiento, uno de los efectos más inmediatos, o, si se quiere, el desplazamiento de la noción de “hombre” que había sido constituida en las ciencias modernas.[8] Tal como lo plantea en su Hombre postorgánico, Sibilia plantea que tanto la constitución del cuerpo como del alma se modifican con la puesta en escena de ciencias que, al poner como eje el concepto de información, desdibujan completamente la imagen del hombre, tal como se la conocía.[9]

En esa misma línea, las neurociencias, por ejemplo, interpretan esa “esencia” del sujeto –que antes era identificada con el alma– como “información”, en el sentido contemporáneo del concepto. Las demás ingenierías genéticas hacen lo mismo desde la pregunta por la vida y, con ello, los espacios “vitales y singulares”, alojados ahora en espacios ciertamente etéreos (circuitos cerebrales, código genético), se tornan, en cierta medida, observables y modificables a través de distintos procesos que son posibles actualmente por el concepto de información.

De hecho, señala Sibilia, hoy día tienen una fuerte incidencia en las narrativas hegemónicas sobre el cuerpo, “la subjetividad y la vida” (Sibilia, 2007, p. 134). Al vincular el concepto de información que repasamos, han favorecido elementos de gubernamentalidad y de control que inciden e impactan fuertemente en las estructuras sociales: “extendiendo la metáfora digital, se trata de descifrar e intervenir en el sistema operacional que comanda la esencia de cada sujeto, sea su programación genética o su mapa cerebral” (Sibilia, 2007, p. 134). Esto es, se interesan sobre todo por el software que le permite ser al cuerpo lo que es.

Todo ello vino a desmontar una subjetividad apoyada en elementos “inmateriales” –el alma, la espiritualidad– que ahora adquieren un rostro visible, analizable, mediante formas de captación –test, análisis biométricos– que surgen de la equiparación, o emparejamiento, de la noción de vida y hombre, tal como lo señala Katherine Hayles, con el mundo digital, que, como veíamos fue proyectada por la definición de Wiener de la cibernética. De esta manera, resultan dos metáforas, surgidas a partir del concepto de información, que vienen a reestructurar no solo diversos campos de las ciencias, sino de la episteme contemporánea, formas de gubernamentalidad, de las estructuras sociales y culturales: la del software y el microchip. Ambas, utilizadas tanto en las neurociencias como en la ingeniería social.

Bibliografía

Becerra, M. (2003). Sociedad de la información. Proyecto, convergencia, divergencia. Buenos Aires: Norma.

Hardt, M. y Negri, T. (2001). Imperio. Bogotá: Ediciones desde abajo.

Hayles, K. (1999). How we Become Posthuman: Virtual Bodies in Cybernetics, Literature, and Informatics. London: The University of Chicago Press.

Mattelart, A. (2002). Historia de la sociedad de la información. Barcelona: Paidós.

Rodríguez, P. (2010). “Episteme moderna y sociedad de control: Deleuze, heredero de Foucault”. Margens, UFPA, 5(7), junio, pp. 23-40.

Rodríguez, P. (2012). Historia de la información: del nacimiento de la estadística y la matemática moderna a los medios masivos y las comunidades virtuales. Buenos Aires: Capital Intelectual.

Sibilia, P. (2004). “Tiranías do ‘software humano’”. Revista Logos, año 11, N° 2, pp. 39-54. Río de Janeiro.

Sibilia, P. (2006). El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. México: Fondo de Cultura Económica.

Sibilia, P. (2007). “Etéreas prisões do corpo: da alma (analógica) à informação (digital)”. En Queiroz, A.; Velasco e Cruz, N. (eds.). Foucault hoje? Río de Janeiro: 7 letras, pp. 140-149.

Vega Encabo, J. (2012). “Estudios sociales de la ciencia”. En Aibar, E. y Quintanilla M. A. (eds.). Ciencia, tecnología y sociedad. Madrid: Trotta, pp. 45-78.

VV. AA. (1966). El concepto de información en la ciencia contemporánea. Coloquios filosóficos de Royaumont. México: Siglo XXI.


  1. Candidato a magíster de Comunicación y Cultura de la Universidad de Buenos Aires. País: Colombia. Contacto: jcgomezba@gmail.com.
  2. Las reflexiones de Alan Turing merecen un reconocimiento especial ya que permitieron no solo un mejoramiento en la transmisión de la información, sino que darían pie para las reflexiones cibernéticas y el desarrollo del computador posteriormente. Sobre este tema, se pueden consultar los trabajos de Jack Copeland, en especial Alan Turing. El pionero de la era de la información.
  3. Para ver un análisis crítico de este concepto, se recomienda el texto de Theodore Roszak, El culto a la Información. Un tratado sobre alta tecnología, inteligencia artificial y el verdadero arte de pensar. Allí se presenta un análisis de cómo el concepto de “sociedad de información”, más que de un proceso tecnológico y social, da cuenta de una serie sistemática de campañas de mercado y de políticas públicas que buscan, ante todo, mostrar la tecnología bajo el espectro utópico.
  4. En este punto, evidentemente, cabe mencionar las reflexiones en torno al surgimiento del concepto de población, que viene a articular las políticas económicas del momento, con el saber propio de la estadística, tal como lo ha desarrollado Michel Foucault en Seguridad, territorio y población.
  5. Dos textos son importantes en este planteo: su ya conocida Historia de las teorías de la comunicación y, en especial, su Historia de la sociedad de la información. Ambos textos muestran el desarrollo de la información ubicada no ya con el avance tecnológico del siglo XX, sino enlazada a todo el proceso modernizador que se inició en los siglos XVII y XVIII.
  6. Los trabajos recientes en torno a la obra de Gilbert Simondon han rescatado un pensador que ubica el problema de la información en relación con los distintos saberes científicos y filosóficos. Entendida no tanto como un dato, sino como un proceso, la información viene a poner en cuestión la teoría de la individuación que había sido desplegada desde Aristóteles. Para una mayor profundización, se recomienda la lectura de sus dos tesis de doctorado: La individuación a la luz de las nociones de forma e información (2015). Buenos Aires: Cactus, y El modo de existencia de los objetos técnicos (2007). Buenos Aires: Prometeo.
  7. En el ámbito político ha adquirido una mayor relevancia el estudio de la incidencia de las distintas redes sociales no solo en el desarrollo de las campañas democráticas, sino en las revueltas que se han presentado en diversos lugares del globo. En el ámbito cultural, un ejemplo bastante significativo fue la creación de un conejo fluorescente por el artista brasileño Eduardo Kac (véase http://goo.gl/WdRaua, recuperado en julio de 2015): a pesar de las discusiones que ha generado, llama la atención el hecho de la constitución de un arte transgénico.
  8. Las alusiones de Sibilia remiten al planteamiento que hace Foucault en Las palabras y las cosas, en donde, como se sabe, a partir del desarrollo de las preguntas por la vida, el trabajo y el lenguaje se le dio forma a la noción de hombre.
  9. Piénsese, por ejemplo, la capacidad, relativamente nueva, de modificar el cuerpo tal como se desee. Esto no ha sido solo objeto de reflexiones filosóficas y antropológicas, sino que, incluso desde las esferas artísticas ha sido abordado: un ejemplo claro de ello son los trabajos performativos de la artista francesa Orlan.


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