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Aspectos de la dimensión espacial de la inclusión digital

Roxana Cabello[1]

Palabras clave: inclusión digital, construcción espacial, desigualdades

Sobre inclusión digital

En la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información del año 2003, se definió “inclusión digital” como “el conjunto de políticas públicas relacionadas con la construcción, administración, expansión, ofrecimiento de contenidos y desarrollo de capacidades locales en las redes digitales públicas, en cada país y en la región”. La expectativa de inclusión apunta a la denominada “sociedad de la información” (SI), cuya existencia se asume y justifica a partir de la identificación de tres factores (Moore, 1997): las organizaciones dependen cada vez más del uso inteligente de la información y de las tecnologías de la información para ser competitivas, y se van convirtiendo en organizaciones intensivas en información; los ciudadanos se informacionalizan, ya que usan las tecnologías de la información en múltiples dimensiones de la vida cotidiana y consumen grandes cantidades de información; y, finalmente, el sector de la información se constituye en un factor de poder en la economía. En ese contexto, los países se posicionan de diferente manera de acuerdo con el grado de acceso que tienen la población y las organizaciones a la información y a las tecnologías que viabilizan este acceso.

Nuestro interés por la denominada “inclusión digital”, no obstante, se centra en el proceso que realizan los sujetos (individuales y colectivos) más que en el posicionamiento que alcanzan los países. Aceptamos el hecho de que el estadio actual del capitalismo manifiesta, entre otros, los rasgos que se atribuyen a la mentada SI. En ese contexto, ¿qué tipos de posicionamientos, prácticas y representaciones nos permiten afirmar que los sujetos alcanzan mayores o menores grados de inclusión digital? El análisis del problema desde esta perspectiva nos impone trascender la dimensión que se conoce actualmente como primer nivel de inclusión digital y que hace referencia al acceso y disponibilidad de dispositivos técnicos: cuanto mayor infraestructura en tecnologías de la información y la comunicación tiene un país, o cuanto más cantidad de dispositivos usa una persona, está más incluido digitalmente. Optamos por un abordaje que nos ayude a dar cuenta de la complejidad del problema y trabajamos sumando a la de acceso, otras tres dimensiones, que denominamos “usos”, “participación” y “autoafirmación”.[2]

Las observaciones que presentamos en este artículo se relacionan con la dimensión participación, que hemos propuesto explorar en dos subdimensiones. Por un lado, los aspectos que se vinculan con la idea de ciudadanía: la equidad en el acceso a la información, los mecanismos de participación de base electrónica en la vida social y política, el uso de las tecnologías como y para el ejercicio de derechos. Incorporamos los aspectos colectivos vinculados tanto con la participación en estructuras políticas y de acción colectiva basada en la cooperación, el acceso de los sujetos a la toma de decisiones que afectan su vida (Rowlands, 1997); como su acceso a la base de riqueza productiva (Friedman, 1992). La segunda subdimensión reconoce la existencia de una cultura digital interactiva, fuertemente marcada por la disposición de dispositivos y por las prácticas sociales y culturales asociadas a sus usos. A partir de ese reconocimiento intentamos establecer los modos de participación y las distancias que median entre las personas y ese ambiente cultural, en el entendido de que serán ampliamente desiguales. La expectativa es comprender cómo se manifiestan esas desigualdades y con qué factores están más asociadas. Nos interesa identificar y comprender las modalidades y grados de participación y creación colectiva que las personas desarrollan en el entorno tecnocultural, especialmente en su vinculación con Internet. Presentamos en los parágrafos que siguen una primera aproximación a uno de los aspectos relacionados con este tema: la dimensión espacial de la inclusión digital.

Sobre inclusión digital y mundialización

Cuando analizamos la participación de los sujetos en el entorno tecnocultural nos distanciamos de la idea de sociedad de la información y tratamos de acercarnos a otras nociones que nos faciliten una reflexión menos centrada en las tecnologías.

Una propuesta que nos parece estimulante es la de Renato Ortiz (1997), quien caracterizó una condición que denominó “mundialización”, un proceso que traspasa y atraviesa las partes que lo constituyen.[3] El proceso de mundialización es un fenómeno social total que impregna al conjunto de las manifestaciones culturales y que para existir, debe localizarse, enraizarse en las prácticas cotidianas de los hombres.

Uno de los aspectos estructurantes de la Modernidad-mundo es el principio de circulación (de mercancías, de objetos, de personas). Al menos dos factores sostienen ese principio: por un lado, las innovaciones tecnológicas que forman la infraestructura material haciendo del planeta una red de información; por otro lado, los medios masivos, cuyo circuito desterritorializado constituye el soporte material de una comunicación-mundo que trasciende las particularidades locales o nacionales.

Más recientemente (2014) el sociólogo brasileño ha presentado la hipótesis de que en esta etapa que denomina “Modernidad-mundo”, nos encontramos frente a un predominio de la figura del espacio sobre la del tiempo.[4] Al hablar de local o global, dice, estamos refiriéndonos a categorías espaciales, y el propio término “globalización” se apoya en un rasgo de naturaleza geográfica. Podría decirse que la Tierra es un todo unificado desde el punto de vista ecológico, señala Ortiz, pero no constituye una sociedad global. Por el contrario, la metáfora del espacio hace palpable la diversidad. Involucra en el mundo como contexto común, una serie de partes que poseen temporalidades propias y constituyen territorialidades específicas.

El movimiento de mundialización se apoya en la desterritorialización, constituye un tipo de espacio abstracto, racional, deslocalizado. Al mismo tiempo el espacio, categoría social por excelencia, no puede existir como pura abstracción, y entonces rellena el vacío de su existencia con objetos mundializados que hacen al mundo, en su abstracción, reconocible. La mirada de Ortiz da cuenta de tendencias generales, de grandes procesos sujetos a grandes tensiones entre flujos desterritorializados y prácticas cotidianas de hombres considerados más bien como poblaciones localizadas. Esa caracterización opera como orientación general de nuestras reflexiones, pero nos gustaría incorporar a nuestro análisis la pregunta sobre las tramas: ¿cómo se relacionan los sujetos con esos flujos? Hay en el mundo un conjunto de polos urbanos interdependientes y concurrentes entre sí en los cuales se concentran los flujos de intercambios globales: aeropuertos, carreteras de circunvalación, plataformas logísticas y de información, bolsas de valores, sedes de las grandes empresas, centros universitarios y de investigación. ¿Qué relación tienen los distintos sujetos con esos polos? ¿Cómo participan o se distancian de ellos? Y además, ¿cómo se relacionan los sujetos entre sí formando redes? ¿Cómo participan los sujetos en redes ya conformadas? ¿Qué lugar ocupan esas redes en la configuración espacial?

Entendemos que a través de las acciones, las interacciones, las representaciones y las intervenciones de los sujetos, el espacio distal se constituye como una trama que alcanza una materialidad innegable, que no requiere definirse a partir de la territorialidad ni de las raíces y que se consolida como coordenada ordenadora de muchos de los procesos actuales de producción de la vida, complementando al espacio proximal. De allí que la pregunta sobre la inclusión digital nos imponga la reflexión sobre la construcción social del espacio distal.

Sobre inclusión digital y espacio distal[5]

La Modernidad-mundo funda una nueva manera de “estar en el mundo”, estableciendo nuevos valores y legitimaciones. Una de las imágenes que se ha instalado con más fuerza es la idea de que se amplían los horizontes de los países y de las personas, en parte por la intervención de las tecnologías de la información y la comunicación, ya que les permiten integrar redes, participar en flujos (de capital, de migración de intercambio cultural, etc.), derribar las fronteras espaciales teleactuando e interactuando a distancia. Con el propósito de indagar de qué manera se manifiestan (en caso de que efectivamente así fuera) este tipo de modificaciones, hemos propuesto un abordaje de lo que denominamos “el proceso de construcción social del espacio distal”[6] [7]. Entendemos que suponer que un actor está incluido digitalmente implica suponer también que actúa en el espacio distal y que, por consiguiente, participa en el proceso de construcción de ese espacio. Para el análisis de ese proceso de participación tomamos en consideración las tres dimensiones en las que Henri Lefebvre había identificado que se produce la construcción del espacio: prácticas materiales espaciales, representaciones del espacio y espacios de representación (Lefebvre, 1974; Harvey, 1994, 1998). Nuestro supuesto es el siguiente:

El espacio distal, complementario del espacio proximal, es una trama inestable, asentada en el funcionamiento y usos de teletecnologías. Resulta de un proceso de permanente construcción y transformación en el cual intervienen actores de diversa índole, que asumen diferentes posicionamientos respecto de la accesibilidad, el uso y la apropiación, la dominación y el control y la producción efectiva del espacio.

Proponemos contemplar en el análisis de ese fenómeno los siguientes aspectos:

  1. Acciones, interacciones, navegaciones, parcelas personalizadas, jerarquías, diseños, juegos y conflictos. El espacio distal se constituye como trama en las prácticas materiales.
  2. Discursos e imágenes: realidad virtual, inclusión digital, arquitectura de redes. El espacio distal se constituye como trama compleja y conflictiva en sus representaciones.
  3. Disposiciones, actitudes, capital simbólico, proyectos imaginados, simulaciones. Los espacios de representación construyen el espacio distal superando el espacio físico a través del uso simbólico.

Dijimos que una de las dimensiones de la inclusión digital, tal como nos interesa abordarla, es la participación en el entorno tecnocultural. Participar en el ambiente tecnocultural implica en parte intervenir en el entorno distal. El espacio distal se construye y se habita de manera diferencial, a partir de las experiencias, de las percepciones y de la imaginación. El alcance de los universos[8] que los sujetos construyan y habiten en y a través de las tecnologías digitales interactivas estará signado por las experiencias, percepciones e imaginaciones que desarrollen tanto en el espacio distal como en el espacio proximal.[9]

La trama distal

¿Qué características tiene la participación de los sujetos en la trama que constituye el espacio distal? ¿Qué factores condicionan esa participación? ¿Cómo podemos interpretar esa participación en términos de inclusión digital?

Como primer ejercicio realizamos un estudio cualitativo y cuantitativo considerando personas residentes en localidades de los partidos de San Miguel, José C. Paz, Malvinas Argentinas, Tigre y Moreno, en el área metropolitana de Buenos Aires. Abordamos población en general a través de una encuesta[10] y personas integrantes de hogares con jefes de nivel educativo hasta secundario incompleto, a través de entrevistas en profundidad.[11] Además realizamos dos talleres con jóvenes de un barrio de José C. Paz (participantes del programa nacional El Envión).

Presentamos algunas de las observaciones que estamos generando a partir de esa aproximación. En primer lugar podemos afirmar que, a esta altura de la penetración del medio informático y la conectividad (sobre todo a través de la telefonía móvil inteligente), los sujetos que participan en la construcción del espacio distal son cada vez más y más diversos. Sin lugar a dudas la modalidad más extendida de participación en este proceso es la interacción comunicativa. El 73% de los encuestados tiene un teléfono celular inteligente que usan como principal vía de conectividad. Los usos de Internet más frecuentes son comunicativos: redes sociales (Facebook en primer lugar) y mensajería instantánea (Whatsapp en primer lugar). Estos usos se pronuncian en el segmento más joven (18 a 24) y casi no presentan variaciones por nivel socioeconómico (NSE). Pero también se registran usos (más variables) de correo electrónico, telefonía online y participación en foros. A través de sus interacciones los sujetos van tejiendo la trama del espacio distal.

En segundo lugar, los sujetos tienen una participación desigual en el proceso de construcción del espacio distal. Esta desigualdad se manifiesta en distintas dimensiones. En lo que se refiere a las prácticas espaciales, aquellas que se vinculan con la producción propiamente dicha de los espacios (a nivel de diseño, arquitectura, producción de redes y orientación de flujos, etc.), se han identificado entre los encuestados y los entrevistados de manera muy minoritaria e incipiente y asociadas a niveles educativos y económico-sociales más altos. Como dijimos, las interacciones comunicativas son las prácticas que prevalecen de manera transversal, pero aun así se verifican diferencias cuantitativas y cualitativas. Otro de los factores identificados opera a nivel de los espacios de representación y se vincula con el capital simbólico de los sujetos. Los discursos de los entrevistados dan cuenta de distintos recursos con los que construir espacios imaginados: desde la propia conceptualización del espacio como abstracción hasta la referencia a diferentes representaciones del espacio con las cuales confrontar o a las cuales aludir. El imperativo de la cantidad de contactos en las redes sociales está muy asumido pero no necesariamente opera como espacio de representación (no se visualiza la configuración reticular o simplemente no se objetiva la propia red). Finalmente, las representaciones del espacio también participan de manera desigual en el proceso de construcción. Dependen de las modalidades de recepción y del modo como enraízan en las prácticas espaciales de los sujetos. La idea de la personalización del espacio, por ejemplo, se identifica como muy pregnante y materializada en las construcciones de perfiles en redes sociales.

En tercer lugar diremos que esas diferencias cualitativas y cuantitativas que mencionamos en el párrafo anterior en relación con las interacciones comunicativas influyen en la configuración del espacio distal. Los tipos de interacciones que hemos identificado conforman tramas que son principalmente de dos tipos: a) redes de muchos integrantes pero de no muy alta densidad, con alcances limitados (si se las estima en términos de equivalente en espacio proximal) y con escasos puntos de pasajes de flujos, y b) encadenamientos de baja complejidad (tipo listas).

Hay otros sujetos, con los que no hemos estado conversando, que crecen y viven en otros contextos socioculturales y que tienen otro tipo de participación en el proceso de construcción del espacio distal. Desarrollan prácticas espaciales en las distintas capas de Internet; personalizan espacios en la nube; ganan espacio a través de sus prácticas y relaciones; participan activamente en flujos de transacciones financieras, afectivas, sexuales, comerciales o de otras índoles; desarrollan vidas en universos simulados (más allá de los juegos de las redes sociales).

El alcance de los universos

Solamente por si aún es necesario explicitarlo, recordamos que las tecnologías per se no constituyen ni modifican en ningún sentido aquello que hemos denominado aquí “los universos de los sujetos”. Los universos se expanden si imaginamos que pueden expandirse, si lo deseamos, si tenemos modelos de referencia de universos alternativos, si lo necesitamos, si sabemos cómo hacerlo, si contamos con los recursos materiales…

Las personas con las que hemos estado conversando tejen la trama del espacio distal a partir de sus interacciones comunicativas. Pero no podemos decir que por distal se trate de una trama mundializada que podamos oponer a un espacio proximal localizado. A través de las redes sociales, el chat y el correo electrónico, los entrevistados construyen un espacio que amplía en parte su ámbito de acción, interacción y producción de sentido pero sin forzar los límites de la familiaridad. Se relacionan con personas que residen en el Gran Buenos Aires (91%). Las redes sociales constituyen la principal vía de relacionamiento a través de tecnologías (Facebook y YouTube a la cabeza, seguidos por Google+ y Twiter). El área de las redes se amplía conforme aumenta el NSE: los entrevistados de NSE bajo se relacionan con personas del Gran Buenos Aires, los de NSE medio-bajo incluyen personas del interior del país y los de NSE medio alto mencionan personas de otros países. El uso predominante de las redes sociales es el chat (91%).

Los contactos laborales se verifican sobre todo en el segmento de 35 a 44 años. Uno de los medios más usados para este fin es el correo electrónico, sobre todo cuanto mayor es la edad y el NSE.

En todos los casos (incluyendo telefonía online, de menor penetración) se priorizan las personas del ámbito familiar y amigos. Quienes chatean fuera de la zona de residencia lo hacen con conocidos y pertenecen sobre todo al NSE medio-alto. Solamente un 20% de los encuestados participa o ha participado alguna vez en foros en donde intercambian con desconocidos.

Dos notas más para percibir el alcance de las tramas: 1) entre los distintos tipos de juegos online los encuestados priorizan los que se juegan por redes sociales y lo hacen con otros contactos de su propia red; 2) muchos de los estudiantes secundarios con los que conversamos casi no usan redes sociales sino que participan en grupos de Whatsapp. Valoran fuertemente el número de contactos que tienen los grupos. Cuando el entrevistador sorprendido pregunta: “¡Eh! ¿Dónde conseguiste todos esos contactos?”, el entrevistado responde: “Son los que van a bailar a la misma matineé…”. Uno de los casos en que las tecnologías, más que derribar fronteras, demarcan territorios y consolidan puertas adentro.

Bibliografía

Echeverría, J. (1998). “Teletecnologías, espacios de interacción y valores”. Teorema, Revista internacional de filosofía, XVII(3).

Friedmann, J. (1992). Empowerment: The Politics of Alternative Development. Oxford: Blackwell Publishers.

Harvey, D. (1994). “La construcción social del espacio y del tiempo: una teoría relacional”. Geographical Review of Japan, 67(2) (ser. B), pp. 126-135 (trad. de Dra. Perla Zusman).

Harvey, D. (1998). “Espacios y tiempos individuales en la vida social”. En La condición de la posmodernidad. Buenos Aires: Amorrortu, cap. 13.

Lefebvre, H. (1991 [1974]). The production of space. Londres: Blackwell.

Moore, N. (1997). The Information Society. World Information Report 1997. Paris: UNESCO.

Ortiz, R. (1997). Mundialización y cultura. Barcelona: Alianza Editorial.

Ortiz, R. (2014). Universalismo/diversidad. Contradicciones de la Modernidad-mundo. Buenos Aires: Prometeo.

Rowlands, J. (1997). Questioning Empowerment. Oxfam: Oxford.


  1. Doctora en Ciencias de la Comunicación Social, Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina. Contacto: rcabello@ungs.edu.ar.
  2. El detalle de este trabajo de análisis y definición operativa puede leerse en Cabello, R. (2014). Reflexiones sobre inclusión digital como modalidad de inclusión social, presentado en las VIII Jornadas de Sociología, UNLP. La Plata, 3, 4 y 5 de diciembre.
  3. El autor distingue entre los términos “global” y “mundial”. El primero se refiere a procesos económicos y tecnológicos, y la idea de mundialización se refiere al dominio específico de la cultura. La categoría “mundo” se encuentra articulada en una doble dimensión: la del movimiento de globalización de las sociedades, y la del universo simbólico específico de la sociedad actual (que convive con otras visiones del mundo, con conflictos y acomodaciones) (Ortiz, 1997).
  4. Dice que ya en 1984 Foucault planteaba que la época actual estaría marcada por el espacio, la yuxtaposición de lo simultáneo, de lo próximo y lo distante.
  5. Incluimos un análisis de este tema un poco más desarrollado en otro capítulo de este mismo libro.
  6. Véase Cabello, R. (2015). La construcción social del espacio distal (en prensa).
  7. J. Echeverría (1998) caracterizó los principales rasgos distintivos del entorno distal diciendo que es reticular, eléctrico (virtual), representacional, con movilidad electrónica y gran velocidad de transmisión, digital, aéreo (asentado en los satélites), global, asincrónico e inestable. Se trata de espacios que no están asentados en la tierra ni son presenciales, que carecen de la estabilidad de los espacios naturales o urbanos. Sin embargo, este entorno distal permite comunicarse, transmitir informaciones y realizar teleacciones (como compras, transacciones bursátiles, disparo de misiles, consumo de medios de comunicación, etc.).
  8. Empleamos el término en sentido figurado para referirnos a la totalidad del ámbito de acción, interacción y producción de sentido de las personas, los grupos y las organizaciones.
  9. Es el espacio que estamos acostumbrados a habitar, caracterizado como territorializado, que requiere movimientos físicos para la actuación y que tiende a representarse como recintual (es decir que distingue interior, frontera y exterior).
  10. El estudio consistió en una encuesta realizada mediante técnica de recolección “cara a cara” y cuestionario semiestructurado, con una muestra intencional por cuotas de sexo, edad y nivel educativo. El tamaño de la muestra fue de 152 casos. El trabajo de campo se desarrolló entre septiembre y octubre de 2014.
  11. Consideramos quince entrevistas en profundidad a personas de ambos sexos y cuatro tramos de edad, integrantes de hogares con jefes de nivel educativo hasta secundario completo. El estudio exploró la totalidad de las dimensiones consideradas para el análisis de procesos de inclusión digital. Se consideran aquí únicamente los aspectos vinculados con el interés de este artículo.


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