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¿Crisis del libro y la lectura?
Repercusiones sociales de los cambios en la apropiación de la palabra escrita en el
entorno digital

Alejandra Ravettino Destefanis[1]

Palabras clave: palabra escrita, tecnologías digitales, hipertexto

 

La convergencia entre las industrias culturales y las redes digitales impacta en la relación que los sujetos tienen con la palabra escrita, y resignifica las prácticas culturales de consumo de lectura así como de producción de contenidos. En los últimos años se debate acerca del futuro del libro en torno a preguntas del tipo: ¿resistirán los libros el embate de la tecnología digital? ¿Cambiará Internet el modo en que se lee? ¿De qué modo la literatura se abrirá paso en un medio que parece no ser compatible con ella? Pese a estos interrogantes, la llamada “crisis del libro” no es nueva: desde el siglo XVII hacia el XIX fue un periodo caracterizado por la preocupación por la conservación del patrimonio escrito –y con la invención de la imprenta–, por una abundancia de libros e insuficiencia de lectores y por la tergiversación de lo que el autor proponía originalmente.

Internet, como espacio de experimentación, alienta la creatividad, participación y autogestión, así como circuitos de difusión alternativos. Por ello, indudablemente existe una sobreoferta de títulos, así como una proliferación de contenidos textuales de diversa naturaleza y calidad, estimulados por la facilidad con que puede escribirse y publicarse en la Red. Incluso, la tensión entre la preocupación por el exceso y la necesidad de una recolección del patrimonio escrito pueden conducir a posiciones encontradas. Desde el siglo XVI, toda la reflexión sobre los instrumentos que permiten la conservación y organización de este acopio cultural escrito gira en torno a las bibliotecas, que son su receptáculo natural (Chartier, 1999, p. 31).

Por otra parte, es interesante conocer quiénes articulan estos discursos alrededor de la “crisis del libro”. Un primer discurso yace en el campo académico. Para docentes, pedagogos y otros actores del sistema escolar, que lamentan el descenso de las capacidades y/o de las prácticas de lectura y su impacto negativo en el rendimiento escolar, su preocupación no tiene tanto que ver con la saturación del mercado, sino con la disminución de los lectores frente a la competencia de los medios audiovisuales.

Un segundo discurso yace en el campo editorial. Los editores han manifestado el temor a los medios de comunicación y al texto digital como una amenaza a la producción tradicional de libros. Pero lo curioso es que en estos últimos años es cuando más libros se publicaron en la historia de la cultura escrita. Es decir, si se revisan las cifras de producción en títulos y ejemplares, a nivel mundial así como local, jamás se publicaron tantos libros. En el país, la actividad editorial experimenta un constante crecimiento desde la recuperación iniciada en 2003. Según los registros de la Cámara Argentina del Libro, en los últimos cinco años, la producción editorial aumentó, en promedio, un 5% en títulos registrados y un 3% en ejemplares tirados, considerando novedades y reimpresiones.[2] Datos recientes indican que la cantidad de registros de 2013 aumentó un 5%, no obstante, la cantidad de ejemplares producidos disminuyó un 6% respecto del año anterior (CAL, 2013). También es curioso que se plantee este diagnóstico como un interrogante –¿cuál será el futuro del libro en papel o cómo sobrevivirá la industria ante la digitalización de los contenidos?– cuando la respuesta es ya obvia: el libro impreso sobrevive para algunos contenidos, mientras que para otros la versión digital supera al papel. Ya lo decía Umberto Eco (2003) en la reapertura de la Biblioteca de Alejandría: hay dos clases de libros según su utilidad, leer o consultar.[3] Los primeros exigen una lectura tipo novela, de principio a fin, en tanto las enciclopedias y los manuales, por ejemplo, fueron concebidos para ser consultados, nunca para ser leídos de la primera a la última página –de hecho, han sido los primeros contenidos en digitalizarse después de que durante años se comercializaran las versiones en CR-ROM–. Este tipo de textos ocupan mucho volumen, y que estén disponibles online otorga un doble beneficio: aportan comodidad y disponibilidad. Justamente, los jóvenes lectores mencionaron consumir literatura en papel y manifestar cierto menosprecio hacia ese tipo de lectura en soporte digital: mostraron cierta resistencia hacia las pantallas por los daños en la vista que supone leer por tiempo prolongado. Por su parte, los registros de la industria confirman este dato: los libros de ciencias sociales y jurídicas presentan una concentración estadística mayor en formato digital que en papel, mientras que la literatura adulta y los libros infantiles y juveniles muestran mayor concentración en papel (CAL, 2013). Pero si los contenidos sirven para consultar e informarse, las computadoras y los dispositivos móviles con acceso a Internet resultan el medio idóneo; además revelaron que la portabilidad y fácil acceso son las principales ventajas de las tablets y los smartphones.

Otra pregunta recurrente e instalada socialmente es si los nuevos medios tornarán obsoletos a los libros. Según un informe de la Cámara Argentina del Libro, “las ofertas de contenido compiten en un espacio reconfigurado dinámicamente en función de parámetros de consumo cultural que evolucionan más rápido que la industria editorial” (CAL, 2010, p. 15). Sin embargo, se percibe, más bien, una retroalimentación profunda entre los distintos contenidos y medios. Entonces, sí podrían ser interrogantes válidos los siguientes: de qué modo los editores serán capaces de adecuarse a este nuevo modelo de negocio, cuáles son las estrategias imperantes y las perspectivas futuras del mercado del libro, considerando la heterogeneidad del campo editorial –grandes sellos, mega corporaciones, cooperativas autogestionadas, editoriales artesanales tipo boutique, etcétera–.

Un tercer discurso yace en el campo literario. Los autores podrían preguntarse respecto de su futuro: ¿existirán los autores cuando cada uno decida el final de una novela según su voluntad? ¿Llegará el día en que cualquier individuo pueda reescribir el Ulises de Joyce desde su computadora? ¿La Red atenta contra la literatura? ¿La nueva civilización hipertextual eliminará la noción de autoría? Pese a estos temores, la escritura y la lectura ya estuvieron vinculadas en el pasado. Seguramente la transformación de una lectura en escritura se relacione con la “revolución de la lectura” en el siglo XVIII, alrededor de un género nuevo, la novela. Se definieron un nuevo estatuto de autor y una nueva práctica de lectura que condujo a la práctica de la escritura –pues la novela llevó a los lectores a escribirle habitualmente al autor– (Chartier, 1999, p. 116). Esto mismo lo demostró Darnton (1986, 1996) con el caso de Rousseau, autor a quien se dirigían epistolarmente sus lectores frecuentemente, si bien el fenómeno se estableció con Samuel Richardson y el éxito de sus novelas Pamela o la virtud recompensada (1740) y Clarissa o la historia de una señorita (1748), que lo llevó a integrar en las reediciones las cartas de sus lectores. En este sentido, el fanfiction y la participación de los lectores en las blognovelas, textos construidos en comunidad, pueden considerarse ejemplos contemporáneos de aquello que fue el envío de cartas de lectores a los autores de la novela del siglo XVIII.

Por otro lado, podría cuestionarse la supervivencia de la figura del escritor y de la obra de arte como unidad orgánica, aunque ya se vieron amenazadas en el pasado. Inclusive, la idea de ausencia de autoría en relación con el arte popular colectivo en el que cada participante aporta lo suyo es un lugar común. No obstante, como sugiere Eco (2003), es necesario señalar una diferencia entre la actividad de producir textos infinitos y la existencia de textos ya producidos, que pueden interpretarse de infinidad de maneras aunque son materialmente limitados. Antes de la Revolución Digital, los poetas y narradores soñaron con un texto totalmente abierto para que los lectores pudieran recomponer de diversas maneras hasta el infinito. Ese era el concepto de Le Livre, según lo predicó Mallarmé; “pero es una ilusión de libertad”, dice Eco. La maquinaria que permite producir un texto infinito con un número finito de elementos existe desde hace milenios: el alfabeto. Por el contrario, un texto-estímulo que no provee letras o palabras sino secuencias preestablecidas de palabras o de páginas no posibilita inventar lo que se desee, porque solo se es libre de desplazar fragmentos textuales preestablecidos en una cantidad razonablemente importante. Aun reconociendo estas limitaciones, Internet alienta la experimentación, co-creación y divulgación de contenidos. En este sentido, pueden entenderse las inquietudes vinculadas con el copyright debido al carácter modificable de los textos. Los autores están especialmente preocupados por el hecho de que la disponibilidad global e ilimitada del acceso a Internet acabe por debilitar sus defensas contra el plagio y la piratería editorial. Seguramente las leyes de copyright que surgieron en el siglo XVIII y se consideran universales fueron propias de la era de la cultura impresa, pero resultan anacrónicas dadas las condiciones de intercambio contemporáneas.

Bibliografía

Cámara Argentina del Libro (2010, 2013.). “Informe estadístico anual de producción del libro argentino”. Recuperado el 10 de junio de 2015 de http://goo.gl/M9aXph.

Chartier, R. (1999). Cultura escrita, literatura e historia. México: Fondo de Cultura Económica.

Darton, R. (1986). “Le lecture rousseauiste et un lecteur ordinaire au XVIIIe siècle”. En Chartier, R. Pratiques de la lecture, pp. 161-199. París: Editions Rivages.

Darton, R. (1996). “El lector como misterio”. Fractal 2 y 3, 1(1), pp. 77-98, 39-63.

Eco, U. (7 de diciembre de 2003). “Resistirá”. Página/12, “Radar”.


  1. Socióloga. Docente e investigadora (UCES). Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA). Buenos Aires, Argentina. Contacto: a-rades@live.com.ar.
  2. Este cálculo surge del análisis comparativo efectuado con los boletines estadísticos publicados por la Cámara Argentina del Libro en su sitio http://goo.gl/9HC5zY.
  3. Publicado originalmente por el semanario Al-Ahram, el suplemento “Radar” reproduce el texto completo de la conferencia dada por Umberto Eco. Recuperado el 7 de diciembre de 2003 del sitio de Página/12, http://goo.gl/eYoI0y.


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