(Chubut, Argentina, 1910-1960)
Leticia Curti[2] y Marcos Sourrouille[3]
Definición
El lobero de las costas chubutenses de la primera mitad del siglo XX, era un trabajador rural, que se dedicaba a la captura y matanza de lobos marinos (Otaria flavescens) y su procesamiento posterior in situ. Se trataba de un oficio terrestre, de carácter estacional y complementario con otras actividades rurales como la esquila en los campos patagónicos.
Origen
La etimología del concepto se remite al sustantivo “lobo”, al que se agrega el sufijo “ero” que indica oficio, profesión, cargo, empleo o quehacer. Si bien el oficio es nombrado en relación a los lobos marinos (Otaria flavescens), la denominación se aplica a los participantes en la caza de pinnípedos en general. Se referencia con este término a aquellos que se dedicaban a cazar lobos o elefantes marinos con un objetivo económico. Este concepto nativo es usual en la terminología marítima al menos desde el siglo XVI y el adjetivo se aplica indistintamente a los patrones, los marineros y los barcos.
Mínima historia de la caza de lobos
El registro arqueológico muestra que los pueblos indígenas de la costa patagónica cazaban lobos marinos al menos desde hace 4800 años, realizando un aprovechamiento integral de los mismos: se utilizaban tanto la grasa, como la carne, los huesos y el cuero, para la confección de capas, arpones, cuñas y bolsas entre otros artefactos (Gómez Otero y Suárez, 2005; Gómez Otero et al., 2017). La caza de pinnípedos en las costas de Patagonia, como parte de las estrategias de subsistencia de sus habitantes, no produjo impactos significativos en las poblaciones de estos animales.
A partir del siglo XVIII, las incursiones de buques loberos norteamericanos y europeos, que ya habían provocado la drástica disminución de las poblaciones de pinnípedos en el hemisferio norte, produjeron matanzas en gran escala en las costas e islas de los mares australes (Haller, 2023). La reacción de las autoridades coloniales españolas consistió, por una parte, en la instalación de una serie de fuertes y colonias en las costas patagónicas, en un intento infructuoso de controlar efectivamente esos territorios y sus recursos (Buscaglia y Bianchi Villelli, 2016). Por otra, en la creación de la Real Compañía Marítima que implicó la confluencia del proyecto colonial con la explotación del recurso por parte de privados, y su presencia en Puerto Deseado constituyendo el primer antecedente de un asentamiento permanente de loberos en la costa atlántica de la Patagonia (Silva, 2020; Vales, 2024).
Tanto las incursiones de los loberos ingleses o norteamericanos como los intentos de crear asentamientos permanentes ligados a la actividad, implicaron necesariamente relaciones con los pobladores indígenas (Mayorga, 2020). En tal sentido, las relaciones de colaboración o eventual conflicto entre estos sujetos, así como la circulación de objetos y conocimientos resultante de los contactos, son parte de la historia social y ambiental de la región.
Ya en tiempos republicanos, hubo intentos de organizar la caza de lobos a partir de asentamientos permanentes en la región en diferentes momentos del siglo XIX, aunque su duración fue efímera en todos los casos (Dumrauf, 1996, 2018).
Las loberías que operaron en el siglo XX en la costa patagónica fueron reglamentadas y concesionadas a capitales privados por decisión del gobierno nacional, ya que hasta fines de la década de 1950 Chubut siguió siendo un territorio nacional sin autoridades electivas propias. La Ley 1055, sancionada en 1880, dispuso la prohibición de la caza de lobos bajo apercibimiento. Sin embargo, la Ley 9475, promulgada en 1914, autorizó nuevamente la matanza. Por último, el Decreto 1216 del Poder Ejecutivo Nacional de 1974 volvió, hasta la actualidad, a prohibir la caza de lobos marinos.
Las poblaciones de estos animales fueron muy afectadas por la caza en el período de actividad de los loberos durante la primera mitad del siglo XX. En Punta Ninfas y Península Valdés, entre 1917 y 1953 se cazaron más de 260.000 ejemplares (Campagna y Capozzo, 1986; Gómez Ríos et al., 2012). Si bien el número de individuos tiende a crecer actualmente, está lejos de llegar a las cifras estimadas para el período previo a la caza sistemática (Crespo y Pedraza, 1991; Grandi et al., 2009).
Lobos y loberos en el siglo XX
Los animales eran objeto de un aprovechamiento integral (Carrara, 1952; Fernández et al., 2004). A partir de la grasa extraída se obtenían de productos de uso industrial, como el aceite para las curtiembres; también se hicieron ensayos en la fabricación de jabón y para usos medicinales. El cuero del lobo se usaba para fabricación de carteras, guantes, cigarreras, portafolios y calzado. Los colmillos se usaban para puños de bastones, paraguas y objetos de adorno.
Los antecedentes señalan la complementariedad entre las estacionalidades de la esquila y de la caza de lobos, que estaba vedada entre los meses de abril y octubre. Por ende, estas actividades podían ser realizadas por las mismas cuadrillas de trabajadores transitorios, llamadas “comparsas” (Campagna y Capozzo, 1986; Fernández et al., 2004, 2008). Las comparsas eran organizadas y dirigidas por capataces, que a su vez respondían a los concesionarios de los permisos de explotación. Estos últimos eran generalmente los propietarios de los campos sobre cuyas costas se asentaban las loberías (Fernández et al., 2004, 2008).
Los loberos vivían en campamentos precarios, expuestos a las inclemencias climáticas, y gran parte del día vestían la ropa húmeda, además de tener que convivir con los olores derivados de la faena y los restos en descomposición depositados en las inmediaciones. La herramienta de matanza que utilizaban era el garrote macizo, un palo de roble grueso que manipulaban habitualmente con una sola mano para balancear el peso del golpe sobre la cabeza y cuerpo del lobo.
Los loberos debieron comprender la lógica de la organización social y familiar de los lobos y de sus técnicas de protección, a los fines de hacer más eficiente y seguro su trabajo. Cuando los lobos se sienten amenazados, se ubican conformando un triángulo, con vértice hacia el mar y la base hacia la barranca. El extremo de ese triángulo está formado por los lobos machos, en segunda línea se encuentran los jóvenes fuertes más numerosos y agiles, tercera línea lobas sin crías, bravas y agresivas, por último, las madres con crías y en el centro los animales más pequeños. Ante una situación de peligro, derivada de la defensa por parte de los lobos, los matadores deberían extenderse contra el piso y reptar hasta escapar del riesgo. Esta era la mejor actitud de amparo, ya que se sabía que los lobos marinos no pueden bajar su cabeza hasta menos treinta centímetros del piso (Bergadá Mugica, 1955).
El primer paso de la cacería consistía en acorralar a los animales, interponiéndose en la salida al mar, para luego realizar la matanza en grupo en corrales que se construían aprovechando las zanjas, desniveles y cañadones naturales.
Las tareas de matanza e industrialización se hacían en el mismo campo, en una serie de procedimientos organizados secuencialmente. Tras el arreo y la matanza, se faenaba cada animal separando cuero de grasa, lo que en la jerga lobera se conocía como “fichaje”. Luego los cueros pasaban por un proceso de salazón para conservarlos. Por otra parte, se usaron calderas a presión por vapor de agua in situ para producir el aceite (Fernández et al., 2004; Gómez Ríos et al., 2012). En nuestros días, en Península Valdés se encuentran restos de estas calderas, registro material de aquella actividad.
Reflexiones y debates
Actualmente, los vestigios materiales y las memorias del oficio son parte del patrimonio histórico y cultural chubutense y existe una incipiente puesta en valor a través del turismo rural en la Península Valdés.
Desde las ciencias naturales, los estudios de ecología de poblaciones han constatado la enorme magnitud del impacto de la caza sobre las poblaciones de lobos marinos, al tiempo que han mostrado la tendencia actual a una incipiente recuperación.
Pensar en este oficio desde el presente es una herramienta para desnaturalizar las concepciones vigentes sobre las relaciones entre sociedad y naturaleza, mostrando su carácter de construcción social, históricamente situada.
En la actualidad, la imposición de los paradigmas de la conservación y el turismo sustentable sobre este mismo territorio ha derivado en la estigmatización del oficio del lobero, juzgado de forma negativa al extrapolar escalas de valoración de nuestro tiempo a las prácticas pasadas. Sin embargo, una etnografía retrospectiva del trabajo de los loberos permite comprenderlo en su propio contexto, resignificándolo como un trabajo que forma parte de la multiplicidad de experiencias históricas de los trabajadores rurales chubutenses. La figura del lobero es imprescindible en la reconstrucción y comprensión de las configuraciones pasadas de los territorios costeros chubutenses y sus articulaciones con otros espacios.
Resulta notable el rápido pasaje de la construcción del lobo marino como una especie perjudicial y objeto de caza e industrialización en la primera mitad del siglo XX a las actuales visiones conservacionistas y su status como animal carismático en los imaginarios turísticos y patrimonialistas.
Desde una perspectiva antropológica, la reflexión sobre la estigmatización e invisibilización de un oficio que fue central en el poblamiento de la región y su articulación en diferentes circuitos económicos, puede resignificar el lugar en las memorias colectivas de estos “patrimonios incómodos”, que ponen en entredicho las imaginaciones hegemónicas proyectadas sobre el pasado regional.
Bibliografía
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Vales, D. G. (2024). A reconstruction of the marine mammal harvest by the Real Compañía Marítima through the analysis of historical sources (AD 1790–1804). The Holocene.
- Recibido: marzo de 2024.↵
- Profesora y Doctoranda en Ciencias Antropológicas, Universidad de Buenos Aires (UBA). Becaria doctoral en el Instituto de Diversidad y Evolución Austral (IDEAus-CONICET). Contacto: letycurti@gmail.com.↵
- Profesor y Doctor en Historia, Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigador Asistente del CONICET, con lugar de trabajo en la Universidad del Chubut. Docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (FHCS–UNPSJB). Contacto: soumarcos48@gmail.com.↵






