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Extensionista[1]

(Latinoamérica, siglos XX-XXI)

Gustavo Cimadevilla[2]

Definición

Profesional o idóneo, el o la extensionista es un agente que depende del sector público o privado y cumple sus labores tomando como materia prima principal la experiencia y el conocimiento que se asocian a una problemática particular: puede ser productiva o del ámbito del bienestar de una población en la que interviene. El o la extensionista, entonces, lo que “extiende” (del latín extensio: compuesto por el prefijo ex = fuera; y el vocablo tensio = tenso, estirado; como un desplegar hacia afuera) es información, saberes, conocimientos, habilidades y prácticas propias de un lugar o comunidad y/o especialidad. Estas, observadas como convenientes por una institución, conjunto de actores o emprendimiento, se proyectan a otros espacios, actores y comunidades a través de diversas modalidades de acción e interacción. A veces personales y otras mediadas por dispositivos de divulgación.

Las primeras prácticas extensionistas

El término extensionista es relativamente contemporáneo. La extensión como práctica o actividad se institucionaliza recién en el siglo XX, aun cuando puedan encontrarse antecedentes de experiencias que asumen esas características en épocas anteriores. A saber, la identificación de situaciones problema (de carencia o escasez, inexistencia o existencia perniciosa o inadecuada de cierta condición) que ameritan la intervención de uno o varios agentes legitimados para modificar esos estados de realidad.

En ese marco, alguna de las áreas en las que tempranamente se han llevado adelante actividades de intervención extensionista es la agropecuaria, así como también en el ámbito de la salud, sobre todo ante cuadros epidémicos. En esos casos, los agentes no necesariamente se han llamado o identificado como extensionistas, pero sus tareas sí pueden reconocerse hoy como típicas de ese tipo de actores.

En la Gran Bretaña del siglo XIX, por ejemplo, suele citarse como caso la “Carta de Clarendon”. Un documento del Conde de Clarendon (1847), Gobernador de Irlanda, dirigida al presidente de la Real Sociedad de Agricultura, Duque de Leinster, en el que le solicitaba colaboración para mejorar las prácticas agrícolas de los pequeños agricultores. Sobre todo, después de que la producción se viera fuertemente afectada por una peste que alcanzó los plantíos de papa entre 1845 y 1850. A entender de Clarendon, era necesario designar a un grupo de personas con conocimientos sólidos sobre las prácticas agrícolas para que visiten y comuniquen a los granjeros cómo mejorar sus hábitos y prácticas de cultivo. Esa solicitud, permitió que a fines de ese año de 1847 diez instructores comenzaran a trabajar como “extensionistas” consiguiendo resultados significativos, razón por la cual el programa amplió el número de agentes hasta llegar a 33 (Jones, G. Traducción de J. Almeida, 1989).

En el campo de la salud, por otro lado, también en esa parte del mundo hay casos interesantes para considerar. Como lo fueron los diversos brotes de cólera que afectaron a la población de Londres entre 1831 y 1866 y en las que se destacó el joven médico John Snow (1813-1858). En esas coordenadas, Snow innovó en el estudio de las causas incluyendo en sus análisis la observación, las encuestas y la comparación de casos in situ, considerando espacialidades y cronologías (comparó bombas de extracción de agua para uso público y su relación con la enfermedad, advirtiendo las fuentes de contaminación) y razonando retrospectiva y prospectivamente hasta conseguir orientar las políticas públicas. Su acción, sin dudas, trasvasó el oficio de curar de la época y su preocupación y ocupación por la profilaxis lo configuró como un agente activo que uniendo experiencia y conocimiento logró instalar un nuevo modo de ver y enfocar el problema sanitario (Cerda y Valdivia, 2007).

Cercano a ese territorio, otro insigne médico fue el húngaro Ignác Semmelweis (1818-1865). Semmelweis, estando en el Hospital de Viena, se interesó por el significativo número de fallecimientos que ocurrían en ocasión de producirse los partos (en proporciones alarmantes: 96 %). Su experiencia le permitió advertir entonces que la causante era la falta de asepsia y que ésta se daba de manera diferente en una sala respecto de otra. Así, su sospecha se orientó a postular que esa disimilitud se debía al tráfico de agentes desencadenantes y que podía vincularse a la presencia de estudiantes que venían de otras prácticas en la morgue del hospital. Estos, pensaba, muy posiblemente al realizar tactos de cadáveres quedaban con restos que causaban a posteriori la enfermedad. A partir de esa lectura, Semmelweis propuso el lavado de manos y, a poco de instalarse esa práctica, los fallecimientos decayeron rápidamente a valores ínfimos. La nueva práctica, no sin detractores, se impuso gracias al tesón del médico que fue un perseverante agente profiláctico (Fresán, 1991).

Pero este tipo de ejemplos, claro, pueden multiplicarse para infinidad de casos e incluso disciplinas y campos de aplicación. Es decir, instalada la ciencia moderna y una concepción activa sobre el progreso del conocimiento, las labores para difundirlo, transferirlo y aplicarlo a otros casos considerados semejantes o vinculables, ha sido una constante que perdura y da sentido incluso a las prácticas extensionistas contemporáneas.

El extensionismo en la literatura

Sobre ese plano, diversos imaginarios también se desencadenaron y por eso la literatura, incluso de ficción, da cuentas de obras interesantes en torno a la figura de personajes que cultivaron ese rol de agentes de cambio. Citemos al menos dos que, para muestra, resultan emblemáticos. Una es “El Extensionista” de Felipe Santander (1980), un autor mexicano que posiblemente contó en ese texto su propia experiencia como ingeniero agrónomo en el México profundo. En la reseña sobre el relato —que fue llevado al teatro y también al cine (1989)—, se destaca la figura de

“El extensionista , que es un joven ingeniero agrónomo que al graduarse y obtener un puesto en el gobierno descubre, poco a poco, el mecanismo del juego del poder, la corrupción en el ámbito burocrático y el recelo justificado del campesino aunado a sus grandes carencias materiales, educativas y de justicia (García, Revista Proceso, s/f)”.

El personaje, perfilado como un profesional foráneo, representa a un joven idealista que al tomar contacto con la realidad y las injusticias pone todo de sí para cambiar el destino del pueblo en el que por mandato del Gobierno fue a asesorar, hasta el punto de exponer su trabajo y su propia vida. La obra, que denuncia los viejos problemas de los latifundios y la gran masa de campesinos empobrecidos, resulta un relato clave para comprender cómo ciertos roles profesionales o de oficios se asocian a quehaceres rayanos con la política y los compromisos fuertes con las convicciones. Al punto que discutir su papel implica, en muchos casos, discutir valores y concepciones y por tanto ideologías.

De manera equiparable, pero con otro punto de vista complementario, la segunda obra que nos interesa rescatar es Un Médico Rural (1917) de Franz Kafka (1883-1924). El autor nacido en Praga, relata en Un Médico Rural las vicisitudes de un médico que instalado en el interior debe decidir entre asistir a pobladores que menosprecian su trabajo o salir a auxiliar a su criada que está en manos de un abusador. En su decisión se enquista un dilema: ¿a quién servir? y ¿a qué servir? Y es que esa y otras tantas disyuntivas, ¿no son las que viven a diario quienes ponen su conocimiento y esfuerzo para atender a necesidades de comunidades ajenas a su propio núcleo?

En ese médico, un agente de la salud al servicio de un pueblo que solo espera del profesional que satisfaga sus necesidades, se cobija un punto de inflexión opuesto al de la obra de Santander. Aquí el problema no son las convicciones colectivas y los valores que trascienden a la sociedad como un todo, sino las propias contradicciones que como sujetos tenemos toda vez que frente a opciones debemos decidir hacia qué lado inclinamos la balanza.

Miradas de la academia

Pero los casos que relata la literatura en postales de la vida cotidiana no son ajenos a las tradiciones que desde la propia academia se cultivaron para poner en discusión el rol de los agentes de cambio, el papel de los extensionistas en particular y de las agencias de intervención en general. En ese marco, un texto insoslayable pertenece a Paulo Freire (1921-1997) y es Extensión o Comunicación (1971), una obra en la que el autor pernambucano pone en crisis el rol del profesional moderno que muñido de un conocimiento experto olvida que su interlocutor también tiene una trayectoria de vida, experiencias y conocimientos que merecen respeto y diálogo. Al respecto plantea:

“La relación del agrónomo con los campesinos de orden sistemática y programada, debe realizarse en situación gnoseológica, por tanto, dialógica y comunicativa. (…) Uno de los motivos del equivoco frente a las primeras dificultades para la comunicación con los campesinos es no percibir que el proceso de comunicación humano no puede estar exento de los condicionamientos socio-culturales” (Freire, 1971, Cap. III, 5).

Para evitarlo, el autor postula entonces ejercer un humanismo concreto y dialógico. Su reivindicación del diálogo como instrumento para el entendimiento y el conocimiento de la realidad que merece diagnóstico implica no caer en la simplicidad de mudar de campo disciplinar o del uso de vocablos, sino oponer en Extensión Vs. Comunicación la posibilidad de cultivar como profesional -cualquiera fuese su experticia- un ejercicio diferente, en la que prime el respeto de pares sin dominancias. Esto es, la de constituirse como un sujeto donde “la humanización de los hombres, rechace toda forma de manipulación, en la medida que esta contradice su liberación” (Freire, 1971, Cap. III, 5).

Esta postura crítica de Freire dará inicio entonces a una tradición humanista y liberadora contrapuesta a la que la actividad extensionista —fundamentalmente rural— venía pregonando desde los años cuarenta en su forma ya institucionalizada. A saber, la extensión rural promotora de adopción de innovaciones desde las agencias de fomento que, particularmente en los EEUU, servía para difundir tecnologías de insumos, herramientas y procesos que respondían al orden de las políticas vigentes en la Unión. En los años cincuenta, dicho modelo fue copiado en muchos países latinoamericanos, adoptando estructuras semejantes, aunque con variantes locales: como INTA en Argentina, INIA en Chile, PDA en Uruguay, EMBRAPA-EMATER en Brasil e IBTA en Bolivia, entre tantos otros. Y contó con asesorías y apoyos internacionales a cargo de FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) e IICA (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura), además de otros programas específicos como el de la Alianza para el Progreso, promovido por la gestión Kennedy, EEUU (Thornton y Cimadevilla, 2003).

En ese sentido, quizás Everett Rogers (1931-2004) resulte el intelectual más referenciado para pensar en las recetas que en torno al llamado “difusionismo” se seguían para promover el cambio técnico y el desarrollo rural basado en la difusión de innovaciones. Un planteo que, puesto en tela de juicio por su acrítica forma de pensar el “desarrollo”, facilitó que productivismo Vs humanismo ocupara muchas de las escenas en las que el rol del extensionista podía ser debatido desde la academia y también desde la praxis del trabajo de campo.

Los cambios generacionales, las mudanzas en las políticas nacionales y los continuos y progresivos avances tecnológicos, sobre todo para las producciones extensivas e intensivas, fueron agregando significativas cuotas de pragmatismo a las posibilidades de discusión y otros marcos paradigmáticos como el desarrollado por la Universidad de Wageningen (Holanda) —entre otras— amplió el panorama de los enfoques posibles (De Hegedüs, 1996).

Cercanos a nosotros, en tanto, Castro (2003) propone pensar la extensión a partir de tres modalidades en la que suele ejercerse: la extensión como participación, como servicio o como intervención. Para el autor, la primera modalidad es la que más horizontalidad ofrece en la relación, pues se constituye como invitación a compartir y buscar soluciones conjuntas. En la segunda, advierte que la relación tiende sobre todo a ser asistencial y contractual, y por tanto carente de mayor compromiso que no sea el convenido. Finalmente, en la extensión como intervención Castro entiende que, si bien es la más habitual en las instituciones, es totalmente unidireccional y trabaja para trasladar sobre todo su cosmovisión del cambio al resto de los actores sin contemplar sus propias condiciones ni necesidades.

Para nosotros, en tanto, la práctica extensionista suele tener en sus rutinas cotidianas momentos diversos en los cuales esas modalidades pueden convivir e incluso experimentarse con desplazamientos continuos toda vez que los agentes y quiénes son sus interlocutores atraviesan necesidades, condiciones y búsquedas en las cuales desenvuelven actuaciones distintas. A veces, incluso paradógicas (Cimadevilla y Carniglia, 1995) o contradictorias (Cimadevilla, 2010). Mientras una situación es insoslayable: actuar en extensión es intervenir. Es, tal cual como lo plantea el término intervención (inter = entrar; vención = venir; entrar sobre lo que va a venir), ejercitar acciones que se meten en escenarios ajenos y diversos para construir destino. Es decir, para facilitar que ciertas condiciones y órdenes se establezcan de determinado modo y no de otro; haciéndolo siempre con la priorización de ciertos valores y con mayores o menores anuencias sobre lo que pretende ser establecido (Cimadevilla, 2004).

Reflexiones

Ahora, para y sobre el extensionista, siguen vigentes muchas de las preguntas iniciales que acompañan a esta figura profesional o idónea que viste los paisajes rurales o está presente en ciertas realidades del campo sanitario, alimentario o del trabajo social: ¿A quién sirve o debe servir un extensionista: a su patrón (Estado o Empresa) que lo contrata o a quienes son parte de la comunidad a la que asiste? ¿Qué grados de libertad tiene el extensionista que se sabe dependiente para enfocar su trabajo cotidiano? ¿Cómo puede el agente de cambio articular las convicciones de sus demandantes —que pueden ser diversas e incluso contradictorias— con las de su institución y también las propias? ¿Qué vale más, su condición técnica o su militancia o convicciones? ¿Cómo puede, si no es con la vara de la historia, medir hasta qué punto su actuación resulta en beneficio para quienes acompaña con su labor? Preguntas que antes que promover respuestas únicas, incitan a pensar las actuaciones de cada día.

Bibliografía

Castro, E. (2003). El punto de inserción. En R. Thornton y G. Cimadevilla (Eds.), La extensión rural en debate (pp. 41-65). Buenos Aires, Argentina: Ed. INTA.

Cerda, J. y Valdivia, G. (2007). John Snow, la epidemia de cólera y el nacimiento de la epidemiología moderna. Revista Chilena de Infectología, 24(4), 331-334.

Cimadevilla, G. (2004). Dominios. Crítica a la razón intervencionista, la comunicación y el desarrollo sustentable. Buenos Aires, Argentina: Prometeo.

Cimadevilla, G. (2010). Dialéctica de la participación. En R. Thornton y G. Cimadevilla (Eds.), Usos y abusos del participare (pp. 55-66). Buenos Aires, Argentina: Ed. INTA.

Cimadevilla, G. y Carniglia, E. (1995). El efecto paradoja en la comunicación rural. Revista de la Universidad Nacional de Río Cuarto,15(1-2), 47-60.

De Hegedüs, P. (1996). La extensión rural y el pensamiento internacional. Extensão Rural, 11(11). CPGER-UFSM, 1-8.

Freire, P. (1971). Extensión o comunicación. Rio de Janeiro, Brasil: Continuum.

Fresán, M. (1991). El perdedor Iluminado. Ignaz Semmelweis. México: Pangea Editores.

García, E. (s/f). El extensionista. Dar voz a los que no la tienen. Revista Proceso.com.mx. Archivo Ed. México. Recuperado de https://www.proceso.com.mx/

Jones, G. (1989). Traducción de J. Almeida. Extensão Rural, 1(1). CPGER-UFSM, 1-35.

Kafka, F. (1980). Un médico rural [1917]. Impedimenta ed. Recuperado de: t.ly/Jqvjy

Santander, F. (1980). El extensionista. México, Casa de las Américas.

Thornton, R. y Cimadevilla, G. (Eds.) (2003). La extensión rural en debate. Buenos Aires, Argentina: Ed. INTA.


  1. Recibido: agosto de 2019.
  2. Licenciado y Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC, Argentina) y Master en Extensión Rural por la Universidad Federal de Santa Maria (UFSM, Brasil). Docente Investigador del Departamento de Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Humanas de la UNRC. Director del Doctorado en Ciencias Sociales de la UNRC. Presidente de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación (2018-2020).Contacto: gcimadevilla@yahoo.com.ar/ gcimadevilla@hum.unrc.edu.ar


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