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Ligas Agrarias[1]

(Argentina, 1970-1976)

Julieta Peppino[2]

Definición

Las Ligas Agrarias (LA) conformaron un movimiento de campesinos y productores rurales que se produjo en la región nordeste de Argentina en la década de 1970, desmantelado por el terrorismo de Estado denominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Constituyeron una herramienta gremial y política —inspiradas en la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas paraguayas de la década anterior— que organizó a los trabajadores y pequeños productores rurales con el fin de enfrentar a las grandes empresas y latifundios que controlaban el ciclo económico de productos agrícolas extra pampeanos (algodón, tabaco, yerba mate, té, cítricos y productos avícolas).

Origen del nombre

La palabra Liga (ligar), en su etimología —del latín ligō, ligāre— refiere a “atar” o “unir”. Entre las versiones que existen acerca del origen del nombre, cuentan que una mujer que formaba parte de los grupos de reflexión sobre la realidad campesina, recurrió a la figura de la cinta elástica utilizada para sujetar las medias, llamada liga, para representar la idea de unidad y sostén que venían construyéndose entre los campesinos y campesinas. De allí el nombre de “Liga”. La caracterización de “agrarias” remite al sujeto que protagoniza este movimiento. La autodenominación de ligas “cristianas”, en el caso de Paraguay, puede relacionarse a la injerencia de las órdenes religiosas en las zonas rurales, pero fundamentalmente se vincula a la identidad del pueblo paraguayo, de una fuerte impronta cristiana.

Para el caso argentino, solo se recupera la caracterización como “Ligas Agrarias”, buscando construir una herramienta que contenga a un sujeto rural heterogéneo en cuanto a sus orígenes migratorios, pertenencia religiosa, y posicionamiento ideológico y/o partidario (Olivo, 2013). La denominación de Ligas “agrarias” —en lugar de “ligas algodoneras” o “ligas tabacaleras”— permitió aglomerar al conjunto de los trabajadores y trabajadoras rurales, así como también a otros actores de la comunidad, y construir un movimiento político a escala regional.

Desde sus inicios declararon su carácter apartidario, con el objetivo de buscar exclusivamente la participación activa del campesinado, impulsando un cambio auténtico, con sentido nacional y popular (Ferrara, 1973).

Contexto de surgimiento

Hacía 1960 se abre un período de diversificación de la producción agropecuaria ligada a las demandas internacionales, configurando nuevas áreas agrícolas. Los trabajadores agrarios, organizados en cooperativas, entregaban la producción a empresas agroindustriales en forma directa. En este contexto, el nordeste argentino constituyó la región con mayor peso entre las explotaciones campesinas, vinculadas a la agroindustria. Allí se produjo el auge de la producción algodonera, en Chaco, Formosa y norte de Santa Fe; diversos cultivos como la yerba mate, el tung y el té en Misiones; y la producción tabacalera en el departamento de Goya, de la provincia de Corrientes. Hubo también un importante desarrollo avícola y citrícola en Entre Ríos y de la producción lechera, en el sur de Córdoba y Santa Fe. Producto de una política estatal que fomentaba el ingreso de grandes flujos de capital extranjero y su concentración, los grandes monopolios impusieron las condiciones de producción y comercialización arrasando con las economías regionales y de subsistencia. Esto imposibilitó el crecimiento y la modernización de las producciones familiares (Archetti, 1988; Galafassi, 2006). Hacia 1970, se intensifica la crisis económica llevando a una situación alarmante a los sectores rurales. Los monopolios se configuraban como un “enemigo común” para esos sujetos, habilitando la convergencia de estrategias similares de resistencia, sin perder las singularidades de cada región. El resultado de este proceso fue la organización y movilización de miles de familias rurales durante la primera mitad de la década de 1970.

El núcleo fundamental del desarrollo liguista coincide con lo que Jorge Roze (1992) ha denominado como “región complementaria”, refiriéndose a las zonas agrícolas que no participan de la producción agroexportadora que define el carácter del país, sino que se incorporan en algunos casos ligándose a diferentes circuitos de realización de su producción.

Características del sujeto liguista

Existe un amplio debate acerca del modo en que categorizamos a estos sujetos sociales. Primeramente, desde una perspectiva homogénea del proceso liguista (Ferrara, 1973), se sostuvo que las Ligas representaban al campesinado pobre y medio del nordeste argentino. Otros autores, destacando la diversidad de realidades que atravesaban esta organización, resaltaron el carácter heterogéneo de este sujeto en función de las estructuras de clase en las cuales se desenvolvían los productores (Roze, 1992). En esta dirección se propuso la categoría de farmer(Archetti, 1988; Adobato, 2011) para caracterizar a los sujetos liguistas del norte santafesino. Más adelante, superando esta dicotomía, se comprendió que la base social de las Ligas se componía de una amplia diversidad de productores, desde campesinos pauperizados hasta chacareros medianos (Masin, 2009), por lo cual, más allá de la condición económica, podemos hablar de un sujeto histórico colectivo (Ferragut, 2015) que se identificaba en las Ligas Agrarias. Lo que unificó a estos sujetos de diversos orígenes y realidades económicas fue la necesidad de construir una herramienta para defender sus intereses frente al avance de los grandes monopolios agroexportadores y financieros.

Origen y desarrollo de las Ligas Agrarias en Argentina

La aparición pública de las Ligas Agrarias acontece el 14 de noviembre de 1970, en el marco del Primer Cabildo Abierto de las organizaciones campesinas, realizado en Sáenz Peña, provincia de Chaco, Argentina (Ferrara, 1973). Surgieron como una herramienta de defensa de los trabajadores y productores algodoneros para mejores condiciones en la producción y comercialización ante el avance de los grandes monopolios. Progresivamente fueron profundizando las demandas y expandiendo la organización a otras regiones de la argentina. En 1971, se crea la Unión de Ligas Agrarias Santafesina (ULAS) y el Movimiento Agrario Misionero (MAM). Un año después la Unión de Ligas Campesinas de Formosa (ULICAF), las Ligas Agrarias Correntinas (LAC) y finalmente las Ligas Agrarias en Entre Ríos (LAER). Además, llegaron a desarrollarse las Ligas Tamberas en el Sur de Córdoba y Santa Fe, así como también incipientes núcleos de organización en Santiago del Estero, La Pampa, y el norte de la provincia de Bs As (Ferrara, 1973; Lovey, 2018).

La organización y movilización de las familias rurales, nucleadas en las Ligas Agrarias, fue producto de la confluencia de dos importantes procesos políticos que se desarrollaron durante las décadas de 1960 y 1970. Por un lado, las experiencias políticas y gremiales de los trabajadores y trabajadoras rurales y pequeños/as productores/as rurales en su lucha histórica por defender la propiedad de su tierra y el producto de su trabajo, siendo esto fundamental para la conformación de cooperativas de productores/as agropecuarios/as. Por otro lado, la tarea de concientización y formación de dirigentes que llevaba adelante el Movimiento Rural de Acción Católica (MRAC), a partir del desarrollo de un trabajo político pedagógico inspirado en los principios freireanos y en el método “ver juzgar y actuar”, que se extendía en pequeños grupos rurales desde 1958 en toda la región (Ferrara, 1973; Bartolomé, 1977; Archetti, 1988; Roze, 1992; Ferro, 2005; Rodríguez, 2009; Adobato, 2011; Vommaro, 2011; Calvo y Percíncula, 2012; Servetto, 2013; Moyano Walker, 2013; Sánchez, 2013; Ferragut, 2015). Estos caminos fueron surcando la historia que confluyó en los 70 con la conformación de una herramienta gremial en defensa del pequeño y mediano productor ante la ausencia de las organizaciones gremiales que representaban sus intereses.

La organización liguista tomó a la familia —en su conjunto— como núcleo de resistencia y como estrategia de construcción política (Montú, 2018). Se desarrolló un fuerte clivaje generacional (Archetti, 1988; Adobato, 2011), por el cual adquirieron un rol protagónico los y las jóvenes al interior del Movimiento. Al mismo tiempo, las mujeres —pilar fundamentan de las familias rurales— ocuparon un lugar importante en la organización, participando como dirigentes en carácter de trabajadoras, frente a los reclamos gremiales; y, a su vez, problematizando y cuestionando las desigualdades de género que sufrían por la sola condición de mujer. (Ferro, 2005; Moyano Walker, 2013; Sánchez, 2013)

La organización se erguía sobre una estructura concéntrica que permitía sostener una estrategia de discusión horizontal: el primer eslabón eran las Ligas de Base, constituidas por un pequeño grupo en cada colonia o paraje. Cada una elegía dos delegados (de composición mixta) que formaban parte de una comisión a nivel departamental con su presidente, vicepresidente, secretario, subsecretario, tesorero, subtesorero y vocales. La figura del delegado/a era fundamental para garantizar la democracia en las decisiones. Esta estructura fue replicada a nivel provincial. Cada provincia contaba con una comisión central, encabezada por un secretario/a general, que era elegido en asamblea. Se realizaba una asamblea anual y asambleas extraordinarias donde se fijaba la orientación a seguir, en articulación con la Coordinación Regional del Nordeste. Además, cada liga contaba con un “asesor” del MRAC, que mayoritariamente eran uno de los sacerdotes de la diócesis respectiva.

Las Ligas y su contribución a la movilización de masas

Las Ligas contaron con el apoyo de numerosos actores de la comunidad, entre ellos obispos, sacerdotes, estudiantes, obreros, maestros y cooperativistas. Se constituyó como un amplio movimiento de masas realizando Cabildos Abiertos al agro, sucesivos actos políticos, concentraciones y movilizaciones en función de las demandas del sector. Llegó a lanzarse una Huelga Agraria Activa, consigna inédita hasta ese momento en el campo.

Existen amplios debates sobre el grado de “radicalización” política de la experiencia liguista. En el contexto de su aparición fue interpretada como parte de los movimientos campesinos, que complementaban el binomio obrero-campesino para la emancipación social (Ferrara, 1973). Más adelante se cuestionó (Roze, 1992; Galafassi, 2005) su carácter clasista y revolucionario destacando que se trataba de un movimiento social o nacional, de base social amplia, y no de la expresión política de la clase campesina. Sin embargo, sus objetivos de lucha no se limitaron a reivindicaciones corporativas (Calvo-Percíncula, 2012). Las Ligas Agrarias fueron la expresión política de un colectivo de familias rurales que luchaban por transformar definitivamente las estructuras injustas, impuestas por el capitalismo a los sectores populares del ámbito rural. Es insoslayable el componente comunitario y popular de este movimiento, y su aporte ineludible al patrimonio político-cultural de resistencias y conquistas históricas del campesinado latinoamericano.

Finalmente, en un contexto político de gran inestabilidad institucional, bajo un gobierno dictatorial, Las Ligas Agrarias, poco tiempo después de su aparición pública, se convirtieron en víctimas de la represión, tanto por parte de los organismos estatales de seguridad, como de organizaciones para militares como la Guardia de los Pumas. En 1971 detuvieron a una maestra chaqueña, miembro del MRAC y las LA, quien fue privada de su libertad y sometida a torturas físicas y psicológicas. Ese caso paradigmático significó el comienzo de una política de persecución, que llevó a la desaparición, tortura y asesinato de muchos miembros activos y colaboradores de las LA y del MRAC. La dictadura cívico militar iniciada en Argentina en 1976 desencadenó la desarticulación definitiva de la organización liguista. Tras la recuperación democrática en 1983, sólo fue posible re-construir esta experiencia en Misiones, con el re-surgimiento del Movimiento Agrario Misionero. No así en el resto de las provincias del nordeste.

El desmantelamiento del sujeto político campesino, por parte de la última dictadura, da cuenta del reordenamiento político que condujo a la configuración de nuevas territorialidades entre el Estado, el campesinado y los grupos de capital concentrado, en favor de estos últimos (Calvo y Percíncula, 2012)

Bibliografía

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Archetti, E. (1988). Ideología y Organización de las Ligas Agrarias del Norte de Santa fe 1971-1976. Buenos Aires, Argentina: Cedes.

Bartolomé, L. (1977). Populismo y diferenciación social agraria: las ligas agrarias en Misiones (Argentina). Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien, 28, 141-168.

Calvo, C. (2009). Memorias sobre el pasado reciente en el monte chaqueño. Impactos y transformaciones en la vida campesina. Buenos Aires, Argentina: Instituto de investigaciones Gino Germani, Universidad Nacional de Buenos Aires.

Calvo, C- Percíncula, A. (2012). Ligas Agrarias en Chaco y Corrientes. Experiencias de organización campesina en contextos de transformación territorial. Cuadernos de Ciencias Sociales, 1, CES-Universidad Nacional del Nordeste.

Cantero Carballo, N (2012). Ligas Agrarias Cristianas. Departamento de Concepción. Testimonios del Pa’i Cantero. Asunción, Paraguay: Editorial Servi Libro.

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Ferrara, F. (1973). ¿Qué son las Ligas Agrarias? Historia y documentos de las organizaciones campesinas del Nordeste argentino. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.

Ferro, L (2005). Las mujeres en las Ligas Agrarias del Nordeste argentino (1971-1976). X Jornadas Interescuelas/Dpto. de Historia. Escuela de Historia FHyA- Universidad Nacional de Rosario.

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Masin, D. (2009). Ligas Agrarias en la Provincia de Santa Fe: una aproximación a la construcción y modos de acción de los actores sociales del norte y el sur de la provincia. Buenos Aires, Argentina: Universidad de Buenos Aires.

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Olivo, A. (2013).Anita desde las Ligas Agrarias: tierra, trabajo y dignidad. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Ed. Fundación CICCUS.

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Roze, J. (1992). Conflictos Agrarios en la Argentina. El proceso liguista. Buenos Aires, Argentina: Centro Editor de América Latina.

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  1. Recibido: septiembre de 2019.
  2. Profesora en Antropología por la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Becaria Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones y Técnicas (CONICET). Miembro del Centro de Estudios de la Argentina Rural (CEAR), Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Contacto: julietapeppino2@gmail.com


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