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Periurbano[1]

(Argentina, 1985-2020)

María Carolina Feito y Andrés Barsky[2]

Definición

El concepto de periurbano refiere a un territorio de borde sometido a procesos sociales y económicos relacionados con la valorización capitalista del espacio, como consecuencia de la incorporación real o potencial de nuevas tierras a la ciudad. Su caracterización supone el abordaje de un complejo socio-productivo que expresa una situación fronteriza o de interfase entre dos tipos geográficos tradicionalmente conceptualizados como dicotómicos u oposicionales: el campo y la ciudad. Implica la identificación de determinados espacios donde se está llevando la transformación del medio rural a semi-rural y de semi-rural a urbano, es decir, su reacondicionamiento físico con fines de urbanización, evidenciándose intensas presiones antrópicas sobre el ambiente y una aguda competencia por acceso al suelo y otros recursos relacionados. En tanto periferia ampliada, es concebida como un escenario donde se externalizan una serie de desajustes y disfuncionalidades derivadas de deseconomías de aglomeración y procesos de segregación socioespacial propios de la ciudad. En definitiva, el periurbano se presenta como un heterogéneo contorno de agudos contrastes sociales y productivos.

Origen y antecedentes

La noción de periurbano surge a mediados de siglo XX en Europa Occidental, constituyendo parte de una secuencia de elaboraciones conceptuales que procuraban dar cuenta de los crecientes procesos de urbanización desplegados sobre el medio rural. En 1915, Patrick Geddes menciona las conurbaciones que, desde fines del siglo XIX, estaban generando la suburbanización o dispersión acelerada de los centros urbanos ingleses. En 1918, Charles Galpin introdujo el término rurbanidad ante el avance de la industrialización en detrimento del mundo rural, cuestión que ya había sido planteada por Frédéric Le Play durante el siglo XIX (Galimberti y Cimadevila, 2016). En los años veinte y treinta la Escuela de Ecología Humana de Chicago se abocó al estudio sociológico de los procesos de expansión geográfica de las ciudades en Estados Unidos, utilizando términos de origen biológico como sucesión, invasión, asimilación. En 1934, Robert Redfield se refirió al continuo folk-urbano cuando estudió sociedades campesinas crecientemente urbanizadas en México (Barros, 1999). Simultáneamente, la teoría de los lugares centrales de Walter Christaller, que abordaba cómo se disponían los núcleos urbanos y hasta dónde llegaban sus áreas de influencia, tuvo mucha difusión en la academia estadounidense, antecediendo a la “Nueva Geografía” –neopositivista– de los años cincuenta y sesenta, y a la posterior incorporación de la teoría de sistemas en el análisis urbano (la ciudad como un sistema abierto de entrada y salida de flujos). En 1937, Thomas Lynn Smith utilizó el concepto franja urbana para describir el área localizada fuera de los límites administrativos de municipios urbanos, la cual va a ser denominada franja rural-urbana por G. S. Wehrwein y L. A. Salter en 1940. En 1954, Edward Ullman utiliza el concepto amenity migrants para caracterizar protagonistas de movimientos migratorios ciudad-campo en busca de proyectos de vida alternativos (Trimano, 2019), constituyendo el antecedente de los denominados neorrurales (neorruralismo), noción ampliamente utilizada desde los años ochenta en Europa y de cuyos inicios dio cuenta Joan Nogué. En un sentido similar, en 1955  Auguste C. Spectorsky definió como exurbanites a quienes mudaban su residencia a la exurbia (más allá del suburb)término difundido en Estados Unidos.

A partir la década del sesenta surgen gran cantidad de trabajos académicos, especialmente en Inglaterra y Francia. El concepto de periurbano daba cuenta con impronta espacialista, de agudas transformaciones circunurbanas que se registraban en ese momento y pasó a ser utilizado por geógrafos franceses como Bernard Kayser (1960) y Jean Bernard Racine (1967), arraigándose decisivamente en las décadas siguientes en ámbitos académicos y gubernamentales europeos y latinoamericanos. En 1966 Raymond Edward Pahl se refiere al continuo urbano-rural y, a mediados de los años setenta, Hugh D. Clout  a la urbanización del campo o urbanización difusa (que posteriormente Giuseppe Dematteis conceptualizará como ciudad dispersa o ciudad difusa). En 1974, Harold Carter incorpora en sus estudios sobre ciudades americanas la zona de interfase urbano-rural. En 1976, Gérard Bauer y Jean-Michel Roux hacen referencia a rururbanización o rurubano para referirse a nuevos fenómenos residenciales en las zonas aledañas a las ciudades francesas más antiguas, también caracterizadas como ville éparpillée. Ese mismo año Brian Berry elabora el concepto de contraurbanización (retomado a mediados y fines de los años ochenta por Paul Cloke y por Anthony Gerard Champion) para aludir al nuevo desembarco de clases acomodadas en las afueras de la ciudad.

En las últimas décadas, se impone con fuerza en la planificación urbana el concepto de ciudad-región (la idea de que la ciudad comanda o domina un entorno regional que incluye o subordina áreas rurales), atribuido a John Friedmann a principios de la década del ochenta (Boissier Etcheverry, 2006), aunque determinados trabajos sitúan su origen en los aportes de Robert Dickinson en 1947 (Davoudi, 2009). Asimismo, desde el campo de los estudios ambientales determinados conceptos provenientes de la ecología se enfocan en las relaciones campo-ciudad. A mediados de la década del ochenta, Eugen Odum y Ramón Margaleff expresan que una urbe sólo puede ser considerada un ecosistema completo si se consideran completamente incluidos en él los ambientes de entrada y de salida. Se incorporan al análisis nociones como ecotono (ecosistema de transición entre un ecosistema urbano y uno rural), huella ecológica (hinterland ecológico de la ciudad), funciones ecológicas y servicios ambientales. Desde mediados de los años noventa, Jorge Morello estudia neoecosistemas y agrosistemas en las fronteras urbano-rurales.

En definitiva, la noción de periurbano forma parte de un amplio conjunto de conceptos que, en la medida en que la urbanización fue avanzando sobre el ámbito agrario durante el siglo XX, procuraron encuadrar desde distintas perspectivas las nuevas formas de ocupación y reorganización de estos espacios (Barsky, 2013).

Introducción del concepto en los estudios rurales de Argentina

En 1979, el Comité para la Agricultura de la OCDE organiza en París, Francia, una discusión entre sus estados miembro sobre “La agricultura en la planificación y manejo de las áreas periurbanas”. Posteriormente a una serie de aportes iniciales realizados a fines de los años setenta y principios de los ochenta, las Jornadas Franco-Españolas sobre Agricultura Periurbana –organizadas en 1985 por el Ministerio de Agricultura y la Casa de Velásquez– constituyeron un hito inicial en España. Con la conformación de la Unión Europea a partir de 1993, las políticas específicas para preservar la agricultura en el marco de la planificación urbana y regional alcanzan en las siguientes décadas un importante nivel de complejidad y desarrollo.

En el caso argentino, desde mediados de la década del ochenta se registra una proliferación de estudios académicos, sectoriales rurales y urbanísticos que va a tener su correlato en la implementación de políticas públicas específicas. En 1986 y 1987 Pablo Gutman, Graciela Gutman y Guillermo Dascal, del Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR), realizan un estudio precursor sobre la situación de la agricultura urbana y periurbana del Gran Buenos Aires tomando como referencia principal conceptos y abordajes europeos. Asimismo, durante esa década Roberto Benencia estudia el mercado de trabajo en la horticultura y la inmigración boliviana, coordinando desde la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) un equipo interdisciplinario de importantes dimensiones que trabajaría activamente durante más de dos décadas. Allí surgieron las tesis pioneras de Javier Souza Casadinho (1986), Eduardo Scarso (1989) y Carolina Feito (1990). Esta última inspiró, entre otros aportes, el concepto “escalera hortícola boliviana”, ampliamente utilizado por la comunidad académica –que remite al término escalera agrícola o agricultural ladder, popularizado desde comienzos del siglo XX en Estados Unidos por autores como William Spillman, Shu-Ching Lee y Thomas Lynn Smith–.

A inicios de los años noventa, y en el marco de una severa crisis económica, se institucionaliza el programa Pro-Huerta, una política pública de amplio alcance que continúa hasta nuestros días y se centra en fomentar granjas y huertas de autoproducción de alimentos en ámbitos netamente urbanos. En 1995, la Comisión Nacional Área Metropolitana de Buenos Aires (CONAMBA) publica, a través del Ministerio del Interior de la Nación, un importante estudio interdisciplinario de diagnóstico. Horacio Bozzano coordinó el capítulo sobre el borde periurbano. A partir de la segunda mitad de la década, equipos de investigación de distintas regiones del país realizan numerosos estudios sectoriales en zonas de producción aledañas a la ciudad. Nidia Tadeo, Patricia Pintos, Guillermo Hang y Adrián Bifaretti; Carmen Mao, Daniela Nieto y Laura Molina; Roberto Ringuelet, Irene Velarde y Claudia Carut caracterizan el cinturón verde platense. Patricia Propersi, Roxana Albanesi y equipo estudian la horticultura periurbana de Rosario. En el año 2000, Jorge  Morello y Silvia Matteucci conforman el Grupo de Ecología del Paisaje de la Universidad de Buenos Aires (GEPAMA), instituyendo la línea de trabajo “Gestión de fronteras urbano-rurales”. Simultáneamente, Héctor Echechuri, Rosana Ferraro, Juan Garamendy, Cristina Rosenthal, María Laura Viteri y Liliana Carrozi se enfocan en el periurbano de Mar del Plata; así como Nidia Formiga y Amalia Lorda lo hacen en el de Bahía Blanca.

Instalación en la agenda pública y proliferación de estudios

A comienzos de la década del dos mil, la profundidad de una nueva crisis socioeconómica argentina impulsa a municipios del segundo cordón del conurbano bonaerense (Moreno y Florencio Varela) a gestionar sus producciones de cercanías. La instalación en la agenda pública de la agricultura periurbana avanza con celeridad hacia otros niveles del Estado –destacándose el impulso político brindado por Carla Campos Bilbao–, coincidiendo con la creciente institucionalización de la agricultura familiar. Ello repercute en la implementación de diversas políticas públicas nacionales, como la creación de la Secretaría de Agricultura Familiar y Desarrollo Territorial en el Ministerio de Agricultura de la Nación –que implementa el Programa Nacional de Agricultura Periurbana– y de la Estación Experimental Área Metropolitana de Buenos Aires del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA AMBA) –destacándose la labor en territorio periurbano de técnicos extensionistas como Diego Castro, Carlos Pineda, Santiago Masondo y Pedro Aboitiz–. Por su parte, la Subsecretaría de Urbanismo y Vivienda de la Provincia de Buenos Aires, a cargo de Alfredo Garay, publica los “Lineamientos estratégicos para la Región Metropolitana de Buenos Aires”, estableciendo al borde periurbano como uno de los doce ejes prioritarios de gestión para el siglo XXI, así como también fue priorizado en los documentos del Plan Estratégico Territorial (PET) realizado por el Ministerio de Planificación Federal de la Nación.

A nivel académico proliferan estudios especializados. El trabajo “El periurbano productivo, un espacio en constante transformación”, publicado por Andrés Barsky en 2005, tiene un importante impacto en ámbitos universitarios y gubernamentales. Guillermo Hang, Roberto Ringuelet, Pedro Tsakoumagkos, Walter Pengue, Claudia Barros, Ada Svetlitza, Ana María Bocchicchio, Mercedes Caracciolo, Germán Quaranta, Cynthia Pizarro, Silvia Gorenstein, Beatriz Nussbaumer, Mariel Mitidieri, Graciela Corbino y María Rosa Delprino, Susana Battista y Gonzalo Parés, entre otros, analizan la agricultura periurbana bonaerense. Hacia la finalización de esa década y durante la década del diez se incorporan las perspectivas agroecológicas, de género, de la soberanía alimentaria y geotecnológica al estudio de las producciones intensivas. Matías García, Julie Le Gall, Fernanda González Maraschio y Soledad Lemmi estudian el cinturón verde de Buenos Aires y La Plata y el rol que en él desempeñan los productores hortícolas; Beatriz Giobellina y Fernando Díaz Terreno, el periurbano de Córdoba; Agustina González Cid, Raúl Terrile, Laura Bracalenti y Laura Lagorio, el de Rosario; Laura Zulaica y equipo, el marplatense; Graciela Mantovani, Alejandro Marengo y María Mercedes Cardoso, el de Santa Fe; Jorge Silva Colomer, Javier Vitale, Caterina Dalmasso y Martín Pérez trabajan en Mendoza; Alicia Malmod y Sandra Sánchez en San Juan; Julia Ortiz de D´Arterio y André Magalhaes en Tucumán; Mirta Soijet y Miguel Rodríguez en Paraná; Pablo Ermini y Héctor Lorda en Santa Rosa; Guillermina Urriza en Bahía Blanca y Ana Leticia Guzmán y equipo en Villa María, entre otros aportes. En 2013, Carolina Feito coordina un libro binacional sobre los migrantes bolivianos en el periurbano bonaerense. En 2017, Beatriz Giobellina y Pablo Tittonell organizan en la ciudad de Córdoba el Primer Encuentro Nacional sobre Periurbanos e Interfases Críticas “Periurbanos hacia el consenso”, que constituye un hito en la temática. En 2017 y 2018 funciona la Mesa Nacional de Periurbanos Orgánicos en el Ministerio de Agroindustria de la Nación, coordinada por Facundo Soria, la cual convoca a especialistas de todo el país. También se institucionaliza la “Plataforma para la Innovación de los Territorio Periurbanos” (INTA), desarrollada por Gustavo Tito. Por otra parte, una nueva generación de investigadoras viene contribuyendo en los últimos años a esta línea de trabajo (Carolina Baldini, Maribel Carrasco, Celeste De Marco, Noelia Vera, Nuria Insaurralde, Daniela García y Valeria Mosca, entre otras).

Reflexiones 

Las interfaces periurbanas son extremadamente dinámicas en su funcionamiento y están en permanente reestructuración: sus actividades productivas se reconfiguran en función del crecimiento de las manchas urbanas. En tanto territorios de oportunidad, cumplen una función estratégica respecto del acceso a los alimentos porque incluyen una gran diversidad de actividades agropecuarias en las proximidades de las ciudades, es decir que la conformación de canales cortos de comercialización presenta un gran potencial para contribuir a la seguridad y soberanía alimentarias de los habitantes urbanos. Ante el advenimiento de la pandemia del Covid-19 y el confinamiento de gran parte de la población en sus hogares, el marcado incremento de la demanda domiciliaria ha dejado en evidencia la importancia de la producción de cercanías.

Asimismo, las interfases campo-ciudad constituyen el escenario de diversos conflictos ambientales asociados al uso de agroquímicos, la disponibilidad de agua y la disposición de efluentes industriales y residuos sólidos, entre otras problemáticas. Registran situaciones complejas vinculadas con la tenencia de tierra y la competencia de los salarios urbanos. La agricultura periurbana se vincula con la agricultura familiar, unidades doméstico-productivas integradas que por lo general presentan alta vulnerabilidad económica y social.

La complejidad que presenta esta denominación para dar cuenta de los procesos mencionados ha sido abordada desde distintas perspectivas disciplinarias: desde planificadores, urbanistas o geógrafos urbanos que proyectan zonas de amortiguación verdes o parques agrarios, hasta cientistas sociales que estudian problemáticas de desarrollo local y capital sinérgico, o ecólogos que analizan relaciones metabólicas y funcionales. La visión de la ciudad comandando un entorno regional que presentan economistas, urbanistas o geógrafos, contrasta con la mirada ecológica que considera a la aglomeración urbana como un sistema altamente dependiente de áreas externas que le suministran energía y productos, a partir de lo cual el periurbano deja de ser considerado como un territorio –en tanto espacio donde se desenvuelven relaciones de poder– residual subordinado a las necesidades de la sociedad citadina (Sempere y Tulla Pujol, 2008).

En Argentina las producciones periurbanas se encuentran seriamente amenazadas, dada la priorización del uso del suelo para actividades residenciales, industriales y de servicios, así como el progresivo abandono de la agricultura por parte de las nuevas generaciones. La literatura especializada es coincidente en que se debe avanzar en la incorporación de las problemáticas de este tipo de espacios considerados como fronterizos a una agenda pública integrada, mediante el diseño e implementación de políticas diferenciales destinadas a los distintos actores intervinientes, fomentando el ordenamiento territorial, la asistencia técnica y la extensión rural, así como la formación y capacitación de productores, técnicos y académicos, a través de metodologías participativas que respeten saberes, percepciones y necesidades locales, con enfoque interdisciplinario (Feito, 2018). En virtud de la complejidad que presenta la interfaz rural-urbana como objeto de estudio, aún se registra una importante fragmentación temática en estas líneas de trabajo, sumado a la necesidad de contar con sistemas públicos de información y monitoreo que incorporen el concepto como noción operativa.

Bibliografía

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  1. Recibido: mayo de 2020.
  2. María Carolina Feito es Doctora y Licenciada en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA); Investigadora Independiente Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET); Docente en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM); Docente en la Escuela para Graduados, Facultad de Agronomía, Universidad de Buenos Aires (UBA); Representante de la UNLaM en el Foro de Universidades para la Agricultura Familiar (FUNAF); Representante de Argentina en el Grupo de Investigadores sobre Políticas Públicas para la Agricultura Familiar (GIPPAF) de la Reunión Especializada de Agricultura Familiar (REAF) MERCOSUR. Contacto: carofeito@gmail.com. Andrés Barsky es Doctor en Geografía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), Magíster en Estudios Sociales Agrarios por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO); Licenciado y Profesor en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Coordinador de Investigación del Área de Ecología y miembro del Comité Académico del Programa de posgrado en Estudios Urbanos (PEU), Instituto del Conurbano, Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS); profesor adjunto regular del Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Luján (UNLu). Contacto: abarsky@campus.ungs.edu.ar.


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