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12-2022t

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Revolución Verde[1]

(Tercer Mundo, 1941-2020)

Wilson Picado Umaña[2]

Definición

Es un proceso de cambio tecnológico que se extendió en las agriculturas del denominado Tercer Mundo durante la segunda mitad del siglo XX, el cual supuso la adopción de fertilizantes y otros insumos químicos de origen industrial, de variedades de cultivo de alto rendimiento (o de alta respuesta), así como de maquinaria para las labores de cultivo y cosecha, con el objetivo de incrementar los rendimientos por unidad de superficie. Este proceso condujo a la especialización productiva, simplificando los agroecosistemas; los hizo dependientes a una matriz energética sustentada en fuentes fósiles y los incorporó a un sistema agroalimentario de escala global.

Origen del término

La primera mención pública del término fue realizada en 1968 por William S. Gaud, entonces director de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID) de Estados Unidos de América, como parte de un discurso brindado ante la Sociedad para el Desarrollo Internacional. Se trataba de un anuncio entusiasta del supuesto éxito obtenido en el cultivo de variedades de trigo de alto rendimiento en Asia. El autor indicaba que se estaba al borde de una revolución agrícola, con rendimientos y cosechas sin precedentes, la cual podía resolver el problema del hambre en el mundo en veinte años. Era una revolución verde cuyos alcances se podían constatar en países como Pakistán, India, Turquía y Filipinas.

La coloración verde contradecía los efectos ambientales de la tecnología química asociada con dichas variedades, ya entonces advertidos y criticados con dureza por el movimiento ecologista de la época. Era más bien un color que mostraba el origen agrario del proceso y que, sobre todo, trataba de distanciarlo ideológicamente de los movimientos sociales y agrarios vinculados con el comunismo y el poder soviético, es decir, con las potenciales revoluciones rojas en Asia. El carácter no violento de la revolución, subrayado por Gaud, indicaba que se trataba de un cambio apolítico y técnico, que buscaba mejorar las condiciones de vida sin recurrir a modificaciones radicales en la estructura de tenencia de la tierra o en las relaciones sociales de producción.

La connotación geopolítica del término era, sin embargo, oportunista. El hallazgo de Gaud en torno a las nuevas variedades de cultivo era tardío y nada novedoso si se toma en cuenta que éstas se habían desarrollado en el programa agrícola abierto por la Fundación Rockefeller en México durante la Segunda Guerra Mundial. En realidad, la mención del peligro comunista ocultaba una motivación fundamental en la comunicación de Gaud: la de realizar un llamado entre los donantes privados y el gobierno estadounidense para que los fondos de ayuda internacional no menguaran, en una época en la cual en Estados Unidos aumentaba la crítica hacia la efectividad de dicha ayuda. Proclamar el surgimiento de una revolución agrícola, a pesar de la poca evidencia existente sobre su alcance real, era una estrategia mediática tanto como dramática para legitimar la inversión estadounidense en el Tercer Mundo. Solo dos años después del anuncio de Gaud, el término alcanzó la legitimidad internacional a través del Premio Nobel de la Paz otorgado a Norman Borlaug, el científico encargado del desarrollo de las variedades de trigo de alto rendimiento en México. El discurso de aceptación de Borlaug llevaba como título “The Green Revolution, Peace and Humanity” (Picado, 2011).

El programa agrícola fundacional

Es usual afirmar que la cuna de la Revolución Verde fue el programa agrícola establecido por la Fundación Rockefeller en México durante la Segunda Guerra Mundial. La selección de dicho país no fue casual para la Fundación. México tenía una posición geográfica estratégica para Estados Unidos en la defensa del Pacífico ante un posible ataque de Japón, así como gracias a su posición de escala para las fuerzas aéreas que protegían el Canal de Panamá. Era un país que contaba con recursos minerales y agrícolas vitales para una coyuntura de guerra como petróleo, hule, fibras naturales y alimentos en general (Cuvi, 2020).

En 1941, la Fundación envió un grupo de expertos, liderado por E.C. Stakman, para levantar un informe sobre la situación agrícola de México. A partir del trabajo de este grupo, y en el contexto de las negociaciones de la Fundación con el gobierno mexicano, en 1943 se formó un equipo de científicos destinado a desarrollar un programa de investigación agrícola. Casi todos ellos eran jóvenes científicos provenientes del Medio Oeste de Estados Unidos, con estudios en universidades de prestigio en el campo agrícola y experiencia en estaciones experimentales. Para estos investigadores, el objetivo de su trabajo era adaptar el modelo de investigación y extensión agrícola de Estados Unidos a México y América Latina en general, bajo un enfoque misionero. Esta visión explica la creación de la Oficina de Estudios Especiales (OEE), siguiendo el modelo de las estaciones experimentales en Estados Unidos (Hewitt de Alcántara, 1978; Harwood 2009; Gutiérrez, 2017).

La oficina constituía una estructura paralela en la investigación agrícola del gobierno mexicano. Tenía una condición jurídica semiautónoma, adscrita a la Secretaría de Agricultura. No obstante, se desenvolvía en una frontera difusa entre esta condición administrativa y sus vínculos con la Fundación Rockefeller. La investigación de la oficina se concentró en la selección varietal de trigo mediante un programa dirigido por Norman Borlaug. Los trabajos de hibridación en trigo arrancaron en 1943 con la identificación y selección de variedades locales para dar paso luego a los cruces con material importado. De este modo, en 1945, bajo la dirección de Borlaug, se realizaron los primeros cruces con semillas procedentes de Texas, Kenia y Australia (Hewitt de Alcántara, 1978).

El programa no tuvo avances significativos en los primeros años, sobre todo debido a la vulnerabilidad de las plantas al ataque del tizón de tallo. Los resultados mejoraron a partir de 1953. En ese año, Borlaug recibió de Orville Vogel, de la Universidad de Washington-Pullman, un paquete de semillas de variedades de trigo enano procedentes de Japón, entre las que se destacaban las semillas del trigo Norin 10. Esta era una variedad “redescubierta” en los campos japoneses por el Dr. Samuel Cecil Salmon, integrante de la misión científica estadounidense durante la ocupación militar del Japón por las tropas del General Mac Arthur. Mediante el trabajo con estas semillas, Borlaug y su equipo liberaron en 1960 los primeros trigos enanos mexicanos denominados Pitic, Sonora (63-64) y Pénjamo. Estos híbridos, de alta respuesta a la aplicación de fertilizantes químicos y resistentes al tizón de tallo, serían los que llegaran a tierras de la India y de Asia unos años después, inspirando el discurso de Gaud (Perkins, 1997).

Instituciones y redes globales

Entre las décadas de 1950 y 1960, la Fundación Rockefeller extendió sus programas agrícolas en América Latina y luego en Asia, en este último caso, en paralelo con la Fundación Ford. Bajo el financiamiento de ambas fundaciones, en la década de 1960 se crearon los institutos internacionales que fomentaron la investigación y la adopción de las variedades de alto rendimiento, tales como el Instituto Internacional de Investigación del Arroz (IRRI), en Filipinas, el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), en México, y el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), en Colombia, entre otros. Aún sin ser nombrada como tal, la Revolución Verde contaba a finales de la década de 1960 con un entramado institucional sustentado en redes globales de intercambio científico, de financiamiento y, sobre todo, de genes y biodiversidad (Arndt, 1977). Todo lo anterior ocurrió en el contexto de la ampliación de los mercados privados de insumos químicos y de maquinaria agrícola, así como de la promulgación de legislaciones nacionales que regularon el uso de las semillas en la agricultura.

Debates y perspectivas de análisis

La Revolución Verde ha sido un proceso controversial desde su presentación pública en 1968. Se ha constituido desde entonces en un campo de batalla entre sus defensores y críticos (Patel, 2012). La denominación surgió a partir de datos poco representativos de lo que ocurría en las agriculturas de Asia y del Tercer Mundo. Las nuevas variedades de trigo tardaron en extenderse en países como Afganistán, Bangladesh, Turquía o Irak y, más aún, en aquellos de América Latina y África. En India, el cultivo de estas plantas fue exitoso en tierras bien irrigadas, en manos de agricultores con recursos económicos, acceso al crédito y a los fertilizantes químicos. Es decir, bajo condiciones excepcionales (Chakravarti, 1973; Griffin, 1974; Shiva 2016). El impacto social de la revolución ha sido cuestionado desde sus primeros años: se ha planteado que ha ampliado la desigualdad socioeconómica entre los agricultores, a favor de los grandes y medianos, capaces de adoptar plenamente la tecnología. El uso intensivo de insumos químicos de origen industrial ha afectado la salud humana y la salud de los ecosistemas, al mismo tiempo que, junto con la mecanización, han aumentado la dependencia energética de la agricultura respecto a una matriz de origen fósil. Se afirma que la “miopía” ambiental es un elemento sistémico de la Revolución Verde (Patel, 2012).

La Revolución Verde condujo a una homogenización genética en los sistemas de cultivo. En arroz, para citar un caso, muchas de las variedades liberadas en Asia y América Latina entre 1970 y 1990 estaban emparentadas con la variedad IR-8 o con materiales genéticos familiares, desarrollados en el IRRI (Evenson and Gollin, 1997). Esta homogenización ocurrió casi en forma simultánea a la conversión de la semilla en una mercancía, dejando de ser un bien comunitario, de uso abierto y desregulado entre los agricultores, para convertirse en un bien de uso cerrado y regulado jurídicamente, en manos de empresas privadas. Es decir, dando paso a su “commoditización” y subordinación al mercado (Kloppenburg, 2004).

A pesar de su pretendido carácter revolucionario, este proceso no supuso una alteración significativa de las desigualdades existentes entre las agriculturas de los países ricos y los pobres. La investigación agrícola, en términos de inversión y de impacto científico, siguió concentrada en los centros de investigación de los países del norte, de la misma forma que la producción y el consumo de fertilizantes químicos, así como de maquinaria agrícola (Ruttan, 1987). A finales de la década de 1970, los países ricos y las economías planificadas producían cerca de un 90 por ciento de los fertilizantes químicos, mientras que el mundo en desarrollo solamente aportaba un 10 por ciento. Cerca del 88 por ciento de los tractores del mundo estaban concentrados en los países industrializados, incluyendo a las economías capitalistas y las planificadas, mientras que el mundo en desarrollo apenas contaba con el 12 por ciento del total (FAO, 1980a).

Aunque la Revolución Verde fue planteada como una solución al problema del hambre, la reserva mundial de alimentos experimentó continuas fluctuaciones y caídas durante las décadas de 1960 y 1970 (Brown, 1976; Cullather, 2010). La perspectiva acerca del problema alimentario global, subyacente en su retórica, era neomalthusiana y obviaba la complejidad de los sistemas agroalimentarios. En su período de auge, mientras que los países pobres trataban de incrementar la producción de alimentos, en los países ricos era cada vez mayor la cantidad de cereales que se destinaban a la alimentación animal en lugar de la humana. Entre 1961 y 1965, en los países en desarrollo cerca del 88 por ciento de la cosecha de cereales se destinaba a la alimentación humana, mientras que en los países ricos este porcentaje era de 37 por ciento. Entre 1975 y 1977, los cereales dirigidos a la alimentación animal en los países ricos representaban cerca de un 77 por ciento del total de la producción de alimentos que se reservaba para consumo humano en los países pobres (FAO, 1980b). Al mismo tiempo que se promovía la Revolución Verde, en el mercado global circulaban grandes flujos de donaciones y ventas a precios blandos de trigo y maíz provenientes de Estados Unidos, que distorsionaban los mercados nacionales (Winders, 2009).

La semántica de la Revolución Verde continúa vigente en el presente. Desde la Academia se ha propuesto la necesidad de entender a la Revolución Verde como un proceso que trasciende el programa agrícola de la Fundación Rockefeller en México y el caso de Asia (Kumar, 2017). Esto supone reconocer su carácter global como proceso de cambio tecnológico tanto como redirigir la mirada hacia las coyunturas de modernización agrícola ocurridas en los distintos países (o regiones), bajo dinámicas políticas, sociales y ecológicas particulares. Esto es, se trata de identificar las otras revoluciones verdes, convergentes o divergentes de aquella global, incorporando además nuevos temas de análisis como el impacto ecológico, la cultura y la etnia, así como el papel de la mujer, entre otros aspectos.

El mercado y la política también se han reapropiado del término. En las últimas décadas han surgido nuevas revoluciones verdes, vinculadas con la aplicación de la Biotecnología y la Informática a la agricultura, la adaptación al cambio climático e, incluso, la modernización agrícola en África, entre múltiples asociaciones. Esta polisemia de la Revolución Verde no es neutra. Por una parte, en muchas de estas acepciones se establece un vínculo histórico con la Revolución Verde original mediante la negación explícita de sus costos, fallos y fracasos, recurriendo, una y otra vez, a la perspectiva neo malthusiana. En otros casos, se asume que ha existido una única Revolución Verde de larga duración, una gran tendencia de cambio que se desarrolló por sí sola, impulsada por las fuerzas del mercado, de la Ciencia y la Tecnología, en la que los factores sociales y políticos, más que causales, son factores distorsionadores de las bondades de la técnica. Por otra parte, lo que resulta importante de discutir es la razón por la cual, en medio de una época como la actual, marcada por grandes rupturas científicas y tecnológicas, y por dinámicas políticas bastante distintas a las de la Guerra Fría, nuestras sociedades siguen buscando “revoluciones” y Cornucopias modernas para resolver el problema alimentario global.

Bibliografía

Arndt, T. M. et al. (1977). Resource Allocation and Productivity in National and International Agricultural Research. Minneapolis, EE. UU.: University of Minnesota Press.

Brown, L. (1976). Sólo de pan. Ciudad de México, México: Editorial Diana.

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Cullather, N. (2010). The Hungry World. America’s Cold War Battle Against Poverty in Asia. Cambridge, EE. UU.: Harvard University Press.

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Evenson, R., Gollin, D. (1997) Genetic Resources, International Organizations, and Improvement in Rice Varieties. Economic Development and Cultural Change, 45(3), 471-500.

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Gutiérrez, N. (2017). Cambio agrario y Revolución Verde: dilemas científicos, políticos y agrarios en la agricultura mexicana del maíz, 1920-1970 (Tesis de Doctorado). El Colegio de México, México.

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Kloppenburg, J.R. (2004). First the Seed. The Political Economy of Plant Biotechnology. Madison, EE. UU.: The University of Wisconsin Press.

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Winders, B. (2009). The Politics of Food Supply. U.S. Agricultural Policy in the World Economy. New Haven, EE. UU.: Yale University Press.


  1. Recibido: marzo de 2021.
  2. Doctor en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela (USC), España. Profesor de la Escuela de Historia, de la Maestría en Historia Aplicada y del Programa Regional de Maestría en Desarrollo Rural, de la Universidad Nacional (UNA), Costa Rica. Contacto: wpicado@gmail.com.


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