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Turismo comunitario[1]

(Argentina, 1990-2020)

Cecilia Pérez Winter[2], Clara Mancini[3] y Gabriela Landini[4]

Definición

El turismo comunitario propone una organización colectiva del diseño, implementación y gestión del emprendimiento en un territorio. Se caracteriza por la inclusión y el protagonismo de las comunidades locales (o representantes de ellas), tradicionalmente no involucradas en el sector. La forma de participación puede ser variada, pero se espera que ellas tengan el mayor poder de decisión sobre la actividad, además de ser las principales beneficiarias.

Origen

El turismo comunitario (TC) se remonta a la década de 1980 aunque se consolida en la década siguiente, impulsado por organismos internacionales, Estados, Organizaciones no Gubernamentales (ONGs), comunidades y, al mismo tiempo, enriquecido por la investigación académica (Cabanilla, 2018). Su surgimiento se inserta en un contexto de transformación de la práctica turística, marcado por la transición de un modelo masivo y estandarizado hacia modalidades de turismo alternativo o posfordista que procuran satisfacer experiencias auténticas y personalizadas (Bertoncello, 2002).

La noción de TC ha sido institucionalizada por algunos organismos internacionales, como la Organización Internacional del Trabajo, que impulsaron a nivel mundial esta modalidad mediante lineamientos y programas, como los Convenios 107 (1957) y 169 (1989), la carta “Turismo Comunitario, sostenible, competitivo y con identidad cultural” (Otavalo-Ecuador, 2001) y la de “Turismo Rural Comunitario” (San José-Costa Rica, 2003). Los Estados desempeñan un rol importante en el TC, ya que, a través de planes, financiamiento, capacitación y legislación pueden crear condiciones propicias para su implementación. Generalmente, en contextos de pobreza y marginación de la población rural, al TC se lo considera como una significativa herramienta de desarrollo y, por ende, es objeto de política pública. En este marco, las ONG constituyen otros actores intervinientes: mediante su acompañamiento y asesoramiento potencian más la relevancia social de los proyectos que su aspecto netamente económico (Morales Morgado, 2006).

En América Latina la gestión comunitaria del turismo adquiere especial relevancia en regiones con población campesina e indígena, para la cual se presenta como una alternativa para decidir de forma colectiva y consensuada qué –y en qué términos– están dispuestos a compartir de los aspectos materiales y simbólicos de sus prácticas, saberes, localidades, etc. Y, además, es una estrategia de lucha y reivindicación de sus derechos (Maldonado, 2006).

Interpretaciones y características

En la actualidad, encontramos varias maneras de definir al TC. Algunos autores diferencian al “turismo comunitario” –aquel que involucra a toda una comunidad– del “turismo de base comunitaria”–que no incluye a toda la comunidad, sino a ciertos actores (como grupos familiares y cooperativas)– (Cabanilla, 2018). Otros adoptan términos más amplios, como “turismo de base local”, para incluir la diversidad de formas y actores que participan (Ruiz-Ballesteros, 2015). Según Milano y Gascón (2017), la disparidad de interpretaciones obedece, entre otros factores, al marco epistemológico que orienta cada investigación. En efecto, la emergencia y el auge del TC a nivel global ponen en evidencia la dificultad para construir, por un lado, una definición que englobe la heterogeneidad de emprendimientos y de actores involucrados en su diseño y aplicación y, por otro, consensos en torno a su impacto (Milano y Gascón, 2017). Además,  influyen en ello las perspectivas teóricas adoptadas, sea que se lo conciba como un modelo de gestión turística o como un factor que influye en los procesos de desarrollo o deterioro de las comunidades.

Al mismo tiempo, en tal disparidad inciden las concepciones sobre el turismo y lo comunitario. Respecto al primero, algunos enfoques enfatizan lo económico por sobre lo sociocultural o viceversa; a su vez, cabe la posibilidad de pensar lo económico desde una lógica empresarial o desde otras alternativas (como la economía solidaria y el comercio justo). Mientras que, desde lo sociocultural, pueden aparecer categorías esencializadas sobre la identidad, en tanto otras apelan a su dinamismo y complejidad. En cuanto al segundo término, hay definiciones que simplifican su sentido, considerando a las comunidades homogéneas y carentes de conflicto, cuyas prácticas revisten una mínima participación.

Sin embargo, la implementación del TC es dinámica, transcurre en un territorio y está atravesada por relaciones sociales y territoriales de poder e inequidad. Se distingue por la participación directa y colectiva de las comunidades en la toma de decisiones, el control sobre los recursos naturales o culturales implicados y la redistribución de los beneficios obtenidos. Como práctica turística, se distancia del turismo de masas, al centrarse en la construcción de experiencias muchas veces de carácter intercultural.

Así, el TC representa una modalidad de gestión colectiva, participativa y diversa de actividades, productos y servicios –asociados al ocio y la recreación– desarrollados habitualmente en áreas rurales. Orientada por las comunidades locales (o parte de ellas), basa su atractivo en la selección y la resignificación de determinadas prácticas/saberes que las propias comunidades resuelven compartir con los visitantes. A partir de los emprendimientos, se busca revalorizar, recuperar, reivindicar y difundir derechos, saberes y modos de vida de los sujetos que habitan estos ámbitos (campesinos/as, pueblos originarios, afrodescendientes, jóvenes, mujeres, etc.), favoreciendo una mejor calidad de vida de las comunidades locales. Se propone como un complemento económico para el apoyo de las familias, fomentando la autogestión y la sostenibilidad de zonas rurales desfavorecidas. De este modo, el TC se erige como una de las modalidades turísticas más “democráticas”, ya que promueve la participación directa de las comunidades en la toma de decisiones tendientes a la transformación del lugar de residencia y a la redistribución de los beneficios.

El turismo comunitario en Argentina

En la Argentina, el incentivo que tanto el Estado como los organismos internacionales brindaron al TC data de la década de 1990, en el marco de la difusión del paradigma de Desarrollo Territorial Rural –este último alentaba políticas públicas sectoriales destinadas a superar la desigualdad, pobreza estructural y marginalidad de las comunidades rurales–. Tal interés explica el enlace de organismos estatales dedicados a la agricultura, al turismo y a la economía popular. Específicamente, la articulación implicó el trabajo conjunto de técnicos/as del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), de la Secretaría de Agricultura Familiar (SAF) y del Ministerio de Turismo (Guastavino et al, 2014; Lacko, 2019).

En sus inicios, el TC se instituyó como alternativa frente a la crítica situación que atravesaban los chacareros patagónicos. No obstante, fue a partir de la implementación del Programa Federal de Apoyo al Desarrollo Rural Sustentable (ProFeder), en el año 2004, cuando se promovieron y replicaron experiencias de este tipo de turismo (Guastavino et al, 2014). En efecto, la década del 2000 supuso un contexto propicio para el impulso e institucionalización de iniciativas de TC en el país. Especialmente, la sanción de la Ley Nacional de Turismo (2004) y el lanzamiento del Plan Federal Estratégico de Turismo Sustentable (2005) contribuyeron a jerarquizar esta actividad como objeto de políticas públicas y a fomentar su diversificación, tanto en destinos como en atractivos y modalidades (Cáceres y Troncoso, 2015). Asimismo, el Ministerio de Turismo de la Nación comenzó a acompañar las iniciativas turísticas nacidas de forma espontánea o autogestiva en algunas comunidades de áreas rurales. Estas experiencias lograron mayores niveles de organización e institucionalidad gracias a la creación de la Red Federal de Turismo Rural Comunitario, dentro de la gestión del Ministerio de Turismo (2003-2015). La Red se formó con el apoyo del INTA y del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, a través de la SAF (Lacko, 2019). En la actualidad, nuclea alrededor de 40 comunidades indígenas y campesinas del país.

Perspectivas y reflexiones

Se suele ponderar la importancia estratégica del TC para el desarrollo sostenible (Orgaz, 2013), en virtud de sus múltiples impactos positivos (sociales, culturales, económicos, ambientales). En algunos casos contribuye a la preservación de los recursos naturales en áreas rurales proclives a sucumbir bajo la explotación extractivista. Aunque la gestión comunitaria de los recursos no evita esta situación, representa un aliciente para la conservación ambiental (Mestanza et al, 2020; Roux, 2013). A su vez, el TC se posiciona como un modelo de desarrollo rural que compite por el control de los territorios y puede desalentar el avance de modelos de desarrollo extractivista. Desde una perspectiva sociocultural, es valorado favorablemente en la literatura académica por la posibilidad de revitalizar comunidades rurales afectadas por la despoblación. Además, a partir de su desarrollo, éstas alzan su voz y voto y, gracias a ellos, logran consolidar su subjetividad política y viabilizar recursos que antes les eran negados.

Sin embargo, otros estudios critican los límites del TC en sus aspiraciones a largo plazo, ya que beneficia únicamente al sector privado, genera conflictos por la reestructuración de recursos y reproduce desigualdades (Terry, 2017). Dado que el TC se aplica dentro de un territorio particular, su implementación y sustentación no dejan de estar atravesadas por tensiones vinculadas a problemáticas preexistentes o a otras que surgen posteriormente. Producto del accionar de técnicos/as e instituciones, el TC puede despertar tensiones entre agentes estatales que provienen de distintos organismos y escalas de acción, por un lado, y entre éstos y la comunidad local, por otro. Además, si bien la metodología de implementación de estos proyectos prioriza las decisiones comunitarias, no desaparecen las diferencias entre aquellos que son mediadores entre la comunidad y el Estado (y, por ende, tienen acceso a los recursos, facilitan el saber experto y sistematizan la información), ni al interior de la propia comunidad local.

Dentro de las tramas de actores que forman parte de la implementación del TC, encontramos algunas estrategias de organización de las comunidades que escapan a los modelos hegemónicos de desarrollo. Si bien el TC posee más elementos conservadores que emancipadores, cuando las comunidades se apropian de las herramientas que el sistema otorga, logran disputar mayor control sobre sus territorios. Por otra parte, aunque se espera que los emprendimientos detenten autonomía y sean sostenibles en el tiempo, requieren del apoyo de otros actores estatales y no estatales. El Estado suele ocupar un lugar central, al favorecer u obstaculizar la promoción, planificación y extensión del turismo en un territorio mediante la utilización de su aparato burocrático-normativo y la provisión de recursos y financiamiento.

Para finalizar, sería relevante mencionar la necesidad de fortalecer el campo de estudios del TC desde una perspectiva comparativa que permita dar cuenta de los diferentes contextos de producción de las estrategias de participación y sus objetivos, y con ello, vigorizar lineamientos teórico-conceptuales y metodológicos de investigación. A su vez, es preciso indagar en la producción e implementación de políticas públicas y legislación que también inciden en la forma de gestionar y entender al TC.

Bibliografía

Bertoncello, R. (2002). Turismo y territorio. Otras prácticas, otras miradas. Aportes y transferencias, 6(2), 29–50.

Cabanilla, E. (2018). Turismo comunitario en América Latina, un concepto en construcción. Siembra, 5(1), 121–131.

Cáceres, C. y Troncoso, C. (2015). Turismo comunitario y nuevos atractivos en los Valles Calchaquíes Salteños: el caso de la Red de Turismo Campesino. Revista Huellas, (19), 73-92.

Guastavino, M., Rozenblum, C. y Trímboli, G. (2014). El turismo rural en el INTA. Estrategias y experiencias para el trabajo en extensión. V Encuentro Regional de Turismo Rural. Coronel Suárez, Argentina.

Lacko, E. (2019). Reflexión acerca del contexto de surgimiento de políticas turísticas ¿indigenistas? El proyecto Red Argentina de Turismo Rural Comunitario (RATURC) del Ministerio de Turismo de la Nación (Argentina, 2008-2019). Revista Antropologías del Sur, 6(12), 197–223.

Maldonado, C. (2006). Turismo y comunidades indígenas: impactos, pautas para autoevaluación y códigos de conducta. Ginebra, Suiza: OIT.

Mestanza Ramón, C., Toledo Villacís, M. A., y Cunalata García, A. E. (2020). Tortugas Charapa un aporte para el turismo comunitario y conservación de la biodiversidad. Explorador Digital, 4(1), 55-65.

Milano, C. y Gascón, J. (2017). Introducción. Turismo y sociedad rural, o el extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. En Milano, C y Gascón, J. (Coords.), El turismo en el mundo rural. ¿Ruina o consolidación de las sociedades campesinas e indígenas? (pp. 5-22). Tenerife y Barcelona, España: PASOS, RTPC; Foro de Turismo Responsable; Ostelea.

Morales Morgado, H. (2006). Turismo comunitario: una nueva alternativa de desarrollo indígena. AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana, 1(2), 249-264.

Orgaz Agüera, F. (2013). El turismo comunitario como herramienta para el desarrollo sostenible de destinos subdesarrollados. Nómadas, Critical Journal of Social and Juridical Sciences, 38(2), 79-91.

Roux, F. (2013). Turismo comunitario ecuatoriano, conservación ambiental y defensa de los territorios. Quito, Ecuador: Federación Plurinacional de Turismo Comunitario del Ecuador (FEPTCE).

Ruiz-Ballesteros, E. (2015). Turismo de base local y comunidad, ¿una vinculación oportuna? Revista Andaluza de antropología, (8), 91-14.

Terry, C. (2017). Turismo Rural Comunitario: ¿una alternativa para las comunidades andinas? El caso del agro-ecoturismo del Parque de la Papa (Cusco, Perú). En Milano, C y Gascón, J. (Coords.), El turismo en el mundo rural. ¿Ruina o consolidación de las sociedades campesinas e indígenas? (pp. 139-159). Tenerife y Barcelona, España: PASOS, RTPC; Foro de Turismo Responsable; Ostelea.


  1. Recibido: mayo de 2022.
  2. Licenciada en Antropología con orientación arqueológica y Doctora en Antropología Social por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con lugar de trabajo en el Instituto de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras (IIGEO, FFyL) de la UBA. Contacto: cecipw@gmail.com.
  3. Profesora en Antropología con orientación arqueológica y Doctora en Arqueología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones Territoriales y Tecnológicas para la Producción del Hábitat (INTEPH), CONICET-Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Contacto: claraemancini@gmail.com.
  4. Licenciada en Historia y doctoranda en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con lugar de trabajo en el Instituto de Geografía, Facultad de Filosofía y Letras (IIGEO, FFyL) de la UBA. Técnica en Gestión del Arte y la Cultura por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Contacto: gabriela.landini@uba.ar.


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