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Burguesía agraria terrateniente[1]

(Argentina, 1880-2020)

Eduardo Sartelli[2]

Definición

La burguesía agraria terrateniente es aquella fracción de clase (dentro de la burguesía, los dueños de los medios de producción) que toma como objeto principal de su actividad (la producción de materias primas) a la tierra, a partir de la inversión de capital (maquinaria, insumos, salarios, etc.). Esta condición de propiedad es exclusiva frente a quienes no son dueños de la tierra ni del capital y le permite subordinar a la clase opuesta, el proletariado, a la que explota apropiándose de aquella parte del trabajo que no le es remunerado, plusvalía.

Particularidades

Definir burguesía agraria presupone, primero, reconocer que las clases sociales existen y ordenan la vida social y, después, que ellas se ordenan a partir de criterios objetivos. Este texto los encuentra anclados en su relación con los medios de producción, es decir, con aquellos objetos que permiten reproducir la vida (individual y social) y que resultan mediadores de relaciones sociales. Así, como lo mencionamos recientemente en la definición, la burguesía es aquella clase social cuya relación con los medios de producción es la propiedad, y es ésta la que le permite subordinar a la clase opuesta, el proletariado, a la que explota, es decir, extrae trabajo excedente mediante la coacción económica.

Por otra parte, lo que el adjetivo “agraria especifica es a una fracción de esa clase. Las clases se dividen en fracciones y capas, al menos, en su despliegue analítico-heurístico (en la vida real la situación suele ser, como corresponde, más confusa y rica). Las fracciones de clase se corresponden según la porción específica del capital que reproducen y las reproduce, en el entendimiento de que cada una de ellas posee no solo una particularidad distintiva, sino un interés peculiar atado a su propia naturaleza, que, de algún modo, las obliga a un comportamiento distinguible. Por dar un ejemplo, la fracción “financiera” se ancla en la circulación del dinero y por ello exhibiría una dinámica normalmente cortoplacista y se opondría al conjunto de la producción como perceptora de una porción del excedente social como capital “improductivo” y, en algunas perspectivas, “parasitario”. La burguesía agraria, entonces, se define por ser una fracción de la burguesía, que se apropia de plusvalía mediante la explotación del trabajo asalariado en el ámbito de la producción no industrial.

Esa definición negativa (lo que el agro no es) está fundada en las peculiaridades del mundo agrario, que cubre un vasto espacio difuso que suele demarcarse como aquello opuesto a “lo industrial”, pero es indudablemente limitada. Lo que suele usarse para diferenciar ambos espacios es que uno se encontraría sometido al dominio de la naturaleza y de la propiedad terrateniente y el otro no. En cierto sentido, esta diferencial es real, pero no por calidad sino por cantidad. Todo capital está sometido a la propiedad “terrateniente”, es decir, a la imposición de la renta, porque el conjunto del planeta es objeto de apropiación privada. Y todo capital está sometido a la naturaleza, puesto que no puede operar sino con ella misma como su objeto que, como todo objeto, no puede ser pasivo, no poner límites. Sin embargo, la magnitud en que entra en juego la naturaleza en la producción agraria (en tanto ritmo biológico, estacionalidad, cualidad del soporte del capital objeto de la producción, etc.) y, por lo tanto, el peso la renta como imposición de la propiedad terrateniente (dado que la producción se extiende sobre el mismo cuerpo del objeto en cuestión), no tiene igual.

De todos modos, esto no agota, todavía, la especificidad de lo agrario, puesto que lo mismo que hemos dicho aquí se podría decir de capitales que se ejercen en otras actividades, como la piscicultura. En realidad, la burguesía agraria es aquella fracción de la burguesía cuyo capital entra en relación directa e inmediata con las contradicciones que brotan del objeto particular sobre el cual se ejerce su actividad, la tierra. Esta aproximación requiere un paso más, porque se podrían señalar actividades (no agrarias) que toman a la tierra como objeto, desde la minería a la producción de ladrillos, por ejemplo. Llegando a una definición que puede considerarse como definitiva, la burguesía agraria es aquella fracción que opera en el campo de la producción de alimentos que toma como objeto a la tierra y, por ende, está sometida a los ritmos biológicos de aquello que produce, por un lado, y al peso de la propiedad terrateniente, que se expresa como esa punción sobre la masa de plusvalía que se conoce como renta agraria, por otro. Como tal, es parte del capital productivo, es decir, aquel que explota clase obrera productiva, aquella que genera plusvalía porque crea valor. En este sentido, la burguesía agraria, en términos marxistas, es burguesía “industrial”, entendiendo por tal aquella que extrae plusvalía en lugar de consumirla como las fracciones rentistas y mercantiles (que consumen plusvalía). Su ingreso es, por lo tanto, ganancia, igual que cualquier otra fracción de la burguesía industrial no agraria.

Identidad (difusa)

La burguesía agraria, como veremos más abajo, no ha tenido, históricamente, una identidad definida (no es el tema de esta entrada, pero por razones parecidas, al proletariado rural le sucede algo similar). En parte, esta ausencia de protagonismo histórico resulta de la identificación de la burguesía con lo “urbano” y lo “industrial”. Pero también, y tal vez en grado más importante, por la preeminencia que en el imaginario social (pero también en la bibliografía especializada) tienen otros personajes de mayor “prosapia” histórica: los terratenientes y los campesinos. En efecto, entre ambos personajes, la burguesía agraria se evapora. En esta imagen confusa, toda la economía agraria gira en torno a la categoría de “renta” y la sociedad se estructura entre propietarios que ejercen alguna forma de coacción no económica sobre productores directos, no despojados del todo de medios de producción. La evaporación de la burguesía agraria, de alguna manera, se vincula con la consideración del ámbito rural como un espacio pre o no (o poco) capitalista. Incluso en aquellos textos en los cuales la burguesía agraria aparece con nitidez, como en El Capital, el terrateniente adquiere un protagonismo sorprendente, incluso como una tercera clase del modo de producción capitalista y se le otorga, implícitamente, un lugar relevante en el proceso social, como titular de una de las pocas categorías que tiene un tratamiento especial, la ya mencionada renta agraria.

Mayor es el desplazamiento de nuestro personaje por el campesinado. Este “continente” suele contener varias capas distintas de burguesía agraria, constituyendo una amalgama que oculta diferencias sustantivas en su interior. Así, incluso un observador tan minucioso en la detección de las diferencias en el seno de las clases agrarias como Lenin (y a partir de él y apoyados en su autoridad, una larga serie de investigadores y divulgadores), describe la estructura del agro ruso como dominada por campesinos “pobres”, “medios” y “ricos”, una contradicción en sus propios términos (si es “rico”, no es “campesino”). Una mayor confusión introduce en este campo la obra de Aleksander Chayanov, muy popular en América Latina desde los años ’70, en tanto no solo subsume diversas capas burguesas (y no burguesas) en una sola categoría (“campesinado”), sino que supone  una “racionalidad” económica aislada del movimiento de la totalidad. El individualismo metodológico que opera como substrato de esta posición viene a agregar a la confusión sobre la naturaleza del personaje, la que se extiende sobre su “comportamiento”.

Otra razón por la cual se desdibuja el lugar de la burguesía agraria es la forma en que se desarrolla el capital en el agro. Por la menor velocidad de rotación del capital, consecuencia de la estacionalidad que imponen los ritmos biológicos, en el agro la acumulación sigue un patrón particular, caracterizado por la tendencia a una concentración más lenta y a frecuentes procesos de desconcentración. Ello da lugar a un escenario muy diferente al de otras ramas: hay 90.000 productores de soja en la pampa argentina, pero una sola empresa dedicada al aluminio o un puñado dedicado a la industria automotriz. Es muy fuerte, entonces, la presencia numérica de las capas más “pobres” de la burguesía agraria, en particular, la pequeña burguesía, que encajan mejor (y estimulan) la imaginería campesinista. Con más fuerza, todavía, en contextos en los que el campesinismo se superpone con el indigenismo, como sucede en buena parte del mundo andino.

Por último, la personalidad de la burguesía agraria se esfuma por una característica distintiva de la sociedad capitalista: en la medida que lo que distingue al capitalismo es la movilidad del capital, existe una tendencia normal al “pluri-asentamiento”. Ello, en el agro, significa la frecuente fusión del capital con la tierra y que el burgués reúna la cualidad de burguesía agraria terrateniente y perciba como ingresos tanto ganancia como renta. Ello ha llevado, por ejemplo, a la errónea caracterización de los estancieros pampeanos como terratenientes (como si sólo percibieran renta y no pertenecieran necesariamente a la burguesía) o como burguesía terrateniente (que daría pie a la confusión de tratarse de una burguesía rentista, en tanto el terrateniente no es más que un burgués), cuando la denominación correcta debiera ser burguesía agraria terrateniente.

Por todas estas razones, es común que en el registro histórico la burguesía agraria se desvanezca, hecho que choca con un protagonismo muy remarcable. Basta para ello con citar la participación del capital agrario en el desarrollo de las economías inglesa y francesa y su lugar en la reconfiguración de las estructuras sociales, es decir, su protagonismo en la revolución burguesa. Y de allí, a otros campos: la historia de la teoría económica sería incomprensible sin una escuela clave, la Fisiocracia, expresión directa de la burguesía agraria. Buena parte de la historia contemporánea está marcada por la lucha de clases en el campo ruso, es decir, por la emergencia de la burguesía agraria en la era soviética.

La importancia teórico-analítica de la categoría

Este “borramiento” de la burguesía agraria suele obliterar el estudio de la acumulación de capital. El espacio rural resulta siempre el lugar del atraso, aun cuando en la actualidad la perspectiva se haya aggiornado. El más claro ejemplo es la imagen de la tecnología en el agro latinoamericano, que ha estado siempre cuestionada, incluso en un ámbito tan moderno como el pampeano. Si no hay burguesía, priman comportamientos no capitalistas (rentismo, absentismo, etc.) y, por ende, ningún desarrollo tecnológico. Del mismo modo, el impacto en el territorio parece nulo, lo que no ayuda a comprender los complejos procesos y la densidad de tramas económicas y sociales que la burguesía agraria construye en estos espacios. Los eslabonamientos productivos y las proyecciones de capitales agrarios o que se asientan en espacios agrarios (como ARCOR, las empresas lácteas, la industria de maquinaria agrícola, los talleres metalúrgicos, bancos regionales, etc.) no reciben ninguna atención seria. Son pocos los estudios que se enfocan en pequeñas y medianas empresas. Incluso empresas grandes quedan eclipsadas por la predilección a las tropelías de las cerealeras o las historias familiares de terratenientes y latifundistas.

En el caso argentino (también en el de México o Brasil), grandes empresas agrarias de las ciudades del interior pampeano ordenan el espacio local en torno suyo, modelando la dinámica de ciudades enteras. Ni hablar de las del resto del interior del país, que sólo salen a la luz cuando alcanzan dimensiones y relevancia nacionales. Si el espacio económico y social resulta vaciado de contenido, no menos sucede con el político. Los orígenes de la Unión Cívica Radical en la Argentina, por ejemplo, permanecerán oscuros hasta que la burguesía agraria pampeana, sobre todo esa que no ocupa la cúpula (los Santamarina, Devoto, etc.), sino la que constituye a “potentados” locales, reciba la atención que merece. La diversificación del capital agrario (capitales que se desplazan por el conjunto de la economía, se integran verticalmente y construyen eslabonamientos hacia atrás y hacia delante) y la rica dinámica que ella adquiere, se pierde inevitablemente de vista.

Obliteraciones y debates

Las dos personificaciones históricas que obliteran el estudio de la burguesía agraria dieron lugar a debates de distinto tipo. En el caso de la asimilación con terratenientes, ha llevado a reflexiones sobre la dinámica del conjunto de la economía (como el viejo tema de la “vía de desarrollo” del capital, que permitía una comparación internacional) que una conducta pre-establecida impondría sobre la evolución de la economía (desde Aldo Ferrer a las actuales alusiones a la “oligarquía terrateniente”) y alienta perspectivas de políticas supuestamente radicales que “destrabarían” la acumulación (la “reforma agraria”). No cambia mucho si se reemplaza, como sucede hoy, al terrateniente por el “monopolio”, cuyo efecto sobre el nivel de empleo y los ingresos sería retrógrado, igual que sobre el dibujo de las estructuras sociales y sobre ciertos actores considerados socialmente más aceptables (algo muy claro en el caso del debate sobre la “agricultura familiar”). Por su parte, la figura del chacarero/farmer ha dado pie a muchos debates sobre la persistencia de agentes no —o poco— capitalistas. Allí, la corriente chaianoviana ha tenido una responsabilidad central en el ocultamiento del carácter burgués de figuras como el chacarero pampeano o el farmer norteamericano-canadiense.

En el fondo, estos debates, que se repiten cada vez que la acumulación de capital en el agro se acelera, con sus consecuencias de centralización y concentración, polarización social y movimientos de población, son tan viejos como la cuestión agraria misma y pueden rastrearse desde Kautsky, Lenin y Chayanov, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, hasta los enfrentamientos teórico-políticos en torno a la Alianza para el progreso y la crisis latinoamericana de los ’60-’70 o los que plantea la “nueva ruralidad” por estos días. Todos están marcados por ese prejuicio según el cual el agro no seguiría ni resultaría en los mismos carriles y términos que la acumulación del capital en general. Detrás de ese prejuicio se encuentra el núcleo de la negación de un actor de primera magnitud en cualquier sociedad capitalista, la burguesía agraria. Un cambio en la conceptualización de este personaje en los estudios agrarios abriría, seguramente, un amplio campo de investigación.

Bibliografía

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Balsa, J. (2006). El desvanecimiento del mundo chacarero. Bernal, Argentina: UNQ.

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Bartra, R. (1979). Estructura agraria y clases sociales en México. México: Era.

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Bernstein, H. y Byres, T. (2001). From Peasant Studies to Agrarian Change. Journal of Agrarian Change, 1(1), 1-56.

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Giarraca, N. (Comp.) (2001). ¿Una nueva ruralidad en América Latina? Buenos Aires, Argentina: Clacso.

Sartelli, E. (2020, en prensa). La sal de la tierra. Clase obrera y lucha de clases en el agro pampeano (1870-1950). Buenos Aires, Argentina: Ediciones ryr.


  1. Recibido: julio 2020.
  2. Licenciado y Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Director del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS). Contacto: capitanajab2004@yahoo.com.ar.


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