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Izquierda rural[1]

(Argentina, 1960-1970)

Guido Lissandrello[2]

Definición

Izquierda rural refiere a aquellas organizaciones o partidos políticos que, filiados en la tradición marxista y apostando a transformaciones sociales profundas en las décadas de 1960 y 1970, contemplaron en sus propuestas políticas un espacio importante a la reflexión sobre el espacio agrario argentino e incluyeron en su accionar el acercamiento y la vinculación con actores del ámbito rural, ya sea bajo la rúbrica de campesinos, chacareros o trabajadores del campo.

Orígenes

Desde sus orígenes, la izquierda argentina atendió a los problemas del campo, ya sea desde la tradición anarquista, como la socialista y comunista. El primer análisis marxista del agro fue esbozado por Germán Avé-Lallemant, cuyas ideas reivindicarán tanto el Partido Socialista (PS) como el Partido Comunista (PC). El ingeniero alemán sostuvo que el principal problema que frenaba el desarrollo agrario argentino era el latifundio y la clase que lo usufructuaba, los propietarios ganaderos monopolizadores de la tierra. Instalando una imagen persistente en toda la izquierda nativa, caracterizó a esta clase como especuladora, carente de un papel directivo y productivo, y limitada al usufructo del colono, los mayordomos y los peones (Tarcus, 2003/2004 y 2007).

El anarquismo no le otorgó a la cuestión agraria un lugar privilegiado (Suriano, 2001). Sin embargo, puede identificarse una caracterización ácrata del espacio agrario argentino, signada por la existencia de grandes latifundios y agricultura extensiva que implicaban una traba al desenvolvimiento económico del país. Frente a ello se postulaba como solución la socialización de la tierra y de todos los medios de producción, para dar pie a la constitución de granjas y estancias colectivas y cooperativas (Graciano, 2012).

El Partido Socialista fue el primer partido que, filiándose en la tradición marxista, le asignó importancia al estudio de la cuestión agraria argentina (Sartelli, 2010; Graciano, 2004; Adelman, 1989). Fue uno de sus primeros líderes, Juan B. Justo quien escribió el Programa Socialista del Campo, en el que se combinaba una marcada prédica antiterrateniente junto a una reivindicación de los pequeños o medianos productores, a quienes se refería como capas laboriosas. Esta imagen sería plasmada, para convertirse en un clásico, por Jacinto Oddone en La burguesía terrateniente argentina. Allí los terratenientes aparecen como devoradores del patrimonio de la Nación y el latifundio como una “rémora” del progreso social, los que condenaban a los “colonos” a la “peregrinación” eterna. Naturalmente, la salida que proponía era la de la reforma agraria, expropiando tierras a los dueños para ponerlas a disposición de quienes las trabajaran.

Por su parte, entre esas primeras izquierdas, debe destacarse al Partido Comunista (PC), partido que detentaría una larga producción escrita sobre el problema agrario durante todo el siglo XX (Sartelli, 2010; Graciano, 2007). El análisis comunista manifestaba evidentes similitudes con el elaborado en el PS, al coincidir en la denuncia a la estructura latifundista, a la clase terrateniente ganadera parasitaria y a su deriva política, el régimen oligárquico. Sin embargo, el comunismo argentino haría más hincapié en el fenómeno de la dependencia respecto del capital británico, el cual controlaría el comercio de exportación, el transporte, la banca y los frigoríficos. De este modo, se configuraría una dominación “oligárquico-imperialista”. Sin embargo, el mayor elemento de diferenciación entre comunismo y socialismo en materia agraria se ubica en la salida propuesta. Mientras el partido de Juan B. Justo apostó a la pequeña propiedad minando el latifundio por vía fiscal, el comunismo se mantuvo fiel a la experiencia bolchevique, basada en la colectivización de la tierra a partir de su expropiación masiva. Al menos, esa fue su propuesta hasta la década de 1930, cuando comenzó a cobrar fuerza la idea de la reforma agraria, es decir, del parcelamiento del suelo y su reparto entre productores independientes.

Un renovado interés agrario

En la Argentina la antigua preocupación de las izquierdas sobre el espacio agrario –determinada por el peso económico del sector rural en el conjunto de la estructura nacional– se reactualizó en las décadas de 1960 y 1970. Ello se debió a una serie de transformaciones profundas, entre las que se contaba un proceso de desconcentración sin dispersión de la tierra, la liquidación del viejo sistema de arriendos en favor del contratismo y el cambio tecnológico –signado por la evolución de la mecanización, la utilización de híbridos y semillas mejoradas y el mayor uso de plaguicidas y fertilizantes– (Barsky y Pucciarelli, 1997). Aquel proceso dio como resultado un incremento fenomenal de la producción agropecuaria y, sobre todo, de la productividad. En el marco de relaciones capitalistas de producción, las transformaciones mencionadas redundaron en una mayor concentración y centralización del capital.

Dicho proceso tuvo ganadores (los productores más eficientes que adoptaron las novedades) y perdedores (los productores más chicos e ineficientes, que quebraron). El escenario de desigualdad y quiebras es el que explica la conflictividad social agraria y la emergencia de fenómenos corporativos novedosos, como las Ligas Agrarias, que aglutinaron a heterogéneos sectores sociales, desde grandes productores hasta trabajadores con tierras (Rozé, 2011). Esta renovada efervescencia rural condujo a la izquierda a mirar con mayor detenimiento la vida social más allá de la ciudad.

 Las ideas-fuerza

La marcada agitación social de las décadas de 1960 y 1970, que trascendió al ámbito nacional, generó un escenario propicio para la acción de las izquierdas. No es de extrañar que en aquellos años surgieran y/o se consolidaran diferentes organizaciones y partidos de izquierda, que se filiaron en las diferentes tradiciones del marxismo. Como mencionamos, fueron los casos de partidos de vieja data que se autoinscribían en la tradición del estalinismo (Partido Comunista), otros que reivindicaban el maoísmo (Partido Comunista Revolucionario y Vanguardia Comunista), guevaristas (Partido Revolucionario de los Trabajadores), trotskistas (Partido Socialista de los Trabajadores, Política Obrera) y un autodenominado “socialismo revolucionario” (Organización Comunista Poder Obrero).

La preocupación de estas organizaciones por el agro adquirió diferentes intensidades, siendo el PC y las organizaciones maoístas y guevaristas las más dispuestas a reflexionar y actuar sobre el escenario. No así las trotskistas, que apostaban a una intervención decididamente urbana, ni el socialismo revolucionario, que descartaba la existencia de campesinos y de una “cuestión agraria”. Por estos motivos, esta última tradición no forma parte de la categoría que ordena este artículo

Aquella heterogeneidad y diversidad política de la izquierda se simplifica ostensiblemente cuando nos detenemos a examinar el tratamiento que recibió en sus propuestas el agro argentino (Lissandrello, 2019). Allí nos topamos con una serie de tópicos comunes y compartidos: la existencia de una oligarquía, el latifundio como traba al desarrollo capitalista, la penetración del imperialismo a través de los monopolios comercializadores, el estancamiento agrario y la existencia mayoritaria del campesinado o de una capa chacarera. En definitiva, predomina la idea de un desarrollo capitalista incompleto en la Argentina, producto de una burguesía que no habría culminado con la totalidad de sus tareas, al no lograr acabar con relaciones sociales previas, erigir un Estado completamente bajo su dominio y desarrollar un sólido mercado interno que fuera asiento de una potente industria nacional.

Para estas izquierdas, el campo constituía el reino de la gran propiedad latifundista, una enorme extensión de tierra monopolizada en manos de una clase particular: la oligarquía. Ésta era caracterizada en virtud de un comportamiento particular, parasitario o rentístico, ajeno a toda lógica económica, en el que el objetivo final era la prosecución de ganancias cuantiosas con el mínimo esfuerzo posible. Es por ello que se la identificaba, en la mayoría de los casos, con la actividad ganadera, en oposición a la agricultura que insumiría más dedicación por parte del productor. Mientras que el PC encontraba rasgos feudales o semifeudales en esta oligarquía, las organizaciones maoístas y guevaristas optaban por definirlas como precapitalistas y el trotskismo las identificaba como capitalistas de baja productividad. Lo cierto es que todas las izquierdas coincidían en su carácter retardatario que daba lugar a un escenario de estancamiento agrario.

La contracara de esta clase era el pequeño productor directo, a quien podía aplicársele diferentes sustantivos –campesino, chacarero, productor independiente– para referirse siempre a la misma imagen: la de un arrendatario oprimido por los altos cánones, siempre al límite de la subsistencia o, en los mejores casos, capaz de llevar un excedente al mercado. La existencia de un campesinado rico o de un chacarero que explotara una porción significativa de fuerza de trabajo no era desconocida, empero era subsumida en la imagen del arrendatario oprimido. Se atribuía el origen último de esa opresión a la apropiación privada de la tierra bajo la forma de monopolio, que le otorgaba al latifundista la potestad de cobrar una renta.

De esta lectura, que como vimos al comienzo tenía ya una larga tradición en el universo de las izquierdas, se desprendía un diagnóstico de la dinámica general del país. Al estar impedido el acceso a la tierra por parte de los productores más interesados en el desarrollo y con una lógica de eficiencia que no era la del latifundista, el país no desplegaba el verdadero potencial agropecuario que podía alcanzar. Ello, a su vez, repercutía en el conjunto de la economía, pues la industria urbana se atrofiaba, al no poder recibir una inyección de inversiones que provinieran de las riquezas agrarias. Es por ello que el PC, expresando en realidad la lectura de toda la izquierda rural, sostenía que el problema agrario era el mayor problema que enfrentaba el país, y que era el principal nudo a desatar por parte de quienes aspiraban a una transformación social profunda.

Propuestas

Estos diagnósticos daban lugar, a su vez, a definidas estrategias de intervención en el mundo rural. La izquierda a la que aquí nos referimos defendió, como consigna central para resolver el problema del campo, la reforma agraria. Esto es, la expropiación del conjunto de la oligarquía, para un reparto de tierras que diera acceso a los “verdaderos” productores, es decir, los ex arrendatarios, campesinos o chacareros, e, incluso, al trabajador rural. Cierto es que esta propuesta adquirió diferentes modulaciones, desde quienes sostenían que las expropiaciones debían ser con pago a aquellos que consideraban que no debía mediar ninguna prenda de intercambio. Más allá de esto las izquierdas coincidían en la necesidad de acabar con el monopolio del suelo y librar su acceso a quienes realmente tenían interés. De allí la famosa frase “la tierra para quien la trabaja”. Esto ocurrió incluso en la tradición menos proclive a defender la existencia de un campesinado como realidad dominante en el campo, el trotskismo, que generalmente rehuía al concepto de reforma agraria y lo reemplazaba por el de colectivización o nacionalización. Sin embargo, cuando explicitaba quienes sufrirían ese proceso, siempre se refería a los “grandes” propietarios, motivo por el cual excluía a los productores más pequeños. De ese modo, en los hechos, defendía una reforma agraria.

Consecuentemente con la consigna de reforma agraria, los partidos de la izquierda rural defendieron una estrategia para aglutinar a quienes eran las dos expresiones de las “capas laboriosas” del país: el campesinado y el proletariado. Nos referimos a la alianza obrero-campesina. Los partidos, guiados por esta apuesta, no debían contentarse con desarrollar una intervención en el ámbito fabril, sino que era además necesario marchar al campo, para encontrar allí no solo a su par explotado (el trabajador rural) sino también a otra fuerza social a la que juzgaba también explotada u oprimida (el campesinado).

Reflexiones

Si se tiene en cuenta el escenario de transformaciones agrarias descripto en el tercer apartado, en base a especialistas en la materia, y se lo compara con las ideas-fuerza de la izquierda rural, se podrá apreciar una evidente contradicción. Mientras las organizaciones denunciaban la consolidación del latifundio, se producía un proceso de desconcentración sin dispersión de la tierra. Del mismo modo, se acusaba un parasitismo oligárquico en el mismo momento en que se incorporaban grandes innovaciones técnicas y tecnológicas al agro. Tampoco encontraba correlato el supuesto estancamiento, cuando las décadas en cuestión comenzaron a mostrar un crecimiento en producción y productividad agraria. Estos contrastes nos permiten reflexionar sobre la pertinencia de las ideas de la izquierda sobre el escenario en el que buscaban actuar. Ideas que reproducían acríticamente las experiencias coaguladas en las grandes tradiciones del marxismo, que habían sido efectivas en otras latitudes y en otros tiempos históricos, y, sin embargo, no parecían corresponderse con las coordenadas socio-económicas de la Argentina.

Bibliografía

Adelman, J. (1989). Una cosecha esquiva. Los socialistas y el campo antes de la Primera Guerra Mundial. Anuario IEHS, (4), 293-333.

Barsky, O y Pucciarelli, A. (1997). El agro pampeano. El fin de un período. Buenos Aires, Argentina: FLACSO-Oficina de Publicaciones del CBC-UBA.

Graciano, O. (2004). Soluciones para la crisis del capitalismo argentino. Las propuestas socialistas para la transformación de la economía pampeana en los años ’30. En Galafassi, G. (Comp.). El Campo Diverso. Enfoques y perspectivas de la Argentina agraria del siglo XX (pp. 69-94). Bernal, Argentina: Editorial Universidad Nacional de Quilmes.

Graciano, O. (2007). Alternativas de izquierda para un capitalismo en crisis. Las propuestas de los partidos Socialista y Comunista de Argentina ante la crisis de su economía agraria, 1930-1943. En Girbal-Blacha, N. y Mendonça, S. (Coords.), Cuestiones agrarias en Argentina y Brasil. Conflictos sociales, educación y medio ambiente (pp. 203-221). Buenos Aires, Argentina: Prometeo.

Graciano, O. (2012). La escritura de la realidad. Un análisis de la tarea editorial y del trabajo intelectual del Anarquismo argentino entre los años ’30 y el Peronismo. Izquierdas, (12), 72-110.

Lissandrello, G. (2019). La izquierda argentina frente a la cuestión agraria durante las décadas de 1960 y 1970. Tesis de Doctorado. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Argentina.

Rozé, J. (2011). Conflictos agrarios en la Argentina. El proceso liguista (1970-1976). Buenos Aires, Argentina: Ediciones ryr.

Sartelli, E. (2010). La sal de la tierra. Clase obrera y lucha de clases en el agro pampeano (1870-1940). Tesis de Doctorado, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Argentina.

Tarcus, H. (2003/2004). ¿Un marxismo sin sujeto? El naturalista Germán Avé-Lallemant y su recepción de Karl Marx en la década de 1890. Políticas de la memoria, (4), 72-90.

Tarcus, H. (2007). Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.


  1. Recibido: mayo de 2020.
  2. Profesor de enseñanza media y superior en Historia, Licenciado en Historia y Doctor en Historia, títulos obtenidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (FFyL-UBA). Docente del departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, becario posdoctoral del Consejo Nacional de lnvestigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con lugar de trabajo en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Contacto: g.lissandrello@hotmail.com.


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