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Bioculturalidad. Saberes campesinos[1]

(América Latina, siglos XIX-XX)

Antonio Ortega Santos[2]

Definición

Es el conocimiento, innovaciones y prácticas de los pueblos indígenas, que abarcan desde los recursos naturales en todas sus dimensiones, hasta los paisajes que crean.

Mirando lo biocultural desde un largo ciclo histórico

Desde hace siglos, la Humanidad ha seguido un hilo de relación con su entorno natural en tanto una especie más dentro de la diversidad biológica. Esencia social y natural convergentes a la hora de consolidar formas de relación sociometabólica (Toledo et al 2014) que hacen que dialoguemos y dependamos de la naturaleza asociándonos con ella. El volumen de población (más de 7.000 millones), junto a la dimensión de excepcionalidad de nuestra especie (tamaño de cerebro y conciencia) y a la enorme influencia antrópica a nivel local y planetario de las acciones vinculadas a la vida, producción y consumo colocan a la especie humana ante desafíos que sólo puede abordar desde su memoria biocultural, acumulada a lo largo de más de 20.000 años. Procesos cognitivos-reproductivos violentados por el proceso ecocida de la Modernidad Capitalista —que resulta en luchas por las epistemologías del Sur (De Sousa et al, 2020) por la acumulación, centralización y concentración de riqueza— hacen al ser humano-societario presa del presente, despojado de saberes históricos ancestrales.

La diversificación como proceso evolutivo (heterogeneidad espacial, productiva, multiplicidades de saberes y haceres ambientales, etc.) se bifurca en el análisis convencional entre la antropología biológica y cultural, que a su vez pueden subdividirse en agrícola y paisajística (Toledo et a, 2014, 24). Desde hace más de 3500 millones de años, los organismos vivos han venido sufriendo procesos de adversidad ambiental, subseguida de fenómenos de extinción masiva.

En una ulterior fase, la antropización del planeta, de la mano de la colonización humana, ha impactado sobre la diversificación de la historia natural en la que se ubican las diversificaciones genética y lingüística. Genomas y lenguas se entrelazan en la historia de la humanidad, empujándonos a la necesidad de conceptualizar el número de lenguas como equivalente al número de culturas, depósitos de saberes territoriales acumulados en un “territorio conceptual” de casi 7000 lenguas (Gordon, 2005). Este proceso se amplía y expande con la ola de creación de nuevas especies, de saberes agrícolas, conferidos desde las revoluciones agrícolas del Neolítico y los centros de domesticación de especies animales y vegetales al servicio de la expansión de la agricultura en Oriente Medio, Mediterráneo, Sudeste Asiático, Centroamérica, Zona Andina, etc. (Vavilov, 1926). El paso último de los procesos de domesticación humana sobre el territorio (cuarta ola) devino en la creación de los paisajes antropizados (en íntima relación con la ola de creación de nuevas especies con la revolución agrícola) en cuanto modificación de hábitat para la creación de zonas humanizadas (paisajes) con vocación hacia la domesticación del territorio para complementar o sustituir los hábitats originales hacia una diversificación biológica, agrícola y paisajística.

Bioculturalidad desde su origen etnoecológico

En una perspectiva general, la diversidad biológica o biodiversidad se expresa en las diferentes formas de vida sobre la tierra (Wilson, 1992), tomando como parámetro el número de especies presentes en un ecosistema, resultante de largos procesos históricos de adaptación y mutabilidad dinámica de espacios geográficos y ecológicos. El concepto megadiversidad (Mittermeier y Goettsch-Mittermeier, 1997) atiende al concepto de diversidad de enfoques analíticos de matriz espacial nacional, estimando que 17 de los 228 países poseen 60-70% de las 250.000 plantas superiores (plantas terrestres, agua dulce y marinas junto a endemismos), con especial presencia en una docena de países (Brasil, Indonesia, Colombia, Australia, México, Madagascar, Perú, China, Filipinas, India, Ecuador y Venezuela). Siguiendo este hilo argumental, Myers (2000) propuso identificar 34 regiones clave (hotspots) en los que se ubican los más altos niveles de biodiversidad, aunque sus hábitats naturales hayan perdido la mayor parte de su superficie original (biodiversityhotspot, 2021). Son regiones clave con sólo 1,4% de superficie terrestre que contiene como depósito biológico más del 40% de la biodiversidad global, más de la mitad de las especies vasculares en peligro de extinción y 60% de los vertebrados amenazados (Brooks et al, 2002). En conjunto, los hotspots contienen regiones no antropizadas o silvestres equivalentes al 46% de la superficie terrestre (sin incluir los mares) con sólo 2,4% de la población humana del mundo (Mittermeier y Goettsch-Mittermeier, 1997).

Siguiendo a Gordon (2005), se reconocen 6.700 lenguas, con ejemplos relevantes como Indonesia y Papua Nueva Guinea como megadiversos con más de 1500 lenguas, un segundo grupo con países como México e India, entre otros, con entre 350 y 470 lenguas (4% de países con más del 54% de lenguas vivas) y un tercer grupo hegemónico con Brasil, Estados Unidos, Filipinas, Malasia, Tanzania, Chad entre otros que agrupan más del 20% de los idiomas del mundo. Estos centros bioculturales, en los que se hablan 6.000 lenguas, son los que representan la diversidad cultural de nuestra especie. Son también las sociedades tradicionales, pueblos indígenas, los reservorios de conocimientos del territorio. Pero las tendencias en los últimos decenios no son favorables para los mundos campesinos, detentadores del manejo agroecosistémico. Siguiendo datos de la FAO, en la década de los 80 del siglo XX, la población rural —entendida como la que depende para la subsistencia de la recolección, la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la caza y la pesca se hizo minoritaria. Entre 1957 y 2004, la población rural, encargada de manejos de los recursos bióticos del planeta pasó del 57% al 40%, expresándose también una creciente presión antrópica sobre los ecosistemas. Esta población rural se encuentra en los países del Tercer Mundo —calificado así desde una ciencia eurocéntrica— estando el 95% concentrado en países agrarios y sólo el 5% en países industriales (siendo la población activa agraria en estos últimos no superior al 5%). Frente a estos criterios de europeización de los agroecosistemas a escala global de la mano de la agricultura científica: la autosuficiencia, los sistemas de conocimiento y cosmovisión, energía de matriz humana y animal —no fósil— y la productividad ecológica y del trabajo se convierte en el gran desafío de los mundos campesinos, enfrentado la modernización agroindustrial. La producción campesina a pequeña escala, como herramienta para la reproducción socioproductiva de la economía campesina, como indica Chambers (1997) se sustenta en que 2/3 de los campesinos del Tercer Mundo mantienen su producción con base a sus recursos genéticos locales y el uso de energía renovables, productores a pequeña escala que son más de 1.270 millones de personas. Frente a este escenario, como bien indicó Pretty (1995), la modernización de los espacios agrarios nos deja tres escenarios posibles: a) la agricultura industrial que domina en países desarrollados enfocado en orientaciones comerciales y que beneficia al 20-22% de la población mundial, b) el paradigma de Revolución Verde que facilita alimentos al 45% de la población mundial (2.600 millones de personas), y c) los sistemas agrícolas tradicionales con alto nivel de complejidad de arquitectura ecosistémica, bajo nivel de inputs externos y uso de tecnologías in situ, basados en saberes tradicionales, que suministran alimentos para el 30-35% de población mundial (2.000 millones de personas) (Netting, 1993).

Pueblos indígenas y bioculturalidad. Ejemplos desde los Sures

Sin duda, los pueblos indígenas dominan más de 5.000 lenguas, teniendo cada una de ellas menos de 1 millón de hablantes, significando en su conjunto más del 80% de la biodiversidad cultural del planeta. En total suman 300 millones de personas, que habitan en 75 países y “sentipiensan” los principales biomas del planeta. A la hora de establecer criterios que los caractericen proponemos que estos pueden ser: a) descendientes de habitantes originales de territorios colonizados; íntimamente ligados a la naturaleza por sus cosmovisiones y conocimientos de pluriactividad natural; b) desarrollan formas de producción rural a pequeña escala; c) no mantienen esferas institucionalizadas de poder sino comunitarias de consenso; comparten lenguas, valores y morales con el territorio; d) tienen un programa de convivencia no materialista con su territorio frente a la civilización urbano industrial; e) suelen estar subyugados a otras sociedades dominantes y disponen de rasgos identitarios compartidos. Estos pueblos, que ocupan una parte sustancial de los bosques tropicales, boreales, montañas, pastizales, tundras y desiertos, junto a las costas, riberas y mares son los guardianes de la conservación de la biodiversidad. Con una cualidad ausente del pensamiento occidental, veneran la tierra, la respetan y la conciben como inalienable (Berkes, 1999). Para estos pueblos, todas las cosas vivas y no vivas, el mundo social y natural están intrínsecamente ligados (principio de reciprocidad) y cada acto de apropiación tiene que ser negociado con las cosas existentes (vivas y no vivas) mediante intercambios simbólicos (rituales varios). De ahí que su conocimiento ecológico sea local, colectivo, diacrónico y holístico (Toledo et al, 2014, p. 57). Este corpus de cosmos y praxis es transmitido oralmente, es conocimiento no escrito, importante para las culturas indígenas y nacido de su memoria biocultural.

El pueblo otomí habita el centro de México y fue forzado a la sedentarización por la colonia en tierra altas semiáridas y frágiles de la Meseta Central, con especial ubicación en el Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo. A lo largo de siglos han desarrollado un complejo sistema de uso de suelos y tierras (Johnson, 1977): áreas inundables, construcción de presas y “atajadizos” o “bordos” en las laderas, evaluando cuidadosamente procesos de erosión y depositación. Suponen un alto nivel de conocimiento y experimentación sobre dinámicas hidrogeológicas, realizando un manejo de deslizamiento del suelo, transporte y acumulación de sedimentos, para proceder a reconocer tres categorías principales unidades terrestres: paisaje, terreno y campo según tipo de relieve y gradiente de inclinación, condicionando el potencial productivo agrícola según condiciones de agua-suelo; siendo la primera unidad resultado natural de la tierra y la segunda y tercera consecuencia de manejo humano. Su noción del agua “como factor que complica el suelo porque lo modifica” afecta a la evaluación de procesos de formación de suelo, fertilidad y productividad, procesos de salinización y compactación edáfica. Cuando se trasladan a tipologizar los suelos establecen cinco sistemas agrícolas: atajadizo, bordo, plan, ladera y elame. Todos son evaluados por el tipo de policultivo de milpa, con técnicas de aportación de suelos que permite superar la baja productividad de estos, mediante la inundación con sedimentos.

El pueblo huare vive en San Mateo del Mar, sur del Estado de Oaxaca, México, siendo no más de 17.500 personas, se asienta en un abarra litoral entre dos lagunas. El clima está marcado por dos grandes estaciones: la seca de otoño-invierno y la de lluvias durante el período primavera-verano. Su Memoria Biocultural se asienta en dos estrategias frente a la incertidumbre climática: percepción sacralizada y comprensión sobre fenómenos naturales desde cosmovisión prehispánica (junto a elementos sincréticos de catolicismo popular). Con ello predicen los fenómenos naturales y pueden fomentar la relación con los seres sobrenaturales, junto a un saber de suelos que les permite construir un policultivo basado en el maíz (Zizumbo y Colunga, 1982). Desarrollan una taxonomía de once suelos organizados jerárquicamente según textura, grado de sensibilidad, erosión eólica, capacidad de retención de humedad, drenaje, estructura, etc. Asentando así una clara distinción dual entre suelo y tierra, en una evaluación multidimensional del paisaje que permite modelar el relieve para controlar el drenaje del suelo para aplicar un conocimiento a escala meso y micro.

El último ejemplo para considerar son los pueblos del Delta del Orinoco en Venezuela. El pueblo warao tiene un saber biocultural asentado en el citado Delta que le ha permitido sobrevivir por lo menos por 7.000 años (Wilbert, 1995). Es un pueblo con 28.000 habitantes distribuidos por 250 comunidades que, por presión colonizadora de otros pueblos, acabó refugiado en zonas del delta del Orinoco. Poseen una cultura ágrafa, trasmitiendo oralmente sus saberes en cadenas semánticas formadas por una raíz a la que se añade calificativos como los binomios occidentales, clasificados en lexemas productivos y no productivos. En el campo de los saberes ecológicos distinguen 15 unidades ecogeográficas con 7 cuerpos de agua, agrupados en 4 órdenes, reconociendo como topografías básicas: plano de inundación, albardón (límite máximo de agua fluviales dentro de la creciente) y herbazal. En el sustrato reconocen tres sedimentos: arena (wa) limo y arcilla (hokoroko). El mundo vivo para los warao dispone de una categoría que comprende el reino vegetal (arao y arau) que se despliega en 5 unidades mofobotánicas (hierbas-beheraw; manglar-ero araw; estrato arbóreo-dau araw; hierbas-beberaw; palmas-morichal) procediendo desde ahí a ubicar a los seres vivos, incluidos los humanos, en relación a los diversos estratos del bosque. Hasta su reciente sedentarización para el desarrollo de la práctica agrícola, ha subsistido de la caza, pesca, captura de fauna litoral (cangrejos) y recolección de productos de palmas.

Reflexiones

A modo de corolario, lo biocultural se nos erige como un elemento de construcción para la continuidad de otros muchos mundos posibles. Reconfigurar nuestros saberes ancestrales como caja de herramientas con la que poder afrontar el “después” de la crisis civilizatoria a la que el capitalismo nos conduce, empuja y precipita como abismo. Nos urgen dos retos éticos: apostar por la recuperación de nuestra conciencia de especie desde la que repensar la relación metabólica con la Tierra-Pachamama y encontrar en el pasado las lecciones de sustentabilidad en el territorio, diseñando Neoecosistemas desde nuestras Bioregiones con los que acompañar la vida en paz con el lugar. Este último reto sólo es factible desde el (neo)aprendizaje de los saberes del sur, del sur global, de nuestros mundos campesinos. Su resiliencia debe ser también la nuestra, pero ese es otro desafío civilizatorio por caminar.

Bibliografía

Barrera Bassols, N. (2003). Ethonpedagogy: a worldwide view on the soil knowledge of local people. Geoderma, 111(3-4), 171-195.

Berkes, F. (1999). Sacred Ecology. Traditional Ecological Knowledge and Resources Management. Philadelphia, EEUU: Taylor and Francis.

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Chambers, R. (1997). Whose reality counts? Putting th first last. London, UK: Intermediate Technology.

De Sousa Santos, B. y Meneses, P. (Eds.) (2020). Epistemologies of the South. Knowledges born in the Struggle. Constructing the Epistemologiees of the Global South. New York, EEUU: Routledge Press.

Gordon, R. G. Jr. (2005). Ethnologue. Languaes of the World. Dallas, EEUU: Sil International Edition.

Johnson, K. J. (1977). Do as the land bids: a study of tomo resource-use on the eve of irrigation. (Tesis Doctoral). Clark University, EEUU.

Mittermeier, R. y Goettsch-Mittermeier, C. (Eds.) (1997). Megadiversity. The biological richest countries of th world. México D.F., México: Agrupación Sierra Madre – Conservation International CEMEX.

Myers, N. (2000). Biodiversity hotspots for conservartion priorities. Nature, 403, 853-858. Recuperado el 19/2/2021 de http://t.ly/Ptzm

Pretty, J. N. (1995). Regenerating Agriculture. Policies and Practice for sustainability and self-reliance. London, UK: Eartshcan Publications.

Toledo, V. (2014). La Memoria Biocultural. La importancia de las sabidurías tradicionales. Popayán, Colombia: Editorial UniCauca.

Toledo, V. (2019). Los Civilizionarios. Repensar la modernidad desde la ecología política. Morelia, México: IIES Juan Pablo Editor.

Vavilov, N. I. (1926). Studies on the origin of cultivated plants. Leningrad, URSS: Impresión Gutemberg.

Wilbert, W (1995). Conceptos Etnoecológicos warao. Scientia Guayanae, 5, 335-370.

Zizumbo, D. y Colunga, P. (1982). Los huaves: la apropiación de los recursos naturales. Texcoco, México: Universidad Autónoma de Chapingo/Departamento de Sociología Rural.


  1. Recibido: febrero de 2021.
  2. Licenciado y Doctor en Historia por la Universidad de Granada Actualmente se desempeña como profesor titular en el Departamento Historia Contemporánea Universidad de Granada, España (UGR) y como lider del Grupo de Investigación South Training Action Network of Decoloniality (STAND) de la Red de Estudios sobre Sostenibilidad, Patrimonio, Participación, Paisaje y Territorio (Institución Asociada CLACSO).


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