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Agua[1]

(Argentina, 1880-1930)

Gabriel Garnero[2]

Definición

A fines del siglo XIX la consolidación estatal, la transformación económica y el avance científico redefinieron al agua y su vínculo con la sociedad. Bajo la óptica moderna de orden y progreso, el líquido devino en un insumo clave para la intensificación agrícola, la urbanización y la industrialización, cuyo suministro continuo y de calidad era imprescindible. Así, las disparidades hídricas en el país delinearon un “problema del agua” asociado a los proyectos gemelos de modernización y construcción nacional, lo cual se tradujo en múltiples intervenciones para transformar las socio-naturalezas hídricas del territorio argentino.

Origen

Las características hidrometeorológicas de la Argentina contribuyeron a definir las ideas y prácticas sociales en torno al agua. En este sentido, en el período considerado existía una sustancial diferencia entre zonas húmedas y zonas secas, cuya línea divisoria correspondía a la isoyeta de 500 milímetros anuales. La zona seca era parte de la diagonal árida de América del Sur y representaba dos terceras partes del país, abarcando el centro oeste, noroeste y Patagonia. Mientras que la Mesopotamia, oriente de las zonas Pampeanas, Chaqueña, estrechas franjas de selva tucumana-oranense y Valdiviana disponían de lluvias abundantes; concentrando la cuenca del Río de la Plata el 85% de los caudales superficiales.

Hasta mediados del siglo XIX, la desigualdad señalada se había entrelazado con procesos de fundación, colonización y transporte que en general no alteraron profundamente las dinámicas de las cuencas. Pero desde fines del siglo XIX, los procesos de consolidación estatal y modernización económica supusieron un cambio cualitativo en la concepción sobre el agua e implicaron intentos explícitos por reconfigurar aquellas socio-naturalezas hídricas. Las situaciones de “escasez” o “exceso” de agua se redefinieron a la luz de las ideas de orden y progreso del siglo XIX. Las dinámicas hídricas asumieron un rol central en el avance sobre zonas consideradas “desiertas”, en el fortalecimiento de la presencia territorial del Estado y en las posibilidades de producción agrícola-ganadera para el mercado mundial. El área pampeana, cuyas características agroecológicas (clima, suelo, etc.) favorecían la producción de cultivos y carnes de exportación, fue ponderada por la élite política, económica y técnica. Por el contrario, a las zonas extra pampeanas se las caracterizó como “naturalezas deficientes” –muy húmedas o áridas– y susceptibles de rectificación mediante intervenciones sociotécnicas. Esa imagen se articulaba con visiones negativas sobre las sociedades hispano-criollas e indígenas y sus sistemas locales de relación con el agua. Así, el entrelazamiento entre diferencias biofísicas locales, ideas de deficiencia socio-natural y “atraso” (barbarie) movilizaron los intentos de modernización (civilización) de estas regiones, mediante una verdadera transformación geográfica que permitiera su inserción al modelo agroexportador.

Misión hidráulica

Aquel moderno imaginario geográfico explica el nacimiento, principalmente en algunos gobiernos provinciales (por ejemplo, de Córdoba o Mendoza) y más tardíamente en el gobierno nacional, de un sentido de “misión hidráulica”: la convicción de que cada gota perdida constituía un desperdicio y requería inversión de trabajo y energía, a fin de reorganizar socio-naturalmente los sistemas para hacerlos más productivos (Molle et al., 2009). Esto implicaba tanto una reorganización física de las dinámicas hídricas, como una transformación de los sistemas sociales de uso por parte de las comunidades.

Bajo este clima de ideas, en las últimas décadas del siglo XIX y de la mano de la progresiva formación de una burocracia hidráulica especializada, proliferaron estudios sobre factores biofísicos locales y proyectos vinculados a transformar la realidad hídrica mediante la ciencia y la tecnología. Un ejemplo fueron las observaciones pluviométricas que, desde 1870, se tornaron sistemáticas. Prueba de tal ímpetu es que a principios de siglo XX el país contaba con una red de 800 pluviómetros. Durante este proceso, sus promotores señalaban la oposición existente entre las formas científicas/racionales de vincularse con el bien hídrico y otras tradicionales/irracionales que suponían un mal manejo y derroche.

“Escasez” y “exceso”: reorganización de los flujos de agua

En aquellas provincias con territorios áridos y semiáridos, el problema del agua giró mayormente en torno a la idea de “escasez” (sequía) y la necesidad de ordenar su uso urbano y rural (Rojas, 2021). En ese sentido, la formación de oasis de irrigación se erigió como un objetivo clave para frenar el éxodo poblacional y producir racionalmente y, de este modo, romper los esquemas de autosubsistencia e integrar los territorios locales al sistema económico regional y nacional. El foco se puso en las aguas superficiales, dada la imposibilidad de la época de usar las subterráneas a gran escala.

La aprobación de normas, códigos rurales y leyes de agua marcaron hitos. A nivel nacional, el código civil de 1869 asentó el control público sobre las aguas, siendo lo suficientemente amplio como para adaptarse a la diversidad de territorios. Tras varios intentos fallidos, la sanción de la ley de riego número 6546 de 1909 trazó el comienzo del impulso nacional a las grandes obras hidráulicas. Sin embargo, su efecto transformador fue marginal y despertó una enconada crítica de hidrólogos e ingenieros. En cambio, los gobiernos provinciales fueron pioneros en el ordenamiento, tal es el caso del de San Juan, responsable de la primera ley de aguas (en 1858). En adelante, otras provincias siguieron sus pasos, usando diferentes referencias y originando un palimpsesto administrativo en el que a veces no coincidían las unidades de medida del reparto. En provincias como Mendoza, el agua alcanzó tal relevancia que llegó a incluirse en su Constitución (Martin et al., 2010).

Simultáneamente, surgieron proyectos que empleaban infraestructura moderna para reorganizar los flujos de agua. La máxima aspiración en el imaginario de innovación se plasmó en los grandes diques para regular el régimen de las corrientes. Generalmente, excedieron la capacidad de los agentes privados y Estados provinciales, aunque en algunos lugares –como Córdoba, San Luis o Mendoza– lograron materializarse. Los Chorrillos, Potrero de Funes, Cipolletti y San Roque representaron obras de referencia, en especial esta última, ya que se convirtió en el embalse más grande del mundo durante varios años. Asimismo, en los ríos de la zona semiárida y árida se concretaron las primeras iniciativas de aprovechamiento hidroeléctrico, como la usina Bamba de 1897 en Córdoba.

En zonas donde las precipitaciones eran abundantes, la problemática delineó otros ejes. En primer lugar, existía consenso gubernamental y técnico en adecuar los ríos para acrecentar el transporte fluvial, en plena transición de embarcaciones de vela a las de vapor (Camarda y Mateo, 2020). Según la visión hegemónica, esto facilitaría la colonización e integración de territorios, por su potencial capacidad de ofrecer un sistema alternativo a las vías férreas. En el Litoral, Chaco y Patagonia las corrientes simbolizaban “rutas que caminan”, vías de conquista y “civilización”.

Estas preocupaciones se reflejaron en discusiones académicas, estudios y legislación. Navegación, drenajes y saneamiento constituyeron las principales reseñas sobre el agua en los cuerpos normativos de las provincias del Litoral. En este marco, se diseminaron proyectos públicos y privados de transformación hídrica centrados en la navegabilidad fluvial, dragados e infraestructura portuaria. Algunos estudios procuraban refuncionalizar y canalizar corrientes para conectar territorios alejados del Paraná (como los proyectos en torno al Río Tercero, Bermejo, Pilcomayo, Salado, Dulce, Arrecifes, entre otros). Además, se ejecutaron canales para drenar zonas agrícolas inundables y se realizaron desecaciones con fines sanitarios (Banzato, 2021). No escapó de la mirada de la élite la enorme potencialidad que los caudalosos afluentes del sistema del Río de la Plata brindaban para la generación eléctrica. No obstante, las ambiciosas obras excedían las capacidades sociotécnicas y estatales del momento.

Usos y resistencias

Tanto en zonas áridas como húmedas, los flujos de agua enlazaron territorios rurales con áreas urbanas en varios sentidos. Por un lado, las cuencas y sus intervenciones aseguraron la provisión de agua, energía hidroeléctrica y alimentos (cinturones hortícolas) a las crecientes ciudades. En este sentido, fueron clave los modernos estándares higienistas sobre el agua potable y la consecuente necesidad de modificar no solo la cantidad, sino la calidad de los flujos, mediante intervenciones físico-químicas que aseguraran su “pureza”. Por otro lado, los centros de población también usaron las corrientes como vías de salida de las aguas residuales. Adicionalmente, ríos, lagunas y playas se erigieron como puntos de atracción predilectos de élites urbanas cuya posibilidad de vacacionar en la campiña se enarbolaba como un signo de distinción.

Atravesado por múltiples intereses, el proceso de transformación encontró diversas formas de resistencia, tanto biofísicas –de configuraciones materiales preexistentes (dinámicas naturales e infraestructura)– como sociales –de comunidades y actores locales, mediante prácticas sociales contestatarias–. Esta tensión entre socio-naturalezas hídricas precedentes y las impulsadas por el Estado, los agentes económicos dominantes y los cuadros científico-técnicos resultó en configuraciones heterogéneas. Dependiendo de la zona del país, coexistieron formas modernas de pensar y relacionarse con el agua, junto a otras que conservaban tecnología, sistemas de uso y distribución diferentes, tanto indígenas como de tradición hispano criolla. A partir de 1930, algunos de los procesos señalados se profundizaron y, de la mano de las ideas a favor de la sustitución de importaciones, fue el Estado nacional el que incrementó su rol interventor en las dinámicas socioambientales hídricas.

Perspectivas de análisis

A lo largo de la historia han existido múltiples abordajes sobre el agua. Entre fines del siglo XIX y principios del siguiente en la Argentina predominaron los enfoques fisiográficos deterministas y utilitaristas. Bajo estas perspectivas, primero naturalistas y luego ingenieros, agrónomos y otros técnicos se interesaron por las dinámicas del agua y su rol en la colonización, la producción y la modernización. Impulsados por tal interés, proliferaron análisis ingenieriles, geografías e historias que colocaron el foco en el clima y las diferencias de precipitaciones para explicar las desigualdades socioterritoriales. Algunos expertos se limitaban a ofrecer visiones generales del panorama hídrico en todo el país, mientras que otros emprendieron proyectos e investigaciones destinados a efectuar intervenciones modificadoras. En la mayor parte de los estudios la enumeración de características climáticas e hidrográficas constituye un elemento más dentro del conjunto de características biofísicas. Esta visión, reconfigurada, ha influido en los informes técnicos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y del Consejo Federal de Inversiones (CFI), tanto en la segunda mitad del siglo XX como en la actualidad.

En la historiografía, el agua tradicionalmente sólo ha sido tomada como un factor anexo, no central en los análisis. En aquella vertiente académica en la que sí ganó centralidad, predominó cierta dispersión temática (estudios sobre riego, transporte fluvial, conflictos distributivos, derecho de aguas, generación de energía eléctrica, entre otros). A partir de la emergencia del paradigma ambientalista, en la década de 1970, se fue transformando la visión sobre la dicotomía sociedad-naturaleza y se dieron novedosos desarrollos desde la antropología, la geografía y la historia. Tal giro implicó el abandono de los determinismos fisiográficos, la superación de la visión cartesiana que divide sociedad/naturaleza y el resurgimiento del interés por las dinámicas hídricas como elemento activo del proceso de configuración política, económica y social del país.

En los últimos decenios la producción académica argentina dedicada al agro ha reconocido el rol activo del agua, sin considerarla de modo ambiental-determinista ni como telón de fondo. Esta complejización se ha reflejado especialmente en áreas como la historia ambiental y agraria, la ecología política y social, la geografía crítica o la antropología, entre otras. Cabe destacar en este sentido, por su número y variedad, los trabajos sobre la provincia de Mendoza. También ha sido muy enriquecedora la construcción de conceptos que profundizan el análisis de las dinámicas ambientales del agua. En efecto, en base a la ponderación de su especificidad temporal y espacial, se las piensa en forma de “socio-naturalezas”, “sistemas hídricos”, “territorios hidrosociales” o “paisajes hídricos” (waterscapes). Definitivamente, las dinámicas biofísicas del agua y su entrelazamiento con prácticas sociales materiales y simbólicas a lo largo del tiempo resultan una clave esencial para aprehender la configuración del territorio rural, su vinculación con lo urbano y nuestra sociedad en su conjunto.

Bibliografía

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  1. Recibido: mayo de 2022.
  2. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Magíster en Ambiente y Desarrollo Sustentable por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y Doctor en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Becario postdoctoral del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal-Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas con sede en la Universidad Nacional de Córdoba (IMBIV-CONICET/UNC), Argentina. Contacto: gabogarnero@gmail.com.


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