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Colono[1]

(Iberoamérica, siglos XVIII-XIX)

Julio Djenderedjian[2]

Definición

En el mundo rural iberoamericano, un colono es un productor agrario a escala fundamentalmente familiar, a menudo también poblador inicial, en tierras que no le pertenecen al momento de instalarse en ellas; pero sobre las cuales cuenta o contará con derechos, ya sea por el tipo de contrato por el que se ligó a las mismas desde un principio, o por los derivados de su uso continuo y pacífico durante determinado tiempo.

Características

El colono puede haber sido sujeto activo, ocupando su tierra por propia iniciativa; o pasivo, es decir, enmarcado en procesos de colonización colectivos, impulsados, dirigidos o controlados por otros actores (estatales, comunitarios, empresariales). No es imprescindible que esas tierras sean de áreas de frontera o cercanas a los núcleos principales de ocupación; marginales o de alta productividad; estatales o particulares. Pero sí es un rasgo fundamental que en forma previa no estuvieran físicamente ocupadas por otros, ya que el hecho mismo de sostener por primera vez en ellas producción agraria suele ser fuente de derechos de posesión no siempre amparados por documentos, pero de todos modos atendibles. Esos derechos pueden de todos modos ser contestados por otros actores (el Estado o particulares). Para prevenir o dar solución a esos problemas, suele generarse legislación específica, en forma previa o posteriormente a la ocupación. Esa legislación, por lo general, alude explícitamente a los actores involucrados denominándolos colonos, y aun en algunos casos suelen también definirse los alcances del término.

Más allá de esos rasgos básicos, otras importantes características pueden variar mucho según el lugar, el caso o el momento histórico. El carácter de los contratos suele ser enormemente diverso: desde la hipoteca orientada a lograr, en unos años, la plena propiedad con títulos perfectos, hasta la ocupación simple, pasando por todas las formas intermedias (arrendamiento, mediería, alquiler con opción a compra, permisos formales o informales de población, etc.). Aun cuando el núcleo principal de trabajo sea generalmente la propia familia del productor, suele contratarse o incorporarse mano de obra adicional, sobre todo en momentos de alta demanda; en ciertos casos (en particular en la colonización extensiva y especializada practicada en Argentina) las unidades productivas suelen alcanzar superficies muy grandes, incluso de varios centenares de hectáreas, sin que por ello deje de denominarse “colonos” a quienes están a su frente. Y, si bien el foco principal de actividad suele ser agrícola, no es tampoco infrecuente que existan planteles ganaderos y aun especialización en torno a esos rubros. Ello está ligado a la diversidad misma de la orientación productiva: puede tratarse de agricultura de subsistencia o de producción especializada, intensiva o extensiva, para grandes mercados regionales o internacionales. Por tanto, también la inversión de capital suele ser muy variable: desde una choza y unos pocos instrumentos manuales hasta maquinaria e instalaciones de gran porte.

Si bien en diversos lugares y aun países suele relacionarse el término con agricultores étnicamente diferenciados (como ocurre con algunos grupos de colonos en el sur brasileño o chileno y en las pampas argentinas; o con ciertas comunidades de ascendencia africana en Brasil o Colombia), de todos modos ese rasgo no es en absoluto determinante, no sólo por la abundante presencia de grupos de origen múltiple desde su misma conformación, sino también por los procesos de mestizaje que tienen lugar a medida que esas comunidades evolucionan. Por lo demás, la frecuente movilidad de familias, individuos y grupos en el mundo rural iberoamericano (presente aun cuando los procesos de colonización hayan tenido entre sus objetivos afincar pobladores en espacios claramente delimitados) deriva usualmente en dificultades para mantener grupos homogéneos a lo largo del tiempo, sobre todo si no existen fuertes lazos de pertenencia cultural o religiosa. De todos modos, muchas comunidades tuvieron éxito en sostener una identidad homogénea en el mediano o largo plazo, justamente a través de anclajes simbólicos, culturales y sociales; pero se trata en general de casos puntuales, toda vez que la pauta más usual en Iberoamérica ha sido históricamente el mestizaje.

Origen y genealogía

La norma es encontrar grupos de colonos (no individuos aislados) y, con ellos,pautas aunque sea rudimentarias de vida en sociedad, y, por supuesto, una serie de tradiciones y costumbres largamente decantadas en común. Ello tiene raíces muy antiguas: entronca con prácticas ya presentes en el mundo mediterráneo y oriental desde hace milenios. Para los imperios conquistadores, se trataba de un usual recurso político y económico recompensar con parcelas de tierra fértil (κληροι en el mundo helenístico) a soldados y civiles por sus servicios, a fin de disminuir la presión demográfica en los núcleos de emigración, construir puntos de control efectivo del territorio, e impulsar la difusión de especies vegetales y productos de la madre patria, asimilando así a sus pautas culturales a las poblaciones dominadas, a la vez que recreando entre ellas un ambiente análogo al de la comunidad de origen.

El término proviene del latín colo, verbo que al mismo tiempo alude a la labranza y al poblamiento; colonia, su derivado, define el estatuto político que solía otorgarse a algunas ciudades fundadas en tierras recién conquistadas, para asegurar estratégicamente esas posesiones. Dependientes de Roma, los habitantes de esas colonias eran a menudo población trasladada, regida por el derecho romano (o latino, según el caso), y constituían una avanzada cultural, tanto como militar y política. Si bien el término “colono” como figura jurídica no se encuentra claramente definido en el derecho clásico, de todos modos, aparece en los tratados al menos desde Gayo, en particular en contextos que dan idea de los límites y alcances de los derechos de propiedad que involucraba.

En la América hispana y portuguesa, luego del período inicial de la conquista, los colonos eran fundamentalmente miembros de comunidades regidas por el derecho peninsular y controladas por una jerarquía de vecinos de ascendencia europea, a cuyo servicio se encontraban diferentes comunidades e individuos, en principio indígenas pero también esclavos africanos y mestizos, obligados todos ellos legalmente a prestaciones en trabajo, que por imperio de la realidad terminaban a menudo siendo negociadas y no sólo impuestas por la fuerza. Pero en este artículo nos referiremos a otro tipo de colonos, ya no ligados al hecho de la conquista. Si bien los mismos pueden hallarse en el mundo rural iberoamericano desde sus inicios, los casos más arquetípicos aparecen sobre todo a partir del período borbónico tardío (es decir, desde mediados del siglo XVIII).

La monarquía hispana, concentrando la atención en las áreas nucleares de sus dominios americanos, había ido dejando las de frontera en manos de particulares o de corporaciones transcontinentales, en particular, la Compañía de Jesús; pero la dinastía borbónica adoptó una política mucho más comprometida contra las ambiciones territoriales de otras potencias vecinas. La expulsión de los jesuitas y la reorganización de los territorios misioneros liberaron recursos fundiarios y humanos; para hacer frente a los desafíos de su defensa, se implementó desde finales de la década de 1770 una política de poblamiento estratégico basada en la formación de pueblos, villas y aun ciudades, es decir, comunidades autogestionadas a través de cabildos propios. Aun siendo escasa la población de esas áreas y pueblos, el hecho de lograr autonomía y representación en los marcos de la monarquía (los cabildos podían incluso peticionar directamente al Rey, y de hecho manejaban la asignación de tierras en el ámbito de su jurisdicción), generó a menudo oleadas de colonos deseosos de instalarse allí y obtener así privilegios de primeros pobladores y “vecinos”. El hecho de serlo (y, por tanto, formar parte de comunidades con cabildo) los colocaba en situación particularmente favorable con respecto a los grandes hacendados ausentistas, a cuyo cargo había estado hasta entonces el manejo real de esas fronteras, y que eran, a su vez, residentes en grandes ciudades, y no vecinos del área. Esas nuevas comunidades se separaban de ese modo de la tutela y administración de las ciudades cabecera, no sólo en términos legales sino también prácticos.

Si bien hacia el final del dominio hispánico el fracaso de esa política de fronteras motivó su abandono, de todos modos, su impronta se reconoce en otros emprendimientos encarados ya por los gobiernos independientes, y que, en el marco de la emergencia de los derechos individuales, también prestaron importancia a los colonos como actores fundamentales en una época en que aún la mayor parte de la población residía en ámbitos rurales.

Transformaciones en el siglo XIX

El siglo XIX verá no sólo una ampliación enorme de los proyectos de colonización, sino, a nivel internacional, un cambio fundamental en su filosofía, su conformación y los objetivos trazados para ellos. La colonización, es decir, la intervención ordenada y racional sobre tierras y poblaciones con el fin de transformar la realidad agraria, pareció una solución ideal para problemas que iban desde la falta de innovación en las técnicas agrícolas hasta la situación económica y moral de poblaciones pobres que se amontonaban progresivamente en las urbes. No se trató sólo de experimentos autoritarios y utópicos, como los falansterios de Fourier o las colonias militares rusas de Arakcheiev; también se esperaba que dieran ganancias, como ocurrió con la colonización sistemática de Australia, impulsada por Wakefield.

Una buena parte de los emprendimientos que se difundieron en la América ibérica, inspirados por esa nueva concepción internacional del fenómeno, contaron con apoyo explícito (a veces también material) de los gobiernos, en lo que puede interpretarse como un eco del antiguo despotismo ilustrado borbónico. Sin embargo, la debilidad de los estados nacionales en ciernes hizo que las más de las veces ese apoyo tan sólo se manifestara en leyes favorables o exenciones impositivas; a lo sumo, se llegaba a otorgar donaciones de tierras de frontera, de escaso o nulo valor de mercado. De todos modos, una vez iniciados los proyectos, para evitar el costo político de verlos fracasar, a veces se los terminaba subsidiando durante algún tiempo con dinero o bienes. Se crearon así, en los años 1820 a 30, colonias de inmigrantes extranjeros en el sur de Brasil y en lo que luego sería Argentina; si estas últimas fracasaron, las brasileñas prosperaron, e inspiraron a su vez nuevos intentos, esta vez exitosos, tanto en Argentina como en Chile. Además de estos emprendimientos que involucraron a extranjeros, también los hubo con población criolla e indígena. Un ejemplo particularmente interesante al respecto es el de la colonización en Azul y Tapalqué, en el sur de la provincia de Buenos Aires, durante las décadas de 1830 y 1840.

Todos esos emprendimientos significaron una logística muy compleja, que incluía la selección de los futuros colonos, su transporte, la construcción de infraestructura en el lugar de destino, subsidios y asesoramiento para su adaptación, y finalmente la devolución de las deudas generadas por todo ese proceso.Como es lógico, el balance de esos años iniciales es enormemente dispar, predominando los fracasos; e incluso éstos jalonan buena parte de los emprendimientos de la segunda etapa de más vigoroso impulso colonizador que se sitúa entre las décadas de 1840 y 1860.

Pero una vez que se hubo desarrollado y acumulado un know how suficiente para transitar las líneas iniciales, clave y más riesgosas del proceso, el éxito comenzó a coronar a una proporción cada vez mayor de los mismos. Dado el interés transnacional del fenómeno, fue surgiendo así una vasta literatura internacional especializada que analizaba las cuestiones prácticas a través de casos concretos, y evaluaba las soluciones más útiles, formando redes de difusión de know how que abarcaban tanto a los funcionarios de los gobiernos como a los empresarios de colonización y a los mismos colonos. Su información, complementada con (y también volcada en) multitud de guías y manuales para emigrantes, constituyó un recurso clave en el vasto fenómeno de las migraciones a escala intercontinental que caracterizaron la segunda mitad de esa centuria.

Entre la década de 1880 y las iniciales del siglo XX puede situarse el auge de los procesos de colonización; no contamos con estadísticas globales para todo el vasto mundo iberoamericano, pero es probable que en ese período se registre la mayor cantidad de hectáreas colonizadas de la historia. Al menos en la región pampeana argentina, las mismas pasaron de 1.200.000 a 5.700.000 entre 1880 y 1895; y en Brasil, para 1910 el desarrollo de proyectos era ya muy notable en estados alejados de los núcleos iniciales.

Una mirada al siglo XX

Durante el siglo XX, el relieve creciente de los problemas sociales motivó una atención cada vez mayor a los actores familiares del agro; en particular, los colonos fueron a menudo objeto de políticas públicas y acciones gubernamentales específicas. Las iniciativas tendientes a generar formas de tenencia supuestamente menos precarias tuvieron de ese modo gran impulso. Las mismas, sin embargo, a menudo no respondieron a iniciativas generadas por los propios grupos de colonos interesados, sino que decantaron a partir de corrientes de opinión de origen urbano, o fueron planeadas por las cada vez más densas burocracias agronómicas estatales, que adquirieron importancia política en la época. Ello quizá explica que sus resultados hayan sido muy dispares, y exiguos en algunos casos, en particular cuando se los compara con las enormes transformaciones del siglo XIX, como ocurre en la región pampeana argentina.

De todos modos, la atención al colono como actor social continuaría ocupando un lugar de importancia en el programa político hasta tiempos muy recientes; al tratarse de iniciativas de largo plazo, las oficinas ad hoc de diversos niveles del estado, controlando y liquidando procesos de colonización, siguieron y siguen actuando aún hoy en la mayoría de las naciones hispanoamericanas.

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  1. Recibido: julio de 2019.
  2. Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) e Investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto Ravignani. Profesor adjunto en UBA. Especialista en historia económica rioplatense de los siglos XVIII y XIX. Autor de cuatro libros y unos cien artículos, capítulos de libro y ponencias, en su país y en el exterior. Contacto: juliodjend@yahoo.com.ar


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