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Territorio rural[1]

(Argentina, 2000)

Carlos Reboratti[2]

Definición

Más allá de la polisemia de los términos que lo componen, territorio rural alude básicamente a una porción del planeta delimitada y apropiada por sujetos que forman parte de una población rural (menor de 2000 habitantes), los cuales ejercen sobre él diferentes formas de poder e identificación, concretas o virtuales. Dista de ser homogéneo y su construcción es producto de la acumulación histórica de huellas concretas de la sociedad sobre el ámbito natural, que se traducen en distintas formas de organización territorial.

Origen de la discusión

El concepto de territorio, proveniente de la Geografía Política (Gottmann,1973), ha sido ampliamente discutido en el ámbito de las Ciencias Sociales desde finales del siglo XX y fundamentalmente a partir del llamado “giro territorial” (Santos, 1994). Si bien se le han atribuido sentidos diferentes (Llanos Hernández, 2010), prevalece la idea –que incluso se extiende al lenguaje cotidiano– de que es un espacio específico apropiado por el hombre. Dicha apropiación se define, según la disciplina y la circunstancia, a partir de diferentes factores, tales como la identidad, la capacidad de ejercer el control o el uso efectivo que se hace de él. Territorio, dicho de otra manera, es cualquier porción del planeta con la cual algo o alguien se identifica. Así, de acuerdo con la escala, aludiremos al territorio de un animal, de un conjunto de personas o de un Estado (Haesbaert, 2004).

Si bien tendemos a asociar el concepto de territorio con una porción del planeta que posee límites precisos y una cierta contigüidad (lo que podríamos llamar el territorio formal), hay muchos ejemplos que no cumplen con esas condiciones. Es el caso de los territorios virtuales, formados por una serie dinámica de núcleos y áreas enlazados por una red de relaciones, como ocurre con el ámbito de acción de una firma que distribuye algún bien de consumo. Aquí no existe el sentido de exclusividad y contigüidad que le podría asignar, por ejemplo, un municipio a su área; pero hay un uso y una apropiación de un espacio concreto (Sack,1986).

El ejemplo anterior nos indica la necesidad de no pensar al territorio como un espacio exclusivo de un determinado sujeto. Un mismo territorio puede ser escenario para la actividad de muchos sujetos, que ejercen sobre él diferentes formas de poder e identificación, concretas o virtuales. La propia definición de territorio implica la existencia de un límite, una línea (virtual o real) de distinto tipo (líneas, franjas, ecotonos, etc.), que diferencia el adentro con el afuera de lo que podríamos llamar la territorialidad formal.

A la aparente inmutabilidad de estos límites debemos agregar un componente importante: el tiempo. Es fácil mirar un mapa (la imagen más común del territorio) y creer que éste refleja fielmente la realidad actual. Pero debe tenerse en cuenta que es una fotografía de un objeto que, por un lado, está muy cargado de historia y, por el otro, sólo refleja una situación momentánea. En este sentido, el territorio constituye un producto pasajero del pasado y el escenario de una serie constante de cambios. A decir de Corboz (Corboz, 2015), es un palimpsesto de elementos actuales y pasados.

La particularidad de lo rural

El término rural tiene como el anterior la particularidad de aceptar diferentes alternativas. Para analizarlas comenzaremos por la pregunta más obvia: ¿cuál es la particularidad de lo rural? Una es la presencia de actividades –como la agricultura, ganadería u horticultura– específicamente rurales, porque no se pueden desarrollar en otro medio como la ciudad, el mar o la atmósfera. Pero eso dejaría afuera a, por ejemplo, la población que vive dentro de un Parque Nacional, por lo que podríamos ampliar nuestra definición para incluir también a las áreas de conservación de la naturaleza: lo rural se define como todo aquello directamente relacionado con la Naturaleza, sea desde el punto de vista de su explotación como de su conservación.

Otra posibilidad es que se defina lo rural en contraste a otro término aparentemente opuesto: lo urbano. Dicha diferenciación a primera vista es evidente, básicamente porque pensamos en situaciones contrapuestas y absolutas: alta/baja densidad, presencia/ ausencia de la Naturaleza, agricultura/industria, etc. Sin embargo, a poco de reflexionar nos damos cuenta de que entre esas situaciones “puras” existen un sinfín de situaciones intermedias, porque lo urbano y lo rural estrictos e indudables (como un barrio de rascacielos y un campo sembrado) son simplemente situaciones ubicadas en los dos extremos de un continuum (Castro y Reboratti, 2008). Claro que esta determinación, si bien se acerca posiblemente más a la realidad, nos remite otra vez a una pregunta: ¿y qué parte de ese continuum es rural? Una forma de solucionar la disyuntiva es lo que podríamos llamar la variante demográfica, esto es, determinar un territorio rural como aquel cuya población especificamos como rural. Y de nuevo nos enfrentamos con el dilema rural/urbano, esta vez referido a la población: resulta difícil demarcar a la población rural.

Para zanjar el dilema podríamos usar la “teoría del resto”, que consiste en delimitar primero la población urbana y considerar al resto como rural. Esta tarea parece relativamente sencilla, ya que parte de una visión cartográfica: la población urbana está ubicada en forma densa y habita en un medio fuertemente artificializado, que se expresa espacialmente mediante un diseño determinado por calles y/o manzanas. Una vez que éstas son precisadas cartográficamente, se “dibuja” el perímetro del espacio urbano y desde allí es más factible ubicar a la población urbana: es la que habita dentro de ese contorno.

Pero ya vimos que en realidad prevalece un continuum entre lo rural y lo urbano, y parte de éste se refiere a la población que podríamos considerar urbana y que se aglomera en unidades de diferente tamaño: metrópolis; ciudades grandes, medianas y pequeñas; pueblos; aldea; etc. Esto se puede resolver estableciendo un corte al tamaño de las aglomeraciones y considerando ese corte como el límite de lo urbano. Por ejemplo, en la Argentina ese límite se fijó ya hace más de cien años en 2000 habitantes, cifra que seguramente se puede considerar como arbitraria, pero si se mantiene en el tiempo, facilita la comparación histórica de la información.

Complejidades y heterogeneidades

La definición cuantitativa descripta anteriormente permite definir claramente cuál es en principio el territorio rural: todo aquel que esté fuera de los límites geográficos de una aglomeración de 2000 o más habitantes. En consecuencia, toda la población que vive en un territorio rural será considerada como población rural. Y viceversa, un territorio se puede estimar como rural cuando está habitado por una población que se considera rural. Dicha conceptualización parece demasiado simple pero no deja de ser efectiva. Claro que para eso es necesario pensar que el significado de ese límite resulta inmutable en el tiempo y en el espacio. Pero, ¿es lo mismo una población de 2.000 habitantes en 1914 que en 2020? ¿Un límite arbitrario y centenario posibilita mostrar la complejidad actual del medio rural?

Las diferentes formas de producción agropecuaria y diseño territorial han determinado maneras diferentes de asentamiento de la población rural: poco densa y dispersa en las ganaderías extensivas; más densa en las áreas de producción de cereales, sobre todo aquellas originadas en sistemas de colonización; densa y “urbanizada” en las agriculturas de riego (Reboratti, 2007; Segrelles Serrano, 2003). Es decir, el territorio rural, en cualquiera de sus escalas, dista de ser homogéneo y su conformación responde a la acumulación histórica de las huellas concretas de la sociedad sobre el ámbito natural, lo que da lugar a una organización territorial específica corporizada básicamente en el tipo de uso del suelo y el diseño de la infraestructura de habitación y transporte. Esta compleja organización resulta, según el lugar y el momento, de una combinación espontánea de las características ambientales, la actividad productiva, las formas de tenencia de la tierra y el juego de los mercados o bien, lo que es más común, por estas mismas fuerzas reguladas por normas públicas estatales (Manzanal, 2007).

Desafíos

Existe una tendencia a pensar que la organización del territorio rural –para evitar la degradación ambiental, la excesiva concentración de la tierra o la emigración rural– precisa de un ordenamiento a través de lo que se ha dado en llamar el ordenamiento territorial rural (OTR), fomentado sobre todo por las agencias internacionales y nacionales que se ocupan del tema de la producción agropecuaria. A pesar de que esta preocupación ya tiene varios años, hasta el momento los resultados prácticos han sido muy escasos y tomados más como una guía para las normativas relativas al medio rural (Schejtman y Berdegué 2004; Paruelo, Jobbágy y Dieguez, 2014).

El territorio rural abarca la gran mayoría de nuestro país, dado que la superficie urbana es relativamente pequeña. En ese territorio vive solo el 8 % de la población, pero genera a través de su producción económica y en virtud de su atractivo para el turismo, casi la mitad de la riqueza del país. Es al mismo tiempo un ámbito con grandes potencialidades, pero complejo y frágil, por lo que entenderlo y cuidarlo es una necesidad y una responsabilidad de todos.

Bibliografía

Castro, H. y Reboratti, C. (2008). Revisión del concepto de ruralidad en la Argentina y alternativas para su redefinición. Serie Estudios 15. Buenos Aires, Argentina: SAGyP-PROINDER. Recuperado de http://t.ly/uqVa

Corboz, A. (2015). Orden disperso. Ensayos sobre arte, ciudad y territorio. Bernal, Argentina: Universidad Nacional de Quilmes.

Gottmann, J. (1973). The Significance of Territory. Charlottesville, USA: The University Press of Virginia.

Haesbaert, R. (2004). O mito da desterritorialização. Do fim dos territorios a multiterritorialidade. Rio de Janeiro, Brasil: Bertrand.

Llanos Hernández, L. (2010). El concepto de territorio y la investigación en Ciencias Sociales. Agricultura, sociedad y desarrollo, 7(3), 207-220.

Manzanal, M. (2007). Territorio, poder e instituciones. Una perspectiva crítica sobre la producción del territorio. En Manzanal, M., Arzeno, M. y Nussbaumer, B. (Comps.), Territorios en construcción. Actores, tramas y gobiernos entre la cooperación y el conflicto (pp. 15-50). Buenos Aires, Argentina: Ediciones CICCUS.

Paruelo, J., Jobbágy, E. y Dieguez, E. (2014). Ordenamiento territorial. Conceptos, métodos y experiencias. Buenos Aires, Argentina: FAO-FAUBA-Ministerio de Agricultura.

Reboratti, C. (2007). El espacio rural en América Latina: procesos, actores, territorios. En Gurevich, R. (Ed.), Geografía. Nuevos temas, nuevas preguntas (pp. 97-123). Buenos Aires, Argentina: Editorial Biblos.

Sack, R. (1986). Human Territoriality. Its Theory and History. Londres, UK: Cambridge University Press.

Santos, M. (1994). O retorno do território. En Santos M., de Souza M.A y Silveira M. L. (Comps.), Território, Globalização e Fragmentação (pp. 15-20). São Paulo, Brasil: Hucitec.

Schejtman, A. y Berdegué, J. (2004). Desarrollo territorial rural. Santiago de Chile, Chile: RIMISP.

Segrelles Serrano, J. A. (2003). Agricultura y territorio en el MERCOSUR. Alicante, España: Publicaciones de la Universidad de Alicante.


  1. Recibido: mayo de 2020.
  2. Licenciado en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigador Principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), en el Instituto de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (FFyL-UBA). Investigador Principal de Research Network on Interdependent Inequalities in Latin America, Universidad Libre de Berlin- Instituto Iberoamericano de Berlin. Contacto: creborat@gmail.com.


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