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Modelo corporativo agroindustrial (MCA)[1]

(Alcance mundial, 1980-2021)

Irma-Lorena Acosta-Reveles[2]

Definición

El modelo corporativo agroindustrial (MCA) es un esquema de organización de la producción agropecuaria y forestal con fines mercantiles. Está regido por conglomerados de empresas trasnacionales que aspiran a constituir cadenas globales de valor con ventajas comparativas y competitivas; estas entidades instrumentan en sus objetivos a los sectores científico, de servicios y agroindustrial, entre otros. Asimismo, subsumen a sus fines tanto explotaciones agrarias de tipo privado que funcionan en la lógica capitalista, como entidades regidas por vínculos familiares o cooperativos, ajenas a lo salarial. El componente tecnológico es el vehículo privilegiado de integración subordinada, pero se apoya además en instituciones estatales y de tipo financiero.

Origen

El MCA es un resultado histórico de la lógica expansiva y concentradora del capital en su fase imperialista. En el presente, permea la dinámica agropecuaria en el mundo y su punto de referencia es la lógica de la competitividad. Conforma un engranaje complejo presidido por grupos empresariales que administran y recrean para su beneficio el desarrollo científico y tecnológico. El factor tecno-científico es la clave para incidir a distancia en la producción agraria que depende cada vez más de la tecnología (que implica capital), sobre todo cuando su destino es el comercio (Acosta-Reveles, 2013).

De lo anterior se deduce que las raíces de este esquema organizativo remiten a la gestión privada de los recursos de origen científico que multiplican el rendimiento del trabajo y de la tierra y, anteriormente, al usufructo capitalista de tales recursos en la primera revolución industrial –cuando la maquinaria agrícola se nutre de la energía de los combustibles fósiles–. Otro hito en la intervención científico-técnica en los procesos agrarios fue la bioquímica aplicada, originalmente de uso militar; de ella derivan paquetes agronómicos en cereales –como maíz, trigo y arroz– que posibilitan la revolución verde en las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX (Acosta-Reveles, 2016).

Naturalizado el uso de insumos industriales en el agro, el momento decisivo para la instalación del MCA viene con el empleo masivo de la biotecnología molecular que desde los años cincuenta abrió paso a la manipulación del material genético de organismos vivos. Se suman a éstas las de la información que propiciaron el control a distancia de los procesos agrarios. De la materia prima industrial genérica se fue migrando a paquetes tecnológicos integrales de mayor sofisticación; los tractores y cosechadoras convencionales serían rebasados en eficacia por los utilizados en la agricultura de precisión. Todo ello se sometió al servicio de los encadenamientos agroalimentarios sin fronteras nacionales, con las corporaciones como agente protagónico en la gestión ex situ de nuevas capacidades productivas.

En los dos últimos decenios del siglo XX, las corporaciones impulsaron la globalización neoliberal y tomaron ventaja de ella. La matriz técnico-productiva de la revolución verde también fue de base privada, pero en aquel lapso histórico pudo ser administrada y suministrada por el Estado a diferentes categorías de productores a partir políticas orientadas al crecimiento interno. Con la apertura comercial y financiera los gobiernos ceden espacio al empresariado y abdican a la facultad de intervenir en el aprovechamiento de la tecnología; así como fueron declinando al derecho de limitar la acumulación trasnacional (Acosta-Reveles, 2018). En la actualidad, el modelo es hegemónico por su superioridad productiva e incidencia en los mercados, y su alcance geográfico no encuentra fronteras.

Particularidades

El predominio del MCA deriva de sus capacidades competitivas de orden tecnológico que se renueva permanentemente. El criterio rector del funcionamiento del MCA, en cualquiera de las ramas económicas que intervenga, es la ganancia. Sus dinámicas se orientan a la generación de excedentes con una elevada composición orgánica de capital; es decir, una inversión cada vez mayor en capital constante, o sea medios de producción, en comparación con la contratación de fuerza de trabajo. Esta característica, sin embargo, no exige organizar todos los procesos que incorpora a sus circuitos con base en vínculos salariales, ni se precisa la propiedad privada del suelo. Sirva de ejemplo el componente tecnológico que penetra en explotaciones de tipo familiar, sumando a la dinámica del capital trasnacional cada vez más recursos, productores y territorios.

Otro atributo es su versatilidad para integrar a su mecanismo actividades, ramas y agentes diversos y complementarios. En lo rural, por ejemplo, destaca la disposición para migrar cultivos, rediseñar métodos operativos, cambiar mercados de destino, cantidad y cualidades en la oferta, recurrir al uso extensivo o intensivo del suelo y del trabajo, según se precise. Además, en la búsqueda de mejores espacios de inversión las corporaciones recurren a una modalidad que emula la deslocalización industrial: una suerte de desplazamiento geográfico de los capitales de agrarios, destino masivo de sus insumos y procesos, alternancia entre diferentes productos o nichos de mercado.

A la flexibilidad mencionada del MCA se contrapone una vigilancia estricta de los procesos, también descansando en las tecnologías: cada etapa debe ser estrictamente planificada, rastreada y valorada en sus riesgos. Y en la fase de los insumos primarios, en concreto, se pretende llegar cada vez más lejos en intervención y control transgrediendo barreras climatológicas y naturales. Se acortan lapsos de cultivo y maduración, se potencian determinadas características del artículo o se alarga su ciclo de vida. Asimismo, las experiencias en terreno registradas minuciosamente por especialistas agronómicos retroalimentan a los centros de investigación, la industria de fertilizantes y plaguicidas, etc.

Un rasgo más son las articulaciones sectoriales entre regiones y países, de la más variada naturaleza contractual. Las cadenas de valor pretenden cubrir desde la concepción de los procesos y localización de terrenos, instalación de infraestructura, suministro de insumos, hasta la provisión de maquinaria, transporte, refrigeración, mercadotecnia, hasta la venta minorista. Las corporaciones tienen presencia incluso en los mercados especulativos y en el sector bursátil, como ocurre al colocar los commodities en los mercados de futuros.

Así como el campo de operación del MCA es mundial en la expectativa de sumar a las ventajas competitivas tecnológicas las de orden tradicional (tierra fértil y trabajo barato), el destino preferente de su oferta son los mercados internacionales. En virtud de sus rendimientos, costos y escala operativa, su incidencia en los precios es oligopólica; y, por la magnitud de recursos que moviliza, es acreedora de asistencia institucional por parte de los gobiernos.

En efecto, las condiciones legales para su funcionamiento las proporcionan políticas públicas benevolentes, pues al ser las corporaciones poderosas interlocutoras de los Estados se tienen en consideración sus intereses. Los agentes económicos que presiden el MCA son a un tiempo actores políticos que reciben exenciones fiscales y otras prebendas, dentro de un marco de “neorregulación” (Otero, 2013). Sus discursos legitimadores se presentan como promotores del desarrollo territorial por medio del supuesto derrame económico, como generadores de empleo o aportantes de divisas a las cuentas nacionales mediante agroexportaciones.

Debates

El seguimiento analítico de los complejos agroindustriales y su poder agroalimentario con trayectoria desde los años ochenta antecede sin duda la discusión actual, sobre todo cuando se revela el engranaje trasnacional de núcleo tecnológico y base agraria en favor de la valorización capitalista (Acosta-Reveles, 2017).

La discusión científica en torno al MCA es pertinente, no sólo por su actualidad sino por la cobertura espacial del fenómeno; por su enorme incidencia en la economía primaria y en muchos otros órdenes de lo social –alimentario, medioambiental, sanitario, político y territorial–. Es un esquema que subordina e instrumenta a las entidades agrícolas familiares a las empresas rurales privada en claro beneficio de estas últimas.

El MCA es un elemento central en el debate del análisis del sistema agroalimentario y agroindustrial a escala global, así como las múltiples estrategias de penetración y sometimiento que ejerce el capital en lo local con fines imperiales.

Con ánimo de síntesis no exhaustiva, se proponen tres ejes destacados para la discusión del MCA. El primero, atinente a sus excesos y al usufructo de su tecnología, por su incidencia en las crisis medioambiental y alimentaria. Segundo, las tensiones intra-capitalistas y geopolíticas por el producto social, que tienen como correlato patrones extractivos y procesos agudos de empobrecimiento. Y tercero, el tópico siempre cardinal, de las disputas de sentido y correlaciones de fuerzas que definen el rumbo de las estrategias de crecimiento nacionales. Este eje en particular suma relevancia en la tesitura del péndulo político latinoamericano pues sopesa las posibilidades históricas concretas de quebrantar a través de aparato estatal el funcionamiento del MCA, y documenta las reacciones de clase orientadas a reforzar y profundizar la extracción de excedente.

Bibliografía

Acosta-Reveles, I. L. (2013). El factor científico-tecnológico en la consolidación del capitalismo agrario regional. Cuadernos de Desarrollo Rural, 71(10), 15-35.

Acosta-Reveles, I. L. (2016). Innovación tecnológica y modelo corporativo agroindustrial: una cartografía regional en tensión. En Figueroa, V. (Coord.), Desarrollo y democracia. Relaciones en conflicto (pp. 135-163). México D.F., México: Itaca.

Acosta-Reveles, I. L. (2017). Proliferation of the Corporate Agro-Industrial Model in Latin America. En Figueroa, V (Ed.), Development and Democracy: Relations in Conflict (pp. 149-166). Leiden, The Netherlands: Brill.

Acosta-Reveles, I. L. (2018). Desplazamientos socioproductivos en Latinoamérica rural. Nudos críticos del subdesarrollo agrario. México D.F., México: Colofón-UAZ.

Cabeza, M. (2017). Reestructuración del sistema agroalimentario globalizado en el capitalismo terminal. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, (139), 13-25.

Dorado-Torres, A. (2019). El sistema alimentario agroindustrial: un modelo para el detrimento de los sistemas locales y la salud de los consumidores. Ecuador: Universidad Andina Simón Bolívar.

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Goodman, D. y Watts, M. (1994). Reconfiguring the Rural or Fording the Divide? Capitalist Restructuring and the Global Agro-Food System. Journal of Peasant Studies, 22(1), 1-49.

Larrea, H., Goicochea, C. y Flores, M. (2018). El sistema de agronegocios en el Perú: de la agricultura familiar al negocio agroalimentario. Revista Mexicana de Agronegocios, 22(43), 1-16.

Massicotte, M. (2010). La Vía Campesina, Brazilian peasants, and the agribusiness model of agriculture: Towards an alternative model of agrarian democratic governance. Studies in Political Economy, 85(1), 69-98.

McMichael, P. (2005). Global Development and the Corporate Food Regime. Research in Rural Sociology and Development, (11), 269-303.

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Teubal, M. (1984). Internacionalización del capital y complejos agroindustriales: impactos sobre la agricultura latinoamericana. Investigación Económica, 43(170), 129-159.


  1. Recibido: marzo de 2021.
  2. Licenciada en Derecho y Economía, Maestra y Doctora en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ). Investigadora Nacional nivel II del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT), México. Contacto: ilacosta2@hotmail.com.


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