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Cooperativa agropecuaria[1]

(Argentina, siglos XX-XXI)

José Martín Bageneta[2]

Definición

Las cooperativas agropecuarias son organizaciones conformadas mayoritariamente por actores sociales subordinados al modelo agrario dominante y propiciadas por condicionantes naturales (clima, aislamiento, etc.) y sociales (cultura, monopolios capitalistas, Estado, etc.) particulares de este ámbito. Sus integrantes persiguen intereses y aspiraciones económicas, sociales y culturales, concordantes con lo que acontece históricamente en la estructura social. Si su base social es campesina brindar trabajo tiende a estar en el centro de su objeto, mientras que si de productores capitalizados lo es dotarse de servicios y diferenciales operativos para —entre otras cuestiones— la comercialización. Dichas organizaciones cuentan con variables niveles de burocratización interna y adopción de modelos empresariales, que pueden tensionar los principios identitarios de democracia y propiedad conjunta presentes en su definición normativa nacional e internacional. A su vez, construyen y disputan el territorio con el Estado y con otras entidades del espacio social según sus distintos niveles de conciencia y organización. En función de los mismos, se inclinarán en torno a reclamos económico-corporativos las de primer (cooperativas de productores) y segundo grado (asociaciones), mientras que aquellos intereses político-sectoriales serán asumidos típicamente por las de tercer grado (federaciones de asociaciones). Finalmente, varían —en múltiples combinaciones posibles— en autonomía y capacidades económico-sociales, según sus motivos de creación y desarrollo: endógenas (los propios actores) o exógenas (organizaciones de la sociedad civil y el Estado).

Origen, expansión y crisis

En América Latina, las primeras experiencias de economía popular se despliegan tempranamente, en las etapas pre-colombina, colonial e independentista. Prueba de ello son los ayllus incas, el Guetza Mixteca y la “entre ayuda” para las nuevas ciudadanías del maestro Simón Rodríguez en el siglo XIX. En Europa cobran auge, en plena revolución industrial yante el pauperismo social,modelos filantrópicos socialistas, humanistas y liberales que procuran conformar organizaciones del trabajo para generar excedente (Polanyi, 2017). Y, de este modo, “crear una nueva economía basada en la cooperación, si fuera necesario comunidades comunistas” (Hobsbawm, 2011: 36).

En Argentina, a pesar de la presencia de formas solidarias previas, se afinca el modelo europeo con los capitales culturales y experiencias organizativas de los inmigrantes y la promoción del Estado. De la mano de los cambios en el modelo socio-económico, se pueden advertir cuatro etapas del cooperativismo agropecuario, en función de la cantidad de entidades/asociados, el grado de organización y la representación de intereses que alcanzan. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX se crean las primeras experiencias asociativas con rasgos cooperativos (1898), las que tempranamente componen entidades de segundo grado de representación (1913 y 1922).

En la década de 1930 quedan conformadas en el cooperativismo agrario tres grandes vertientes ideológicas, económicas e institucionales que se ramifican —con modificaciones— hasta la actualidad. Dos de ellas son las posiciones liberales y tecnocratizantes, como son la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) y las cooperativas lácteas como Sancor (1938), y la tercera es la rama agrarista y gremial, representada por las cooperativas de la Federación Agraria Argentina (FAA) (Olivera, 2014).De acuerdo a los registros, en 1937 hay 278 cooperativas con 42.182 miembros (Cracogna, 1968; Yuri, 1972). Durante la primera mitad del siglo XX y gracias al fomento del gobierno peronista, crecen y se consolidan, llegando en 1955 al punto máximo con 1.484 entidades y 325.024 asociados (Mateo, 2012). En 1956 se alcanza el tercer nivel de agregación (Federación).

A partir entonces, el cooperativismo agropecuario atraviesa un progresivo estancamiento y debate organizacional. Desde la década de 1990, con la primacía del agronegocio, este sujeto social conjuga crisis, desaparición y/o reconversión; en 1994 se registran tan solo 813 entidades y 92.968 socios. Más allá de sus vaivenes, ciertos rasgos se mantienen durante los cuatro momentos, como su conformación por pequeños y medianos productores, el predominio de la región pampeana y la primacía del rubro agrícola por sobre los demás (Lattuada, 2006).

Organización y modelos

Desde el plano organizacional, los estudios académicos han delineado tipologías en función de las relaciones entre valores/principios, grado de estructuración interna, territorio y práctica económica. Se plantean tres modelos morfológicos que, aunque no se circunscriben al plano histórico, se afincan en los cambios que desde comienzos del siglo XX y hasta la actualidad experimentan los modelos agrarios argentinos: organización institucional consecuente, paradojal y en mutación (Lattuada y Renold, 2004).

En estas formas institucionales tipificadas la cooperativa cambia. La primera, durante fines del siglo XIX y comienzos del XX, se caracteriza por la fuerte gravitación de la doctrina en las prácticas económicas, la presencia directa de los asociados en la administración de sus estructuras (con nula o mínima complejidad burocrática) y un territorio de cercanía (la colonia, el pueblo).A mediados del siglo XX, las cooperativas adquieren, junto con el aumento de su envergadura social y económica, mayor complejidad burocrática. Asimismo, en esta etapa —paradojal— se generan debates sobre la fidelidad de su base social. El último modelo, con la primacía del agronegocio, está definido por flexibilizaciones empresariales frente a las “exigencias” del cuerpo normativo, una importancia mayor de los cuadros técnico-administrativos y la expansión territorial tras la persecución de mayor rentabilidad por la comercialización y el acopio sin que —necesariamente— las operaciones sean con socios.

En cuanto a la reconversión de la última etapa, además del tipo empresarial, se reconoce la existencia de diversas experiencias de pequeños productores y campesinos,las llamadas Formaciones Económicas Asociativas Precooperativas de la Agricultura Familiar (FEAPAF).Por lo tanto, desde la última década del siglo XX y, en especial, en los gobiernos kirchneristas (2003-2015), se han difundido estas formas asociativas que no siempre arriban a la formalización. Tienen como elemento común el ser organizaciones que emergen —en su mayoría— a partir del acceso a beneficios estatales. En términos organizacionales, el grado de estructuración es bajo, con débil o nula formalización y capacidad de administración (Lattuada, 2016). De modo que con las FEAPAF cobran auge figuras organizativas y legales diferenciales. Mientras las cooperativas agropecuarias “tradicionales” nuclean productores y se dedican a la provisión de servicios, las de trabajo reúnen a campesinos (Scheinkerman et al., 2011).

Reconfiguraciones en tiempos de avance del agronegocio

Desde la década de 1990, la primacía del agronegocio en la Argentina contribuye a la reconfiguración de las cooperativas agropecuarias. Un rasgo de la gran mayoría es la incorporación ideológica y productivaa dicho modelo. De hecho, algunos autores usan términos como “empresarización”,“empresarial” y “gerencial/gerentismo”para subrayar un conjunto de cambios organizativos que aquellas asumen en la inserción territorial (Lattuada 2006; Tort y Lombardo, 2011; Gras y Hernández, 2013; Bageneta, 2015).La externalidad del modelo se presenta en la utilización de conocimientos que no generan, ni manejan, para llevar adelante el proceso productivo. La adopción de criterios técnicos de evaluación profesionaliza las condiciones para el accionar de las entidades (Carricart, 2012; Bageneta, 2015; Azerêdo et al, 2018). Esto da al agrónomo —quien eclipsa su rol técnico en detrimento del mercantil— una centralidad ante un agro reconvertido en negocio.

Como parte de estas reconfiguraciones, la presencia de “clientes” gana mayor gravitación en la estructura económica, situación que deriva de la pérdida de base social y de la opción dirigencial por los perfiles empresariales. En tal sentido, se produce una extensión territorial de su accionar en pos de la ampliación de los volúmenes de las operaciones, generando una dislocación territorial entre la estructura productiva y su base social. A su vez, con el relajamiento del lazo social, los trabajadores administrativos realzan su rol en la toma de decisiones y conforman una “alteridad burocrática” frente a los socios (Lattuada y Renold, 2000).

Como parte de este cúmulo de transformaciones en algunas entidades(es el caso de la capitalización de excedentes) se distinguen “recompensas” para los socios según nivel de capital y las operaciones que lleven adelante con las mismas; con lo cual se insertan lógicas de racionalidad económica que distinguen a la base social (Scheinkerman et al., 2011).

Debates y perspectivas de análisis

En relación al propósito fundante del cooperativismo se identifican dos narrativas —tanto en la Argentina como a nivel internacional—: doctrinal y escisionista. La primera considera que la práctica debe estar ceñida a los valores, mientras la segunda concibe al cooperativismo como medio económico que se vale de la cooperación.En cuanto a las pujas, cada etapa del capitalismo —y su producción de sentido social— implica una mayor o menor distancia respecto a su objetivo fundacional. Entre las disputas internas, se reconoce la primacía, desde fines del siglo XIX, del modelo de cooperativas de consumo por sobre el de producción, aspecto presente en la actual constitución institucional. De igual modo, resulta dominante un modelo institucional-normativo que limita su politización al establecerlas autónomas, hecho que es criticado por el marxismo contemporáneo. Sin embargo, Carlos Marx y Federico Engels no las desacreditan en tanto forma económica y las conciben como formas en “transición” o “híbridas”hacia otros modos de producción (Marx, 1973;Diva, 1987; Chayanov, 2017).

En torno a la politicidad, se debate acerca de si las cooperativas deben o pueden ser vehículos de un modelo impuesto o, en todo caso, intentar proyectos alternativos. Dichas situaciones dependerán de disputas internas y externas que habiliten y configuren cambios o permanencias. Las recientes cooperativas campesinas pueden propiciar mayores intercambios en este sentido (Tort y Lombardo, 2011; Bageneta, 2015). Además, actualmente existen discusiones sobre el problema estructural de la capitalización. Esto ocurre porque algunas cooperativas que se amoldan al agronegocio optan por distintos sistemas de capitalización de excedentes por los cuales retienen fondos para llevar adelante las inversiones.

Por otra parte, la integración entre cooperativas da lugar a una prolongada discusión entre aquellos que bregan por la unificación de esfuerzos y capacidades económico-administrativas, y los que sostienen la necesaria preservación de las identidades (Cracogna, 1968; Lattuada y Renold, 2000). A su vez, ante el aumento de la envergadura de la estructura económica, se evidencian dificultades para mantener cercanía con las necesidades de los asociados. La apertura a no socios y la centralidad que ganan en las operaciones —asociados a la mayor gravitación de los cuadros técnicos en la toma de decisiones— instala en el debate la cuestión del para qué y para quiénes las cooperativas.

Bibliografía

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  1. Recibido: julio de 2019.
  2. Doctor en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Licenciado y Profesor en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigador Asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ). Integrante del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL/CONICET). Contacto: bagemartin@gmail.com


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