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Comerciante rural[1]

(Región Pampeana, Argentina, siglo XX)

Valeria Palavecino[2]

Definición

Era un individuo con capacidad legal para ejercer por cuenta propia actos de comercio, caracterizados por la compra/venta de mercaderías al minorista. Se lo asociaba a un espacio concreto, al “almacén de ramos generales”, en el que desarrollaba su actividad comercial, ejercía su administración, tomaba decisiones e ideaba estrategias que le permitían desplegar su emprendimiento como una empresa, en contextos que ofrecían tanto oportunidades como limitaciones. Protagonista del mundo rural, tanto él como su comercio conformaron redes de relaciones sociales, que trascendieron la esfera de lo meramente económico, convirtiéndose en referentes de la vida cotidiana de las comunidades en que se instalaron.

Origen y perfil social

El comerciante ha sido una figura central en el desarrollo del espacio rural pampeano. Desde el período colonial y hasta las últimas décadas del siglo XIX, los pulperos protagonizaron la escena del comercio rural. Los cambios que se dieron en la etapa final de este período –la expansión de la frontera productiva, la inmigración y el tendido de la red ferroviaria, entre otros– dieron paso a los almaceneros. De todos modos, este pasaje estuvo marcado más por las continuidades que por los cambios rotundos, como dan cuenta los estudios sobre las pulperías (Mayo, 2005).

Los nuevos comerciantes –que denominaron a sus emprendimientos como “casas de ramos generales”, “negocios de campaña” o “almacenes de campaña”– formaban parte de un amplio entramado de individuos cuya actividad fundamental era el intercambio de productos. Su perfil social era heterogéneo. Por su nacionalidad podemos encontrar la preponderancia de inmigrantes europeos, tal es el caso del Territorio Nacional de la Pampa (LLuch, 2004), o de hijos de inmigrantes, como ocurre en el partido de Tandil (Palavecino 2009). Mientras en algunos casos contaban con experiencia y tradición familiar en el comercio, en otros se identifica una incursión relativamente reciente, fruto del atractivo que ofrecía la actividad para quienes decidían invertir ganancias provenientes de la actividad agrícolo-ganadera.

Esta caracterización resulta especialmente aplicable a aquellos comerciantes que desarrollaron actividades durante la primera mitad del siglo XX. Para la segunda mitad del mismo, no existen estudios específicos que den cuenta de los cambios y continuidades respecto de su desenvolvimiento. Se puede especular, y un recorrido por el mundo rural actual parece confirmarlo, que este actor central tuvo un lento e inexorable declive, que culminó con la desaparición de sus emprendimientos. Posiblemente dicho proceso se asocie a varios cambios significativos que experimentó el mundo rural al menos desde los años sesenta, tales como el despoblamiento, la tecnificación de las actividades productivas y las modificaciones de la propia actividad comercial (referidas al sistema de comercialización, a las pautas de consumo y a la regulación estatal, entre otras). En ese contexto, no es de extrañar que estos comerciantes y sus almacenes perdieran protagonismo, hasta casi desaparecer hacia finales del siglo pasado.

Almacenes de ramos generales

El emplazamiento de los almacenes de ramos generales dista mucho de la clásica imagen de soledad y absoluto aislamiento, puesto que dominaban un amplio espacio y constituían un punto neurálgico de la vida social y económica de la campaña. Desde finales del siglo XIX, la expansión de la red ferroviaria condicionó en parte la ubicación de estos. Sus propietarios los instalaban a escasos metros de las estaciones ferroviarias, aun cuando no existieran poblados en sus alrededores. Esta localización estratégica no solo les permitía disminuir los costos de transporte de mercaderías o productos primarios, sino que los acercaban a potenciales clientes. De igual manera, se privilegiaron los cruces de camino y la cercanía con grandes establecimientos agropecuarios.

Los comerciantes construyeron sus establecimientos pensándolos como espacios eminentemente comerciales. Ubicados preferentemente en las esquinas, su clásico diseño arquitectónico dominó la escena rural. Estaban caracterizados por fachadas imponentes, con una gran puerta al frente –normalmente en la “ochava”– y varias laterales, que agilizaban la circulación, grandes galpones y sótanos. La esquina pasó a ser sinónimo de negocio, un lugar de referencia con identidad propia, en donde confluían quienes deseaban conocer las últimas novedades en productos y noticias. Por otro lado, y desde la óptica del propio comerciante, la esquina era un lugar predilecto desde donde podía observar todo lo que sucedía a su alrededor, ejerciendo una suerte de control visual, esencial para los protagonistas de un comercio cimentado en fuertes relaciones personales (Palavecino, 2009).

Otra característica significativa de estos almacenes fue la presencia familiar en su desarrollo. En lo edilicio, esto se observa en una continuidad con el espacio doméstico: en la parte trasera de los comercios se podía encontrar una amplia casa con un patio central, que fungía como un espacio de encuentro entre el mundo del comercio y el familiar. En lo social, muchos de estos comercios eran verdaderos emprendimientos familiares, que involucraban a hermanos, hijos o parientes políticos, y la historia de esos espacios podía estar ligada, por décadas, a un mismo grupo familiar.

En el plano comercial, junto a la venta al menudeo de comestibles y bebidas, se ofrecían artículos de ferretería, indumentaria y todo aquello que los clientes necesitaban para realizar sus tareas diarias. La expansión del consumo de nuevos bienes durante la primera mitad del siglo XX supuso la incorporación de otros rubros, para dar respuesta a las demandas. El ejemplo paradigmático fue la expansión del automóvil, que significó la incorporación del despacho de combustible y la compra-venta de autopartes. Estos comerciantes brindaron otros servicios, asociados a la expansión del Estado –ej. administraban la estafeta postal– o a las necesidades de los clientes –ej. pagaban impuestos y patentes, cobraban alquileres, entre otros–. Cabe destacar la disputa de los comerciantes por los mismos clientes, los cuales, en su condición de consumidores, resultaron beneficiados por la competencia.

Por otro lado, las actividades de sociabilidad ocuparon un lugar importante en estos establecimientos. Muchas veces poseían un salón comedor, un sector de bar, canchas de pelota-paleta y de bochas y, en algunos casos, espacios de hospedaje. En sus anexos podían llegar a ofrecerse espectáculos cinematográficos, teatrales y encuentros musicales. Si bien no todos alcanzaron este grado de diversificación, muchos de estos comerciantes rurales quisieron y pudieron adaptarse a una nueva realidad, dilatando su actividad a esferas ajenas a las de la mera comercialización de productos y convirtiéndose, de este modo, en actores centrales de la vida social del mundo rural (Palavecino, 2013).

Vínculos comerciales

El comerciante rural estableció distintos tipos de vínculos con su entorno local y/o regional. Por un lado, podemos destacar aquellos ligados al abastecimiento del comercio –con mayoristas– y en su rol de intermediación de productos primarios y “frutos del país”; y por otro, con sus clientes.

El abastecimiento del comercio se daba de forma directa con las casas mayoristas, con modalidades de compra a créditos que permitían, en muchas oportunidades, sostener el fiado con sus clientes. Con posterioridad a la crisis de 1930, muchas empresas optaron por enviar representantes, y en algunos casos esto fue acompañado por una restricción del crédito. Los proveedores se encontraban en las grandes urbes –especialmente en las capitales provinciales, los puertos y la ciudad de Buenos Aires–, aunque no son pocas las compras que se realizaban en la región más inmediata. Esto fue posible por el desarrollo del transporte ferroviario y, después de los años veinte, por la expansión del transporte automotor y las mejoras de las redes de caminos.

Muchos comerciantes optaron por la representación de marcas, en vinculación directa con el fabricante. Esta estrategia para incorporar nuevos productos podía tener sus problemas ya que, por ejemplo, muchas veces se adquirían productos que, o se vendían en el largo plazo, o estaban “acompañados” de otros que potencialmente no tenían una demanda cierta (Lluch, 2004). En el mejor de los casos, en algunas representaciones las ventas se realizaban por catálogo, siendo el cliente el que asumía parte del riesgo al pagar por adelantado una parte del producto solicitado.

La compra–venta minorita no fue la única operación que redituaba beneficios al comerciante. Quizás la más controvertida fue, para una parte de la historiografía, la de ser intermediario de las casas consignatarias de cereales y los acopiadores de “frutos del país”. Algunos autores han destacado que esta operatoria le permitía mantener al cliente sujeto a su comercio, obligándolo a vender sus cosechas en los almacenes a valores menores a los del mercado, con el sólo objeto de saldar las deudas contraídas a tasas elevadas. Como veremos, esta imagen es mucho más compleja.

En cuanto a los clientes, conformaban un universo diverso. Se encontraban tanto grandes propietarios de tierras como pequeños arrendatarios, productores agrícolas, ganaderos, tamberos, invernadores, cabañeros, entre otros. Además, poseían cuentas corrientes trabajadores rurales, comerciantes de otros rubros, instituciones sociales y deportivas, y empleados de la administración pública (Palavecino, 2011). Todos los actores sociales estaban representados en las carteras de clientes de estos comercios, que hacían las veces de verdaderos centros sociales del mundo rural.

Así, esos vínculos que se establecieron entre comerciantes y clientes no quedaron circunscriptos al espacio comercial ni al acceso al crédito. Esos vínculos estaban mediados por relaciones interpersonales que, aunque lograban transcender lo estrictamente comercial, son un elemento central para explicar esta dimensión. Los lazos extra comerciales, de carácter parental, amical, vecinal, social y político, permiten reconocer situaciones y prácticas intermedias que conviven con las relaciones propias del mercado y que, en definitiva, lo constituyen y marcan sus particularidades (Palavecino, 2011).  

Debates y perspectivas de análisis

En el marco de las crisis económicas cíclicas por la que atravesó la Argentina desde 1930, se fue configurando una visión pesimista del agro pampeano, en la cual se cuestionaba la estructura de producción pampeana basada en la gran propiedad y en el régimen de arrendamiento. En este marco, los comerciantes rurales fueron visualizados como parte del problema, en tanto les proporcionaban crédito a los pequeños productores –ante la inexistencia del crédito oficial– a tasas usurarias, con el afán de mantenerlos sujetos a sus comercios. En general, estos análisis dejaban de lado la racionalidad económica, visualizando al conjunto de los productores rurales como víctimas de estas formas de vinculación comercial y crediticia.

Con la renovación historiográfica de los años noventa, la relación crediticia entre comerciantes y productores rurales volvió a ser considerada. Así, Maluendres (1993 y 1995) analizó, para el caso de la Pampa, el vínculo entre los arrendatarios y las casas comerciales. Destacó que, si bien no se puede negar la situación de “subordinación” de los arrendatarios, éstos eran beneficiarios del crédito de los comerciantes para muchas actividades agrícolas, y por el lado de los comerciantes, tampoco se los puede presentar con una posición económica tan sólida como se supone.

Para el mismo espacio y durante las primeras tres décadas del siglo XX, Lluch (2004) discute las prácticas comerciales y la relación entre el comerciante y sus clientes, a partir del análisis de la contabilidad de una casa de comercio. De su exploración se desprende que la empresa comercial llevaba a cabo una “política de racionamiento” que apuntaba a controlar el otorgamiento de crédito. Solo Palacios (2004), en sus estudios de la localidad de Dorrego, coloca al productor agropecuario en una posición subordinada respecto al comerciante rural.

Tomando como eje de análisis una familia de comerciantes del partido de Tandil, Palavecino (2009) da cuenta, no solo del desenvolvimiento de su empresa –administración, estrategias y política comercial–, sino también del accionar de sus propietarios en diferentes esferas de la vida comunitaria, opción que le permitió observar el funcionamiento de la empresa fuera del espacio concreto de comercialización de bienes y servicios, es decir, más allá del “mostrador”. Por su parte, Tumini (2013) aborda, con un estudio de caso, la intermediación cerealera y el crédito agrícola a partir de los condicionantes institucionales que determinaron el desenvolvimiento del sistema de comercialización. Combinando un análisis macro y micro, identifica los mecanismos de adaptación desplegados por estos empresarios en un contexto de cambios.

En resumen, si inicialmente las más antiguas investigaciones pusieron el acento en la relación entre comerciantes y productores rurales marcando los aspectos negativos de la misma, las nuevas han matizado el rol opresivo del comerciante rural sobre su clientela, haciendo hincapié en cierta racionalidad empresarial. Estas aproximaciones han dejado al descubierto la necesidad de indagar otro conjunto de problemáticas que complejizan no solo el vínculo de los comerciantes rurales con su entorno, sino también su rol en la intermediación y comercialización de bienes orientada al consumo. Este abordaje se interesa por lograr una mejor compresión del mercado interno que, si bien estaba presente en algunos estudios previos, en los últimos años ha cobrado protagonismo (Lluch, 2015 y 2017). Por otro lado, emerge otro conjunto de investigaciones que visualizan en la actualidad el papel de los comerciantes y sus almacenes de campaña como referentes patrimoniales y/o atravesando procesos de activación patrimonial. Colocando la temática en otras redes conceptuales, como el turismo y el desarrollo local, estas nuevas líneas destacan el fortalecimiento de las identidades locales en el marco de la transformación territorial que atraviesan las comunidades rurales (Palavecino, 2015).

Bibliografía

Lluch, A. (2004). Comercio y crédito en La Pampa a inicios del siglo XX: un estudio sobre el papel económico de los almacenes de ramos generales. Tesis doctoral, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina.

Lluch, A. (Ed.) (2015). Las manos visibles del mercado. Intermediarios y consumidores en la Argentina. Rosario/Santa Rosa, Argentina: Prohistoria/Universidad Nacional de La Pampa.

Lluch, A. (2017). Apuntes para una historia del comercio y la comercialización en Argentina. Actores, prácticas y regulaciones (1895-1930). En Bandieri, S. y Fernández, S. (Eds.), La historia argentina en perspectiva local y regional: nuevas miradas para viejos problemas. Tomo 3 (pp. 381-412). Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina: Teseo.

Maluendres, S. (1993). De condiciones y posibilidades: los agricultores del sudeste productivo del Territorio Nacional de la Pampa. En Mandrini, R. y Reguera, A. (Comps.), Huellas en la Tierra: indios, agricultores y hacendados en la pampa bonaerense (pp. 289-323). Tandil, Argentina: IEHS.

Maluendres, S. (1995). Los agricultores de las márgenes de la región pampeana: mitos y realidades: El caso del territorio Nacional de La Pampa. En Bjerg, M. y Reguera, A. (Comps.), Problemas de la Historia Agraria: nuevos debates y perspectivas de investigación (pp. 183-209). Tandil, Argentina: IEHS.

Mayo, C. (Dir) et. al. (2005). Comercio minorista y pautas de consumo en el medio rural bonaerense (1760-1870). Anuario IHES, (20), 239-262.

Palacios, J. M. (2004). La paz del trigo: cultura legal y sociedad local en el desarrollo agropecuario pampeano, 1890-1945. Buenos Aires, Argentina: Edhasa. 

Palavecino, V. (2009). Testigo del significado histórico de un pueblo: la Casa de Comercio Vulcano (Estación Gardey, Tandil, Provincia de Buenos Aires): Familia, empresa y mercado (1880-1955). Tesis doctoral, Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.

Palavecino, V. (2011). Prácticas, vínculos e intercambios: comerciantes y clientes en el sur de la provincia de Buenos Aires, Argentina 1922-1955. História Unisinos, 15(2), 216-227.

Palavecino, V. (2015). La Estación Gardey festeja su Centenario. Actores y procesos de activación patrimonial (1913-2013). En Blanco, M. y Barandiarán, L. (Comps.), Las configuraciones de la trama social: políticas públicas, instituciones y actores en la Argentina contemporánea (pp. 184-214). Tandil, Argentina: CIEP-UNICEN.

Tumini, E. (2013). La intermediación cerealera y el crédito agrícola. Racionalidad empresarial en un período de cambio, 1910-1955. Tesis doctoral, Universidad Torcuato Di Tella, Argentina.


  1. Recibido: mayo de 2020.
  2. Profesora y Licenciada en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNCPBA). Doctora en Ciencias Sociales y Humanas por Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Investigadora Adjunta Asociada de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires, con lugar de trabajo en el Centro de Investigaciones Interdisciplinario de Estudios Políticos, Sociales y Jurídicos (CIEP-FD-FCH/UNCPBA). Profesora Adjunta Ordinaria del Departamento de Historia (UNCPBA). Contacto: vpalavecino@fch.unicen.edu.ar.


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