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Innovación agrícola[1]

(Región pampeana, Argentina, 1850-1950)

Federico Martocci[2]

Definición

La innovación agrícola consistió en una concatenación de mejoras operativas de carácter incremental y la creación de nuevos procesos de trabajo (con su correlato de elementos físicos) que, en función de ritmos y dinámicas específicas para los diferentes espacios productivos de la región pampeana, permitieron cultivar la tierra con relativo éxito y subvertir, en mayor o menor medida, las limitaciones que el medio les imponía a las personas. Para que eso sucediera, no alcanzaba con invertir capital, sino que además los agricultores debieron, individual o colectivamente, poner a prueba sus saberes, comparar resultados con sus pares, interactuar con instituciones y técnicos (del sector público o privado) y confrontar sus rutinas mediante ensayos con herramientas, técnicas para el laboreo del suelo, manejo del agua, métodos de cosecha y utilización de semillas desconocidas.

Origen

Aunque ha sido escasamente estudiada por la historiografía, en la Argentina la innovación agrícola –tanto mecánica como biológica– fue un elemento central en los procesos productivos. Prueba de ello es que a mediados del siglo XIX se iniciaron experiencias de colonización agrícola muy relevantes que derivaron en el avance de la frontera, situación que explica el despliegue y la consolidación de múltiples experiencias al promediar el siglo XX. En efecto, hacia 1840 la agricultura era una actividad que se había alejado de las zonas más húmedas (cercanas a los ríos) y comenzaba a ganar la frontera, expandiéndose a tierras duras (a veces vírgenes), con precipitaciones menos abundantes, vientos intensos y temperaturas bajas (Djenderedjian, 2008). No obstante, el clima riguroso no fue un impedimento para que surgieran nodos de innovación entre ese entonces y mediados de la década de 1860: las colonias agrícolas operaron en tal sentido y tuvieron un rol clave en la incorporación de nuevas áreas del interior argentino al proceso de innovación agrícola, centrado hasta entonces en Buenos Aires. Santa Fe y Entre Ríos fueron parte de ese avance, al que luego se sumó el sur de Córdoba, en un movimiento favorecido por los contactos entre nodos, la circulación de información sobre ensayos y experiencias en distintos suelos y la aparición de nuevas variedades de trigo (como el Barletta), siempre a partir de la secuencia de prueba y error. Esto último demostraba la falencia de aplicar acríticamente en los nuevos espacios prácticas o implementos útiles en las tierras previamente conocidas (o bien en sus países de origen).

A partir de 1865, y hasta fines de la década siguiente, emergió una agricultura especializada que ganó importancia en las colonias agrícolas de Santa Fe y Entre Ríos. Se lograron mejoras en los implementos y las prácticas de labranza, que requirieron sofisticadas experiencias con arados adecuados para las condiciones locales, lo que propició la expansión de la agricultura hacia zonas alejadas de los núcleos de las colonias (Djenderedjian, Bearzotti y Martirén, 2010). Estaban dadas las condiciones para que, con la incorporación de enormes extensiones de tierra en el último tercio del siglo XIX, dicha actividad económica se dilatara hacia fronteras aún más distantes e inhóspitas.

Nuevos actores y complejización del proceso innovador

Con la emergencia de instancias estatales –como, por ejemplo, el Departamento de Agricultura (1871), convertido luego en Ministerio (1898)– la situación se complejizó. Al accionar privado de empresarios colonizadores, agricultores particulares y compañías ferroviarias, se les agregó el de instituciones y agentes estatales que llevaron adelante diversas tareas tendientes a recabar información, generar estadísticas, realizar ensayos y desplegar estudios sobre aspectos vinculados con la agricultura. En tal sentido, se puede mencionar el rol que asumieron laboratorios, estaciones experimentales, agronomías regionales, escuelas de agricultura, entre otras dependencias oficiales, a las que se sumó el Instituto Agronómico y Veterinario de Santa Catalina –que comenzó a funcionar en 1883 y estaba orientado a los estudios superiores– (Djenderedjian, 2014). Instituciones y agencias de este tipo fueron organizadas a su vez por los Estados provinciales, a los que cabe añadir otros institutos y centros creados en el ámbito universitario, donde se desempeñaban especialistas en ciencias naturales y agronómicas (Graciano, 2004).

De ese modo, a inicios del siglo XX el desarrollo tecnológico y las iniciativas de extensión, con sus potencialidades y limitaciones, daban cuenta de una realidad dinámica que abrevaba en múltiples experiencias y, además, se enfrentaba a otro desafío: favorecer la práctica agrícola en espacios semiáridos, en los que se debía buscar una simiente y prácticas adecuadas para tierras que eran de inferior calidad.

Una mirada a la primera parte del siglo XX

El avance de la frontera agrícola implicó un gran desafío para quienes asumían la empresa de cultivar en tierras nuevas, pero también fue un reto para el Estado e impactó en la proliferación de instituciones y agencias del Ministerio de Agricultura de la Nación (MAN). En 1911 se creó la Oficina de Estaciones Experimentales en el seno del MAN, y al año siguiente se contrató a un genetista inglés para mejorar la calidad de los trigos cultivados en el país. El despliegue de esas iniciativas, pese a sus falencias y discontinuidades, permitió que centros de experimentación se ubicaran incluso en tierras de secano y que muchas variedades de trigos (locales y extranjeras) se ensayaran con fines productivos. Para 1925 existía un corpus de conocimientos fiable sobre la genética de dicho cereal y se contaba con información (y cartografías) sobre el régimen de lluvia y las características climáticas de la heterogénea región pampeana (Backhouse y Brunini, 1925; Hoxmark, 1925).

A esos esfuerzos públicos habría que agregar los de empresas ferroviarias y otros sectores privados, que tuvieron menor atención historiográfica. Y, por supuesto, no podemos descuidar la agencia de los agricultores, en sintonía con las interpretaciones historiográficas que cuestionan el impacto de las grandes rupturas en la mejora de la productividad (como la revolución agrícola inglesa, por ejemplo) y detuvieron la mirada en los pequeños y medianos agricultores (Allen, 2004). Al observar itinerarios concretos, es posible desbaratar los postulados que predominaron durante mucho tiempo en Argentina y, a su vez, revisar los procesos de innovación a ras del suelo (con más énfasis en las rutinas que en la idea de elección racional). Las evidencias muestran que el paradigma de la transferencia de tecnología ofrece una visión simplista sobre la problemática, ya que los agricultores no eran actores pasivos y, al mismo tiempo, es preciso explicar el complejo accionar de los “canales de la innovación”, como se llamó a quienes participaban del proceso en otros lugares de Iberoamérica, a pesar de no ser cultivadores directos (Calatayud, Pan-Montojo y Pujol, 2002).

La diversidad edáfica y climática de la región pampeana favoreció el desarrollo de diferentes cultivos, sin embargo, era inviable que una persona que había labrado el suelo en Entre Ríos pretendiera utilizar las mismas técnicas agrícolas en San Luis, como solía ocurrir (Molins, 1918). Al atender a esas cuestiones, el know how que tenían los productores asume otra significación, y es posible advertir cuáles saberes traían desde sus países de origen y de qué modo cambiaron sus prácticas a partir de la experiencia in situ. Ello permite revisar con detalle los cambios y continuidades en las tareas agrícolas, así como el origen de técnicas y variedades de cultivos específicas, aspectos que fueron más analizados para el caso de otros países productores de granos (Moon, 2020). Desde luego, las coyunturas críticas también ofrecen un mirador para explicar procesos innovadores: la profunda crisis agroclimática que azotó al centro del país durante la década de 1930 es un ejemplo, puesto que colocó en tela de juicio la posibilidad de hacer agricultura de secano en algunas áreas de la región pampeana, las que habían sido puestas en producción más tardíamente. Dicha situación, signada por la erosión y la pérdida de fertilidad del suelo (Martocci, 2022), obligó al Estado a tomar cartas en el asunto: en el MAN se creó el Instituto de Suelos y Agrotecnia (ISyA), en 1944, dependencia que cumplió un rol central en el estudio del tema y el relevamiento del área afectada, la que incluía el Oeste bonaerense, el Sur cordobés y el Este del entonces Territorio Nacional de La Pampa. La búsqueda de técnicas agrícolas conservacionistas y la optimización en el uso del agua de lluvia para asegurar la humedad del suelo comenzaron a ser aspectos prioritarios en ese extenso espacio productivo.

Las problemáticas que emergieron en ese momento permanecerían en la agenda de las instituciones científico-técnicas hasta avanzado el siglo XX. Sin embargo, al promediar dicha centuria ya se contaba con un estudio concreto sobre los efectos del proceso erosivo, que había sido elaborado por el ISyA e incluía una proyección de acciones para afrontar los inconvenientes productivos. Las iniciativas posteriores, incluidas las del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), no podrían desconocer que para innovar en agricultura era preciso considerar el adecuado manejo del suelo, cuestión que se exacerbó con las sequías a comienzos de la década de 1950. Esa coyuntura condensa, por un lado, la aparición de un nuevo momento crítico en términos productivos –con todo su potencial respecto del tema tratado –y, por otro lado, el posicionamiento adquirido por la producción en regiones semiáridas como tópico de relevancia en el concierto agronómico latinoamericano.

Perspectivas de análisis

La innovación ha sido analizada desde múltiples perspectivas. Una de ellas, desde un plano general, se le atribuye a Joseph Schumpeter, quien clarificó ya hace décadas cómo un sistema productivo en equilibrio relativo puede habilitar a los actores que intervienen (con foco en los empresarios) a innovar para obtener nuevos márgenes de rentabilidad. La capacidad innovadora de dichos actores se vincula así con la necesidad de las empresas de incorporar cambios con el fin de generar productos novedosos y posicionarse con éxito en el mercado, lo que conlleva una “destrucción creadora”. Sus planteos colocaron este tema en el debate internacional, al punto que la denominada teoría evolucionista neoschumpeteriana (cuya configuración se remonta a inicios de la década de 1980) sigue vigente y ha sido objeto de aportes recientes en Argentina. Pero, desde luego, la innovación fue tópico de discusión también en el seno de otras corrientes, desde la que integra Joel Mokyr –relevante en el siglo XX e interesada por el vínculo entre crecimiento económico e innovación– a la que se desplegó en torno a los sistemas nacionales de innovación, perspectiva que identifica –en sintonía con los postulados de Richard Nelson y Sidney Winter– los procesos sistémicos y multicausales implicados por el cambio tecnológico.

Desde hace tiempo algunas visiones (como la de Mokyr) perdieron peso ante los postulados que, en detrimento de las rupturas radicales, priorizaron en el análisis las discontinuidades, los encadenamientos y la acumulación de transformaciones a veces desapercibidas, pero no por ello menos significativas. Surgidos al calor de las críticas a la teoría económica ortodoxa, dichos planteos tuvieron una amplia incidencia y dieron lugar a consistentes aportes. Un autor que abreva en esta línea es Stuart Kauffman, cuya perspectiva fue recuperada últimamente por la historia agraria en la Argentina para examinar los procesos de innovación y cambio tecnológico en el sector rural, especialmente en lo que respecta a las actividades agrícolas. Su sugerente noción de “adyacente posible” posibilita la exploración de las variadas combinaciones de los factores, al tiempo que habilita un abordaje capilar de los cambios acumulativos.

De ese modo, la dotación de factores (y sus precios de mercado), que adquirió significación en interpretaciones de gran circulación internacional (Hayami y Ruttan, 1985), pierde preeminencia ante aspectos asociados a las tradiciones culturales, las relaciones sociales, los itinerarios particulares o las condiciones medioambientales, es decir, ante cuestiones vinculadas con los actores involucrados en el proceso y el medio en el que cultivaban. Más aún, en el terreno de las técnicas agrarias, se demostró que la motivación de quienes innovaban no se circunscribía exclusivamente al cálculo económico, lo que pone en suspenso el planteo schumpeteriano.

El foco en los actores permite superar la concepción del cambio técnico como proceso inducido “desde fuera” y pasar a un análisis que incluya los elementos endógenos que operan en la actividad productiva, como se planteó para otros espacios agrícolas (Calatayud y Mateu Tortosa, 1995). Así, la conjunción de los conocimientos científicos (generados mediante el accionar estatal y/o privado) con los saberes de los productores –obtenidos a través de la práctica, las lecturas y el intercambio de información– habilita interpretaciones historiográficas más complejas sobre la innovación agrícola, que se alejan de otras más lineales (que muchas veces abrevan en la perspectiva difusionista).

Esto último no es menor, ya que en Argentina una nutrida bibliografía desestimó la capacidad de los agricultores para asumir un rol activo en tal sentido. Esa interpretación, derivada de una concepción que asumía la subordinación de la agricultura a la ganadería, predominó entre intelectuales con formación agronómica, pero además permeó postulados historiográficos. De acuerdo a esos planteos, en muchos casos insertos en la visión tradicional sobre la estructura social agraria, si existían agricultores con inclinación por la mejora tecnológica, ellos se limitaban solo a invertir capital en la mecanización (Tenembaum, 1946). Pero, en general, los productores eran completamente despojados de todo incentivo para mejorar sus cultivos y de la capacidad para hacer agricultura “científica” (Scobie, 1968). Estos planteamientos, sin duda, tuvieron una injerencia nada desdeñable en investigaciones posteriores que, al recortar sus objetos de estudio, prestaron poca atención a las complejas innovaciones agrícolas que se dieron entre la segunda mitad del siglo XIX y mediados del XX. Los estudios al respecto, realizados en las últimas décadas del siglo pasado, en muchos casos provienen de plumas cuya formación abreva en disciplinas vinculadas con las ciencias agrarias, y algunos se convirtieron en textos clásicos.

Estos últimos comenzaron a ser revisados por una renovada historiografía argentina que se desplegó durante el curso del siglo XXI, en la que se conjugan interrogantes de la historia agraria pero también tópicos de la historia de la ciencia y la sociología de la tecnología. Si bien los aportes en ese sentido son consistentes y muy sólidos empíricamente, está vigente aún el desafío de profundizar en esas líneas de análisis para aportar nuevas evidencias y, a su vez, esbozar preguntas originales que habiliten futuras pesquisas.

Bibliografía

Allen, R. C. (2004). Revolución en los campos. La reinterpretación de la revolución agrícola inglesa. Zaragoza, España: Prensas Universitarias de Zaragoza.

Backhouse, G. y Brunini, V. (1925). Genética del trigo. Observaciones generales sobre su cultivo. Conclusiones extraídas de los trabajos de mejoramiento de semilla. Buenos Aires, Argentina: Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación.

Barletta, F., Robert, V. y Yoguel, G. (Comps.) (2014). Tópicos de la teoría evolucionista neoschumpeteriana de la innovación y el cambio tecnológico. Vol. 1. Los Polvorines, Argentina: Miño y Dávila-UNGS.

Calatayud, S. y Mateu Tortosa, E. (1995). Tecnología y conocimientos prácticos en la agricultura valenciana (1840-1914). Historia Agraria, (9), 43-67.

Calatayud, S., Pan-Montojo, J. y Pujol, J. (2002). Innovación y cambio técnico en la agricultura. Historia Agraria, (27), 15-40.

Djenderedjian, J. (2008). Historia del capitalismo agrario pampeano, tomo IV. La agricultura pampeana en la primera mitad del siglo XIX. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI-UB.

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Djenderedjian, J., Bearzotti, S. y Martirén, J. L. (2010). Historia del capitalismo agrario pampeano, tomo VI. Expansión agrícola y colonización en la segunda mitad del siglo XIX. Buenos Aires, Argentina: Teseo.

Graciano, O. (2004). Los caminos de la ciencia. El desarrollo inicial de las Ciencias Agronómicas y Veterinarias en Argentina, 1860-1910. Signos Históricos, (12), 8-36.

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Hayami, Y. y Ruttan, V. (1985). Agricultural Development: An International Perspective. Baltimore, EEUU: Johns Hopkins University Press.

Hoxmark, G. (1925). Las condiciones climatológicas y el rendimiento del trigo. Buenos Aires, Argentina: Ministerio de Agricultura de la Nación.

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Molins, J. (1918). Por tierras de secano. Buenos Aires, Argentina: Establecimiento Gráfico Oceana.

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Obschatko, E. (1988). La transformación económica y tecnológica de la agricultura pampeana. 1950-1984. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Culturales Argentinas.

Olmstead, A. L. y Rhode, P. W. (2008). Creating Abundance. Biological Innovation and American Agricultural Development. Cambridge, EEUU: Cambridge University Press.

Ras, N.et al. (1994). La innovación tecnológica agropecuaria. Aspectos metodológicos de la transferencia de tecnología. Buenos Aires, Argentina: Academia Nacional de Agronomía.

Scobie, J. (1968). Revolución en las pampas. Historia social del trigo argentino, 1860-1910. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Solar.

Tenembaum, J. L. (1946). Orientación económica de la agricultura argentina. Buenos Aires, Argentina: Editorial Losada.


  1. Recibido: mayo de 2022.
  2. Doctor en Ciencias Sociales y Humanas por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) e Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Estudios Históricos y Sociales de La Pampa (IEHSOLP). Profesor en la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam). Contacto: fedmartocci@hotmail.com.


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