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Estanciero[1]

(Argentina, siglos XVI-XIX)

Ana Inés Ferreyra[2]

Definición

Un estanciero es un propietario, poseedor o responsable de una estancia, principalmente, dedicada a la actividad ganadera (bovina, ovina, caprina), lo que no excluye que pueda tener actividad agrícola o frutícola en menor proporción. Esta última actividad, por lo general, se realiza para cubrir las necesidades de la unidad o como complemento menor, cuyo excedente está orientado al mercado local. La acepción de este vocablo no ha variado demasiado a través de los siglos y en términos generales, tiene similar alcance.

Un recorrido por su significado

La palabra estanciero está compuesta del sustantivo “estancia” y del sufijo“eroque indica oficio, desempeño o actividad que realiza. El término no hace referencia a la forma de tenencia de la tierra, no implica propiedad o control legal sobre ella, sino posesión reconocida de estancia. Por lo tanto, los arrendatarios de estancias son reconocidos como estancieros. Más aún, a fines del siglo XVIII y gran parte del siglo XIX, en muchas oportunidades a los administradores o responsables de estancias también se los ha denominado estancieros.

En Argentina, la palabra estancia hace referencia a un establecimiento rural de diversa extensión o magnitud según la región donde se encuentre. No obstante, alude a una extensión mayor de tierras, por lo general dividida en un núcleo central o principal y puestos menores. La expresión fue empleada desde el siglo XVI en la América de colonización española y como tal, figura en las “mercedes” o concesiones de tierras que los conquistadores y gobernantes, otorgaban a los que habían participado en alguna acción vinculada con el acto de conquista o defensa de las tierras tomadas.

Desde fines del siglo XVIII en los Diccionarios de la lengua castellana de la Real Academia Española comenzó a definirse el vocablo estancierocomo el que cuida alguna estancia”. Con igual significado aparece en las ediciones de 1791, 1803, 1817, 1822, 1869, 1884,1895, 1901, 1904, 1914, 1925, 1939, 1970 y 1992. Otro tanto ocurre en los Diccionarios de la lengua castellana de Núñez de Taboada, de 1825; de Vicente Salvat, de 1846 y 1852; y de Gaspar Roig, de 1853. Y con similar sentido continuó en el siglo XX, según indica el diccionario enciclopédico Espasa 5, editado en Madrid 1993.

Con frecuencia se ha empleado como sinónimo de estanciero, el término hacendado. Este vocablo fue de uso casi exclusivo en el discurso oficial, sobre todo en la letra de las normas del siglo XIX, al menos hasta avanzada la segunda mitad. Desde 1817 hasta 1860, diversas leyes y decretos emanados tanto del Directorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata como de los gobernadores de las provincias, emplearon la palabra hacendadosin dudas más inclusiva que estanciero— para hacer referencia a los poseedores de ganado en general, sin especificar la cantidad. Recién en el Código Rural de 1865, en la sección primera, en el título correspondiente a ganadería, menciona la palabra estanciero y lo reitera en los artículos 145-146 como criador de ganado mayor. Más adelante, el texto emplea indistintamente los términos ganaderos, estanciero y hacendado.

En cuanto a los relevamientos de población, tanto del siglo XVIII como los de gran parte de la centuria siguiente, incompletos en su mayoría, no tuvieron instructivos específicos para calificar las categorías ocupacionales. Pero permiten conocer la forma en que los empadronados definían su actividad o al menos, el modo en que los funcionarios actuantes los percibían. Por esta razón, la clasificación difiere según el tiempo y espacio en que fueron realizados. La mayoría de los registros de aquella época sólo identifican al individuo, consignan domicilio, edad, composición familiar y condición —esclavos, libres, libertos—. Son escasos los registros poblacionales que contienen datos sobre las ocupaciones de los individuos. El censo de 1813 en Córdoba, contiene algunos datos sobre la actividad de los registrados solo en los departamentos cercanos a la ciudad, en Anejos y Punilla. En el primero, a los individuos cuya actividad estaba relacionada con la cría de ganados se los categorizó como hacendados; en el segundo, en cambio, se los identificó como “de campo” y en ningún caso se utilizó el término estanciero. El primer censo nacional, de 1869, no tuvo más especificaciones que los anteriores, pero al menos, unificó la calificación de la profesión bajo la denominación de estanciero y hacendado.

Recién el censo de 1895, segundo censo nacional, contiene ciertas especificaciones generales para los individuos que desarrollaban actividades relacionadas con el ganado. Todos los que se ocupaban “de crías de ganado y su amansamiento” serían registrados como estancieros, mientras que los propietarios de haciendas y campos debían ser asentados como hacendados. Los censos posteriores contaron con instrucciones y categorías precisas, en los que el término estanciero no aparece.

No ocurrió lo mismo en el lenguaje corriente, en el que la palabra estanciero aparece en diversos testimonios, relatos de viajeros y correspondencias entre particulares. En 1806, el capitán Alejandro Gillespie, prisionero inglés luego de la Reconquista de Buenos Aires fue confinado en San Antonio de Areco; desde allí escribió en su diario que se alojaba en la casa del “estanciero don marcos Zabaleta” y al año siguiente, en mayo de 1807 —cuando recorría el valle de Calamuchita, en las sierras de Córdoba— escribió que visitó a

“un estanciero llamado don Gregorio Berrotarán (…) que habitaba una casa superior a cualquiera que hubiese visto en mi viaje, blanqueada y con tejas (…) que tenía muchos ganados y ningún campo cultivado fuera de los necesarios para su familia y domésticos”.

Por su parte, Johann Jakob von Tschudi, otro viajero, naturalista, lingüista y explorador suizo, en 1858, de paso por la provincia de Córdoba, desde Los Algarrobos apunta en sus observaciones de viaje que la posta “es propiedad de un acomodado estanciero”.

Su rol en la expansión agropecuaria

El motor de la economía posrevolucionaria fue la llamada expansión ganadera, posibilitada por el libre comercio que abrió la exportación de cueros y sus derivados a los mercados europeos y de carne salada a los países con economía esclavistas, como Brasil y Cuba. Fue posible solo en las zonas menos afectadas por la guerra de la independencia y las luchas civiles; por cuya razón, se produjo esencialmente en la campaña bonaerense, con la apertura de las tierras al sur del río Salado y en Córdoba, con la exportación de cueros y derivados al puerto de Buenos Aires y de ganado en pie a las zonas mineras de Cuyo y Chile. En cambio, en las provincias del litoral ambas circunstancias bélicas produjeron una crisis en la producción ganadera por varias décadas. En la mencionada expansión, los estancieros desempeñaron un rol protagónico y su imagen se instaló en el imaginario argentino e identificó al país durante mucho tiempo.

La puesta en marcha de una estancia, lo mismo que el saladero y la tierra eran de bajo costo, solo el ganado podía representar una mayor inversión. Por lo general, los estancieros reinvirtieron sus excedentes en tierras, ganados y en la industrialización de sus derivados. No obstante, sus patrones de inversión y como resguardo de sus capitales, fueron diversificando sus actividades en el comercio, transporte, inmuebles urbanos y circuitos financieros. De esta forma, se fue formado un grupo poderoso, que supo aprovechar las oportunidades y que extendió su influencia al poder político. Algunos moraban en sus campos, pero también los hubo absentistas o ausentistas que, aunque dirigían personalmente sus establecimientos, tenían grandes propiedades en la ciudad, donde residían sus familias y dirigían sus negocios; tenían sus vinculaciones, canales de información y redes comerciales.

La prosperidad de los estancieros pronto se hizo visible en la expansión y complejización de sus actividades. Lo que, a su vez, trajo aparejado una mayor demanda de mano de obra asalariada que, al parecer, no se lograba cubrir en la cantidad y condiciones requeridas. Se pretendió resolver la diferencia por el lado del trabajo compulsivo, que obtuvieron dada su temprana influencia en el aparato estatal. De modo que, a partir de 1815 y a lo largo del siglo XIX, se impusieron fuertes y reiterados controles sociales que reimplantaron la obligación de portar papeleta de conchabo todos los habitantes de la campaña que no pudiesen demostrar propiedad u oficio reconocido, so pena de ser tenido por vago y mal entretenido. Sin dudas, estos controles y la licencia para circular también apuntaban a evitar el desorden sujetando de ese modo, a los hombres de menores recursos. Las causas y circunstancias que produjeron el desajuste señalado, han provocado interesantes debates entre los historiadores.

El esquema tradicional de la actividad ganadera dominó hasta mediados del siglo XIX en que, el veloz desarrollo de la ganadería ovina y el notable crecimiento de la oferta de la lana, obligó a una readaptación de la producción del estanciero en base a la introducción de ganado ovino de razas puras que terminaron por modificar los rodeos locales.

Otro tanto ocurrió tiempo más tarde con el tasajo en que, si bien se mantuvo por algún tiempo, tuvo que ceder su puesto en virtud de los avances en los métodos de conservación de carne bovina y los nuevos medios de transporte. Por lo tanto, las últimas décadas del siglo XIX se caracterizaron por la expansión del refinamiento del ganado. En este sentido, también fueron los estancieros los que desempeñaron un papel importante. Ya a mediados de la década de 1850, un núcleo pionero de ellos, que percibió las necesidades del mercado internacional de carnes, comenzó con la incorporación de razas puras (Shorthorn y Hereford) con el convencimiento de que la genética en carnes de alta calidad era rentable. Se logró de este modo competitividad internacional en las carnes, más allá de las ventajas naturales que ofrecían las tierras.

En las últimas décadas del siglo XX y las primeras del siglo XXI, la figura y el protagonismo del estanciero parece esfumarse tras la de empresario rural, más compleja, impersonal y diluida entre técnicos y profesionales que lo asisten, asesoran en su producción y lo vinculan a los mercados internacionales.

El estanciero en las interpretaciones historiográficas

En ciertos aspectos, el rol del estanciero ha motivado discusiones historiográficas cuyas conclusiones, si bien aún no se han compatibilizado, han servido para enriquecer y complejizar el conocimiento histórico. Una de las cuestiones que mayores preocupaciones ha producido entre los especialistas es la referida a los reclamos de los estancieros sobre escasez de mano de obra asalariada y su consecuencia, la aplicación de controles sociales que significaron trabajo compulsivo.

Uno de los primeros que se planteó el problema fue J. Álvarez (1914) que señaló a los saladeros como una de las causas que absorbían mayor cantidad de mano de obra porque ofrecían mejores remuneraciones y responsabilizo a los estancieros como mentores de los controles sociales que se dictaron, fruto de sus influencias sobre el poder político. La opinión de Álvarez fue cuestionada por T. HalperinDonghi (1969), quien advirtió que similares disposiciones se dictaron por la misma época en Santa Fe, Banda Oriental y Entre Ríos donde aún no había aparecido la industria saladeril. Sugiere que el problema se relaciona con las levas, que se nutrían de los hombres de la campaña y producían deserción e inseguridad; frente a esto, los estancieros buscaron contener aquellos peligros disciplinando el trabajo rural con controles sociales. En efecto, el decreto de 1815 que reimplantaba la papeleta de conchabo en la campaña bonaerense, surge luego de que se levantó el sitio de Montevideo y que las milicias retornaran a la campaña. Por su parte, M. González (1994), encuentra similares razones para el caso de Córdoba. En 1820 se reimplanta la papeleta de conchabo, cuando el ejército del norte se estaciona en la ciudad y se licencian las milicias.

A fines de la década del 80’, la discusión se amplió a la época colonial, con un interesante debate que sostuvieron C. Mayo, S. Amaral, J. C. Garavaglia y J. Gelman, cuyas conclusiones fueron publicadas en el número 2 del Anuario IEHS (1987). Mayo explica que existían medios de subsistencia alternativos, circuitos clandestinos de comercialización y un fácil acceso a la tierra que posibilitaba la existencia de pequeños propietarios. Todos estos factores en su conjunto, retraían la oferta de mano de obra. Amaral, en cambio, sostiene que fue la inestabilidad de la demanda de mano de obra la que no ofrecía mayores incentivos. Garavaglia sostiene que no es tanta la falta de mano de obra por la que se busca disciplinar sino la necesidad de seguridad. Porque una buena parte de la mano de obra se cubría con los agregados y los migrantes del Interior. Gelman, por su parte, puntualiza como causa principal, los mejores salarios que ofrecían los trabajos estacionales de la siembra y recolección.

A fines del siglo XX, Gelman (1999) vuelve sobre la cuestión y expresa que el sistema de trabajo coactivo para asegurar mano de obra barata y permanente en la época rosista, fracasó por la voracidad de los ejércitos en reclutar a los hombres de las zonas rurales y pone como ejemplo la sublevación de Dolores, en 1839, que dejo sin mano de obra la campaña bonaerense.

Otra discusión historiográfica de consideración, es la referida al rol de los grandes estancieros en la economía. Durante mucho tiempo se consideró al gran propietario como un rentista parasitario que ampliaba sus tierras para introducir mayor cantidad ganado, sin ocuparse de mejorar las condiciones técnicas de producción. En las últimas décadas del siglo XX, la historiografía rural pampeana introdujo el concepto de racionalidad empresaria para explicar el comportamiento productivo de un sector de los grandes propietarios, que combinaban invernada y agricultura en extensas unidades productivas, con el objeto de maximizar la renta de la tierra. A pesar de las diferencias, ambas interpretaciones se encontraban en la definición general de grandes propietarios poco afectos a la inversión de capital y cambios tecnológicos. Pero a comienzos del siglo XXI, se produjo un avance en la explicación del rol del gran estanciero, algo más matizada y menos generalizada que las anteriores. Carmen Sesto (2005), en un minucioso estudio, revelo la acción de un grupo de vanguardia ganadera bonaerense que tempranamente implantó una genética en carnes de alta productividad y produjo cambios tecnológicos sustanciales en sus unidades productivas, que significaron mayor y mejor inserción en el mercado mundial de carnes.

Bibliografía

Álvarez, J. (1985 [1914]). Las guerras civiles argentinas. Buenos Aires, Eudeba.

Ferreyra, A. I. (1994). Cartas entre padre e hijo. Tomo II. Correspondencia entre José Victorio López y Manuel López (1846-1850). Córdoba, Argentina: Centro de Estudios Históricos.

Ferreyra, A. I. (2006). “Tierra, trabajo y producción en el Interior del país. Unidades de producción en Córdoba, 1600-1870“. Anuario IEHS, 20, 183-210.

Fradkin, R. (1993). ¿Estancieros, hacendados o terratenientes? La formación de la clase terrateniente porteña y el uso de las categorías históricas y analíticas, Buenos Aires, 1750-1850. En M. Bonaudo y A. Pucciarelli (Comps.), La problemática agraria I, Nuevas aproximaciones (pp. 17-48). Buenos Aires, Argentina: CEAL.

Gelman, J. (1999). El fracaso de los sistemas coactivos de trabajo rural en Buenos Aires bajo el rosismo. Algunas explicaciones preliminares. Revista de Indias, LIX(125), 123-141.

Gonzalez M. (1994). Control social en Córdoba. La papeleta de conchabo, 1772-1892. Documentos para su estudio. Córdoba, Centro de Estudios Históricos, Serie documental, 2-5.

Halperin Donghi, T. (1969). La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852). En T. Di Tella y T. Halperin Donghi (Comps.), Los fragmentos del poder. De la oligarquía a la poliarquía del poder (pp. 21-74). Buenos Aires, Argentina: Edit. Jorge Álvarez.

Mansilla, L. V. (1986 [1970]). Una excursión a los indios ranqueles. Buenos Aires, Argentina: Biblioteca Ayacucho/Hyspamérica.

Mayo, C. (1995). Estancia y sociedad en la pampa, 1740-1820, Buenos Aires, Argentina: Biblos.

Miguez, E. (2005). El mundo de Martín Fierro. Buenos Aires, Argentina: Eudeba.

Primer Censo de la República Argentina, setiembre de 1869 (1872). Buenos Aires: El Porvenir.

Segreti, C. S.A. (1973). Córdoba ciudad y provincia (siglos XVI-XX). Según los viajeros y otros testimonios.Selección y Advertencia. Córdoba, Argentina: Junta Provincial de Historia de Córdoba.

Segundo Censo Nacional de la República Argentina (1898). Buenos Aires, Argentina: Talleres Tipográficos de la Penitenciaria.

Sesto, C. (2005). Historia del capitalismo agrario pampeano. Tomo 2: La vanguardia ganadera bonaerense, 1856-1900. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.

Fuentes inéditas

Archivo General de la Nación. Censos Nacionales Digitalizados.

Archivo Histórico de la provincia de Córdoba. Sección gobierno. Censo 1813.


  1. Recibido: julio de 2019.
  2. Licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) e Investigadora Independiente del Concejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) (Jubilada). Ha ejercido la docencia en diversas universidades del país (grado y posgrado). Ha sido profesora por concurso de las cátedras de Historia Argentina siglo XIX e Historia Agraria en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), de Historia Argentina siglo XX en la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y de Historia de Córdoba en la Universidad Católica de Córdoba (UCC). Se ha especializado en Historia Argentina del siglo XIX y en Historia Agraria Argentina.Contacto: aiferreyra@fibertel.com.ar


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