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Siembra directa (SD)[1]

(Argentina, 1940-2020)

Andrea P. Sosa Varrotti[2]

Definición

La siembra directa (SD), cero labranza o labranza cero es una técnica de manejo del suelo en la que se prescinde de la roturación. El origen de este método está en la agricultura conservacionista. En su forma más elemental, consiste en la utilización de los rastrojos del cultivo anterior como base de materia orgánica para el cultivo siguiente. En ellos se colocan las semillas sin mayor remoción del suelo.

Genealogía y características

Las formas de labranza convencionales procuran controlar de forma mecánica las arvenses (también llamadas “malas hierbas” o “malezas”) para interrumpir su ciclo vital. Usualmente involucran tres fases: 1) labranza profunda, que invierte el suelo (tanto el horizonte superficial o sellos y costras, como el subsuperficial o pisos de arado y rastra) mediante la utilización de algún método de arado (disco, reja y vertedera); 2) labranza secundaria, para preparar la cama de siembra, y 3) cultivo después de la siembra, muchas veces combinado con el uso de herbicidas.

Desde la década de 1940, los sistemas de labranza conservacionista en Argentina propusieron formas de labranza reducida o mínima para disminuir la erosión hídrica y eólica, y la pérdida de estructura del suelo y de materia orgánica ocasionada por los cultivos, la lixiviación de nutrimentos y otros problemas asociados a estos tipos de labranza convencional (Gliessman, 2000).

Existen en el país referencias a la labranza reducida desde principios del siglo XX (Casas, 2001), y esta y otras formas de labranza alternativa en otros países (como, por ejemplo, en las agriculturas trashumantes o en el método japonés de agricultura natural de Masanobu Fukuoka). Pero los ingenieros agrónomos Antonio J. Prego (1915-1993) y Jorge Samuel Molina (1919-1998) fueron pioneros en Argentina en difundir conceptos de control de la erosión basados en el mantenimiento de un mulch de rastrojos para sistemas de cultivos anuales.

Molina fue precursor de la comprensión integral del suelo y de la importancia de la conservación de su integridad física y sus funciones para el desarrollo nacional junto a otros fundadores e integrantes de la Asociación Amigos del Suelo, creada en 1955.

Molina no solo promocionó las rotaciones agrícolas-ganaderas y entre cultivos, sino que propuso sistemas de labranza mínima o cultivo bajo cubierta, que consistía en dejar los rastrojos en la superficie en lugar de quemarlos, como forma de devolver al suelo la materia orgánica utilizada por los cultivos, mejorar su estabilidad y disminuir la erosión, que en ese momento ya era un problema importante debido a la utilización del arado.

También fue impulsor en 1957 de los primeros grupos de la Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (AACREA), y fundador de la primera cátedra americana de Agricultura Biológica en la década de 1970.  

Desde la década de 1950, el Instituto de Suelos y Agrotécnica (que luego se integró al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuria, INTA, fundado en 1956) comenzó a recomendar sistemas de labranza que consistían en dejar cobertura vegetal en superficie y a utilizar herramientas como el arado rastra, el cultivador pie de pato y la varilla escardadora rotativa para luchar contra la erosión eólica (Casas, 2001).

En la década de 1970, a través de las investigaciones que el Instituto de Ingeniería Rural y las Estaciones Experimentales de Pergamino y Marcos Juárez llevaron adelante, el INTA empezó a realizar las primeras experiencias con labranza cero, nueva práctica de labranza que se expandía en Estados Unidos y Brasil. En esa época, las revistas institucionales de AACREA comentaban las primeras experiencias con este tipo de labranza, que luego sería llamada siembra directa, sin posicionarse de manera institucional al respecto (Gras y Hernández, 2016).

Cuando la degradación del suelo se hacía cada vez más evidente como resultado del avance de la agriculturización en la región pampeana impulsada por la Revolución Verde, en la década de 1980 comenzó a percibirse la importancia de la calidad del suelo tanto respecto del balance de nutrientes y de la fertilización como de los niveles de materia orgánica. Esto impulsó la difusión de la agricultura de conservación, que busca alterar mínimamente la estructura, la composición y la biota (microorganismos y fauna) del suelo para evitar procesos de erosión y degradación, y fomentar los procesos biológicos naturales.

Esta agricultura recupera la importancia de la reducción de las labranzas, junto con otras prácticas como la utilización del arado cincel, o labranza vertical, la cobertura superficial con residuos vegetales y las rotaciones para aumentar el contenido de materia orgánica de los suelos (Casas, 2001).

También los planteos agroecológicos, que fomentan la biodiversidad y la independencia de insumos externos, comenzaron a incorporar estas formas de labranza cero (Nicholls et al., 2015). En estos planteos, la posibilidad de su aplicación depende de la rotación de los cultivos, la utilización de abonos verdes y, en general, de la cantidad y la calidad de la cobertura del suelo.

En efecto, es posible utilizar esta técnica en todo tipo de cultivos (anuales, frutihortícolas, forestales) y en explotaciones de cualquier tamaño (Acevedo y Silva, 2003). Siempre que el suelo contenga suficiente materia orgánica y se desarrolle en él la biota del suelo que la descompone, humidifica y mineraliza, aflojando además el suelo, la siembra directa permite reducir el costo de mecanización, lo que en los sistemas agroecológicos se suma a la disminución del gasto en insumos y combustible. En estos sistemas, la incorporación de la labranza cero suele darse de manera progresiva, en función de los sujetos que la emprenden y las especificidades de cada territorio, si bien a veces se realiza algún tipo de control de malezas manual luego de la siembra.

Dependiendo del sistema o modelo de producción en el que se inserte, esta técnica puede contribuir a evitar la erosión del suelo, promover la actividad biológica, mejorar la eficiencia en el uso de agua, evitar las temperaturas extremas en el suelo, conservar su estructura, humedad y fertilidad —lo que reduciría el uso de fertilizantes sintéticos — y mejorar los rendimientos de los cultivos.

Sin embargo, la siembra directa comenzó a implementarse a gran escala junto con semillas transgénicas y potentes herbicidas, por lo que hoy forma parte de los paquetes tecnológicos del agronegocio donde su contribución al cuidado ambiental es sumamente polémica. La aplicación de estos paquetes genera problemas productivos y ambientales ligados a la utilización de insumos externos de origen industrial, alejando a la siembra directa del objetivo para el cual fue concebida hace más de medio siglo. [G1] 

La siembra directa en el modelo del agronegocio

En el país, la principal impulsora de la siembra directa es la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (AAPRESID). Esta institución fue fundada en 1989 por un grupo de productores pampeanos que buscaba superar el enfrentamiento entre conservacionismo y productivismo, y que comenzó a interesarse por la implementación de la siembra directa a la vez que por la conservación de los rendimientos agrícolas y la rentabilidad de lo que empezó a considerar un “negocio” agropecuario (Gras y Hernández, 2016).

Hasta mediados de la década de 1990, la siembra directa aplicada a la agricultura industrial fue evolucionando acompañada por el desarrollo de nuevas semillas híbridas. Sin embargo, las malezas seguían siendo un impedimento para aumentar la producción, ya que fueron cambiando su composición y se multiplicaban las especies adaptadas a las nuevas condiciones de poca labranza y suelo cubierto. Al dejar de aplicar métodos mecánicos para removerlas, siguieron compitiendo con los cultivos por agua, luz y nutrientes. Esto hacía que se terminaran usando agroquímicos para controlarlas.

En 1996 se aprobó en Argentina la comercialización de la primera semilla transgénica de soja RR (Roundup Ready). Desde ese momento, la siembra directa dejó de ser una innovación de nicho y fue adoptada de manera extendida como parte fundamental de lo que se conoce como “paquetes tecnológicos”, al punto de cambiar completamente el régimen sociotécnico dominante (Tittonell, 2019). Estos paquetes involucran la aplicación de herbicidas de amplio espectro formulados sobre la base de glifosato al que las semillas transgénicas son resistentes, y la siembra directa de estas semillas. Desde entonces, lo que en definitiva difundió AAPRESID fueron esos paquetes tecnológicos con el consecuente beneficio por parte de las empresas transnacionales de agroinsumos como Monsanto, Bayer, Basf, Dow o AgroScience (Gras y Hernández, 2016).

Los paquetes tecnológicos son uno de los principales motores de la expansión del modelo del agronegocio (Gras y Hernández, 2013), tanto en la región pampeana como en zonas ecológicamente marginales, donde las condiciones climáticas no son las óptimas para esos cultivos cuando se realizan con labranza tradicional (Bisang, 2003). Desde fines de la década de 1990, la siembra directa se fue expandiendo a regiones como el NEA y el NOA, y fue un factor fundamental del proceso de agriculturización-sojización a nivel nacional.

Al simplificar las tareas y eliminar las etapas de preparación previa del suelo, la siembra directa reduce el tiempo de producción y facilita la realización del doble cultivo (en general soja/trigo o soja/maíz), tanto en zonas pampeanas como en las zonas de expansión de la frontera agrícola. Bajo este esquema no se respetan los tiempos de descanso necesarios para que el suelo recupere sus nutrientes de manera natural, como se hace en otros sistemas tradicionales en los que se incorpora la labranza mínima.

Cuando la siembra directa es utilizada por la agricultura industrial para el monocultivo de transgénicos, se la separa del objetivo y de las prácticas con las que fue concebida. Estas prácticas, como las rotaciones de cultivos y la utilización de abonos verdes y cultivos de cobertura, que sirven para cubrir y proteger el suelo cuando ya se cosechó el cultivo que se busca comercializar, pierden significativamente peso frente a la opción de aplicar de manera sistemática potentes herbicidas como el glifosato.

Bajo este esquema, la siembra directa se ve reducida a la ausencia de labranza, por lo que se acopla a las llamadas tecnologías de insumos industrializados y energéticamente ineficientes, ya que su fabricación depende de la utilización de combustibles fósiles (Blanco, 2005). También se la incorpora a una forma estandarizada y homogeneizante de agricultura que no contempla las diferencias agroecológicas de cada territorio.

En este marco, la siembra directa simplificó los procesos de preparación previa de la tierra antes de la siembra, reduciendo la cantidad de mano de obra necesaria para los laboreos y la cantidad de máquinas necesarias, incentivando su adopción más abrupta (no transicional) por parte de las empresas de producción agropecuaria.

Si en 1980 la cantidad de hectáreas cultivadas con cereales y oleaginosas a través de este método no superaba las 5.000, esta cantidad se multiplicó por 20 en los siguientes diez años, superando los 25 millones de hectáreas en 2009 (más del 80 % de la superficie cultivable del país). Un informe reciente de la Bolsa de Cereales y AAPRESID indica que la superficie total cultivada en siembra directa en la campaña 2018/2019 superó los 30 millones de hectáreas, es decir, 90 % del área sembrada (Rainaudo, 2019).

Esta rápida adopción motorizó la producción y comercialización de maquinarias específicas, adquiridas por productores directos y contratistas de maquinaria a lo largo y a lo ancho del país. Entre 1972, cuando aparecieron las primeras sembradoras de grano grueso pensadas y diseñadas para siembra directa, y la actualidad, el desarrollo de máquinas de siembra directa fue fenomenal, presionando para una rápida y casi constante actualización tecnológica por parte de productores y contratistas de maquinaria. La adopción de la nueva técnica necesitó de un cambio tecnológico que en gran medida quedó a cargo de los contratistas, en quienes se delega gran parte de las tareas. Según datos del Censo Agropecuario de 2018, 40,4 % de la siembra directa fue tercerizada en contratistas de maquinaria (en la provincia de Buenos Aires asciende al 47,1 %).

Por último, la expansión de la siembra directa vino acompañada por el desarrollo de la agricultura de precisión y el manejo integrado de plagas y enfermedades, lo que implica cambios en la organización del trabajo (Blanco, 2001). También implicó mayores inversiones de capital, disminuyendo la capacidad de productores de pequeña y mediana escala para competir y mantener su actividad en el sector. En efecto, la utilización de la siembra directa, en especial sin combinación con otros tipos de labranza, es más usual en producciones de mayor escala, y está asociada al cultivo de los principales commodities agrícolas del país. Según el informe citado más arriba (Rainaudo, 2019), esta técnica está particularmente asociada a la soja, 94 % del área cultivada; el maíz, 92 %; el trigo, 87 %, y el sorgo, 86 %. También es utilizada para el cultivo de cebada (78 %) y girasol (74 %).

En el ámbito público, tanto el INTA como el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación han participado de manera activa en la difusión de la siembra directa en la agricultura extensiva, muchas veces en asociación con empresas privadas. Estas instituciones y empresas también han difundido la versión de la siembra directa relacionada con el modelo del agronegocio a otros países en el marco de cooperaciones Sur-Sur, tanto en el Mercosur y otros países latinoamericanos, como en Europa del Este y África.

Reflexiones

La siembra directa o labranza cero es un ejemplo más de cómo una técnica o tecnología no puede ser entendida sino es en el contexto más amplio de las relaciones sociales, ecológicas y productivas en las que se inserta. Al permitir incorporar materia orgánica a los suelos, esta técnica puede contribuir a su conservación siempre que se realice en conjunto con otras prácticas conservacionistas como la rotación de cultivos y la cobertura permanente del suelo. Cuando la siembra directa se reduce al cambio del arado por herbicidas y máquinas de siembra directa como sucede con los paquetes tecnológicos, y especialmente cuando se realizan monocultivos, no solo genera las llamadas malezas resistentes, sino que pierde sus virtudes respecto del control de la erosión. Esto sucede en el modelo del agronegocio, en el cual la siembra directa no solo se constituyó en uno de sus motores fundamentales por sus implicancias en términos tecnológicos, productivos y organizacionales, sino también en una de las estrategias de legitimación de este tipo de agricultura como “sustentable”.

Si bien su adopción en el modelo del agronegocio suele estar asociada a la reducción de la mano de obra necesaria por hectárea cultivada, así como de los gastos de asesoramiento (Alapin, 2008; Blanco, 2005), esta reducción de costos económicos no tiene en cuenta los costos socioambientales que genera por la alta dependencia de insumos externos de síntesis química. En la actualidad son cada vez más evidentes los impactos socioambientales negativos de estos paquetes tecnológicos, tanto en términos de la compactación del suelo que generan las máquinas de siembra directa, como por las malezas resistentes a los herbicidas –y la mayor utilización de herbicidas para controlarlas–, la pérdida de nutrientes del suelo, la contaminación del agua, el suelo y el aire, y el proceso erosivo que la plantación recurrente de soja genera en los suelos al arrastrar aún más nutrientes (Pengue, 2017).

Incluso su supuesto potencial para capturar carbono y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero por el que sus defensores le atribuyen un lugar dentro de las estrategias sustentables de la Agricultura Climáticamente Inteligente (Climate-Smart Agriculture) dependería de las prácticas anexas que la acompañan: rotación de cultivos, diversificación, fertilización, cultivos de cobertura o de “servicios” (Banco Mundial et al., 2014).

Sin embargo, aunque se apliquen estas “buenas prácticas agrícolas” (Golik, 2017), y aun cuando en algunos casos puede reducir la erosión del suelo, siempre que la siembra directa esté inserta en un modelo de agricultura industrial forma parte de la generación de los problemas asociados a ese modelo, incluso a veces sirviendo de justificación “sustentable” de la expansión de la agricultura a gran escala, y del uso de herbicidas y de costosa maquinaria (Gattinger et al., 2014).

Bibliografía

Acevedo, E. y Silva, P. (2003). Agronomía de la cero labranza. Santiago de Chile, Chile: Universidad de Chile.

Alapin, H. (2008). Rastrojos y algo más: historia de la siembra directa en Argentina. Buenos Aires, Argentina: Teseo – Universidad de Belgrano.

Banco Mundial, CIAT y CATIE (2014). Serie de perfiles nacionales de agricultura climáticamente inteligente para América Latina. Washington D.C., USA: Grupo del Banco Mundial.

Blanco, M. (2005). Argentina: la incorporación de la agricultura conservacionista en la región pampeana. Debate Agrario: Análisis y Alternativas, (38), 141-157.

Bisang, R. (2003). Apertura económica, innovación y estructura productiva: la aplicación de biotecnología en la producción agrícola pampeana argentina. Desarrollo Económico 43(171), 413-442.

Casas, R. (2001). La conservación de los suelos y la sustentabilidad de los sistemas agrícolas. Buenos Aires, Argentina: Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria.

Alvarez, C., & Mulin, E. (2004). El gran libro de la siembra directa. Clarín.

Gattinger, A., Jawtusch, J., Muller, A. y Mäder, P. (2011). No-till Agriculture – a Climate Smart Solution? Report N° 2. Aachen, Germany: MISEREOR.

Gliessman, S. y Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (2002). Agroecología: procesos ecológicos en agricultura sostenible. Turrialba, Costa Rica: CATIE.

Golik, S. I. (2017). Manual de buenas prácticas agrícolas. Buenos Aires, Argentina: Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales, UNLP.

Gras, C. y Hernández, H. (Eds.) (2013). El agro como negocio: producción, sociedad y territorios en la globalización. Buenos Aires, Argentina: Biblos.

Gras, C. y Hernández, V. (2016). Radiografía del nuevo agro argentino. Del terrateniente al empresario transnacional. Buenos Aires, Argentina: Siglo XXI.

Nicholls, C. I., Henao, A. y Altieri, M. (2015). Agroecología y el diseño de sistemas agrícolas resilientes al cambio climático. Agroecología, 10(1), 7-31.

Pengue, W. (2017). El vaciamiento de las Pampas. La exportación de nutrientes y el final del granero del mundo. Santiago de Chile, Chile: Fundación Heinrich Böll Stiftung.

Rainaudo, M. (2019). Informe de evolución de Siembra Directa en Argentina campaña 2018/19. Bolsa de Cereales / AAPRESID.

Tittonell, P. (2019). Las transiciones agroecológicas: múltiples escalas, niveles y desafíos. Revista de la Facultad de Ciencias Agrarias UNCuyo, 51(1), 231-46.


  1. Recibido: junio de 2020.
  2. Licenciada en Sociología y Doctora en Ciencias Sociales por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docteure en Études Rurales (Université de Toulouse II – Jean Jaurès). Becaria postdoctoral del CONICET. Miembro del Programa de Estudios Rurales y Globalización (PERyG) del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Contacto: andreapatriciasosa@gmail.com.


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