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Alambrado[1]

(Río de la Plata, segunda mitad del siglo XIX-siglo XX)

Alejandro Benedetti[2]

Definición

Un alambrado puede considerarse tanto un artefacto como un dispositivo de cercamiento, generalmente conformado por uno o varios alambres galvanizados –con o sin púas– dispuestos de manera horizontal, paralelos al suelo, sostenidos por postes verticales y otros elementos. Se utiliza para delimitar un terreno y para controlar el ingreso y/o egreso de animales, vehículos y personas. Constituye una expresión material de la extendida práctica de apropiación y delimitación del suelo en el medio rural, pero también en el urbano y rururbano. El uso del alambrado ha sido clave en el proceso excluyente de colonización de tierras conquistadas y expropiadas, se trate de zonas reservadas o comunales, en lo que se ha denominado acumulación por desposesión. Asimismo, el alambrado adquirió simbología ligada al orden y al control de la tierra, con la apropiación privada del suelo, a la vez que fue recuperado por los movimientos que luchan por los derechos humanos y por la distribución de la tierra al grito de “¡a desalambrar!”.

Origen

Alambrado deriva de una palabra previa: alambre. La Real Academia acuñó este término en su diccionario de 1780: “El hilo tirado de cualquier metal, aunque por lo común se entiende del de cobre, ó laton”. Se originó en el medioevo español, en la jerga comercial. Alambrada, en cambio, recién se incorporó en 1925: “Red de alambre grueso, sujeta al suelo con piquetes, que se emplea en campaña para impedir o dificultar el avance de las tropas enemigas”. En el Río de la Plata se generalizó el uso de alambrado.

La expansión capitalista durante la segunda mitad del siglo XIX en las pampas rioplatenses se sostuvo sobre tres redes, que utilizaron, en lo fundamental, madera y metal: el ferrocarril, el telégrafo y los alambrados (Netz, 2004). Estas redes permitieron incorporar al mercado capitalista las estepas y praderas que habían permanecido marginales, logrando la división y apropiación exhaustiva de enormes extensiones.

Cercamiento y expansión capitalista

Enclosures se denominó al proceso que consistió en la redistribución y el cercamiento de los predios rurales ingleses, mediante el uso de muros de baja altura o cercos vivos. En ese devenir, numerosas comunidades agricultoras fueron expropiadas de sus tierras y bienes comunes, y convertidas en masas asalariadas, mientras la tierra era puesta a producir para alimentar al creciente mercado de bienes agropecuarios. El cercamiento permitió el paso de un régimen comunal a otro en el que ciertos sujetos privatizaban la tierra, para disponer de la misma libre y permanentemente (Sevilla Buitrago, 2010).

En la tradición marxista, ese proceso fue identificado como mecanismo básico para la acumulación originaria, ya que permitió terminar con el control comunal de los medios de subsistencia e institucionalizar la propiedad y renta de la tierra en una economía de mercado. Se trata del momento originario de expansión capitalista, y de su reproducción en el tiempo (Midnight Notes Collective, 1990). Pero el encerramiento de los campos no es un fenómeno que se haya agotado con la experiencia inglesa de los albores del capitalismo. Muy por el contrario, constituye una práctica territorial que acompañó a la expansión imperial y capitalista hacia el resto del mundo. La relación colonial se manifestó en el acaparamiento de tierras en regiones proveedoras de materias primas agropecuarias, recientemente incorporadas al mercado internacional, como el oeste norteamericano, las planicies australianas o las pampas rioplatenses. En esta nueva fase, se comenzaron a emplear alambrados, especialmente en tareas ligadas a la ganadería. Los alambres de púa constituyeron un insumo técnico decisivo para el desarrollo de las fuerzas del capital en esas regiones, donde fue veloz el proceso de desposesión y acaparamiento de tierras hasta entonces controladas por las sociedades nativas (Richard y Hernández, 2018).

Los procesos contemporáneos de desposesión implican renovadas formas de cercamiento de tierras y recursos comunales que estaban fuera de los circuitos del capital. La idea de la “acumulación por desposesión” (Harvey, 2004) da cuenta de la violencia del despojo que está en la raíz de la acumulación, pero que no es primitivo ni originario. Ocurre, más bien, como una constante necesidad de explotación de los espacios marginados, subordinados o subsumidos al funcionamiento del sistema capitalista (Martínez y Cielo, 2017).

Fueron numerosas las prácticas territoriales que aprovecharon las ventajas del alambrado, especialmente el de púa, que se inventó en la década de 1860 (Netz, 2004). Un ejemplo es el frente de batalla, que utiliza alambrados como obstáculo, trampa o protección. De manera concomitante, comenzó a emplearse para cercar a la población civil, en campos de concentración y luego de refugiados. Fueron y siguen siendo usados por los sistemas de apartheid en ciudades de todo el mundo. Están en presidios y otros lugares de confinamiento, sea de animales (perreras), o de personas (estadios, condominios). Estos materiales cumplen de la manera más eficiente la función diferenciadora, discriminatoria y excluyente de las fronteras, en términos económicos, políticos y culturales, a la vez que su rotura simboliza la resistencia o disidencia de quienes sufren discriminación y exclusión.

Alambrado y nuevas territorialidades rioplatenses

En el Río de la Plata, el ganado vacuno, ovino y caballar se introdujo con la conquista. Se crio inicialmente a campo abierto, y una parte se escapaba del control humano. Ante la falta de predadores, se fueron reproduciendo con facilidad y poblando las extensas pampas. Esto dio origen al ganado cimarrón, que se aprovechó hasta mediados del siglo XVIII (Pelozatto Reilly, 2017). Todavía en el siglo XIX era común la cría de ganado a campo abierto. Se formaban las vaquerías, que eran espacios de reserva de ganado sin vigilancia, delimitados entre rinconadas formadas por corrientes de agua. La dificultad para contener al ganado facilitaba la práctica del abigeato o cuatrerismo.

La irrupción del alambrado en el ámbito pampeano ocurrió a mediados del siglo XIX. La generalización de su uso está estrechamente ligada a la territorialidad propia del modo de producción capitalista, que se basa en la acumulación por desposesión y apropiación privada de un medio de producción fundamental: la tierra. Con el alambre se delimitó la propiedad, se marcó la tierra, se fijó su posición, y esto redundó en la consolidación de los latifundios y de los sectores rurales hegemónicos, que a la postre no permitieron el acceso a la tierra de las poblaciones inmigrantes que comenzaron a llegar en la década de 1880, garantizando su concentración.

Sbarra (1964) para el caso argentino y Nahum (1968) para el uruguayo detallan diferentes episodios de importación e instalación de cercos de alambre entre las décadas de 1840 y 1860. Sin embargo, su uso se aceleró en ambas márgenes del Plata en la década de 1880, con la fuerte inserción de sendos países en el mercado internacional de las commodities agropecuarias. La importación de este bien industrializado pronto contó con la presión negociadora de la Asociación Rural del Uruguay y la Sociedad Rural de la Argentina para su exención impositiva. Al tiempo, los códigos rurales establecieron la medianería obligatoria, por lo que se volvió tanto una ventaja tecnológica, cuanto una imposición del sistema.

En algunas zonas de más antigua ocupación el alambrado reemplazó formas previas de cercado: zanjas y cercos muertos (acumulación de piedras, barro y restos vegetales), cercos vivos (plantas espinosas), cercos mansos (biombos con fines ornamentales) y tapias o pircas (pequeños muros con piedra y barro) (Richard y Hernández, 2018). En otras extensas zonas, especialmente en aquellas conquistadas militarmente, mediante el alambre se fundaron los conceptos de propiedad privada y cercado de los campos.

El alambrado clásico está formado por alambre, que son hilos de acero de diferentes espesores, generalmente bañados con zinc fundido –galvanizados–, para protegerlos de la acción atmosférica. Los alambres se ubican horizontalmente, paralelos al suelo, y son montados sobre troncos o postes de piedra, madera, acero, hormigón o fibra de vidrio. Se refuerzan con travesaños y tensores. A su vez, se complementan con otros elementos para aumentar la acción disuasiva: púas, concertinas u hojas de afeitar, electrificado, video-cámaras, etc.

Puede considerarse al alambrado un elemento característico del paisaje agroindustrial rioplatense. Por un lado, marcó el fin de la cría ganadera a campo abierto, que pasó a encerrarse en potreros. El terreno se volvió cuadriculado y se completó con otros artefactos: graneros, galpones y tambos para acopio de materias primas. También se instalaron molinos para obtener agua para consumo o riego. Se implantaron arboledas –montes– en torno a las casas, para protegerlas del viento, además de dotar de valor paisajístico a las entradas de las estancias. Los alambrados para cercar los campos incluyen tranqueras para indicar por dónde ingresar, luego de atravesar hileras de eucaliptos, igual de introducidos. Asimismo, se construyeron terraplenes y puentes para permitir el cruce de ferrocarriles, que se transformaron en barreras para el agua en épocas de lluvias, y se cavaron zanjas para hacer circular el agua, que muchas veces terminaron por secar los humedales (Sellés-Martínez, 2012). Además, fue un gran demandante de postes, inicialmente obtenidos en las pampas, más tarde traídos desde bosques chaqueños. El avance tecnológico llevó a la incorporación de otros materiales, como el hormigón, la electrificación o el ultrasonido. Todo esto no es más que el paquete tecnológico que nutrió el mito del Río de la Plata como el granero del mundo.

El cercamiento con alambrado condujo a desdibujar las figuras de arrieros, gauchos, agregados, puesteros y pastores, y la cantidad de peones necesarios para las tareas de invernada mermó. La concentración de la propiedad y la reducción de la mano de obra necesaria alentaron el éxodo rural. Pero este paquete tecnológico, mientras que descartaba oficios, daba origen a uno nuevo, el alambrador, a la vez que demandó el uso de herramientas apropiadas para la tarea, como los tensadores.

Alambrado y frontera

En las pampas, antes de la llegada del alambrado se emplearon cercas vivas, líneas de árboles y/o de arbustos plantados. Otro dispositivo utilizado fue el zanjeado: excavaciones estrechas y alargadas, en forma de V o U, alrededor de las construcciones o huertos, como protección ante el pisoteo del ganado. También, fue usado como estrategia de defensa en la frontera con las sociedades originarias del continente. La zanja más famosa fue planeada por Adolfo Alsina, ministro de Guerra de la Argentina entre 1872 y 1877. Su propósito era consolidar la frontera nacional sobre el río Colorado y después avanzar hacia el sur. Se construyeron 370 km, a pico y pala, conectando entre sí a fuertes y fortines. No se trataba de un obstáculo insuperable, más bien de una forma de retardar la marcha de los malones, a la vez que se imaginó que representaba la lucha de los sedentarios contra los nómades, los civilizados contra los bárbaros, la modernidad contra la prehistoria (Tamagnini, 2020).

La debilidad de este dispositivo fronterizo y el interés por acumular capital agropecuario mediante la producción de materias primas para su exportación, alimentaron la voluntad de conquistar, desposeer, aniquilar, arrinconar o relocalizar a sus históricos moderadores. En 1879 el ejército argentino avanzó hacia el sur y se incorporaron cientos de miles de hectáreas al territorio argentino. Así, se desactivaron las retóricamente llamadas “fronteras interiores”, es decir, esos espacios fronterizos de carácter relacional y multidireccional (Nacussi, 2010) que diferenciaban al emergente estado argentino de las naciones indígenas, una herencia no resuelta por la colonización española. Tras esa fenomenal incorporación les sucedieron dos verdaderas y funcionales fronteras interiores. Por un lado, las distintas fronteras agropecuarias: de los ovinos, de los vacunos, del trigo y maíz, y de la soja. A otra escala, surgió otra poderosa frontera interior, pocas veces problematizada en estos términos: la del alambrado y la tranquera.

La práctica de alambrar estuvo articulada con diferentes artilugios que viabilizaron la institución de la propiedad privada en zonas que habían permanecido hasta entonces fuera del control estatal. Junto con esa práctica de control y ordenamiento de tierras, emergieron otras, como la agrimensura y el análisis topográfico, pasos previos para la conformación de mapas catastrales, instrumentos para testimoniar la posesión de la tierra ante el estado, para garantizar la sucesión dentro del mismo grupo familiar y para estructurar el sistema impositivo. Le siguen el amojonamiento, la demarcación y señalización, y su incorporación en la normativa, a través de los códigos rurales, destinados a ordenar jurídicamente cercos y alambrados –especialmente en su relación con los caminos y medianeras–.

Alambrados y cultura material

El alambrado puede ser considerado un artefacto (en el sentido de fabricado) y/o dispositivo (objetos y señales articulados dispuestos en un sitio) para el cercamiento perimetral de porciones de la superficie terrestre. Como artefacto y dispositivo fronterizo, podría considerarse una forma material dentro de un grupo genérico que permite la práctica de la delimitación, demarcación y diferenciación de terrenos, los cercados, y que incluye muros y murallas, frentes y paredes, vallas y barreras. Son tecnologías de poder que expresan la voluntad de división, apropiación y valorización de ámbitos geográficos, pero cada una tiene sus especificidades materiales y simbólicas, históricas y geográficas.

En el mundo rural, el alambrado dividió terrenos, lotes, campos o parcelas, que son controlados por sujetos sociales específicos, genéricamente llamados propietarios rurales (apropiación). El propósito es clausurar ámbitos geográficos (cercado) con respecto al entorno circundante (diferenciación). Según la especificidad productiva, las denominaciones locales y las figuras legales en juego, surgen haciendas, quintas, dehesas, fincas, estancias, plantaciones, cabañas, tambos, granjas o chacras (configuraciones espaciales), dentro de las cuales se cercan corrales de cría o engorde, potreros, huertas, viveros y aviarios. Así, el alambrado es un artefacto y dispositivo empleado para la apropiación, cercamiento, diferenciación y configuración de unidades productivas agropecuarias.

Con el alambrado surgió una nueva relación de dominación social del mundo biológico. Marcó límites para los animales domesticados, a la vez que separó especies entre sí, y a machos de hembras, a animales de vegetales. El cercamiento, en sucesivas revoluciones agrícolas, permitió también apartar a las semillas de las plantas, y a quienes poseen ese conocimiento de quienes solo pueden adquirir el resultado de ello: las semillas híbridas. Además, fijó el centro de operaciones en áreas acotadas, donde se concentran los animales y equipamientos. Lo que se cultiva en un campo no puede ser consumido por los animales del campo lindero, quienes reciben su alimento de zonas tal vez muy distantes: hacia ellos se transportan pastos, aguas y antibióticos, en los feedlots. Con el avance del cercamiento y del secuestro de lo común, también se diferenciaron plenamente las extensas áreas de producción de los manchones o enclaves de monte, que sólo subsistieron como áreas naturales de reserva (también alambradas en su perímetro) controladas por los estados. De este modo, no se modifica el paisaje: se lo inventa por completo. Visto todo esto, el alambrado deviene una práctica que incluye manejo de técnica, ciencia e información específica para la gestión biopolítica del medio geográfico (Richard y Hernández, 2018).

Alambrado y cultura simbólica

Existe también un poderoso imaginario cultural en torno al alambrado. Conlleva un sentido sobre el orden y la segmentación del espacio y, por lo tanto, de la sociedad: entre poseedores y desposeídos, entre estancieros y peones. Las estancias, los tambos y las chacras son unidades espaciales y productivas con el mayor y más sofisticado nivel de delimitación, cuyos propietarios integran la clase hegemónica rioplatense. El alambrado habitó el pensamiento de Domingo Sarmiento, quien ante la pesadumbre que le provocaba la costumbre pampeana de no cercar los campos –por considerarla contraria a toda idea de civilización y facilitar el vagabundeo y el robo de ganado– sentenciaba: “¡Enriquézcanse, no sean zonzos! ¡Cerquen, no sean bárbaros!”. Inclusive, se produjo en la Argentina un alambre cuya marca era “Sarmiento” (Reggini, 1997).

La pintura costumbrista recreó paisajes rurales donde con frecuencia están presentes alambrados y tranqueras. Un ejemplo de ello lo representa Florencio Molina Campos, hijo de un estanciero y miembro de la Sociedad Rural Argentina. Produjo su obra entre inicios de la década de 1920 y fines de 1950, con motivos camperos, fruto de recuerdos de su infancia en la estancia paterna. En sus pinturas, con detalles minuciosos, se vislumbra el registro costumbrista. Sus obras exhiben el universo de enseres, trabajos y objetos cotidianos de las estancias, entre los que se encuentran alambrados y tranqueras, que recrean la experiencia rural de manera bucólica e ingenua (Sartelli, 2007). En 1942, y con asesoramiento del propio Molina Campos, se estrenó el corto animado “El gaucho Goofy”, producido por el estadounidense Walt Disney. Las actividades realizadas por el protagonista (Goofy versión gaucho) ocurren en la estancia, y las puestas en escena incluyen alambrados marcando sus límites, postes donde se apoya su caballo humanizado y tranqueras por donde se entra y se sale.

En un sentido opuesto, se expresó la molestia por su presencia:

El gaucho nunca defendió la Libertad: Después que el gaucho expulsó / al invasor extranjero / apareció el estanciero / que escrituró sin comprar / y las fecundas llanuras las dividió a su albedrío / sin decir más que esto es mío y hasta aquí voy a alambrar (versos publicados en: Castro y Molina, 1959, p. 21).

Los movimientos revolucionarios que incitaban a la reforma agraria apelaron a la noción de desalambrar como ideal de expropiación a los terratenientes y comunalización de la tierra. Así lo expresa la canción escrita por Daniel Viglieti:

A desalambrar: Yo pregunto a los presentes/ Si no se han puesto a pensar / Que esta tierra es de nosotros / Y no del que tenga más / Yo pregunto si en la tierra / Nunca habrá pensado usted / Que si las manos son nuestras / Es nuestro lo que nos den / A desalambrar, a desalambrar / Que la tierra es nuestra / Es tuya y de aquel / De Pedro y María / De Juan y José…

De este modo, el autor sintetiza la denuncia de desigualdad entre terratenientes y trabajadores, a la vez que insinúa que la reforma agraria y el reparto de la tierra se logrará desalambrando (Donas, 2015).

Reflexiones

Con el avance del modo de producción capitalista, el alambrado se fue adaptando a las necesidades de producción agropecuaria y constituyó una técnica básica para la apropiación y valorización privada del suelo en la región rioplatense.

Todavía en la actualidad el alambrado constituye un símbolo de despojo, desposesión y expulsión de poblaciones campesinas e indígenas, en renovados ciclos de acumulación capitalista. Pero las representaciones sobre su rotura refuerzan la esperanza de libertad y de acceso a la tierra como medio de reproducción social.

Bibliografía

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Donas, E. (2015). Problematizando la canción popular: un abordaje comparativo (y sonoro) de la canción latinoamericana “comprometida” desde los años 1960, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [Online]. Recuperado el 7/4/2022 de https://doi.org/10.4000/nuevomundo.67824

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Martínez, L. y Cielo, C. (2017). Bienes comunes y territorios rurales: una reflexión introductoria. Eutopía, (11), 7-16.

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  1. Recibido: mayo de 2022.
  2. Licenciado y Doctor en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigador Principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Profesor Adjunto del Departamento de Geografía de la UBA. Contacto: alejandrobenedetti@conicet.gov.ar.


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