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Economías regionales[1]

(Argentina, segunda mitad del siglo XIX-actualidad)

Fernando González Cantero[2]

Definición

El concepto refiere a las actividades agrarias y/o agroindustriales extrapampeanas, cuyo desarrollo ha estado históricamente subordinado a los intereses del modelo agroexportador pampeano. Las mismas incluyen diversas actividades (como, por ejemplo, la fruticultura, la vitivinicultura y los complejos azucarero, algodonero y yerbatero) que no comparten una estructura de costos o modos de comercialización, pero sí mayoritariamente una orientación mercadointernista.

Origen

En la literatura especializada suele utilizarse la noción “economías regionales” de una manera imprecisa y contradictoria. En algunas ocasiones se la designa como de base exclusivamente agropecuaria, mientras que en otras se incorporan actividades primarias como petróleo, carbón u otras intensivas en recursos naturales. Si bien engloban actividades mayoritariamente orientadas al mercado interno, desde los años 90 muchas de ellas también se internacionalizaron por los cambios económicos a nivel global. Su empleo más común la emparenta con “economías extrapampeanas”. Como prueba de ello, el Programa de Impulso a las Economías Regionales define a las economías regionales como las producciones agrarias “cuyos sistemas de producción, elaboración, industrialización, distribución y comercialización se desarrollan en zonas agroecológicas diversas y no se encuentran incluidos en aquellos sistemas tradicionales y dominantes de la Región Pampeana” (Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, 2023, p. 5).

Con la intención de esclarecer el sentido del término, resultan de interés las perspectivas que lo analizan en la historia de la conformación del Estado nacional y el desarrollo del capitalismo en la Argentina. Para Aldo Ferrer (1963), la etapa colonial e independentista fue el periodo de las “economías regionales de subsistencia”, signadas por el predominio de complejos económico-sociales a lo largo del país que, ajenos al mercado mundial, producían básicamente para el consumo interno y con exiguos niveles de productividad. En contraste, Carlos S. Assadourian (1982) caracteriza a las economías regionales de la época colonial por su integración a nivel regional y autosuficiencia económica.

Tras la independencia se generó un abismo entre las regiones argentinas, favoreciendo especialmente a la provincia de Buenos Aires y retrasando el desarrollo de las otras provincias. Principalmente, ello se debió a la demanda externa que promovió la exportación de materias primas y alimentos a cambio de manufacturas. Dicho proceso impulsó la puesta en marcha de diferentes cultivos en cada región, en función de sus “ventajas comparativas”, esencialmente condiciones ambientales, pero también políticas específicas como las fiscales y las de transporte. De este modo, hacia la segunda mitad del siglo XIX, mientras hubo regiones que lograron una mejor incorporación a la división internacional del trabajo al ser capaces de producir los bienes que el centro requería (carnes, cereales y lana), otras regiones quedaron confinadas a un rol secundario: fueron los casos del Noroeste, con la caña de azúcar y el tabaco; el Noreste, con el algodón y la yerba mate; y Cuyo, con la vid y los frutales. Por su parte, el Litoral desarrolló chacras y quintas hortícolas, orientándose al autoabastecimiento de las grandes ciudades (Ferrer, 1963).

Es así que, las economías extrapampeanas asumieron un rol periférico y dependiente de la más activa economía pampeana. Esta subordinación posibilitó un relativo progreso para algunas economías regionales (como la azucarera y la vitivinícola), aunque para la mayoría significó la pérdida de dinamismo y autosuficiencia, lo cual las rebajó al nivel de subsistencia. Sólo pudieron beneficiarse de este proceso las elites provinciales que promovieron la expansión de infraestructura y de la banca pública, con cuyos recursos esperaban modernizar las estructuras productivas locales para adecuarlas a los estándares del mercado mundial (Hora, 2022). Para ello resultó clave la conformación de alianzas interoligárquicas, como ocurrió en el Noroeste y Cuyo (Girbal-Blacha y Basconzuelo, 2024).

Economías regionales y planificación del territorio

Con el auge de las políticas de planificación económica, durante la vigencia de la industrialización sustitutiva de importaciones –especialmente desde la emergencia del peronismo, cuando la planificación tomó mayor impulso–, la problemática de las economías regionales recobró una importancia relativa. Ejemplo de ello es que ya el Segundo Plan Quinquenal (1952-1955) se proponía como uno de sus principales objetivos la promoción de las economías regionales. Luego, fue el mismo Raúl Prebisch quien afirmó que, dada la penetración de nuevos procedimientos de producción exclusivamente en las actividades relacionadas con la exportación de alimentos y materias primas, “vastas regiones se articulan entonces al sistema económico mundial, mientras otras (…) quedan fuera de su órbita hasta nuestros días” (Prebisch, 1973 [1951], p. 2). De esta manera, la bibliografía de la época volvía a poner la mirada sobre la estructura espacial del país que, deformada por la macrocefalia (Vapñarsky, 1995), daba lugar a un desarrollo amorfo donde algunas “islas económicas regionales” sólo se vinculan con el núcleo económico de la Zona Metropolitana (Nievchowicz, 1970).

En este periodo se institucionalizó la categoría de “economías regionales” en la narrativa de la política pública, de la mano de diferentes instituciones de planificación (Planes Quinquenales, Consejo Nacional de Desarrollo –CONADE–, Consejo Federal de Inversiones –CFI–) que formulaban políticas para atender esa disparidad. El CFI, por ejemplo, en Bases para el Desarrollo Regional Argentino, alegaba la necesidad de abolir una Argentina deformada por la división internacional del trabajo, el subdesarrollo del interior y el predominio de factores paralizantes. Recomendaba así que las economías regionales fueran estudiadas y apuntaladas en función a la amplificación del mercado interno, mostrando una continuidad con la planificación del peronismo (Consejo Federal de Inversiones, 1963).

Otros planteos del CFI, en el marco de las políticas desarrollistas, aseveraban que las asimetrías regionales encontraban sus raíces en el desarrollo capitalista dependiente, que generaba un desarrollo desigual de las fuerzas productivas de cada una de las regiones y subáreas de una misma región (Yujnovsky, 1973). Por eso el organismo proponía la creación de “centros regionales” que impulsaran una industrialización regional favorable a una expansión económica homogénea. En el mismo sentido, la integración de las economías regionales al desarrollo nacional se lograría, según el planteo desarrollista, a través de: i) la absorción de la producción regional en los planes nacionales; ii) la construcción subsidiada de la infraestructura (energía, transportes); iii) la planificación económica y social a nivel regional; iv) la dinamización de las estructuras de tenencia y uso de la tierra rural y urbana, y v) la industrialización de las materias primas (Utria, 1971).

Esta mirada de las economías regionales comparte el interés por abandonar la especificidad agraria y plantear la industrialización como forma de equilibrar las desigualdades territoriales. Dicha perspectiva transformó la concepción de economías regionales: de actividades agropecuarias subordinadas se convirtieron en economías de las regiones subdesarrolladas. Es decir, el término amplió su tradicional base agropecuaria, incluyendo una variedad de sectores (hidrocarburos, mineros, industriales).

En este marco, han surgido propuestas integradoras, como la teoría de los “subsistemas de acumulación de capital” formulada por Pablo Levín (1972, 2001). La misma identifica conjuntos de actividades y agentes económicos relacionados significativamente entre sí en un contexto regional y partícipes de un proceso coherente, por lo cual conforman una unidad o “subsistema de acumulación. Para esta teoría, los procesos de diferenciación regionales son una expresión de la diferenciación del capital, cuyas manifestaciones en el espacio dan lugar a la posibilidad de identificar variados subsistemas según las actividades que forman parte del mismo (Levín, 2001). Inspirado en categorías marxistas y postulando la necesidad de adaptarlas a la especificidad de los estudios regionales, procura identificar las condiciones concretas de acumulación de capital dentro de un subsistema regional. A decir de Levín (1972), esta propuesta teórico-metodológica contempla las manifestaciones empíricas del sistema (la generación del valor y su apropiación por los diferentes agentes económicos, entre otras) como partes significativas de un todo. Pero dada la imposibilidad de abordar la totalidad del sistema económico, el “diseño de subsistemas”, aplicado a las economías regionales, procura desarrollar criterios que permitan identificar los elementos sistémicos en una de sus partes, en este caso delimitadas espacialmente. Es por ello que el autor no parte de la clásica clasificación de sectores (primario, secundario y terciario), que distorsionan la comprensión del fenómeno regional, sino que identifica una actividad productiva y la analiza con relación a otras, evaluando intereses, disputas y grados de dominación entre actores.

Basado en esta propuesta, Alejandro Rofman (1984) se concentró en el estudio de las economías regionales bajo el concepto de “circuitos de acumulación regional”, entendidos como eslabonamientos o interrelaciones entre agentes económicos que operan a partir de una actividad común en una misma región. Estos circuitos regionales vinculados directa o indirectamente constituyen el subsistema regional. Por medio de esta categoría, el autor aplica el concepto de excedente económico a los estudios regionales, analizando la capacidad de los pequeños productores para retener el excedente generado en los espacios de acumulación regionales. En este mismo sentido, otras investigaciones han examinado las economías regionales desde la idea de “circuitos productivos regionales” (García y Rofman, 2023; Gomez Lende, 2023).

Reflexiones

El debate sobre la significación del término economías regionales echa luz sobre sus disputas, más aún cuando éste otorga derechos a recibir ayudas estatales o valoriza determinada actividad económica, protegiéndola frente a terceros. No casualmente, por su relevancia, los actores de los ámbitos rurales argentinos se enarbolan tras su defensa o representación.

En el terreno político, como así también en la literatura académica, la amplitud conceptual deriva en que cualquier producción de una región pueda ser considerada regional y, como tal, ser objeto de atención estatal. En ese sentido, es un concepto que oculta las relaciones asimétricas que se desenvuelven en su interior. No sólo aquellas que se expresan entre propietarios de la tierra, arrendatarios, campesinos y trabajadores agrarios, sino también aquellas gestadas entre productores agrícolas, agroindustrias o empresas comerciales.

En el intento de aportar a esclarecer el término, la definición de “economías regionales” aquí propuesta se encuadra en los debates de la economía política. En este marco, las mismas comportan configuraciones históricas que muestran, por un lado, la dependencia estructural de unas regiones frente a otras y, por el otro, las disputas por el poder y la apropiación de excedentes. Es decir, no comprenden un simple acervo de actividades económicas emplazadas en cada área geográfica del país, sino formaciones socioespaciales insertas de manera dispar en el sistema de acumulación global del capital.

Sin embargo, es importante rescatar que el término también permite valorizar múltiples actividades agroalimentarias que nutren la canasta básica alimentaria argentina (frutas, verduras y hortalizas, yerba, vino, leche, etc.) frente al avance de los monocultivos de exportación (soja, girasol, etc.), que ejercen presión sobre las tierras donde se construye la seguridad y soberanía alimentaria de nuestro país.

Bibliografía

Assadourian, C. (1982). El sistema de la economía colonial. Mercado interno, regiones y espacio económico. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Consejo Federal de Inversiones (1963). Bases para el desarrollo regional argentino. Buenos Aires: CFI.

Ferrer, A. (2021). La economía argentina: Desde sus orígenes hasta principios del siglo XXI. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

García, A. O. y Rofman, A. B. (2023). Circuitos productivos regionales, agentes y formas de implantación. Notas para un renovado marco analítico (Argentina, a principios de siglo XXI). Mundo Agrario, 24(57).

Gelman, J. (2010). La Gran Divergencia. Las economías regionales en Argentina después de la Independencia. En Bandieri, S. (Comp.), La historia económica y los procesos de independencia en la América hispana (pp. 105-129). Buenos Aires: AAHE/Prometeo Libros.

Girbal-Blacha, N. M. y Basconzuelo, C. (2024). Efectos regionales del modelo agroexportador en la Argentina rural. Travesía, 26(1-2), 13-27.

Gómez Lende, S. (2023). Circuitos productivos regionales. Cadenas productivas y formas de integración agroindustrial. En Velázquez, G. (coord.), Atlas Histórico y Geográfico de la Argentina: Economía I (pp. 129-140). Tandil: Editorial IGEHCS.

Hora, R. (2022). Historia económica de la Argentina en el siglo XIX. Buenos Aires: Siglo XXI.

Levín, P. (1972). Diseño de subsistemas (mimeo). Buenos Aires: CFI.

Levín, P. (2001). An introduction to the essays on capital subsystems. Documentos del CEPLAD, 3(2).

Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca (2023). Programa de impulso al desarrollo de las economías regionales. Buenos Aires: Subsecretaría de Desarrollo de Economías Regionales, MAGyP.

Nievchowicz Lampert, N. (1970). El desarrollo regional, aplicación al caso de la región sudeste de la Provincia de Buenos Aires. Buenos Aires: UBA, Facultad de Ciencias Económicas.

Prebisch, R. (1973 [1951]). Interpretación del proceso de desarrollo económico latinoamericano. Buenos Aires: CFI.

Rofman, A. (1984). Subsistemas espaciales y circuitos de acumulación regional. Revista Interamericana de Planificación, 70.

Utria, R. (1971). Los problemas del desarrollo regional en América Latina y su incidencia en la capacitación de planificadores latinoamericanos suministrada por los países europeos. Buenos Aires: CFI.

Vapñarsky, C. (1995). Primacía y macrocefalia en la Argentina: la transformación del sistema de asentamiento humano desde 1950. Desarrollo Económico, 35(138), 227-254.

Yujnovsky, O. (1973). Metodología para la realización de un estudio sobre el comportamiento espacial argentino. Buenos Aires: CFI.


  1. Recibido: mayo de 2025.
  2. Soció­lo­go y Doc­tor en Geo­gra­fía por la Uni­ver­si­dad de Bue­nos Aires (UBA). Profesor Adjunto del Departamento de Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Inves­ti­ga­dor Asis­ten­te del Con­se­jo Nacio­nal de Inves­ti­ga­cio­nes Cien­tí­fi­cas y Tec­no­ló­gi­cas (CONI­CET) en el Ins­ti­tu­to de Geo­gra­fía de la UBA. Con­tac­to: gon­za­lez­jo­se­fer@​gmail.​com.


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