(Argentina, 1990-2025)
Malena Castilla[2] y Álvaro Álvarez[3]
Definición
Las infraestructuras para el arraigo pueden entenderse como obras y sistemas técnicos de escala local, de bajo o nulo impacto ambiental, diseñados de manera colectiva con el fin de mejorar la calidad de vida y favorecer la permanencia de las comunidades en sus territorios. Surgen de procesos de co-construcción entre diversos actores, a partir del conocimiento situado y con legitimidad social, constituyéndose en tecnologías apropiadas, sostenibles y adaptables frente a transformaciones sociales, culturales, ambientales y climáticas. A diferencia de las infraestructuras extractivistas, se sostienen en ontologías relacionales orientadas al cuidado de lo común y a garantizar condiciones dignas de vida en los territorios.
Origen
Infraestructuras para el arraigo es un término propuesto en respuesta a coyunturas específicas, en particular, frente al avance de infraestructuras funcionales a las políticas extractivas que proliferaron desde 1990. Los sistemas técnicos hegemónicos –dominados por los grandes agentes del capital– se contraponen a estas infraestructuras, ya que responden a una episteme que concibe la naturaleza como recurso disponible y a la técnica como instrumento de dominio. En cambio, las infraestructuras para el arraigo parten de valoraciones distintas: lo vivo entendido como interdependencia, lo humano inseparable de lo no humano y las redes técnicas como soportes para sostener la vida y no para mercantilizarla.
En esta línea, Acebal (2023) introduce el concepto de infraestructura para la vida como réplica al desarrollo de las infraestructuras extractivistas, en referencia a dispositivos y tecnologías orientados a sostener la vida cotidiana y productiva en los territorios. En base al reconocimiento de la necesidad de obras que garanticen el sustento local, proponemos las infraestructuras para el arraigo, que no solo buscan asegurar condiciones materiales mínimas, sino que encarnan apuestas políticas, técnicas y ontológicas orientadas a la permanencia digna, al cuidado de lo común y a la construcción activa de modos alternativos de habitar, producir y convivir. No se trata únicamente de respuestas al despojo, sino de proyectos de vida en disputa con las lógicas hegemónicas.
El análisis de estas infraestructuras se inscribe en los estudios socioterritoriales, una línea interdisciplinaria orientada a comprender la relación, y sobre todo las problemáticas emergentes, entre sociedad y espacio geográfico. Dicha perspectiva se vincula con la geografía crítica y la ecología política y, desde este marco epistémico, concibe tanto el proceso de espacialización como la cuestión ambiental como problemáticas atravesadas por relaciones de poder, disputas territoriales y conflictos socioterritoriales (Harvey, 2003; Swyngedouw, 2004). En este sentido, los grandes sistemas técnicos constituyen un objeto de atención ineludible, ya que permiten comprender cómo se configuran históricamente las formas de estructuración, funcionamiento y articulación de los territorios. Como plantea Santos, resultan centrales “los sistemas de ingeniería y sus características actuales, la creación de los grandes objetos geográficos, los fijos y flujos en el espacio” (1994, p. 62), y “el conocimiento de los sistemas técnicos sucesivos es esencial para la comprensión de las diversas formas históricas de estructuración, funcionamiento y articulación de los territorios” (2000, p. 145).
Agronegocios y transformaciones infraestructurales
Con la aceleración de la producción, la circulación y el consumo y la fragmentación a escala global del sistema productivo, todos los sistemas técnicos se integran, transformándose en las arterias del metabolismo entre sociedad y naturaleza, conformando un medio técnico dominado por el desarrollo de la ciencia y la información. Dicho medio técnico científico-informacional es articulado por el mercado mundial y se propaga con desiguales grados de difusión, concentración y eficacia de acuerdo a las necesidades del gran capital –dominado por las corporaciones transnacionales y los flujos financieros– (Santos, 2000; Harvey, 2005; Furlan, 2016; Álvarez, 2021) y en detrimento de formas preexistentes de uso del espacio geográfico, del equilibrio ambiental y de los saberes de las comunidades locales.
En tal sentido, durante la segunda mitad del siglo XX, las innovaciones tecnológicas introducidas en las agriculturas de América Latina –en el marco de la llamada Revolución Verde– promovieron el uso intensivo de agrotóxicos y otros insumos químicos de origen industrial, el empleo de variedades de cultivos de alto rendimiento (incluidas semillas transgénicas) y la incorporación de maquinaria agrícola. Este modelo dio lugar a un proceso progresivo de degradación ambiental, manifestado en desmontes y quemas de bosques nativos, estrés hídrico y agotamiento de fuentes de agua, contaminación por agroquímicos y pérdida de biodiversidad, entre otros impactos. La dinámica expansiva de los agronegocios condujo a la especialización productiva, simplificando los ecosistemas –con los monocultivos– y anexándolos de modo subordinado a un sistema agroalimentario de escala global. Tal fenómeno ha ocurrido en América Latina, tal como expresan la dependencia económica, las relaciones comerciales desiguales, la explotación de bienes comunes y mano de obra por parte de capitales externos, la débil industrialización y la vulnerabilidad externa.
Ahora bien, la Revolución Verde no ha sido posible sin las infraestructuras (carreteras, vías férreas, puentes, puertos e hidrovías, entre otras) que permiten la difusión de bienes y servicios a nuevos territorios y la reducción de los costos de circulación. Tampoco hay agronegocio viable sin el control de los flujos y fuentes de agua (acueductos, canales, sistemas de riego, endicamientos, dragado de ríos, alteos, terraplenes, etc.) que faciliten la expansión de modelos extractivistas e hidrodependientes (Álvarez y Castilla, 2025).
Estas transformaciones infraestructurales conducen a la región a escenarios propicios para la expansión de grandes capitales, fundamentalmente transnacionales, que son hostiles a la subsistencia de las comunidades. En respuesta, éstas son capaces de promover, junto con actores estatales, académicos y no gubernamentales, otras formas de vivir y convivir en los territorios. En este marco, pueden impulsar diversas infraestructuras y técnicas, que, desde una lógica alternativa a la racionalidad instrumental dominante, instauran mejores condiciones de habitabilidad y equilibrio ambiental. Esta es la genealogía de los dispositivos técnicos sobre los cuales es posible diseñar y ejecutar infraestructuras para el arraigo.
El agronegocio en la Argentina: ingenierías hegemónicas y alternativas
El desarrollo de actividades vinculadas a los centros de producción, dominados por el gran capital transnacional, implica la irrupción de nuevos actores y el sometimiento, acorralamiento y/o expulsión de otros. Esto demanda, de la misma manera, el surgimiento y el desplazamiento de tecnologías, actividades productivas, empresas e infraestructuras de transporte y comunicación. Todo confluye y contribuye a la transformación de los espacios locales, regionales y nacionales. Para Manzanal, “el resultado es que la producción de los territorios se dinamiza, con resultados diferenciales sobre las poblaciones que los habitan y sobre las formas de ejercicio del poder y de la dominación en los mismos” (2016, p. 6). En la Argentina, estas dinámicas se expresaron con fuerza en la ampliación de la frontera extractiva del agronegocio –de territorios pampeanos a extrapampeanos–, que fue factible a partir del desarrollo de “tres ingenierías” (Castilla y Álvarez, 2025).
Por un lado, la ingeniería de transporte, que impulsa un complejo entramado de obras para facilitar la exportación desde los principales puertos del país. Muchas de estas obras integraron desde el año 2000 la cartera de proyectos de la Iniciativa para la Integración en Infraestructura Regional Suramericana. Por otro lado, la ingeniería hídrica, que modifica el pulso natural de las cuencas a fin de alterar los ciclos de agua para adaptarlos a las dinámicas y necesidades productivas en un contexto de profunda crisis hídrica. Finalmente, la ingeniería genética, que, con investigación pública y privada, avanza en tecnologías (como las semillas transgénicas o la transgénesis animal) que se presentan como solución para mejorar la productividad y enfrentar la crisis ambiental.
Frente a este escenario hegemónico, caracterizado por una tecnología excesivamente concentrada e intensiva en capital, las organizaciones campesinas e indígenas, los pequeños productores organizados y las familias de trabajadores rurales proponen ingenierías alternativas: obras hídricas de baja intensidad (molinos, cisternas, aljibes, filtros de agua, bordos, techos colectores, entre otros), mejoramiento de caminos (alcantarillados, alteos, consolidación de trazas, etc.), viviendas dignas, conexión a internet, energía eléctrica, escuelas y centros de salud. Éstas son las iniciativas priorizadas por una población relegada de los planes de gobierno y de las ambiciones de las corporaciones que, a partir de la organización colectiva, demanda obras para que el arraigo no sea una utopía, sino una forma de preservación cultural y de defensa de los territorios asediados por el extractivismo.
Premisas contrapuestas: extractivismo vs. arraigo
Por el carácter totalizador que la infraestructura ha desarrollado en el marco de modelos de apropiación de la naturaleza y los bienes comunes en América Latina, puede plantearse una gran distinción entre las infraestructuras extractivistas y las infraestructuras para el arraigo (Álvarez y Castilla, 2025). En tal sentido, la infraestructura extractivista comporta megaobras o un sistema de obras encadenadas que son “diseñadas, financiadas y ejecutadas, con el objetivo de generar condiciones de oportunidad para la extracción de naturaleza [y saberes], que es mercantilizada y comercializada a partir de las demandas y necesidades de los principales centros de producción del sistema [nacional e] internacional” (Álvarez, 2023, p.763, los corchetes son propios).
En contraste, la episteme que subyace a las infraestructuras para el arraigo se distancia de la que organiza a las infraestructuras extractivistas. Mientras estas últimas responden a una racionalidad instrumental y antropocéntrica, que ordena la relación tecnología-entorno-sociedad en términos de dominio y productividad, las infraestructuras para el arraigo se fundan en ontologías relacionales, que afirman la cohabitación y el cuidado de lo común. Así, la técnica no media para extraer, sino para sostener modos de vida.
En tal dirección, el arraigo no se ciñe a un simple permanecer en un territorio, sino que refiere a la posibilidad de habitarlo de modo digno y sostenible. Dicho modo se nutre de memorias y vínculos sociales y espirituales y también se enraíza en relaciones de cuidado con los elementos vivos y no vivos del entorno. Frente a las dinámicas desterritorializantes del capital –que fragmentan, expulsan y mercantilizan los territorios– el arraigo designa una apuesta política y ontológica: permanecer implica defender los bienes comunes, sostener la vida colectiva y recrear lazos de pertenencia que contrarrestan la lógica del despojo.
Reflexiones
Partimos de una concepción del territorio que trasciende su definición como un sistema complejo de objetos y acciones interrelacionados (Santos, 1996), para abordarlo como un entramado relacional en el que interactúan seres humanos, no humanos, afectos, saberes y materialidades que se co-constituyen de manera dinámica y dialéctica. Desde esta perspectiva, el territorio incorpora dimensiones sensibles, ontológicas, históricas y cosmopolíticas, en las que lo que se entiende por “objeto” o “acción” depende de marcos relacionales situados. El territorio se configura como un campo de encuentros, resistencias y negociaciones entre el mundo, muchas de ellas intraducibles entre sí, pero que permiten establecer vínculos simbióticos y relaciones de coexistencia entre-y-con seres y entornos (Haraway, 2020; Mendoza Fragoso, 2019; Viveiros de Castro y Danowski, 2019).
Estas infraestructuras emergen de necesidades productivas, sociales y comunitarias, y se construyen a partir de un conocimiento situado, en articulación con diversos actores: comunidades, organizaciones sociales, universidades, cooperativas, ONG y organismos estatales, entre otros. Son tecnologías apropiadas y sostenibles, en permanente adaptación a las transformaciones del contexto social, cultural, económico y ambiental, que se integran activamente en las dinámicas locales y son asumidas y transformadas por quienes las habitan y utilizan.
Más allá de su dimensión técnica, estas infraestructuras expresan formas diversas de comprender y valorar el territorio, donde se entrelazan relaciones materiales, simbólicas y afectivas entre seres humanos y no humanos. En este sentido, pueden leerse como expresiones relacionales que no solo confrontan los efectos del despojo promovidos por el agronegocio y las industrias extractivas, sino que afirman modos alternativos de habitar el mundo. Se trata, entonces, de otros lenguajes, que hacen visibles distintas formas de producir, cuidar y sostener lo común, y que disputan sentidos y futuros posibles frente al avance extractivista.
Bibliografía
Acebal, A. (2023). Disputas en y por el territorio isleño del municipio de Santa Fe. El conflicto en torno a las megaobras de infraestructura extractivista y la infraestructura para la vida (2007-2019) (Tesis doctoral). Universidad Nacional del Litoral, Argentina.
Álvarez, A. (2021). Infraestructura de transporte y disputas territoriales. La IIRSA en Santa Fe. Tandil: CLACSO -FCH UNICEN.
Álvarez, A. (2023). Infraestructura extractivista y desarrollo regional. En Di Nucci, J. y Álvarez, A. (Coord.), Territorios de la complejidad. Por una geografía resignificada (pp. 759-771). Tandil: FCH-UNCPBA.
Álvarez, A. y Castilla, M. (2025). Infraestructuras del agronegocio en el humedal más grande de la Argentina. El caso de los Bajos Submeridionales. En Cornaglia, M. (Comp.), Curso acelerado: Antiextractivismo, dignidad y buen vivir (pp. 103-113). Rosario: Último Recurso Ediciones.
Furlan A. D. (2016). Grandes sistemas técnicos y espacio geográfico. Revisión de posturas y articulaciones conceptuales. Huellas, (20), 57-78.
Haraway, D. J. (2020). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno (Vol. 1). Consonni.
Harvey, D. (2005). El “nuevo” imperialismo. La acumulación por desposesión. En Panitch, L. y Leys, C. (Eds.), Socialist Register (pp. 99-129). Buenos Aires: CLACSO.
Harvey, D. (2003). The New Imperialism. Oxford University Press.
Manzanal, M. (2016). El desarrollo desde el poder y el territorio. En: Participación, políticas públicas y territorio: Aportes para la construcción de una perspectiva integral. Buenos Aires: Universidad Nacional de General Sarmiento.
Mendoza Fragoso, A. (2019). Ontologías del agua y relaciones de poder en torno al paisaje hídrico en el territorio indígena mazahua del estado de México. Revista Colombiana de Antropología, 55(1), 91-118.
Santos, M. (2000). La naturaleza del espacio. Barcelona: Ariel.
Santos, M. (1994). Técnica, espaço, tempo: globalização e meio técnico-científico-informacional. São Paulo: HUCITEC.
Santos, M. (1996). De la totalidad al lugar. Barcelona: Oikos-tau.
Swyngedouw, E. (2004). Social Power and the Urbanization of Water: Flows of Power. Oxford University Pres
Viveiros de Castro, E. y Danowski, D. (2019). ¿Hay mundo por venir? Ensayo sobre los miedos y los fines. Buenos Aires: Caja Negra.
- Recibido: mayo de 2025.↵
- Licenciada en Antropología. Doctora en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM). Contacto: malenacastilla@gmail.com.↵
- Licenciado en Relaciones Internacionales y Magíster en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNCPBA). Doctor en Geografía por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Geografía, Historia y Ciencias Sociales (IGEHCS) de la UNCPBA. Contacto: alvarez@fch.unicen.edu.ar.↵






