(Argentina, siglo XX)
Silvana Villanueva[2]
Definición
Las fiestas de la producción rural son aquellas cuyo objeto de celebración refiere a una práctica o elemento característico de la actividad agropecuaria. Así, de acuerdo al perfil productivo de cada región, el trigo, el maíz, la yerra o la caña de azúcar se erigen como elementos válidos para ser homenajeados. Estas celebraciones se expandieron en el territorio argentino a lo largo del siglo XX y se consolidaron como baluarte identitario de varias comunidades del interior.
Genealogía y origen
El término fiesta proviene del latín festa. Según la Real Academia Española, dicho concepto puede variar entre “día en que, por disposición legal, no se trabaja”, “día que una religión celebra con especial solemnidad dedicándolo a Dios (…) o “jornada en que se celebra algo o que se dedica a alguien o algo”. Las fiestas constituyen una dimensión de la existencia social y ocupan un lugar central en la estructuración y organización de la sociedad (Ariño Villarroya, 1992). El Sistema de Información Cultural de la Argentina observa que hacia el año 2009 existían en el país alrededor de 2.700 celebraciones. Entre ellas se diferenciaban: festividades cuya motivación era celebrar alguna expresión artística, celebraciones cívicas, festivales folklóricos, celebraciones religiosas o de creencias populares, fiestas vinculadas a prácticas de pueblos originarios o sincréticas y, finalmente, celebraciones de la producción económica que caracteriza a una localidad (Villanueva, 2024). Dentro de esta última categoría se ubican las fiestas de la producción rural. Su origen se encuentra enlazado a ese espacio, a su perfil productivo y a las prácticas laborales que se configuraron en torno a él.
El fin de una cosecha (ya sea de vid, de trigo o de manzana), de la marcación de terneros o de la esquila de ovejas se convertía en el momento propicio para celebrar las arduas jornadas de trabajo. En la medida que la estructura productiva se fue modificando también lo hizo su entramado social (Barsky y Gelman, 2001), lo cual incidió en la desaparición o disminución de muchas de estas prácticas festivas en el ámbito rural. No obstante, a la par que se sucedían estas transformaciones, fueron institucionalizándose en distintas localidades del territorio nacional fiestas que celebraban la producción agrícolo-ganadera.
Si observamos históricamente el proceso de oficialización de estas celebraciones, se podría asociar su origen a momentos de rupturas, cambios o crisis que afectaron al sector y sus actores.
Vínculo con el territorio, la organización productiva y los actores
Las actividades productivas que han sido seleccionadas para ser celebradas asumieron un rol fundamental en la dinámica adquirida por las distintas regiones o localidades en las cuales se desarrollan los eventos, siendo asociadas al auge económico de las mismas (Villanueva, 2020). Sin embargo, una paradoja fue atravesando a las mismas casi desde su origen: las tareas y prácticas rurales que homenajeaban se habían ido desvaneciendo o al menos habían sido alteradas en consonancia con los cambios experimentados por la labor productiva a partir de mediados del siglo XX. La producción agropecuaria en la región pampeana, los frutales en el Valle de Río Negro, la vid de la región cuyana, los cañaverales en Tucumán o la yerba mate en Misiones modelaron los principales rasgos productivos que asumirían esas regiones, atrayendo mano de obra y con ello el establecimiento de población. Homenajear la tarea de quien cosechaba o pialaba y exaltar la importancia del elemento celebrado en el desarrollo local fueron los argumentos referenciados a la hora de oficializar estas fiestas por parte de las autoridades estatales.
Las fiestas de la producción rural comparten ciertos rasgos constitutivos: un grupo social establece la idea de una celebración para la localidad; funcionarios públicos actúan de nexo con el gobierno nacional o provincial para llevar adelante la idea; y finalmente, la concreción de un decreto por parte del Estado nacional o provincial termina por instituir la fiesta.
El grupo social está integrado generalmente por productores locales asociados a una determinada actividad económica: los propietarios de los ingenios azucareros (Fiesta de la Zafra), el sector vitivinícola (Fiesta de la Vendimia), productores ganaderos (Fiesta del Ternero y Día de la Yerra), productores agrarios (Fiesta del Maíz). En muchos casos, en el momento de instituirse la fiesta, la hegemonía de estos sectores en la comunidad está siendo tensionada por las transformaciones productivas y sociales. Otras celebraciones fueron impulsadas por instituciones educativas (Fiesta de la Manzana) o clubes, como es el caso del Club Leones (cuyo presidente en ese entonces era agricultor) en la Fiesta del Trigo (Córdoba).
La reconfiguración que sufrió la actividad primaria agropecuaria en el devenir del siglo XX se observa principalmente en los cambios acecidos en el régimen de tenencia de la tierra, la concentración de la producción, la tercerización de algunas tareas, la disminución de mano de obra allí donde se incorporó tecnología, la decadencia de algunos tipos de producción y la proliferación de otros. A su vez, los vaivenes en los mercados destinatarios de esa producción y la modificación de los consumos también incidieron en los destinos de la actividad agropecuaria junto a las políticas gubernamentales destinadas a regular la producción y comercialización (Barsky y Gelman, 2001). Este viraje en la estructura productiva también influyó en las características de la estructura social del mundo rural, fundamentalmente en muchas prácticas asociadas a la tarea productiva. Los pequeños y medianos productores, junto al trabajo familiar, fueron las figuras desplazadas de la nueva configuración del sector. Entendemos que este factor es clave a la hora de dilucidar el origen y devenir de estas celebraciones, ya que, en algunos casos, fueron estos productores quienes impulsaron estas celebraciones, pero, a su vez resultaron víctimas de este proceso.
La injerencia del Estado y de las asociaciones civiles
En la medida que transcurrió el siglo XX, el Estado fue ganando cada vez más relevancia tanto en la institucionalización de estas celebraciones como en el financiamiento y divulgación de las mismas. La más antigua en ser oficializada por el Estado fue la Fiesta de la Vendimia (Mendoza): primero adoptando el carácter provincial (hacia mediados de la década del treinta) y luego, nacional (en la década del cuarenta). Cuando en los años treinta el sector vitivinícola manifestaba síntomas de crisis apeló al Estado para facilitar medidas que beneficiaran al sector (leyes, junta de regulación, mejoras en el transporte). En este marco, en 1936, se firmó el decreto de celebración de la fiesta para festejar la culminación de la cosecha de la uva (Belej, Martin y Silveira, 2005). Otras fiestas fueron nacionalizadas hacia fines de la década del cuarenta en un contexto de popularización del nacionalismo cultural y el folklore criollo (Chamosa, 2012): la Fiesta del Algodón (Chaco), la Fiesta de la Zafra (Tucumán), la Fiesta del Trigo (Córdoba) y la Fiesta del Maíz (Buenos Aires). Entre las décadas del sesenta y setenta, otras celebraciones obtuvieron carácter nacional: la Fiesta de la Manzana (Río Negro), la Fiesta del Ternero y Día de la Yerra (Buenos Aires) y la Fiesta de la Yerba Mate (Misiones), entre otras.
En la Fiesta de la Zafra se observan tempranamente las tensiones generadas por la diversificación de actores. Una fiesta que asumió carácter provincial en 1942, impulsada por la patronal azucarera y el gobierno radical de la provincia, se convirtió durante el peronismo en fiesta nacional (1947) y pasó a homenajear no ya a los propietarios sino a los trabajadores de la zafra, fenómeno que conllevó a la desvinculación de la patronal en su organización (Chamosa, 2012). En otro orden, también la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra da cuenta de los cambios vivenciados por la diversidad de actores. Su organización pasó a manos de una asociación civil mayoritariamente integrada por personas vinculadas al ámbito urbano, situación que quedó manifiesta en la amplitud del programa de festejos y su diversificación (Villanueva, 2020).
Durante los años noventa, en la Fiesta Provincial del Trigo (Tres Arroyos) –que desde sus orígenes celebraba al agricultor pionero, su forma de producir, de incorporar tecnología y de vincularse con el Estado–, se observaron en reiteradas ocasiones los desencuentros entre los dos pilares de su organización, el Estado y las instituciones agrarias. Dichas tensiones derivaron de las políticas públicas sobre el sector y la crisis que envolvió a los pequeños y medianos productores agrarios (Azcuy Ameghino, 2000; Villanueva, 2024).
¿Por qué el Estado contribuyó a institucionalizar estas celebraciones? Distintos fueron los intereses que los gobiernos tuvieron sobre estas celebraciones a lo largo del siglo. En los documentos oficiales, el acompañamiento a estas actividades significaba promover las producciones locales, contribuir a la difusión de las prácticas culturales asociadas al ámbito rural, enaltecer los valores asociados a ellas y reivindicar a las comunidades. En la práctica, estas celebraciones sirvieron para que las autoridades que se hacían presentes en las fiestas se mostraran cercanas a las sociedades que gobernaban, difundieran las políticas económicas de sus gobiernos, reforzaran vínculos políticos y legitimaran valores enalteciendo ciertas prácticas en detrimento de otras.
Reflexiones
Las fiestas de la producción rural constituyen, junto con las fiestas cívicas y religiosas, una de las manifestaciones más arraigadas del calendario festivo nacional argentino. Dado su carácter público y colectivo, la fiesta constituye un observatorio privilegiado para captar la dinámica de las relaciones sociales, los valores y creencias que modelan a una sociedad en un momento determinado de su historia. El contexto histórico en el cual están insertas y la multiplicidad de actores que participan en su organización convierten a las fiestas en un bien simbólico sometido a luchas sociales. Las decisiones sobre los elementos que son celebrados y la forma en que se celebran da cuenta de esta afirmación.
El vínculo con el Estado, el proceso de globalización y las nuevas dinámicas de la ruralidad fueron reconfigurando estas celebraciones y su alcance. En cuanto al primero, las líneas de análisis pueden orientarse en torno a las continuidades y rupturas, de acuerdo a las significaciones y los usos políticos de los diversos gobiernos. En cuanto al segundo punto, el proceso de globalización incidió en el devenir de estas celebraciones. Entre otros factores, la dinámica social ha estado sumamente condicionada por los cambios acaecidos en la segunda mitad de siglo XX y, como dijimos, esto no escapó a las celebraciones de la producción rural. Otros significados e intereses fueron apareciendo: el avance de la actividad turística, el comercio y la homogeneización de los consumos reconfiguraron los programas de festejos, dejando muchas veces en segundo plano los eventos que referían a los motivos originales de la celebración.
Un rasgo que vale la pena mencionar refiere a la gravitación que adquirieron los concursos para elegir a la reina de la fiesta, en un marco en el que los objetos de celebración y los discursos referían a valores asociados a las actividades agropecuarias y a la figura masculina. Así, mientras la mujer se convertía en objeto de espectáculo, lo masculino se asimilaba a lo más riguroso de la fiesta. En este sentido, la Fiesta Provincial del Trigo ha asumido una particularidad en el siglo XXI: se incorporó en ella el homenaje a la mujer rural y se puso fin al concurso para elegir a la reina del trigo.
Por último, la confluencia entre lo rural y lo urbano se hace explícito en este tipo de manifestaciones plagadas de imaginarios construidos en torno a ambos espacios y fundamentalmente a esa actividad rural que se buscaba homenajear. La tensión que ello generó en las celebraciones a lo largo del tiempo se expresa fundamentalmente en la necesidad de mantener el significado originario de la fiesta, pero a la misma vez captar el interés de la comunidad urbana y la diversidad de públicos.
Bibliografía
Ariño Villarroya, A. (1992). La ciudad ritual. La fiesta de las fallas. Barcelona, España: Editorial Anthropos.
Barsky, O. y Gelman, J. (2001). Historia del agro argentino. Desde la conquista hasta fines del siglo XX. Buenos Aires, Argentina: Montaldo.
Belej, C., Martin, A. y Silveira, A. (2005). La más bella de los viñedos. Trabajo y producción en los festejos mendocinos (1936-1955). En Lobato, M. (Ed.), Cuando las mujeres reinaban. Belleza, virtud y poder en la Argentina del siglo XX (pp. 45-76). Buenos Aires, Argentina: Biblos.
Chamosa, O. (2012). Breve historia del folclore argentino, 1920-1970: identidad, política y nación. Buenos Aires, Argentina: Edhasa.
Chartier, R. (1995). Sociedad y escritura en la Europa Moderna. La cultura como apropiación. Ciudad de México, México: Instituto Mora.
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Villanueva, S. (2020). La fiesta, ¿un espejo de la sociedad? Una aproximación a las celebraciones vinculadas a la producción económica local (Ayacucho 1969-1979). Anuario del Instituto de Historia Argentina, 20(2). http://t.ly/zkY3D
Villanueva, S. (2024). Sociedad urbana, sociedad rural y fiestas populares. La construcción de representaciones e identidades en el campo bonaerense (1969-1999) (Tesis de Doctorado). Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina.
- Recibido: febrero de 2024.↵
- Doctora en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNCPBA). Becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Centro Interdisciplinario de Estudios Políticos, Sociales y Jurídicos, Facultad de Ciencias Humanas (CIEP-FCH), UNCPBA. Contacto: villanuevasilvana1@gmail.com.↵






