Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Conocimiento ambiental local[1]

(Región pampeana, Argentina, 2000-2024)

Natalia Agustina Gargoloff[2] y Santiago Javier Sarandón[3]

Definición

El conocimiento ambiental local refiere al saber empírico, situado y dinámico de las/os agricultoras/es, comunidades campesinas e indígenas a partir de su vínculo con el entorno natural. Es la síntesis de la vivencia acumulada transmitida de generación en generación de manera oral, la experiencia compartida por el grupo social en una generación y, por último, la destreza personal adquirida a través de la experimentación en cada ciclo productivo. Se considera parte de la dimensión biocultural de la agroecología y es fundamental para el manejo sustentable y resiliente de los agroecosistemas.

Origen

En la literatura se plantea una discusión acerca de la ambigüedad de los términos “conocimiento ambiental tradicional” y/o “conocimiento ambiental indígena” y “conocimiento ambiental local”. Berkes et al. (2000) entienden al primero como un atributo de las sociedades no industriales o tecnológicamente menos avanzadas, muchas de ellas indígenas o tribales. Estos autores lo definen como un “cuerpo acumulativo de conocimientos, prácticas y creencias, que evoluciona a través de los procesos adaptativos, y es transmitido de generación en generación, sobre la relación de los seres vivos (incluidos los seres humanos) entre sí y con su medio ambiente” (Berkes et al., 2000, p. 1252). Autores como Toledo (1992) y Altieri (1991) destacan la existencia de una racionalidad ecológica implícita en los sistemas de conocimiento tradicional, cuyos rasgos característicos están basados en los sistemas propios de clasificación de animales y plantas, la diversificación de los productos obtenidos y la estrategia de uso múltiple –utilización de la variedad, mínima dependencia de insumos externos (autosuficiencia) e integración de prácticas productivas (policultivos, rotaciones), entre otros–.

Por su parte, en el concepto conocimiento ambiental tradicional (CAL) la palabra “local” conserva la idea de que un/a agricultor/a elabora conocimientos genuinos e implementa prácticas adecuadas en sus interacciones cotidianas y concretas, en su comunidad y en su entorno natural inmediato (Gargoloff, 2018). A su vez, el empleo de tal término permite evadir la ambigüedad de la discusión sobre lo que implica un conocimiento “tradicional” o sobre cuál es el tiempo de interacción entre las generaciones y el ambiente que se requiere para lograrlo.

Uno de los mecanismos a partir del cual comienza un proceso de aprendizaje y de consecuente readaptación o generación de nuevos conocimientos en torno a la conservación de un bien común natural está dado por la comprensión del ecosistema (Berkes & Turner, 2006). Es decir, ocurre a través de un proceso de cogestión adaptativa de los bienes comunes naturales, por medio del cual “los conocimientos ecológicos se ponen a prueba y son revisados en un proceso dinámico, continuo, donde hay un aprendizaje a partir de la práctica” (Berkes & Turner, 2006, p. 486).

Importancia para los agroecosistemas sustentables

La agroecología incorpora la complejidad y con ella la incertidumbre al manejo de agroecosistemas (Sarandón, 2019). Su implementación requiere un cambio de un pensamiento simplista, reduccionista y mecanicista a otro anclado en la complejidad y multidi-mensionalidad (Morin, 1990), que permita enfrentar el desafío ambiental (Leff, 2002b). Esto es lo que Funtowicz y Ravetz (2000) llaman ciencia posnormal, que se origina cuando se observa el colapso de la normalidad, la calidad de los datos es dudosa, prima la incertidumbre y se advierte que cualquier determinación compromete intereses. En la ciencia posnormal la incertidumbre no es rechazada sino manejada. Y es aquí donde surge la importancia de la pluralidad de miradas, opiniones y la participación e inclusión de conocimientos de todos los que, de alguna manera, pueden verse impactados por las decisiones.

El diseño y manejo de agroecosistemas sustentables demanda la implementación de estrategias generales que siempre son mediadas por el CAL para su adaptación a prácticas locales. Tal aspecto ha despertado el afán por comprender las prácticas y los conocimientos de los agricultores tradicionales, sistemas que permiten la reproducción social y ecológica de sus agroecosistemas (Toledo, 2005; Leff, 2002a). En este sentido, la agroecología entiende el valor del CAL determinado por su contexto histórico, ambiental, socioeconómico y político. Esto exige un diálogo intercultural que priorice la oralidad y confronte la colonialidad del conocimiento, desmontando jerarquías que subordinan las voces locales a saberes académicos hegemónicos (Walsh, 2007).

No resulta sencillo incorporar tal premisa en las instituciones educativas, que aún se constituyen y funcionan alrededor de una perspectiva dominante del conocimiento científico universal, teórico y disciplinario, bajo un enfoque netamente productivista, y donde han primado los principios de supremacía del saber científico sobre el saber local (Leff, 2002b). Sin embargo, cada vez en mayor medida se está reconociendo la posibilidad de fortalecer en los agroecosistemas los procesos ecológicos manejando la agrobiodiversidad funcional (Swift et al., 2004). La diversificación de especies y recursos genéticos en el agroecosistema en el tiempo y el espacio, a nivel de finca y de paisaje, genera un aumento de las interacciones biológicas y de las sinergias entre los componentes de la agrobiodiversidad, lo cual promueve procesos y servicios ecológicos claves.

La agroecología valora como esencial el conocimiento ambiental local de las familias agricultoras para el manejo de la agrobiodiversidad y el logro de agroecosistemas sustentables y resilientes. En este sentido, reconoce también que las mujeres rurales constituyen nodos clave de generación, resguardo y transmisión del CAL: son quienes conservan semillas, preservan saberes culinarios y medicinales y sostienen redes solidarias que actualizan la memoria biocultural del territorio (Blanco, 2020). Pueden darse también situaciones de transmisión vertical inversa, donde los/as hijos/as enseñan y entrenan a sus padres en estrategias novedosas.

El CAL permite situar y adecuar estrategias universales a prácticas adaptadas a las necesidades, potencialidades y limitaciones locales, así como a los criterios económicos, sociales y ecológicos del propio agroecosistema y de la familia (Gargoloff, 2018). Una de estas estrategias es el uso del policultivo para aumentar dimensiones de la agrobiodiversidad. Por ejemplo, en horticultores del periurbano de La Plata se ha documentado la intersiembra (policultivo) de haba (Vicia faba L.) y cebolla de verdeo (Allium fistulosum L.) al aire libre. Esta práctica responde a criterios locales tanto ecológicos productivos para el manejo de malezas y plagas como económicos, al aprovechar también el surco con un cultivo de cosecha.

El modelo de horticultura y la diversidad biocultural

El proceso de modernización tecnológica ocurrido en la horticultura durante la década de 1990, con la adopción de invernáculos y la aplicación conjunta de un paquete de tecnologías de insumos (fertirriego, maquinaria adaptada al trabajo dentro del invernáculo, semillas híbridas), se ha traducido, entre otras cosas, en la degradación de los bienes comunes en general, y, en particular, en una intensa pérdida de agrobiodiversidad y saberes asociados a su manejo y un preocupante proceso de erosión genética. Como prueba del quebranto de la diversidad biocultural, se observan agroecosistemas con una o pocas especies (que usualmente son genéticamente homogéneas) y grandes superficies destinadas a la producción bajo cubierta, prevaleciendo en ellos prácticas especializadas, sin rotación de cultivos ni dejando descansar la tierra. El invernáculo ha llevado al extremo el grado de artificialización, generando profundas transformaciones en la forma de producir (qué, cómo, cuánto y cómo) (García, 2012).

Frente al avance de este modelo hegemónico, existen múltiples estrategias de fortalecimiento de la agrobiodiversidad para las cuales las familias productoras necesitan un abanico de recursos para experimentar y poner en práctica los saberes locales. Entre ellos, las semillas conservadas in situ que, seleccionadas según criterios locales, representan un pilar fundamental (Bonicatto, 2018). Sin embargo, donde el modelo dominante operó con más fuerza, las familias productoras han adoptado íntegramente el paquete tecnológico. Por lo tanto, el grado de artificialización las ha llevado a un alejamiento de su sistema productivo, al depender más de las tecnologías de insumos (ej. plaguicidas) y del asesoramiento técnico para la toma de decisiones (ej. dosis de aplicación) y menos de sus conocimientos de las dinámicas y cambios de los sistemas (ej. conocimiento acerca del rol ecológico de la vegetación y los enemigos naturales) (Gargoloff et al., 2009).

No siempre el conocimiento local de la agrobiodiversidad se traduce en prácticas coherentes con aquel. Por ejemplo, algunos horticultores con tradición familiar valoran la vegetación espontánea por el rol ecológico que cumple (mantiene la humedad del suelo y beneficia, especialmente en verano, al cultivo junto al cual crece), aunque recurren al uso de herbicidas para controlarla (Gargoloff, 2018). Algo similar ocurre con el manejo de plagas. En ciertos casos mejoran la agrobiodiversidad con prácticas movilizadas a partir de un conocimiento local vinculado a criterios ecológicos, como la protección de los cultivos contra las plagas. Sin embargo, al momento de elegir la estrategia para manejarlas prevalece el interés por contrarrestarlas a partir de la aplicación de productos químicos de síntesis. En esta ambivalencia juega un papel fundamental el contexto, puesto que las empresas productoras de semillas y agroquímicos, las casas de venta de insumos y los mercados centralizadores son actores de peso en el sector hortícola. La preponderancia que ellos imponen al criterio productivista resulta funcional al predominio de las tecnologías de insumos por sobre las tecnologías de procesos.

Reflexiones

El CAL es un pilar clave para el manejo sustentable y resiliente de los agroecosistemas. La agroecología, como enfoque integrador y holístico, pondera la importancia de este conocimiento para diseñar y evaluar sistemas agroalimentarios que promuevan la agrobiodiversidad y con ello se fortalezcan los procesos ecológicos en los agroecosistemas, con la finalidad de disminuir el uso de insumos de síntesis química y su impacto negativo sobre el ambiente y la salud. Sin embargo, estos saberes muchas veces no se integran plenamente en las políticas públicas, los sistemas de extensión o la investigación académica dominante. Persisten mecanismos de invisibilización, subordinación o apropiación extractiva por parte de organizaciones no gubernamentales (ONGs), universidades o programas estatales, que se acercan a estos conocimientos sin un reconocimiento pleno de su valor autónomo.

En contraste, el CAL representa una forma de sabiduría que se debe entender en el “aquí y ahora”. Su condición de dinamismo plantea la necesidad de visualizar el impacto del modelo hegemónico de producción sobre dicho cuerpo de conocimiento, para aprehender cómo éste se configura en contextos locales y auspiciar un diálogo de saberes proclive al logro de sistemas agroalimentarios sustentables y resilientes. En este sentido, dicho diálogo requiere ser entendido, no como una simple integración, sino como una confrontación simétrica entre sistemas epistémicos distintos. Implica asumir que el CAL no demanda validación externa para existir, sino condiciones institucionales y políticas que habiliten su reproducción, actualización y transmisión dentro de las comunidades. Por ello, uno de los desafíos es documentar aspectos del CAL y su aporte a la resiliencia socio-ecológica, a fin de fortalecer estrategias territoriales locales que pongan en valor y perpetúen aquellas prácticas que las/os agricultoras/es, campesinos/as e indígenas implementan para la sustentabilidad y el sostenimiento de la vida.

Bibliografía

Altieri, M. A. (1991). ¿Por qué estudiar la agricultura tradicional? Agroecología y Desarrollo, (1), 16-24.

Berkes, F. & Turner N. J. (2006). Knowledge, Learning and the Evolution of Conservation Practice for Social-Ecological System Resilience. Human Ecology, 34(4).

Berkes, F. et al. (2000). Rediscovery of Traditional Ecological Knowledge as Adaptive Management. Ecological Applications, 10(5), 1251-1262. 

Blanco, V. (2020). Incorporación del enfoque de género en el conocimiento sobre la biodiversidad. En Sarandón, S. (Comp.), Biodiversidad, agroecología y agricultura sustentable (pp. 19-340). La Plata: EDULP.

Bonicatto, M. M. (2018). Sustentabilidad y agrobiodiversidad:Análisis de la conservación de semillas y conocimientos asociados en agroecosistemas familiares del Cinturón Hortícola Platense (Tesis doctoral). Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

Funtowicz, S. O. y Ravetz, J. R. (2000). La ciencia posnormal: Ciencia con la gente. Barcelona: Icaria Editorial.

García, M. (2012). Análisis de las transformaciones de la estructura agraria hortícola platense en los últimos 20 años. El rol de los horticultores bolivianos (Tesis doctoral). Universidad Nacional de la Plata, Argentina.

Gargoloff, N. A. (2018). Manejo, conocimiento y valoración de la agrobiodiversidad en fincas familiares de La Plata. Su relación con un manejo sustentable de los agroecosistemas. (Tesis doctoral). Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

Gargoloff, N. A., Bonicatto, M. M., Sarandón, S. J. y Albaladejo, C. (2009). Análisis del conocimiento y manejo de la agrobiodiversidad en horticultores capitalizados, familiares y orgánicos de La Plata, Argentina. VI Congreso Brasileño de Agroecología, Curitiba.

Leff, E. (2002a). Espacio, lugar y tiempo: Las condiciones culturales del desarrollo sustentable. En Leff, E., Saber ambiental (p. 74-89). Siglo XXI Editores.

Leff, E. (2002b). Ética por la vida. Elogio de la voluntad de poder. En Leff, E., Saber ambiental (p. 377-400). Siglo XXI Editores.

Morin, E. (1990). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa Editorial

Sarandón, S. J. (2019). Potencialidades, desafíos y limitaciones de la investigación agroecológica como un nuevo paradigma en las ciencias agrarias. Revista de la Facultad de Ciencias Agrarias de UNCUYO, 51(1), 383-394.

Swift, M. J. et al. (2004). Biodiversity and ecosystem services in agricultural landscapes-are we asking the right questions? Agriculture, Ecosystems and Environment, (104), 113-134.

Toledo, V.  M. (2005). La memoria tradicional: la importancia agroecológica de los saberes locales. LEISA Revista de Agroecología, 20(4), 16-19.

Toledo, V. M. y Barrera-Bassols, N. (2008). La memoria biocultural, la importancia ecológica de las sabidurías tradicionales. Barcelona: Icaria Editorial.

Toledo, V. M. (1992). La racionalidad ecológica de la producción campesina. En Sevilla Guzmán, E. y Gonzáles de Molina, M. (Eds.), Ecología, campesinado e historia (pp. 197-218). Madrid: Editorial La Piqueta.

Walsh, C. (2007). Interculturalidad, colonialidad y educación. Revista Educación y Pedagogía, 19(48), 25-35.


  1. Recibido: mayo de 2025.
  2. Ingeniera Agrónoma por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Ayudante diplomada en la UNLP. Integrante del Laboratorio de Investigación y Reflexión en Agroecología (LIRA) de la UNLP. Socia fundadora de la Sociedad Argentina de Agroecología (SAAE). Integrante de la Unidad de Abordaje Integral de la Economía Popular, Social y Solidaria de la Secretaría de Políticas Sociales (EPSS- SPS) de la UNLP Contacto: agustina.gargoloff@agro.unlp.edu.ar.
  3. Ingeniero Agrónomo por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Profesor titular de la UNLP. Ex investigador principal de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la Provincia de Buenos Aires. Director del Laboratorio de Investigación y Reflexión en Agroecología (LIRA) de la UNLP. Presidente de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA) y de la Sociedad Argentina de Agroecología (SAAE). Contacto: sjsarandon@gmail.com.


Deja un comentario