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Fuego[1]

(Escala mundial, temprana historia humana-presente)

Wilson Picado-Umaña[2] y Sandro Dutra e Silva[3]

Definición

El fuego es un fenómeno fisicoquímico, ecológico y social. Es un constructo híbrido entre su condición natural y cultural, que aparece a partir de tres elementos o variables fundamentales: la ignición, el oxígeno y el combustible. Mientras que la concentración de oxígeno es una condición planetaria, la ignición y la disponibilidad de biomasa son influidas, desde el surgimiento de la especie humana, por el peso dominante de su agencia productiva, cultural y política.

Origen

La historia del fuego está entrelazada con la historia del planeta y del ser humano. El fuego se produce a partir de tres condiciones básicas: la ignición, el oxígeno y el combustible. En el planeta siempre han existido fuentes de ignición como los rayos, las erupciones volcánicas o, más recientemente, el ser humano. La concentración de oxígeno, por su parte, ha cambiado en diferentes épocas de la historia planetaria, de la misma forma que la distribución de la biomasa. Hay evidencias de incendios en el Silúrico, durante la colonización de las plantas terrestres unos 400 millones de años atrás, así como durante el Carbonífero (desde 359 hasta 299 millones de años atrás), cuando la elevada concentración de oxígeno en la atmósfera originó incendios incluso bajo condiciones de mucha humedad entre la vegetación (Pausas, 2012).

Durante el Cretácico, hace unos 145 millones de años, los incendios se extendieron entre los bosques de coníferas, abriendo espacios que fueron aprovechados y colonizados por las angiospermas, las plantas con flores. Entre el paso del Terciario al Cuaternario tuvo lugar un proceso de aridificación que favoreció la sequía y la inflamabilidad de la biomasa. En igual sentido, las glaciaciones y las fases interglaciares ocurridas durante el Cuaternario afectaron la estructura y distribución de la biomasa. Durante el Pleistoceno, entre 2,6 millones y 11 mil años atrás, la desaparición paulatina de la megafauna originó un aumento considerable de la biomasa disponible que, junto con la mencionada aridificación, estimuló la presencia del fuego en el paisaje (Pausas, 2012).

Una de las principales causas de la extinción de la megafauna fue la aparición del ser humano. Es usual afirmar que el fuego constituye un factor decisivo en la evolución humana. Esta visión está presente en variadas obras de divulgación científica que circulan en la actualidad. En estas historias, la apropiación humana del fuego es representada como un “descubrimiento” o un “hito”. Según estos relatos, este “evento” permitió una mejor cocción de los alimentos, eliminando bacterias y toxinas, ampliando además la dieta humana mediante el consumo frecuente de carne. Se señala que el fuego abrigó al ser humano durante las largas temporadas frías en el norte del planeta y acompañó su expansión geográfica. El fuego iluminó las cavernas y refugios favoreciendo la sociabilidad, el desarrollo del lenguaje y la creación artística. Y fue una herramienta de caza tanto como de artificialización del paisaje, quemando pastos y bosques, al mismo tiempo que alterando la biodiversidad y el uso del suelo.

La historia del fuego es un largo proceso de interacción con el ser humano y el ambiente (Pyne, 2001; Goudsblom, 1992). Distintos antropólogos sugieren que, en lugar de un “descubrimiento” o “hito”, debería hablarse de la existencia de una larga prehistoria del fuego, la cual puede prolongarse hasta el presente (Chazan, 2017). Por una parte, plantean la necesidad de distinguir entre la capacidad humana de usar y conservar el fuego respecto a su capacidad para producirlo y controlarlo. Por otra parte, señalan que, entre el momento cuando el ser humano advirtió la utilidad del fuego y su control o producción, mediaron miles de años entre sí. Una primera fase consistió en una relación oportunista con el fuego, que se puede remontar a un millón de años atrás. El uso del fuego era estacional y su conservación por el ser humano era limitada. Una segunda fase, entre 400 y 200 mil años atrás, se desarrolló gracias al asentamiento temporal de aquel en cuevas o refugios, donde el fuego era utilizado no solo para cocinar alimentos, sino también para trabajar con diversos materiales. En una tercera fase, el fuego fue empleado como herramienta para la cocción de alimentos (cuando cocinar pasó a ser una actividad permanente) y para la vida en general de los grupos humanos (Chazan, 2017). En este contexto, el fuego se convirtió en un “artefacto”, un “híbrido cultural”, el cual reveló la existencia de un pensamiento simbólico complejo en el ser humano.

El fuego como sistema de interacción territorial, cultural y climático

Más que un factor eventual, el fuego es un fenómeno sistémico (Bowman et al., 2009). En primer lugar, a lo largo de la historia, el uso del fuego ha sido la base de un conjunto de sistemas pirotecnológicos, piroenergéticos y piroculturales. El fuego ha sido una “herramienta de ingeniería” para el desmonte y la creación de pastizales, en busca de facilitar la caza de las presas y de roturar la tierra. Ha constituido, de este modo, una “tecnología biofísica” con capacidad para alterar la biodiversidad vegetal y animal (Smil, 2021). Estudios científicos han planteado que, miles de años atrás, el fuego fue utilizado en forma consciente por los humanos para seleccionar plantas importantes como recursos alimentarios y para facilitar el trabajo con la piedra y otros materiales (Mason, 2000; Mellars, 2006; Brown et al., 2009).

Otros autores sostienen que la producción de fuego complejizó la estructura social y simbólica del ser humano, además de su relación con el territorio. Por un lado, la producción del fuego urgió de un proceso de aprendizaje social, así como de una división del trabajo para su preparación, cuidado y control. El dominio del fuego, además, abrió un proceso coevolutivo en el que el ser humano aprovechó el fuego según sus necesidades, pero, al mismo tiempo, adaptó sus hábitos a este. Finalmente, la quema o la hoguera permitieron que surgieran nuevas percepciones de la realidad entre los humanos gracias al lenguaje, el relato de la historia y la creación artística (Niele, 2005). Por otro lado, el uso permanente del fuego llevó a la conformación de un nuevo metabolismo social, basado en la quema de la biomasa y en la explotación de una energía exógena al cuerpo humano. Dominante de su territorio, el ser humano contó entonces con las capacidades para dispersarse por todo el planeta.

El control del fuego implicó el desarrollo de un sistema piroenergético. Este sistema permitió al ser humano modelar el paisaje mediante la quema de la biomasa y rediseñarlo año con año, alterando la biodiversidad. El uso de esta energía para cocción modificó la relación del ser humano con los animales y su propia constitución física. La cocción dio paso a la introducción definitiva de otra energía al cuerpo humano: aquella proveniente del consumo regular de proteína de origen animal. A través de una enorme liberación de energía, resultante de miles de incendios, quemas y hogueras simultáneas en el planeta en un momento dado, el ser humano propició la creación a la vez que la destrucción de ecosistemas y paisajes (Spier, 2011).

Además de tecnología y energía, el fuego detenta un sustrato cultural. Detrás de un sistema material que utiliza con recurrencia el fuego como herramienta, o que se articula alrededor de su base energética, existe también una estructura social y cultural (Ponce-Calderón et al., 2024). Esta estructura puede denominarse una pirocultura. Es decir, un conjunto de prácticas sociales y simbólicas recreadas en torno al uso del fuego, presentes en un grupo humano a través de los años y que surgen en un contexto territorial en específico (Picado y Cruz, 2021). La pirocultura evidencia la correlación existente entre el fuego y un grupo humano: el fuego permite el desarrollo material de dicho grupo, como herramienta para la caza o la agricultura (u otra actividad humana), a la vez que cada grupo humano reinterpreta al fuego en sus símbolos y relatos sobre el origen de la vida, la historia y la relación con el ecosistema. En sus construcciones semióticas y en las representaciones conceptuales y gráficas, el fuego es legitimado en estos grupos como un factor biocultural determinante (da Cunha et al., 2024).

En segundo lugar, el fuego es parte de un sistema agrario y socioecológico. Por una parte, el uso del fuego está vinculado con diferentes formas sociales de gestionar la biomasa. Puede ser el fuego la principal fuente para la cocción y el abrigo de la población, sobre todo en sociedades agrarias, como también puede brindar la energía para la transformación de la materia prima (para su secado o procesamiento) en grandes instalaciones agroindustriales, entre otras funciones. En agriculturas comerciales intensivas, el fuego es utilizado para el corte de la cosecha, como es el caso de la producción de caña de azúcar, o bien, es una herramienta para la creación de pastizales y sembradíos en regiones boscosas (Rosa Thiago et al., 2023; Sibaja Madera, 2023). La roza y quema, así como la quema del monte, por su parte, han sido prácticas comunes entre las culturas campesinas en diferentes regiones del planeta (Ferreira et al., 2024; Soto et al., 2024; Cabana, 2023).

Otra forma de contemplar la relación sistémica del fuego con el territorio es a través del régimen de incendios. Este consiste en un conjunto de características y factores que inciden en la ocurrencia de incendios en un territorio, durante un período extendido de tiempo, con patrones más o menos identificables respecto a su regularidad, intensidad y estacionalidad (Pausas, 2012). Dicho régimen está determinado por la relación interactiva entre factores como la población, la temperatura y las lluvias, la deforestación y fragmentación del paisaje, la presencia de plantas “invasoras” o “exóticas” y el abandono o despoblamiento rural.

Estos factores influyen sobre otros como las igniciones, la inflamabilidad y la existencia de combustible o biomasa. El patrón de poblamiento explica el riesgo de igniciones. Los cambios en la temperatura favorecen la inflamabilidad de la biomasa, mientras que las lluvias en su crecimiento. La deforestación y la fragmentación del paisaje afectan la disponibilidad de esta última. Sin embargo, la relación entre estos factores y el fuego es variable: la deforestación propicia los incendios al abrir el bosque para el avance de las llamas, pero al mismo tiempo la tala del bosque reduce el combustible por quemar. Las denominadas “plantas invasoras” o “exóticas” y el despoblamiento de la zona rural favorecen la acumulación de combustible en tierras abandonadas. Un régimen de incendios es un sistema en el que una modificación en la relación entre estos factores puede explicar el aumento o la disminución de los incendios en un territorio durante un período (Pausas, 2012).

Cada territorio o ecosistema cuenta con su propio régimen de incendios, de la misma forma que cada régimen de incendios tiene su propio contexto social e histórico. En el presente, el cambio climático está alterando la dinámica de los regímenes de incendios en forma extraordinaria. El aumento de las temperaturas y las sequías prolongadas, entre una compleja relación de factores climáticos y antrópicos, están favoreciendo la aparición de “megaincendios” o incendios de sexta generación (según su extensión e impacto, es común definirlos también como “gigacendios” o incendios forestales extremos, entre otras denominaciones) (Linley et al., 2022). Estos incendios se caracterizan por su intensidad y velocidad de propagación, así como por su extensión, alcanzando hasta 10 mil hectáreas o más de cobertura. Además de su enorme impacto ecológico y social, son capaces de alterar su entorno atmosférico inmediato, generando condiciones que son difíciles de controlar con los medios convencionales de extinción.

El fuego y el debate del Piroceno

Si bien los incendios forestales abundan en las noticias y en las redes sociales, el fuego sigue siendo el gran desconocido de la Modernidad. El abordaje noticioso con frecuencia es sensacionalista y alarmante, al mismo tiempo que penaliza el fenómeno y lo convierte en un asunto delictivo y criminal. Todo lo anterior conlleva que el fuego sea entendido como un fenómeno negativo y destructivo. Sin embargo, más que uno negativo, el fuego es un factor sistémico, el cual debe comprenderse en el marco de su dimensión ecológica y cultural. El análisis de los regímenes de incendios es un requisito para establecer el rol del fuego en los diferentes ecosistemas, de acuerdo con determinadas frecuencias, estacionalidades e intensidades de los incendios. Es también necesario para identificar el sesgo que introduce la acción humana en dichos regímenes mediante la deforestación, la urbanización u otras actividades productivas. Estos son aspectos indispensables para la creación de una cultura de gestión sostenible del fuego en nuestros paisajes.

Es usual considerar al fuego como un elemento arcaico y premoderno. Sin embargo, es una interfase social y ecológica característica del capitalismo actual. Las conexiones entre la atmósfera, la biomasa y la ignición son cada vez más complejas. El capitalismo tiene como base la quema de combustibles fósiles, la que modifica a su vez la forma y la velocidad como el ser humano quema la biomasa vegetal e impacta en la atmósfera. Junto con la ignición, el oxígeno y la biomasa, ahora el fuego cuenta con una variable más a considerar para explicar su presencia en el paisaje: el capital. El afán de lucro y la búsqueda de la ganancia alteran la relación social con la biomasa, fomentando la ignición humana por medio de la quema de los bosques para el agronegocio o propiciando los incendios en las plantaciones forestales de monocultivo.

El historiador Stephen J. Pyne acuñó el término de Piroceno, un período en el que el ser humano posee una enorme capacidad para alterar los regímenes de incendios en el planeta (Pyne, 2021). De acuerdo con Pyne, la Revolución Industrial abrió la puerta a una combustión de escala global mediante la explotación del petróleo. Esta “gran quema”, según Pyne, aceleró la ocupación del planeta por el ser humano y contribuyó al calentamiento global por la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. Como producto de esto, los incendios en la actualidad, cada vez más extensos, intensos y complejos, están afectando como nunca antes la economía y la salud de las personas, así como alterando los ecosistemas. Si somos criaturas surgidas del fuego, como dijo el mismo Pyne, es el momento para conocer el fuego a través de la ciencia y la biocultura, rescatándolo del olvido de la Modernidad.

Bibliografía

Bowman, D. et al. (2009). Fire in the Earth System. Science 324(5926), 481-484. DOI: 10.1126/science.1163886

Brown, K. S. et al. (2009). Fire as an Engineering Tool of Early Modern Humans. Science 325(5924), 859-862.

Cabana, A. (2023). Las mujeres rurales y su papel en los incendios de la Galicia (España) del siglo XX. Historia Agraria de América Latina4(02), 67-89. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v4i02.170

Chazan, M. (2017). Toward a Long Prehistory of Fire. Current Anthropology, 58(16), S351-S359 DOI: https://doi.org/10.1086/691988

da Cunha, M. et al. (2024). As “queimadas asfixiantes de agosto” e o risco de desertificação do Brasil Central: fogo, ecologia e ecocrítica. Historia Agraria de América Latina, 5(01), 1-18. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v5i01.178

Ferreira, R. et al. (2024). Transformando a floresta em comida: as roças de coivara e o manejo do fogo. Historia Agraria de América Latina, 5(01), 39-60. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v5i01.180

Goudsblom, J. (1992). Fire and Civilization. London: The Penguin Press.

Linley, G. D. et al. (2022). What do you mean, ‘megafire’? Global Ecology and Biogeography, 31, 1906-1922. DOI: https://doi.org/10.1111/geb.13499

Mason, S.L.R. (2000). Fire and Mesolithic subsistence – managing oaks for acorns in northwest Europe? Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, 164(1-4), 139-150. DOI: https://doi.org/10.1016/S0031-0182(00)00181-4

Mellars, P. (2006). Why did modern human populations disperse from Africa ca. 60,000 years ago? A new model. PNAS, 103(25), 9381-9386. DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.051079210

Niele, F. (2005). Energy. Engine of Evolution. The Netherlands: Elsevier B.V.

Pausas, J. (2012). Incendios forestales. Una visión desde la Ecología. Madrid: CSC-Catarata.

Picado, W. y Cruz, C. (2021). Incendiarismo y pirocultura en el Bosque Tropical Seco de Costa Rica. La historia del fuego como historia aplicada. Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña (HALAC). Revista de la Solcha, 11(2), 173-213. DOI: https://doi.org/10.32991/2237-2717.2021v11i2.p173-213

Ponce-Calderón, L. P. et al. (2024). Culturización del fuego para construir, habitar y cuidar: Reflexiones para abordar el manejo intercultural del fuego. Letras Verdes. Revista Latinoamericana de Estudios Socioambientales, (35), 83-100. DOI: https://doi.org/10.17141/letrasverdes.35.2024.5965

Pyne, S. J. (2001). Fire: A Brief History. Seattle-London: University of Washington Press.

Pyne, S. J. (2021). The Pyrocene. How We Created an Age of Fire, and What Happens Next. University of California Press.

Rosa Thiago, G. et al. (2023). Piroceno y racionalidad económica: El fuego como herramienta, práctica y cultura en el Valle del Río Doce. Historia Agraria de América Latina4(2), 110-130. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v4i02.169

Sibaja Madera, F. J. (2023). Fuego y ganadería en el valle de los ríos Sinú y San Jorge (Caribe colombiano), en el siglo XX. Historia Agraria de América Latina4(02), 90-109. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v4i02.176

Smil, V. (2021). Energía y civilización. Una historia. Barcelona: Arpa.

Soto, D. et al. (2024). Del manejo campesino del fuego al incendio post-campesino en Galicia. Historia Agraria de América Latina5(01), 19-38. DOI: https://doi.org/10.53077/haal.v5i01.181

Spier, F. (2011). El lugar del hombre en el cosmos. La Gran Historia y el futuro de la humanidad. Barcelona: Crítica.


  1. Recibido: mayo de 2025.
  2. Doctor en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela (USC), España. Profesor de la Escuela de Historia e investigador del Programa Regional de Maestría en Desarrollo Rural, Universidad Nacional (UNA), Costa Rica. Contacto: wilson.picado.umana@una.cr.
  3. Doctor en Historia por la Universidad de Brasilia (UnB). Profesor de la Universidade Evangélica de Goiás y de la Universidade Estadual de Goiás. Contacto: sandrodutr@hotmail.com.


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