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Paisaje rural[1]

(América Latina, 1950-2025)

Pedro S. Urquijo[2]

Definición

Remite a un fragmento de terreno en el que los componentes físicos y biológicos muestran alguna forma de interacción, explícita o implícita, con los procesos históricos y culturales de una sociedad específica, a través de la transformación o adaptación del lugar. En tanto concepto, el paisaje es una noción integral de aproximación geográfica que evidencia la relación intrínseca entre la humanidad y la naturaleza, ya sea mediante expresiones materiales tangibles (arquitectónicas, urbanísticas, productivas) o mediante representaciones visuales (cartografías e imágenes) y simbólicas (lugares sagrados o de connotaciones emotivas o de arraigo).

Origen

En cuanto a su etimología, paisaje deriva del germánico landschaft (land, tierra, shaffen, crear o modelar) (Olwig, 2002; Jackson, 2008; Fernández-Christlieb, 2014). En la Edad Media, landschaft remitía a un terreno transformado por algún tipo de actividad humana de tipo rural: una parcela, un cercado o un huerto, por ejemplo. En castellano, la etimología deriva de país, que se refiere al terreno con el que se identificaba un pueblo. El paisaje era el pedazo de país “que se alcanzaba a ver”, lo que apuntaba hacia la idea de “recorte” visual del entorno (Brunet et al., 1992). Quien habitaba en el país era el paisano. De la relación entre país y paisano –mediada por la actividad laboral o vivencial– se generaba un paisaje.

Asimismo, país derivaba del latín pagus (pago): terruño al que se está atenido. El pagano era entonces el poblador del pago. Del pagano que habitaba tierras distantes de la localización de iglesias o conventos y que, por tanto, se resistía al catecismo o a la misa, surgió la connotación que se otorga a la palabra en la actualidad (Fernández-Christlieb, 2014). Diferentes estudios han mostrado la existencia de términos afines al paisaje en otras cosmovisiones no occidentales; por ejemplo, el shansui chino (Berque, 1997) o el altepetl nahua (Fernández-Christlieb y Urquijo, 2020), por mencionar dos casos.

Paisaje en la transformación acelerada de los territorios agrarios

La noción de paisaje cobra particular importancia en el marco de la Gran Aceleración (1950 al presente) del Antropoceno, considerando los rápidos cambios detonados, entre otros factores, por la Revolución Verde, la agroindustrialización y la expansión de monocultivos. Debido a la condición de integralidad humano-naturaleza, los estudios de paisaje permiten una aproximación monista del impacto agroecológico (biofísico), en escala local, derivada de las decisiones políticas y económicas (socioculturales), tomadas desde escala planetaria. La imposición de modelos extractivistas en América Latina ha operado como fuerzas impulsoras de la rápida erosión de suelos, la reducción de la biodiversidad y de la ruptura metabólica de los ciclos biogeoquímicos e hidrológicos de larga data.

Ante ese panorama, el paisaje, en tanto noción de aproximación geográfica, permite la formulación de posicionamientos reflexivos y prácticos que no separan los aspectos históricos y sociales de los ambientales y biofísicos que se presentan sobre el terreno, y en donde los procesos de cambio –ritmos temporales– son ejes explicativos fundamentales. Ello, sin desconsiderar los factores propiamente humanos, como son la experiencia vivencial en el lugar, las subjetividades respecto al espacio vivido y las emociones colectivas de cada territorio (Tuan, 2015).

En la actualidad, en el marco histórico de la Gran Aceleración, el paisaje es también un posicionamiento político (Nogué, 2016), que ha permitido la generación de proyectos paisajísticos de autogestión y producción orgánica en escalas micro, para afrontar o contener el ritmo vertiginoso de erosión u homologación paisajística (monocultivos). Mediante diferentes enfoques de paisaje, se han fortalecido la presencia de áreas productivas locales, tales como huertos familiares o comunitarios o la estructuración territorial de redes de consumo y comercio regional.

Así también, ante los escenarios globales de cambios vertiginosos y destrucción ecológica, se ha revalorado la noción de paisaje –que pondera lo situado, emocional y social en una escala aprensible como formas de contención ante los cambios desenfrenados del Antropoceno (Kaltmeier, 2024; Urquijo, 2025). En el mismo contexto, uno de los retos contemporáneos del estudio del paisaje es la inclusión de los cambios, transformaciones y representaciones paisajísticas más allá de lo humano (Tsing et al., 2019), las formas de cuidado del paisaje (landscapes of care) (Jacobs y Wiens, 2024) y el fortalecimiento de los paisajes ontológicos y sus narrativas como representaciones ecocríticas de los lugares vividos (Qviström, 2023), entre otros aspectos.

Perspectivas de análisis

El paisaje, en su connotación de integralidad, alude a las múltiples formas de cambio ambiental y territorial, así como a las transformaciones creativas y estéticas de la naturaleza, como trazos o marcas recursivamente interpretadas desde la conciencia práctica y colectiva de las sociedades localizadas en el lugar. En términos generales, el paisaje puede ser interpretado a partir de tres posiciones de análisis que no son excluyentes entre sí.

Primero, desde la posición de quien observa, a la distancia, el entorno (externalismo). Su origen está en los siglos XV y XVI, cuando se desarrolla la pintura de paisaje en el norte de Europa, marcando la importancia de la ubicación, perspectiva y observación del paisajista para la interpretación o modelado del paisaje (Cosgrove, 1985; Roger, 2007). En el siglo XIX, en el contexto del auge de la ciencia geográfica, esta perspectiva permitió legitimar el alejamiento entre el sujeto (el geógrafo) y su objeto de estudio (el paisaje), indicando que esa aparente distancia otorgaba la objetividad necesaria. Herederas de esta posición externalista, en la actualidad se realizan investigaciones orientadas a la gestión de los territorios agrarios y el manejo de paisajes mediante modelos geosistémicos y geoecológicos, cuantificables y locacionales (Buzai y Baxendale, 2025). Ejemplos de ello pueden ser los estudios geográficos referentes a los paisajes rurales cubanos (Mateo, 2011) o el análisis de la aptitud territorial de los paisajes forestales en México (Hernández-Santana et al., 2020).

En contraste y, en segundo lugar, la perspectiva internalista enfatiza la posición de la sociedad que reconoce el entorno o paisaje como propio y la concepción de este desde la conciencia práctica de quienes viven en el lugar. En buena medida, ello se presenta recientemente en el marco de los enfoques transdisciplinarios y en las luchas de defensa del territorio desde lo local (Nogué, 2016). Algunos casos son la ocupación de tierras ejidales por parte de las empresas mineras transnacionales en México (Garibay y Balzaretti, 2009; Garibay et al., 2014), los conflictos en torno a los paisajes hídricos en Argentina (Rojas y Wagner, 2016) o la defensa del campo en las áreas naturales ante amenazas de cambio de paisaje externas en Jamaica (Altink, 2023).

La tercera perspectiva pone el énfasis en los elementos susceptibles de cambio, es decir, en las cubiertas vegetales –bosques, pastizales, cultivos– o los usos del suelo –agrícola, urbano, comercial, vivienda—. Esta perspectiva, más que un enfoque, suele ser un procedimiento metodológico recurrente en el análisis espacial y cartográfico de los cambios físicos o biológicos sobre el terreno (De Bolos, 1992; Bertrand y Bertrand, 2002; Frolova et al., 2003). Sin embargo, desde la historia ambiental, la historia agraria y la geografía histórica latinoamericana, los cambios de uso también han sido problematizados para explicar procesos de transformación paisajística en escalas medias. Por ejemplo, se cuenta con los casos de los paisajes cafetaleros colombianos (Guhl, 2008), los paisajes bananeros en la costa atlántica centroamericana (Viales-Hurtado y Montero, 2011) o el cambio de paisaje a partir de la introducción de la palma de aceite en Costa Rica (Clare, 2011).

En cualquier caso y más allá de las diferentes interpretaciones y prácticas operacionales del concepto, es en el siglo XX cuando el paisaje se orientó hacia formas de interpretación territorial y ambiental, con una predilección por los contextos rurales. En esta orientación, los trabajos del geógrafo estadounidense Carl O. Sauer, fundador de la tradición de la Escuela de Berkeley, tuvieron un papel clave. En 1925, Sauer publicó el artículo “Morphology of landscape”, con el cual dirigió el estudio de los paisajes hacia los cambios o transformaciones históricas y presentes que las diferentes sociedades realizaban en sus lugares, a partir de sus particularidades culturales (Sauer, 1925). En este sentido, es importante resaltar la postura de Sauer respecto a la defensa de las especificidades locales de los paisajes agrícolas latinoamericanos.

El geógrafo norteamericano consideraba que la introducción de paquetes agronómicos y de fitomejoramiento emprendidos a partir de la década de 1940 arruinaría la diversidad ancestral de los cultivos. Señalaba que los paisajes agrícolas de la región continental poseían una “personalidad” única, resultante de la relación entre condiciones geográficas específicas de cada lugar y los tipos de manejos y adaptaciones otorgados por las sociedades que ahí vivían (Urquijo y Méndez, 2024). Sus críticas a la intervención agrícola norteamericana en América Latina y sus observaciones respecto al daño ambiental y cultural a los paisajes fueron consideradas premonitorias de lo que sucedió en el agro latinoamericano en las décadas subsecuentes (Olsson, 2017). En síntesis, Sauer estableció una propuesta de paisaje alternativa de análisis al determinismo geográfico de su tiempo y sentó las bases conceptuales de la postura integrativa que caracteriza hasta el día de hoy a la noción de paisaje (Urquijo y Segundo, 2017). En lo que respecta a los paisajes latinoamericanos, enfatizó la importancia de la preservación de la diversidad y las formas de manejo tradicionales, que brindaban peculiaridad o personalidad a los diferentes lugares.

Si bien la propuesta de estudios de paisaje de Sauer ponía al centro del análisis la relación recíproca e inseparable entre las diferentes sociedades y sus territorios históricamente apropiados, las cuestiones subjetivas no estaban consideradas y eran aspectos colaterales. La redefinición de la noción se presentó en la década de 1970 con la llamada Nueva geografía cultural, que amplió las perspectivas y posibilidades del estudio del paisaje. Además de aproximarse a los ámbitos urbanos, se estimuló la investigación de las formas subjetivas desde la geografía de la percepción y las justicias territoriales (derecho al paisaje), desde planteamientos de la geografía crítica.

Bibliografía

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  1. Recibido: diciembre de 2024.
  2. Licenciado en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Maestro en Historia, Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana (UMSNH), Doctor en Geografía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Investigador titular del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIGA-UNAM). Contacto: psurquijo@ciga.unam.mx.


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