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Olivar[1]

(Eurasia, 3000 a.n.e. – 2025)

José Luis Anta[2] y Sergio Quesada[3]

Definición

Habitualmente, identificamos olivar con el área de cultivo dedicada al árbol del olivo (Olea europaea L.), con independencia de la extensión (minifundio, latifundio, etc.), como a las áreas geográficas donde tiene una importante implantación. Sus implicaciones van desde las más globales a las más locales e íntimas, donde la denominación se imbrica con planteamientos locales y/o familiares frente a la monótona uniformidad propia del cultivo de plantación.

El cultivo

Desde la botánica se conceptualiza como una planta leñosa de la familia de las oleáceas, cuya distribución se extiende principalmente por la región mediterránea, aunque su cultivo, en permanente expansión, se ha exportado a otras zonas de clima templado y semiárido que permiten su aclimatación y explotación. Su cultivo se remonta a la Antigüedad, con evidencias arqueológicas que sitúan la domesticación del olivo en el Levante mediterráneo hace más de seis mil años. Ha sido central tanto en la dieta como en la cultura y el comercio de las civilizaciones egipcia, fenicia, griega y romana, tanto el árbol per se como la madera, su fruto, la aceituna, y la transformación de esta en aceite, no pudiendo entender la dieta, economía y cultura de las sociedades mediterráneas sin su presencia. De hecho, Columela, un destacado agrónomo de la Antigua Roma, escribió en su obra De arboribus: “El olivo es el primero de los árboles”.

Desde la agroecología, el olivar presenta diversas formas de explotación, que varían en función de los usos históricos y de la evolución de la agronomía, influyendo en factores como la densidad de plantación, el régimen hídrico y el manejo del suelo. Tradicionalmente, hasta la expansión del siglo XIX que se produce por su utilización como lubricante en el desarrollo fabril, se cultivaba en los peores predios o intercalado con otros cultivos. Es con el siglo XX, con la creciente mercantilización, cuando se consolida la distinción tradicional entre olivar de secano, caracterizado por bajas densidades de árboles y una dependencia exclusiva de la pluviometría, y el olivar de regadío, donde los incrementos de la producción se consiguen mediante sistemas de irrigación. La histórica y creciente búsqueda del aumento de la productividad, una de las constantes de la ciencia agronómica, se ha reflejado en la ubicuidad de las especies a los espacios geográficos, la disminución de la vecería (disminución y/o inexistencia de producción por agotamiento del árbol) y el aumento de las cosechas. Es en esta lógica donde se ha sustituido el secano por el regadío, aumentando los déficits hídricos en cuencas hidrográficas deficitarias y provocando la sustitución de otros cultivos menos rentables por olivares. Solo comprendiendo la sustitución de cultivos y la irrigación en búsqueda de la máxima rentabilidad podemos comprender la introducción de modelos intensivos y superintensivos que ha modificado sustancialmente la morfología del olivar en las últimas décadas, favoreciendo una mayor densidad de plantación y una mecanización más eficiente en labores como la poda, la recolección y el tratamiento del fruto, y de las ganancias consecuentemente.

Proyección económica

El impacto económico del olivar ha sido determinante en muchas regiones, constituyendo un eje vertebrador de las estructuras agrarias y comerciales. La producción de aceituna y su transformación en aceite de oliva han generado complejas redes de intercambio y distribución a nivel global, situando a países como España, Italia y Grecia entre los principales exportadores. La industrialización del proceso productivo, junto con la certificación de denominaciones de origen y la diversificación de los mercados, ha favorecido la consolidación de una economía olivarera que combina formas tradicionales con desarrollos tecnológicos avanzados. En términos sociológicos, el olivar ha configurado modos de vida y estructuras comunitarias específicas, especialmente en regiones donde su cultivo constituye la base de la actividad agrícola, así como formas concretas de estructurar lo social y lo productivo: cooperativas, fábricas de encurtidos y almazaras. En muchas sociedades rurales, la propiedad del olivar ha representado históricamente un símbolo de estatus y seguridad económica, dando lugar a sistemas de herencia y transmisión patrimonial que han moldeado la organización social. La recolección de la aceituna, realizada antaño mediante métodos manuales y en régimen de economía familiar, ha experimentado transformaciones debido a la mecanización y la contratación de mano de obra temporera, con implicaciones en la movilidad laboral y, a la vez, en la conformación de identidades culturales ligadas al trabajo agrícola.

Perspectiva etnográfica

Desde una perspectiva etnográfica, el olivar se vincula a un vasto repertorio de conocimientos, prácticas y representaciones simbólicas que han sido transmitidos de generación en generación. El saber agrícola asociado a su cultivo abarca desde la selección de variedades y el manejo del suelo hasta las técnicas de poda y recolección. En muchas comunidades, la cosecha de la aceituna ha estado acompañada de rituales, festividades y formas de sociabilidad específicas, estableciendo una conexión entre la actividad productiva y las expresiones culturales. La gastronomía, la medicina popular y la religiosidad han incorporado el aceite de oliva como elemento central, consolidándolo como un producto de valor no solo material, sino también identitario. El sistema agrario del olivar ha experimentado significativas transformaciones en los últimos siglos, en paralelo con los procesos de industrialización, globalización y cambio climático. La intensificación de su cultivo ha suscitado debates en torno a la sostenibilidad de los modelos productivos, la erosión de suelos, la gestión de recursos hídricos y el impacto ambiental de las prácticas agrícolas. Al mismo tiempo, la preservación del olivar tradicional ha sido objeto de políticas de conservación y valorización patrimonial, en reconocimiento de su papel histórico y de su relevancia en la configuración de los paisajes agrícolas.

Un cultivo en continua expansión

El término olivar se ha desarrollado históricamente en el área mediterránea, desde sus primeras manifestaciones en el Neolítico hasta la actualidad, con una expansión a otras regiones del mundo con condiciones climáticas similares. Su relevancia radica en su centralidad en la economía agrícola, su impacto en la configuración del paisaje, su papel en la alimentación y su influencia en las estructuras socioculturales de las comunidades dedicadas a su cultivo. Su rentabilidad económica ha resultado en su mundialización, con presencia en todas aquellas zonas que presentan un clima con características parecidas al mediterráneo, destacando su implantación en Marruecos, Argentina, Chile y Australia.

Perspectivas de análisis

En el contexto contemporáneo, el olivar es objeto de análisis en términos de sostenibilidad ambiental, adaptación a los cambios climáticos y transformación de los sistemas de producción agrícola. La variedad de formas y manejos del cultivo —agricultura ecológica, orgánica, cultivo familiar o de plantación— ofrece un amplio abanico de marcos de análisis para las ciencias sociales. Su cultivo en plantación presenta todas las características de estas formas de monocultivos: la existencia de ecosistemas mínimos, la desaparición de otras especies y formas de vida y la creación de desiertos verdes, con la degradación y pérdida de diversidad de los ecosistemas, acrecentándose en el caso del superintensivo, que es la tendencia de forma de cultivo que se va imponiendo por sus altas ganancias, alta mecanización y mínima utilización de la mano de obra. Estos debates, constantes en la olivicultura española, tienen mayor incidencia allí donde el cultivo superintensivo va ganando terreno, caso de Portugal, a la vez que generan preocupación donde existen cultivos más tradicionales, como en Túnez, con menos posibilidades de modificación.

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  1. Recibido: mayo de 2025.
  2. Doctor en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y catedrático en la Universidad de Jaén (UJA). Contacto: jlanta@ujaen.es.
  3. Doctor en Patrimonio por las universidades de Jaén (UJA), Córdoba (UCO), Huelva (UHU) y Extremadura (UEx). Grado en Sociología y en Ciencias Políticas y Administración, ambos por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Granada (UGR). Contacto: jsquesad@ujaen.es.


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