(Región del Noreste, Argentina, fines del siglo XIX-siglo XX)
María Cecilia Gallero[2] y María del Mar Solís Carnicer[3]
Definición
Desde finales del siglo XIX, la producción tabacalera ha contribuido al desarrollo industrial y a la satisfacción de la demanda interna. Concentrada principalmente en el Noreste argentino (NEA), en especial en las provincias de Corrientes y Misiones, la actividad se ha especializado en la producción de tabacos negros y criollos, así como ha fomentado la fabricación artesanal de cigarros. Se ha caracterizado por la gran demanda de mano de obra a nivel cultivo y una marcada concentración en su fase industrial.
Origen
El tabaco es un producto agrícola elaborado a partir de las hojas de Nicotiana tabacum de origen americano. En su origen etimológico, la palabra deriva de la voz tobago, una especie de pipa o caña alargada que los indígenas caribeños utilizaban para fumar (Gilman y Xun, 2004, p. 9). También está asociada al concepto árabe tubbak, que designa ciertas plantas medicinales que producen mareos o efectos somníferos a partir de su consumo o inhalación.
El tabaco es una especie de ciclo anual que se cultiva en el período libre de heladas y se adapta mejor a las zonas cálidas por su impronta tropical. Sus primeros antecedentes se remontan al continente americano en su etapa precolombina. En el actual territorio argentino los cultivos más antiguos se ubicaron dentro de las Misiones Jesuíticas y estuvieron bajo la administración de la corona española hasta la independencia. Posteriormente, en algunas regiones se convirtieron en una alternativa agrícola promovida por familias patricias. Sin embargo, quienes más se dedicaron a su cultivo fueron pequeños productores en situación de precariedad.
El proceso productivo
Como todo cultivo industrial, el proceso productivo del tabaco atraviesa varias fases, desde la siembra, el secado, el acopio y la comercialización de las hojas, hasta su industrialización en diferentes productos (cigarros, puros, cigarrillos, tabaco para pipa, tabaco en cuerda o para exportación). La fase de cultivo –de carácter intensivo por los múltiples cuidados que requiere–comprende la preparación del suelo, la formación de los almácigos, la siembra, el trasplante, el desflore, el desbrote y la cosecha. Luego de esta última se efectúa el curado y la clasificación en fardos, los cuales son guardados en sartas hasta el momento de la venta –normalmente a principios de marzo–. En la fase siguiente asumen protagonismo los galpones de acopio, puesto que no actúan únicamente como centros concentradores de producción, sino que también cumplen un papel fundamental en el complejo agroindustrial. Prueba de ello es que, hasta fines del siglo XX, compraban la producción por medio de “contratos” (dispositivos de sujeción y control), en virtud de los cuales los productores se veían obligados a la adquisición de artículos de consumo o de producción. Así, alrededor de los acopiadores giraba el crédito de dinero y la compra de bienes imprescindibles para la reiniciación del ciclo productivo, la subsistencia familiar y la comercialización de la cosecha. Por último, se procede a la elaboración de los productos finales, cuyos compradores son las empresas manufactureras de cigarrillos, los intermediarios y las cooperativas.
La producción tabacalera argentina se encuentra en el NOA (Noroeste argentino) y el NEA, que presentan perfiles diferenciados. Mientras que en la primera región han predominado campos más grandes y tecnificados, la realidad de la segunda se ha caracterizado por el minifundio y el empleo de mano de obra familiar. Esencialmente en esta última, el cultivo ha sido relevante por su aporte al PBI, su participación en las exportaciones provinciales y la generación de trabajo.
Historia
El desarrollo productivo del tabaco en la Argentina atravesó varias etapas (Sonzogni, 1983). Primero, entre 1872 y 1895, la producción experimentó un lento crecimiento y se emplazó mayoritariamente en el NOA, fundamentalmente, en Salta y Jujuy. Con epicentro en el NEA, un segundo momento expansivo, aunque fluctuante, se inició en 1895, merced a la protección de una ley que recargaba con derechos adicionales a los tabacos importados. En 1926, la actividad enfrentó un punto de inflexión, por la disminución de la superficie cultivada.
A partir de este año y hasta 1946 se identifica una tercera etapa, signada por la expansión y diversificación de la producción, en conexión con la industrialización y el intervencionismo estatal, convirtiéndose Corrientes en la principal productora del país. La creación de la División de la Producción Tabacalera (1937) y del Instituto Nacional del Tabaco (1941) favorecieron su desarrollo. Además, los cambios en la presentación del tabaco vendido en forma de cigarrillos demandaron la incorporación de nuevas tecnologías que potenciaron considerablemente la productividad.
A mediados de la década de 1940, la introducción de tabacos exóticos –de mayor calidad que los criollos– inauguró una nueva etapa. En ello resultó determinante la transformación del gusto de los consumidores, quienes mostraron preferencia por los tabacos rubios asociados al american blend (por ejemplo, las variedades burley, virginia y oriental).
Hacia fines de la década de 1950, capitales extranjeros ingresaron a la actividad, promovidos por políticas desarrollistas. En esta quinta etapa el gobierno instauró el Fondo Tecnológico del Tabaco, basado en un impuesto adicional al paquete de cigarrillos. Creado con carácter provisorio en 1967, se convirtió en definitivo en 1972 tras la sanción de la Ley Nacional del Tabaco (N°19.800), con la que se instituyó el Fondo Especial del Tabaco (FET).
A partir de la década de 1970, los agentes extralocales asumieron preeminencia, alentando la gradual desnacionalización de la industria del cigarrillo y su concentración en empresas trasnacionales, con una producción que seguía encauzada básicamente al mercado interno. En los años noventa, este proceso se agudizó, influido por la globalización y la desregulación de la economía. A partir de allí se registra una orientación tabacalera más especializada y excluyente, prevaleciendo escenarios de intensa precariedad laboral (Baranger, 2007; Diez, 2021). Por otra parte, aunque el gobierno intentó, infructuosamente, eliminar el FET, no fue posible. En la práctica, en las postrimerías del siglo XX el 80% del fondo se distribuía directamente entre los productores (como sobreprecio o retribución adicional en función del peso obtenido, el tipo y la calidad del tabaco) y el 20% restante se dirigía a la promoción de alternativas productivas en las zonas tabacaleras. Finalmente, se advierte por entonces un aumento significativo de la producción tabacalera nacional, cuyo 75% se ha destinado a la exportación (Slutzky, 2014, p. 431).
El caso de Corrientes
El tabaco elaborado en Corrientes, del tipo criollo, se ha volcado fundamentalmente a la producción de cigarrillos negros para el consumo nacional. El área productiva se concentra en los departamentos de Goya, Lavalle y San Roque, ubicados al centro-oeste de la provincia. Si bien el inicio de su fase expansiva data de fines del siglo XIX, fue recién en la década de 1930 cuando adquirió mayor significación como consecuencia del crecimiento de la demanda interna, las restricciones a las importaciones, el impulso estatal a la industria nacional y la instalación en Goya de una Estación Experimental (espacio de investigación, experimentación y extensión agrícola). No obstante, hacia 1950 la producción gradualmente comenzó a perder gravitación, proceso que se aceleró en la década siguiente a raíz de la apertura comercial. Para fines del siglo XX el área destinada a la producción de tabaco se había reducido drásticamente.
La distribución de la tierra constituye un elemento central para comprender la dinámica productiva del siglo XX en la provincia. Debido a la fuerte concentración de la propiedad, la mayoría de los productores tabacaleros eran arrendatarios, medieros o aparceros; solo un 25%, pequeños propietarios. Entre ellos, los aparceros constituían los sujetos más vulnerables, puesto que por el uso de la tierra se comprometían a entregar al terrateniente un significativo porcentaje de su producción, que podía alcanzar el 50%. En todos los casos, las explotaciones eran de carácter eminentemente familiar. De hecho, el 94% de ellas no superaban las 5 hectáreas, por lo que la contratación de mano de obra era ocasional.
En 1964, la creación del Instituto Provincial del Tabaco, impulsada por el gobierno de Corrientes, apuntó a promover, orientar y mejorar la producción, comercialización e industrialización del cultivo en la provincia. Este organismo es el encargado de distribuir el FET.
En cuanto a la organización de los productores tabacaleros, resultó más bien tardía y frágil. Recién a fines de la década de 1960 se constituyó la Cooperativa de Tabacaleros y Productores Agropecuarios de Corrientes Ltda. con el objetivo de centralizar la comercialización del tabaco en la zona. En 1972 se conformaron las Ligas Agrarias Correntinas, organizaciones socio-políticas que planteaban reivindicaciones a favor del sector y que, tras una feroz represión, se desarticularon durante la última dictadura (Ferragut, 2020).
El caso de Misiones
El tabaco sobresale como uno de los cultivos industriales más arraigados de Misiones. Desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX acompañó la expansión colonizadora, puesto que presentaba muchas ventajas. Entre ellas, permitía la obtención de ingresos líquidos inmediatos, a la vez que la inversión y la superficie requerida para emprender el ciclo eran mínimas (Baranger, 2007, p. 10). Si bien a lo largo del siglo XX la superficie cultivada osciló constantemente debido a la renovación anual de los tabacales, prevalecieron las plantaciones pequeñas (1 o 2 ha).
La preferencia por el cultivo del tabaco “criollo misionero” –típico de las primeras décadas– viró hacia variedades exóticas a fines del siglo XX, como resultado del esfuerzo de compañías privadas. Con el paso de los años, y a raíz del incremento de las ventas de cigarrillo rubio, se agudizó el fenómeno de concentración. De hecho, el acopio solía estar a cargo de representantes de las grandes empresas elaboradoras. A su vez, la aparición de nuevas marcas conllevó a la notable expansión del tabaco burley, que era curado al aire, con un mínimo control artificial de humedad y escasos requerimientos técnicos.
La red de producción y acopio se desplazó gradualmente desde su agrupación inicial en la zona del río Paraná hacia la zona del Alto Uruguay. Este deslizamiento, consolidado con la fundación de la Cooperativa Tabacalera de Leandro N. Alem en 1984, respondió a la expansión de la frontera agrícola sobre tierras tanto fiscales como privadas. A diferencia de lo ocurrido en Corrientes, en Misiones el cultivo experimentó una tendencia en crecimiento, en la cual el Estado provincial favoreció la actividad cooperativa de los productores tabacaleros.
Desafíos
En los albores del siglo XXI, la Argentina ha experimentado un salto en la producción y el rendimiento del tabaco. Si bien su participación en el mercado internacional resulta baja (cercana al 2%), allí donde predominó la adaptación a la demanda internacional se impuso una tendencia alcista. En este sentido, alrededor del 35% de la producción se concentra en Misiones –con preeminencia del tipo burley–, en tanto que la correntina representa el 6 % –con la totalidad del tipo criollo–.
En este contexto, el NEA enfrenta innumerables dificultades. En primer lugar, mientras Misiones logró adecuar su producción a los cambios acaecidos a mediados del siglo XX incorporando el cultivo de tabacos rubios, Corrientes continuó con el tabaco criollo –de menor calidad–, lo que provocó su casi desaparición como cultivo industrial. En segundo lugar, en ambas provincias prevalece el minifundio, fenómeno que coloca al productor en una situación vulnerable frente a los acopiadores. Éstos tradicionalmente han perseguido las normas del mercado y han exigido calidad al productor, mientras que este último ha priorizado la cantidad –debido a que la actividad constituye su principal fuente de ingresos–. En tercer lugar, se destaca el papel del Estado como subsidiario, a partir de la creación del FET. En la práctica, la distribución del mismo se convirtió en el pago de un sobreprecio al productor para moderar el desequilibrio entre el precio y la demanda, solapando las necesidades estructurales del sector y el imperativo de políticas integrales. Cuarto, los pequeños productores siguen siendo el eslabón más débil de la cadena: las tabacaleras y los acopiadores presionan sobre ellos, frente a lo cual, subordinados por la relación entre insumo y producto, compensan las diferencias con su propio esfuerzo. Por último, cabe resaltar que, en los últimos años, la actividad tabacalera ha enfrentado desafíos adicionales debido a las repercusiones del consumo de tabaco en la salud, el marketing antitabaco y el avance del agronegocio.
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- Recibido: marzo de 2024.↵
- Doctora en Historia por la Universidad Nacional de Cuyo (UNCu), Magíster en Antropología Social por la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) y Licenciada y Profesora en Historia por la Universidad del Salvador (USAL). Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Estudios Sociales y Humanos (IESyH) de la UNaM. Docente de la UNaM. Contacto: ceciliagallero@yahoo.com.ar.↵
- Profesora y Licenciada en Historia, Magíster en Ciencia Política Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) y Doctora en Historia por la Universidad Nacional de Cuyo (UNCu). Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Investigaciones Geohistóricas de la Universidad Nacional del Nordeste (IIGHI-UNNE). Docente de la UNNE. Contacto: marimarsolis@yahoo.com.ar.↵






