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Salud ambiental[1]

(América Latina, 2000-2023)

Andrea Verónica Mastrangelo[2] y Paula Aldana Lucero[3]

Definición

El concepto de Salud Ambiental refiere a hechos y procesos biosociales o socioambientales vinculados a factores físicos, químicos y biológicos con influencia sobre la salud humana y la salud de los ecosistemas. Abarca también el diseño, la organización y la ejecución de acciones tendientes a impedir o a revertir los efectos nocivos del ambiente sobre la salud de las personas.

Origen y genealogía

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud ambiental refiere a la intersección entre el medioambiente y la salud pública, aborda los factores ambientales que influyen en la salud humana, y que incluyen factores físicos, químicos y biológicos, y todos los comportamientos relacionados con estos. En conjunto, estas condiciones se denominan determinantes ambientales de la salud. Los factores ambientales que pueden afectar de forma adversa la salud de la presente y futuras generaciones pueden ser evaluados, corregidos, controlados y prevenidos (OMS, 1993). Esta conceptualización del organismo multilateral se enriquece con una revisión crítica desde las ciencias sociales.

Algunos estudios contemporáneos, remiten a una definición ampliada de la salud humana, proponiéndose conocer los procesos de determinación de la salud-enfermedad relacionados con calidad, cantidad, apropiación y cuidado de los factores abióticos (suelo, agua, aire) tanto como de las relaciones con otras formas de vida (sujetos no humanos) con las que la humanidad convive. Pudiéndose incluir este debate en el campo de la ecología política (Auyero y Swistun, 2008; Breilh 2013; Leite Lopes, 2006; Lucero, 2021; Mastrangelo et al 2023; Singer, 2009; Singer et al. 2017).

Una genealogía del concepto de Salud Ambiental incluye producción académica, de organismos multilaterales y eventos socioambientales. La publicación, en 1962, de Primavera Silenciosa de Rachel Carlson es una referencia obligada. Esta monografía es pionera en pensar y medir las consecuencias de la Revolución Verde, centrada en el uso masivo y a gran escala del pesticida DDT (diclorodifeniltricloroetano). Aunque tiene un sesgo biologicista, representa socialmente un tipo de ambientalismo que socializa la naturaleza mostrando las relaciones de las actividades humanas con la crisis ambiental. En esa misma línea, el informe Los límites del Crecimiento (Meadows, Meadows, Randers & Behrens, 1972) del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), encargado por la asociación empresaria Club de Roma, muestra la labilidad de un sistema económico que se expande sobre el uso de un recurso no renovable (el petróleo) a expensas sobreexplotar y contaminar las fuentes de agua y el aire, lo que permitió predecir una crisis alimentaria y el colapso del sistema en los siguientes 100 años. Estos documentos establecen la vinculación entre ecocrisis convergentes y salud (Singer, 2009).

Las catástrofes ambientales asociadas a la expansión e intensificación capitalistas repercuten en los consensos internacionales sobre Salud Ambiental. Los “accidentes” como la explosión de una fábrica de baterías de la Union Carbide en Bophal, India (1984) y la del Reactor 4 en la central nuclear de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en Chernobyl, Ucrania (1987), fueron la piedra de toque de la conceptualización de la sociedad capitalista contemporánea como “sociedad del riesgo” (Beck, 1998). Beck va a plantear que las tensiones entre el capitalismo y las grandes inversiones hacen que el riesgo se distribuya desigualmente como la riqueza, y que la noción de riesgo es de gran utilidad para proteger las inversiones, considerando el daño a la naturaleza y las personas como un pasivo que se cubre con un seguro indemnizatorio. Será la acumulación de estas miradas críticas sobre los avances del desarrollo capitalista la que irá construyendo socialmente una mirada distópica sobre las intervenciones desarrollistas en la naturaleza, poniendo en crisis el crecimiento económico como un beneficio colectivo para toda la humanidad. Parafraseando a Beck, podemos decir que el futuro soñado por los desarrollistas de América Latina en la década de 1970, en el año 2000, remite a una chatarrería peligrosa en la que ya nadie quiere habitar.

Otro informe multilateral, Nuestro Futuro Común (Our Common Future, Brundtland, 1987), postuló el concepto de desarrollo sustentable, que evaluaciones de impacto imprecisas y remediaciones ad infinitum de represas y mineras han tratado de encarnar, sin éxito, en todo el mundo.

En la teoría social, las críticas al desarrollismo posterior a la Segunda Guerra Mundial y la inflexión decolonial en América Latina (González, 1988) derivaron en una teoría contrahegemónica: el post desarrollo (Esteva, 2000) que resultó una forma de transición a las etnografías de los conflictos ambientales, los sujetos no humanos, y un enfoque ecosistémico de la Salud Ambiental.

En la década de 1970, surge en los organismos multilaterales una diferenciación de enfoques ambientales. Por un lado, la vertiente “verde” con foco en los efectos de la actividad humana en el ambiente, el efecto invernadero, el calentamiento global y el desarrollo sostenible y por otro la “azul” preocupada por los efectos del ambiente en la salud humana (Ordóñez, 2000). La verde, la lleva adelante el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la azul la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Organización Mundial de la Salud (OMS). La conferencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU, Estocolmo, 1972) eleva al ámbito internacional el tema de la protección del ambiente. En 1991, la OPS define la Salud Ambiental como la protección ambiental y reducción de los efectos nocivos del ambiente en la salud (Padilla, Álvarez, Flores y Pire, 2022), posteriormente en la declaración de Río de Janeiro (ONU, 1992) se desarrollan los principios del desarrollo sostenible y el derecho a una vida saludable. En 1993, la OMS (Sofía, Bulgaria) propone la definición citada en el primer párrafo de esta sección.

Desde la década de 2010, la perspectiva Una Salud de la OPS da cuenta de los derechos a la salud y el bienestar de las personas no humanas. Deriva del término One Health, acuñado en 1964 por el epidemiólogo veterinario Calvin Schwabe (Schwabe, 1964). En 2004, la Wildlife Conservation Society estableció los 12 Principios de Manhattan (que ofrecen orientación sobre cómo planificar y gestionar el desarrollo de manera sostenible, considerando la conservación de la vida silvestre y los ecosistemas. Para conocer más sobre los mismos se recomienda la lectura de Murillo, N. L., y Palioff Nosal, C. A. (2021), incluyendo los vínculos interespecie en la Salud Ambiental (Gibbs, 2014).

Vínculos con el territorio

También en contraposición a la reducción de lo ambiental a factores externos aislados de lo humano, Samaja (2003) afirma que el medio ambiente es un componente de la historia. El territorio y la salud se relacionan de forma dialéctica (Molina Jaramillo, 2018), dando lugar al entendimiento de modos de hacer salud, enfermar y morir como procesos sociales que se asientan en lugares. En América Latina, la Salud Ambiental se configura como el campo de disputa entre los modos de acumulación extractivistas y las dinámicas de despojo propias del sistema capitalista que generan sufrimiento ambiental (Auyero y Swistun, 2008). Así, la Salud Ambiental puede dar cuenta de las contradicciones y las dinámicas de despojo de la subalternidad latinoamericana. Por ello es que integra el campo de relaciones conceptuales de la ecología política.

Un concepto central para comprender la Salud Ambiental es la ambientalización de los conflictos (Leite Lopes, 2006). Los procesos de ambientalización son formas en las que se legitiman y transversalizan los conflictos de clase y de condiciones y medio ambiente de trabajo. La ambientalización es una forma por la cual ingresan a la agenda política los procesos de acumulación primitiva ambiental, que toman a la naturaleza y al cuerpo de los trabajadores como materia prima barata. La ambientalización incluye prácticas del lenguaje, como el uso de la violencia dulce del lenguaje ambiental, evaluaciones de impactos y procedimientos de remediación, certificaciones ambientales estatales o de ONGs en un contexto de hegemonía empresarial socialmente irresponsable. El conflicto ambiental involucra así a la población de trabajadores, pero también a la comunidad que reside en el entorno.

Otro rasgo de época es que los movimientos socioambientales ya no se componen sólo de opiniones expertas de científicos (Escobar, 2010), sino que son los mismos sujetos sociales quienes producen y legitiman conocimiento de Salud Ambiental. La “epidemiología popular” (Brown, 1987) es la acción mediante la cual los ciudadanos (no expertos) reúnen estadísticas, información, recursos y conocimiento experto para comprender la epidemiología de una enfermedad. Deriva de aquí la noción de justicia ambiental, que surge como reacción al racismo ambiental norteamericano. Esta revisión crítica se extiende por Sudáfrica, Brasil y resto de Latinoamérica (Martínez Alier, 2004). El concepto alude a que son las poblaciones marginales las más afectadas por el sufrimiento ambiental considerando su agencia como sujetos de la resistencia.

Por tanto, la Salud Ambiental tiene presencia en el pensamiento ambiental latinoamericano, considerando nuestros potenciales ecológicos y una ética del cuidado de la vida (Leff, 2009). Este ambientalismo, entendido como ecología política, incluye además de la naturaleza, las relaciones de poder y la acumulación primitiva a partir de naturaleza barata (Moore, 2015).

Dos procesos consecutivos asocian la ecología política latinoamericana con la Salud Ambiental. Por un lado, el modelo extractivista, el modo de producir basado en la exportación de bienes primarios como hidrocarburos, minerales y granos vertebra muchos de los padecimientos locales (Svampa y Viale, 2014). Este Consenso de los commodities, ha generado crecimiento económico desigual y concentración de la riqueza, junto a grave daño ambiental (v.gr. deriva de millones de litros de agrotóxicos). Por otro, la definición de neoextractivismo (Acosta, 2011), da cuenta del rol protagónico del estado empresario o su mediación por mecanismos de regulación donde se asocia con tecnologías privadas, pero no cede protagonismo. Esta comodificación de la naturaleza a bajo costo sirve, en parte, para la puesta en marcha de iniciativas públicas que dotan a los gobiernos de cierto grado de legitimidad, aunque las consecuencias socioambientales continúen siendo negativas.

Determinantes de la salud

Luego de la Medicina Social de R. Virchow a finales del Siglo XIX (Waitzkin, 2006) fueron la OPS/OMS quienes postularon la relevancia de los determinantes sociales de la salud. Se consideran determinantes aquellos riesgos asociados a las condiciones de vida y de trabajo (por ejemplo, la distribución de ingresos, bienestar y poder) más que factores individuales (como serían el estilo de vida o la genética). Los fenómenos que dañan la salud tienen una distribución desigual que resulta de una “combinación tóxica” de políticas públicas, de la pobreza, de acuerdos económicos desiguales y mal gobierno.

Determinación de la salud y agencia

La perspectiva de los determinantes presentada en el subtítulo anterior fue cuestionada por la epidemiología crítica latinoamericana (Breilh, 2013). La determinación social de la salud-enfermedad es una forma de superar el causalismo, en cuanto se refiere a la producción o génesis de la salud; describe la reproducción social (en las dimensiones general-particular-singular) y permite una concepción dialéctica de lo biosocial.

Minayo (2021) señala que el enfoque de la determinación se paraliza en el diagnóstico de la desigualdad y que, si la intención de la teoría crítica es transformadora, deberíamos caracterizar los problemas de Salud Ambiental considerando la agencia de sujetos y colectivos sociales para contrarrestarla.

Nueva ruralidad y salud ambiental

En el S XXI, en Latinoamérica, la condición de ruralidad se transformó. El agronegocio y el neoextractivismo definieron el despoblamiento de las localidades pequeñas en favor de las medianas y grandes urbanizaciones. La tasa de urbanización es superior al 80% en casi todos los países. Esta nueva ruralidad es cada vez menos agraria y sus residentes, a menudo, son pluriactivos (autoempleados, asalariados temporarios) que residen en periferias urbanas que el Estado ya no dotó de servicios básicos ni asistenciales. La problemática de Salud Ambiental en estos espacios neo rurales se manifiesta de múltiples maneras: pueden estar expuestos a derivas aéreas o fluviales de los agrotóxicos aplicados en campos cercanos (Lucero, 2021) o contagiarse de Fiebre Hemorrágica Argentina jugando a las escondidas en un campo de soja (Mastrangelo et al., 2014). Otro modo de manifestación de la determinación social en la Salud Ambiental son los pasivos ambientales, como la contaminación del agua de riego de cultivo del río Atoyoc por fábricas textiles y cloacales que documentó Velasco Santos (2017) en los ejidos de Tlaxcala, México.

Debates y reflexiones en torno a la salud ambiental

La Salud Ambiental en su devenir histórico ha sido construida bajo la mirada hegemónica de organismos internacionales y como hemos desarrollado ha sido discutida, apropiada y reelaborada bajo la inflexión decolonial. Proponemos entonces trabajar con esta categoría pensándola en su contexto sociohistórico y atentos a los procesos de construcción de hegemonía y subalternidad en los territorios en los que se instrumenta.

Bibliografía

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Auyero, J. y Swistun, D. (2008). Inflamable. Estudio del sufrimiento ambiental. Buenos Aires. Argentina: Paidós.

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Martinez Alier, J. (2004). El Ecologismo de los pobres. Barcelona, España: Icaria.

Mastrangelo, A., Tagliabue, P., Berro, L., De Carolis, D., Sinchi, A., Digiglio, C. y Enria, D. (2014). Estudio cualicuantitativo de las variables sociales que definen escenarios de transmisión de la fiebre hemorrágica argentina en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, 2001-2010. Salud Colectiva, 10(2), 171-184.

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  1. Recibido: noviembre de 2023.
  2. Doctora en Antropología Social por el Programa de Postgrado en Antropología Social de la Universidad Nacional de Misiones (PPAS-UNAM), Magister en Antropología Social (PPAS-UNAM). Licenciada en Antropología Social, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (FFyL UBA). Actualmente Investigadora Principal en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Contacto: andreaveronicamastrangelo@gmail.com.
  3. Doctora en Geografía por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata (FAHCE – UNLP), Magíster en Antropología Social por el Instituto de Altos Estudios Sociales, Universidad de San Martín (IDAES – UNSAM), Licenciada y Profesora de Sociología por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata (FAHCE – UNLP). Becaria posdoctoral en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Contacto: paulalucero85@gmail.com.


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