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Silo-bolsa[1]

(Argentina, 1991-2023)

Juan Arrarás[2]

Definición

El silo-bolsa es una tecnología para almacenar semillas, fertilizantes, forraje y granos secos de manera temporal. Utilizado en muchos países del mundo, este artefacto plástico –de forma oblonga y compuesto por polietileno de baja densidad– ha tomado suma relevancia en la actividad agrícola argentina. Como parte sustancial de la infraestructura de almacenamiento, ha transformado estrategias productivas y comerciales.

Origen

Los orígenes del silo-bolsa se remontan a la Alemania Federal de fines de la década del 1960, cuando se inventó la primera máquina para almacenamiento temporal de forraje en silos horizontales (Eggenmüller et al., 1972). Luego de su creación en el continente europeo, el sistema de embolsado demostró un considerable desarrollo en los Estados Unidos durante las décadas de los 70 y 80. Fue desde el país norteamericano que el sistema ingresó a la Argentina en 1991, gracias al impulso otorgado por una empresa de maquinaria agrícola de Tandil, en el sudeste de la provincia de Buenos Aires (Brieva y Ceverio, 2009). A partir de entonces, las largas bolsas plásticas comenzaron a ser utilizadas en nuestro país para mantener a resguardo el alimento para los animales de la actividad lechera y ganadera.

En 1995, un conjunto de expertos de la Estación Experimental del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Manfredi, en la provincia de Córdoba, iniciaron una serie de ensayos que modificarían las capacidades de los silo-bolsas para siempre. Así, con la posterior colaboración de profesionales del INTA-Balcarce de Buenos Aires, las bolsas plásticas se convirtieron en un dispositivo hermético apto para almacenar, además, granos secos como soja, maíz y trigo por varios meses.

Desarrollo y divulgación

Comercializada desde fines de la década del 90, la innovación del INTA comenzó a suplir paulatinamente el déficit de almacenamiento fijo que presentaba desde la década del 70 la actividad agrícola en Argentina, sobre todo, en algunas zonas y al interior de las explotaciones rurales (Della Valle et al, 1993; Gatti, 2015). Su creciente empleo logró así cubrir el auge productivo que provocó la aplicación de la técnica de siembra directa junto con la utilización masiva de cultivos transgénicos de soja y maíz, autorizados en nuestro país a partir de 1996.

El nuevo mapa productivo que se configuraba en la Argentina con la soja transgénica como estandarte (Gras y Hernández, 2016) estuvo también delineado con silo-bolsas. En una coyuntura en la que el empleo de biotecnología agrícola marcaba un cambio drástico tanto en el sector rural como en la economía argentina –haciéndola cada vez más dependiente de las divisas generadas por la exportación de soja, maíz y sus derivados (Trigo y Cap, 2006)–, las bolsas plásticas ganaron posiciones como dispositivos para el almacenamiento de los enormes rendimientos productivos que exhibieron esos cultivos en particular, aunque también otros, como trigo, girasol y arroz (Arrarás, 2022).

Si bien los conocimientos alcanzados por el INTA fueron centrales para el éxito de esta tecnología, ello no pudo haberse logrado sin la vinculación que el organismo público entabló con fabricantes de bolsas plásticas y empresas metalmecánicas desde fines de los 90. Dicha interacción público-privada resultó vital para aportar mayor eficiencia al sistema, a partir del mejoramiento de la calidad de las bolsas y del desarrollo de distintas embolsadoras, extractoras, carros tolvas autodescargables y tecnologías anexas que supieron acoplarse a la creciente capacidad de trilla exhibida por las cosechadoras modernas (Casini et al, 2009). En esa dinámica, la Argentina se ha posicionado desde hace años como líder mundial del “paquete tecnológico del silo-bolsa”, exportando equipamiento relacionado con el sistema a más de 50 países (Cardoso et al., 2014).

Transformaciones en las estrategias productivas y comerciales

Durante los primeros años de la década del 2000, fueron fundamentalmente los agricultores de distintas partes del país quienes utilizaron de manera sostenida los silos de polietileno en el mismo lote de producción. La idoneidad de los bolsones para situarse en cualquier establecimiento, su flexibilidad para amoldarse a los niveles productivos de cada región y campaña agrícola, su menor costo respecto al almacenamiento fijo y su potencial para afrontar coyunturas adversas (como la insuficiencia de fletes o la imposibilidad de exportar) propiciaron el incremento exponencial del uso de silo-bolsas (Clemente, 2001; Luque y Casini, 2009; Bisang et al., 2009), especialmente el modelo de 60 metros de largo y 2,7 metros de diámetro, con espacio para almacenar aproximadamente 200 toneladas.

La implementación creciente en zonas pampeanas y extra-pampeanas del sistema de embolsado y de su producto final, el silo-bolsa, repercutió en varios planos de los principales mercados agrícolas de la Argentina. En primera instancia, el volumen de almacenamiento facilitado por los bolsones dentro de los establecimientos primarios logró moderar la alta demanda de servicios de transporte durante los álgidos períodos de cosecha (Bossio, 2013). La utilización de silo-bolsas les permitió a los agricultores flexibilizar sus ventas más allá de la etapa estacional, logrando así un mayor control del ingreso de la materia prima al circuito de comercialización (Justianovich, 2009). De esa manera, transformó el modo de comercializar la producción de cada campaña. Si antiguamente la insuficiente capacidad de almacenamiento fijo en los campos argentinos obligaba a los productores a vender los granos a los acopiadores tras la cosecha, la presencia de una opción de acopio alteró las relaciones de fuerza entre ambos actores, fortaleciendo el margen de negociación de los primeros.

Además, la difusión de silo-bolsas entre los agricultores impulsó la retención de cosechas en los establecimientos primarios por amplios períodos de tiempo, facilitando así el uso de los granos como reserva de valor. Antes de la existencia de los bolsones, este tipo de prácticas sólo podían ser efectuadas por los productores que detentaban estructuras de almacenamiento fijo en sus campos. Las bolsas para silo permitieron que esta práctica pudiera ser llevada a cabo, asimismo, por cualquier empresa agrícola con capacidad de generar excedentes productivos en zonas pampeanas y extra-pampeanas. Es el caso de la enorme cantidad de productores arrendatarios y, más aún, de las formas organizativas “sin tierra”, como los fideicomisos agrícolas o pooles de siembra (Luque y Casini, 2009). Incluso, los bolsones de polietileno han colaborado a que las cosechas, en la etapa contemporánea del agronegocio, se tornaran financieras (Gras y Hernández, 2020). Así, han actuado como soportes de la utilización, muchas veces especulativa, de un bien dolarizado como son los granos físicos –puntualmente de soja– dentro de una economía volátil (Arrarás, 2022).

Dado el rol estratégico que ha detentado históricamente la actividad agrícola en la economía argentina, la capacidad que adquirieron los productores para manejar el flujo de las cosechas resultó, por momentos, controversial en materia política. El conflicto agrario de 2008, generado a partir del esquema de derechos de exportación que supuso la resolución 125 en soja, trigo, maíz, girasol y subproductos fue sintomático en ese sentido. En esa confrontación entre el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y un segmento considerable del sector rural, los bolsones de polietileno resultaron piezas fundamentales para llevar a cabo el cese de comercialización de granos, una medida que, junto con el bloqueo de las rutas, los “cacerolazos” y las masivas movilizaciones, hizo de esa disputa un acontecimiento sin precedentes. De ese modo, los artefactos plásticos ofrecieron a muchos agricultores la capacidad de almacenamiento suficiente para materializar la interrupción de ventas de bienes agrícolas en distintos momentos de la querella.

Extensión del uso entre otros actores del agro

Desde la segunda mitad de la década del 2000, la utilización de silo-bolsas rebasó el umbral de los agricultores para alcanzar también una mayor presencia entre otros actores relevantes del agro, como empresas y cooperativas de acopio, procesadores y exportadores. Pese a que esta tecnología fue concebida para suplir la escasez de almacenamiento que existía dentro de las explotaciones primarias, muchas firmas acopiadoras también la han incorporado en momentos en los cuales el volumen de cereal entregado en sus plantas superaba su capacidad instalada, sin necesidad de realizar inversiones en estructuras fijas (Aguirre, Ceverio y Brieva, 2010). Prácticas similares fueron llevadas a cabo por representantes de la agroindustria –como molinos harineros, aceiteras, malterías– y terminales portuarias (Cardoso et al., 2014).

En efecto, durante esos años en que las inversiones en almacenamiento fijo resultaban insuficientes para resguardar los altos rendimientos de la producción de granos, las tecnologías plásticas incrementaron considerablemente su lugar dentro de la infraestructura de almacenamiento de granos argentina. En ese sentido, se estima que, si en 1997 las bolsas para silo comercializadas fueron capaces de cubrir menos de un millón de toneladas de granos, esa cifra aumentó a 10 millones de toneladas en 2003 para almacenar entre 40 y 55 millones de toneladas de cada campaña sucedida desde 2015 (Bartosik et al., 2023).

Reflexiones y perspectivas de análisis

Las consecuencias acarreadas por la incorporación de silo-bolsas en los establecimientos rurales argentinos amerita seguir avanzando en nuevos estudios que, sin dejar de profundizar en cuestiones ya abordadas, consideren nuevas líneas de análisis. Un aspecto vacante de esa agenda académica refiere a los impactos ambientales generados por el uso excesivo de silo-bolsas. Dado que se trata de una tecnología temporal que, una vez vaciada de contenido, no puede reutilizarse para cumplir con su función de almacenamiento, cada campaña agrícola presenta un panorama en el que centenares de miles de bolsones se desechan sin un rumbo definido.

Sin una normativa federal que contemple la gestión integral de ese tipo de residuos –y ante una escasa e infructuosa cantidad de leyes y programas a nivel provincial y municipal–, la disposición final de lo que desde hace años es el principal residuo plástico de la actividad agrícola argentina queda a merced de meras iniciativas privadas. Si bien existen proyectos de índole formal que reciclan silo-bolsas en desuso para fabricar distintos productos (carteras, mochilas, mangueras, caños, varillas y pequeñas bolsas de polietileno, entre otros) o destinos más informales (como su utilización para el armado de techos de viviendas precarias, de terraplenes o como cobertores de diverso tipo), lo cierto es que no existe un control de trazabilidad de esos residuos. Así las cosas, se estima que, en su gran mayoría, estos despojos plásticos son incinerados, enterrados o dispuestos en basurales a cielo abierto por quienes hicieron previo uso de ellos.

En pos de ahondar en trabajos de esa índole, será necesario contar con datos oficiales que permitan identificar la cantidad de silo-bolsas comercializados en cada campaña y el modo en que se segmenta su uso entre distintos actores de la cadena; información que, hasta el momento, no es generada. De allí que el Estado debería saldar una deuda pendiente: conocer exhaustivamente la forma en que la producción agropecuaria –dotada de alto valor estratégico– es almacenada.

Bibliografía

Aguirre, J., Ceverio, R. y Brieva, S. (2010). Procesos de concentración y relocalización en la agricultura argentina: estrategias comerciales y organizacionales de los acopios de granos del sudeste bonaerense. Ciencias Agronómicas, (16), 17-23.

Arrarás, J. (2022). Un estudio sociológico del silobolsa en Argentina (1991-2019) (Tesis de Doctorado). Universidad Nacional de San Martín, Argentina.

Bartosik, R., Urcola, H., Cardoso, L., Maciel, G. y Busato, P. (2023). Silo-bag system for storage of grains, seeds and by-products: A review and research agenda. Journal of Stored Products Research, 100.

Bisang, R., Anlló, G. y Campi, M. (2009). Cambio de Paradigmas, revolución biológica y realidad local. La agricultura argentina del siglo XXI. Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, 63, 393-409.

Bossio, D. (2013). Silobolsa: una tecnología clave en la logística y el transporte de granos. Publicación online del Centro Tecnológico de Transporte, Tránsito y Seguridad Vial. Recuperado el 23/11/2023 de http://surl.li/nmlpy

Brieva, S. y Ceverio, R. (2009). Procesos de resignificación de tecnologías en la agricultura argentina: el uso de silo–bolsa en los últimos años. XII Jornadas Inter-escuelas Departamentos de Historia. Río Negro, Argentina.

Cardoso, M., Bartosik, R., De La Torre, D., Abadia, M. ySanta Juliana, D. (2014). Almacenamiento de granos en silo bolsa: resultados de investigación 2009-2013. Buenos Aires, Argentina: Ediciones INTA.

Casini, C.; Rodríguez, J. y Bartosik, R. (2009). Almacenamiento de granos en bolsas plásticas. Convenio de Vinculación Tecnológica: INTA – Empresas Fabricantes de Bolsas Plásticas. Córdoba, Argentina: Ediciones INTA.

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Eggenmüller, A., Scherer, L., Notter, E., Bellan, H. y Wagler, W. (1972). Device for building up and removing a flat mass of goods (U.S. Patent No. 3.687.061). U.S. Patent and Trademark Office). Recuperado el 23/11/2023 de http://surl.li/nmmdd

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Justianovich, S. (2009). Estimular Innovaciones A Través De La Gestión. Herramientas cognitivas aplicadas a la Cadena de Valor de Maquinaria Agrícola de 9 de Julio (Tesis de Maestría). Universidad de Mar del Plata, Argentina.

Luque, R. y Casini, C. (2009). Estudio del efecto de la media sombra sobre la calidad de los granos de soja y maíz almacenados en bolsas plásticas. En Casini, C., Rodríguez, J. y Bartosik, R. (Eds.), Almacenamiento de granos en bolsas plásticas. Convenio de Vinculación Tecnológica: INTA – Empresas Fabricantes de Bolsas Plásticas (pp. 99-104). Córdoba, Argentina: Ediciones INTA.

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Trigo, E. y Cap, E. (2006). Diez años de cultivos genéticamente modificados en Argentina. Argenbio. Recuperado el 23/11/2023 de http://surl.li/nmluy


  1. Recibido: marzo de 2024.
  2. Doctor en Sociología por la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (EIDAES-UNSAM) y Licenciado en Sociología por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (FSOC-UBA). Becario posdoctoral del Instituto del Transporte de la Escuela de Hábitat y Sostenibilidad de la Universidad Nacional de San Martín (IT-EHyS-UNSAM). Miembro del Centro de Estudios Sociales de la Economía de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (CESE-EIDAES-UNSAM). Contacto: jarraras@unsam.edu.ar.


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